← Historia 50166 · de
Historia 50166 — capítulo 2
La oscuridad, lo opuesto a la luz. Tranquilidad de la noche opuesta a la vitalidad del día. La noche, esa oscura capa que te toma presa en los sopores de los sueños. Esa aparente tranquilidad que se troca en lo siniestro.
Gemía angustiada sin saber el motivo, sólo una sensación de ansiedad en aquella oscura neblina que me envolvía. Todo oscuro, sin brillo. Un eterno caer. El viento silbaba furioso en mis oídos mientras caía en aquel vórtice que parecía no tener fin. Me golpeé con dureza contra el suelo y escuché el horrible crujido de mis huesos, y ahogué un chillido en busca del aire en mis pulmones. Noté un dolor lacerante en mis pulmones, como se encharcaban y ardían, buscando inútilmente tomar aliento.
No sé cuanto tiempo permanecí con aquel dolor, pero la eternidad me sabe a poco. Me levanté con dificultad, sin poder apoyarme en nada. Y de la oscuridad unos ojos me miraban, unos ojos que reconocería en cualquier lugar del mundo. Esos ojos se fueron acercando, y un cuerpo se formo alrededor de él, un cuerpo femenino. Sus ojos tenían un brillo acusador que me perdían y aturdían. Y en aquel cuerpo que se había surgido entre las sombras vestía un sencillo vestido blanco, dándole a su cuerpo delicado un aspecto de inocencia. Y como un mal augurio, en su corazón una daga, y su pecho era grana como el de un petirrojo. Las gotas de sangres parecían danzar mientras descendían por la piel tiñéndola de rojo y cobrando una palidez mortal y cadavérica.
Entonces una maza me golpeaba el estómago robándome todo el aire y una soga se enlazó en mi cuello. Noté como me ahogaba, como de nuevo no podía respirar, y noté como el pecho me ardía y el corazón se me comprimía hasta tal punto de no latir. Mis ojos se velaron de escarlata mientras los ojos de miel se perdían en el mar bermellón. Cerré los ojos con fuerza, deseando con todas mis fuerzas que aquello acabase.
Entonces la soga desapareció, y caí al suelo de nuevo, con el pecho ardiéndome de dolor. Ahogué gemidos ahogados y me quedé acurrucada en el suelo, sin fuerzas para levantarme. Mi cuerpo temblaba presa de espasmos que no podía controlar. Entonces, alguien me levantó del suelo y reconocí con alivio a mi amiga, cuyos cortos cabellos negros recordaría siempre. Pero en su rostro no vi la sonrisa con la que siempre, sino una mueca de asco y repulsión. "Último círculo." Dijo con frialdad inhumana.
Noté como la sangre abandonaba mi rostro al escuchar esa horrible sentencia de sus labios. Mi cuerpo no se movía, aterrado. Lo único que parecía sentir era aquel maldito dolor en el pecho. Me tendió la daga de brillo verdoso que había visto en el pecho de petirrojo de la chica, y entendí lo que quería.
Miré dudosa el cuchillo, y el pecho comenzó a arder hasta quemarme. Chillé de dolor y entonces vi la daga como una salida, como una escapatoria al dolor. La cogí e intenté clavármela, pero la hoja maldita no se hundía en mi cuello ni en ninguna zona de mi piel. Entonces noté algo clavado en mi espalda, y aullé, en un intento de hacer desaparecer la oscura niebla que me rodeaba.
Noté algo amarrado a mi cuello, impidiéndome respirar. Abrí los ojos, y vi la sabana enroscada alrededor de mi garganta. En un ataque de pánico, tiré de la tela hasta que noté de nuevo mi cuello libre de ella y pude respirar. Cogí aire con fuerza hasta que me tranquilicé y me alivié pensando que sólo había sido una pesadilla, cuyo único recuerdo era aquel dolor que me seguía lacerando en el pecho.