Trampa de Seducción — capítulo 13
El abrazo que habían compartido sólo había añadido más leña al fuego. ¿A quién pretendía engañar?, ya no podía sacarse a Harry de la cabeza. Siempre tan correcta, tan comedida en todo, y ahora no dejaba de pensar en un hombre que no era su marido, y no precisamente por sus cualidades como secretario, que sin duda las tenía, sino como hombre, como amigo… como amante.
Después de pasar la noche del viernes en un contínuo duermevela, Hermione trataba de distraerse revisando los últimos planos del centro comercial Diggory's. Mientras tanto, Scor se divertía en la sala de juegos, ajeno al terremoto emocional que albergaba su madre en su interior.
El sábado de Harry no estaba siendo mejor. Tras una mala noche, había intentado quemar su desazón en la cinta de correr, pero sólo había conseguido sudar mucho y quedarse casi sin aliento, pues Hermione seguía morando su mente con impunidad.
Si él no fuera Harry Potter, se sentiría inmensamente feliz por descubrir al fin lo que otros llamaban amor. Pero la realidad era cruel y ahora maldecía la noche que Draco Malfoy le propuso aquella horrible trampa. De pronto, su visión de las cosas había cambiado. Echando la vista atrás, ya no se veía como un triunfador que había sabido vivir de las mujeres, al contrario, sentía lástima de sí mismo. Ni siquiera entendía cómo había podido sentirse feliz en aquel tiempo, sin alguien especial a su lado, alguien como Hermione.
Sí, Hermione Granger Malfoy había puesto su mundo patas arriba. Su pasado le provocaba rechazo y vergüenza, y no orgullo como antaño; su presente era un caos, una constante lucha entre sus deseos y su conciencia; su futuro… una total incertidumbre.
Cuando sonó el timbre de su puerta, Harry se apresuró a guardar la foto de Hermione en el cajón de su mesita. Abandonó su habitación y bajó las escaleras para dirigirse al vestíbulo.
―¡Hola Harry! ―saludó una efusiva Cho Chang. Pero él apenas disimuló su cara de disgusto.
―¿Qué haces aquí?
―Veo que no te alegras mucho de verme ―dijo dolida.
―Lo siento Cho, pero ahora mismo me apetece estar solo, deberías haber llamado.
―Lo hice ―confesó la morena―, pero no me devolviste la llamada.
―Lo siento… no estoy pasando un buen momento, es mejor que te vayas.
―¿Seguro que no te animarás si me quedo un rato? ―dijo mimosa. Pero Harry apartó sus manos de su cuello y la empujó delicadamente.
―Vete por favor, quiero estar solo. ―la expresión de Harry era tan sombría que Cho no insistió más.
―Muy bien… pero no esperes que vuelva a llamarte o a buscarte Harry ―aseguró muy seria.
―Cuento con ello… ―musitó él por lo bajo. Cho no escuchó estas palabras y tomó el ascensor para marcharse.
Al verse de nuevo solo sintió alivio. Ya no soportaba la compañía de Cho Chang, ni siquiera para acostarse con ella. Todo había cambiado tanto.
Los planos habían dejado de captar su atención hacía un rato. Los tenía delante, pero sus ojos ya no los veían. Se arrellanó en su silla y dejó de esforzarse en contener a su mente. Cerró los ojos, apoyó las manos en llos reposabrazos y evocó aquel maravilloso abrazo una vez más. Se le encogió el estómago con tan solo el recuerdo. Repentinamente, la imagen de Draco surgió en sus pensamientos, pues su moral le provocaba culpa, pero no tardó en desecharla. Quería pensar en Harry y sólo en Harry. Durante unos instantes quería olvidarse de que estaba casada, de que eran jefa y secretario…
El abrazo dio paso al recuerdo del beso en el ascensor, y luego al momento en que buscó sus labios mientras él dormía pero no llegó a tiempo. Un intenso calor empezó a abrirse camino desde su interior. Su respiración se volvió más profunda y sus manos comenzaron a moverse. Se despasó el pantalón vaquero. La necesidad imperiosa que habitaba entre sus piernas dominó su voluntad, mientras en su mente, fantasías de su propia cosecha enaltecían su deseo. No era su mano la que se abría paso por debajo del vaquero, sino la de Harry. No eran sus dedos los que rozaban su ropa interior, sino los de Harry. Separó un poco las piernas para estar más cómoda y continuó aliviando el deseo que se había apoderado de ella.
Imágenes fugaces de sus ojos verdes o sus finos labios se entremezclaban con las sensaciones que ella misma se prodigaba pero que su mente adjudicaba a su fiel secretario. No eran sus dedos los que acariciaban su sexo con habilidad sino los de Harry, cada vez más rápido y más intensamente. Harry la estaba tocando, la estaba acariciando, Harry, Harry… ¡Harry!
Trató de recuperar el aliento después de alcanzar el orgasmo. Sus mejillas estaban teñidas de rojo. Nunca había llegado tan lejos. Una cosa era fantasear conscientemente con él y otra muy distinta llegar a tocarse pensando en él. Aquel hombre la tenía embrujada. Pero no sólo despertaba sus deseos de mujer, sino también su corazón. Sonrió cuando sus ojos se encontraron con la rosa de papel que él le había regalado la noche anterior.
―Dios mío, Harry… ¿qué me has hecho? ―susurró con tristeza.
Necesitaba recuperar la calma y apartar a Harry de su cabeza, así que pasó la mayor parte del día en compañía del pequeño Scor. Sin embargo, el destino no estaba dispuesto a dejarla salirse con la suya. Al anochecer, su hijo le pidió ir a su habitación para leer un libro antes de acostarse y Hermione accedió inocentemente.
Lo que no podía imaginar es que en aquel libro hubiera una escena dentro de un ascensor. No tenía nada que ver con lo vivido por ella, se trataba de un libro infantil, pero los recuerdos volvieron a su mente alterándola un poco y Scor no ayudó demasiado.
―Mami, ¿a que donde trabajas hay muchos ascensores? ―preguntó de pronto.
―¿Eh?... sí, claro, hay muchos… ―contestó con torpeza.
―Se lo dije a Mary pero ella decía que no había tantos ―empezó a divagar el rubio mientras su madre se encontraba muy lejos de allí, recordando el dulce sabor de los labios de Harry―, ¿mami?
―Perdona cariño, se me fue el santo al cielo…
―Tengo sueño…―dijo entre dos bostezos.
―Muy bien, pues vamos a acostarse que ya es hora.
Con Scor durmiendo en su habitación, Hermione podía volver a centrarse en sus preocupaciones. Se sentó en el borde de su cama y rozó sus labios. Aquel beso suave había sido maravilloso, incluso había deseado repetirlo cuando tuvo a un Harry dormido a escasos centímetros de su rostro.
―Me encantó ese beso… ―musitó en medio del silencio y repentinamente algo se disparó en su cerebro obligándola a pronunciar unas palabras― ¡Me encantó besarte en el ascensor!
Su corazón comenzó a latir desaforado. Las piezas estaban encajando por fin. Estaba segura de que no era la primera vez que pronunciaba aquellas palabras estando en esa cama. Pero si eso era así, ¿significaba que las imágenes que la atormentaban desde que cenaron juntos eran reales?, ¿se había besado como una posesa con Harry?
Allí estaba él, sentado en la mesa del fondo. Había pedido un martini con dos aceitunas, tal como le había indicado a ella para que pudiera reconocerlo. La joven parecía deseosa de pasar una noche entera con Lord Byron y cuando lo contactó, él aceptó verse con ella. Ahora las cosas habían cambiado, pero quería dar la cara y explicarle que no podía pasar la noche con ella. Le daba vueltas a su bebida sin prestarle demasiada atención y dedicaba pocas miradas hacia la puerta, su mente estaba lejos de allí. Pero algo lo hizo volver a la tierra en un instante.
―¡Harry! ―sonó la voz de su mejor amigo.
―¿Ron?, ¿qué haces aquí? ―preguntó sorprendido.
―Menos mal que te encuentro… te he buscado por todos los locales que sueles frecuentar.
―¿Qué quieres Ron?, estoy bastante ocupado esta noche ―dijo con desgana.
―Necesito hablar contigo… sobre Pansy.
―Me dijo que por fin aclarásteis la situación.
―Sí, bueno… me despedí de ella, pero no puedo sacármela de la cabeza.
"Esa sensación me suena", pensó el moreno para sus adentros.
―Me vendría genial el apoyo de mi mejor amigo ―confesó el pelirrojo con desánimo.
―Pero es que ahora precisamente yo no puedo… ―No termino la frase, el sonido de su móvil lo interrumpió. Cuando lo sacó del bolsillo de su chaqueta y vio el nombre en la pantalla el corazón le dio un vuelco y le faltó tiempo para contestar. ¿Por qué lo llamaba Hermione un sábado por la noche? ―¿Sí?
―Harry… ―Su voz sonaba nerviosa y acelerada― Necesito hablar contigo ahora mismo, por favor… ―suplicó. A su secretario le costó medio segundo decidirse.
―¿Me paso por tu casa? ―exclamó rápidamente. Ron asistía a la escena desconcertado, el moreno no solía prestar tanta atención a nadie, ni siquiera a Ginny o a él.
―No sé si sería buena idea vernos aquí… ―titubeó su jefa― Pero no quiero dejar solo a Scor, está bien. Te espero Harry.
―Voy para allá. ―Colgar, levantarse de la silla y dirigirse a la puerta del bar fue cuestión de un instante.
―¡Ey!, pero ¿a dónde vas?, se supone que estábamos hablando.
―Lo siento Ron, tengo que irme, es una urgencia. Tómate el martini a mi salud, hablamos mañana, te lo prometo.
Cuando Harry había desaparecido de su campo de visión, sus ojos azules se volvieron hacia la copa.
―No eres tú la compañía que esperaba esta noche, pero se supone que sirves para ahogar las penas ¿no? ―le dijo al martini que había sobre la mesa.
Harry conducía alterado. Jamás habría esperado la llamada de Hermione. ¿Qué quería hablar con él?, ¿acaso iba a confesarle lo que sentía? Había pensado muchas veces en sincerarse sobre sus sentimientos, pero nunca imaginó que fuera ella la que diera el primer paso. Con una mezcla de ilusión y nervios fue haciendo el camino que lo llevaba al barrio de Belgravia, hasta la casa de su jefa.
Luna Lovegood se había esmerado en arreglarse esa noche. Sabía que Lord Byron la recibiría muy bien, ése era su trabajo, pero quería gustarle en la medida de lo posible. Aunque delante de Hermione se había hecho la dura y relajada, lo cierto es que estaba un poco nerviosa. Tenía muchas ganas de vivir aquella experiencia, pero por otro lado, nunca había hecho nada parecido y el temor a que algo saliera mal estaba ahí. Con todo, respiró hondo y cruzó la puerta del bar en el que habían quedado.
Sus ojos del color del cielo recorrieron el local en un rápido vistazo y se detuvieron en la mesa del fondo. Allí estaba sentado un hombre de aspecto joven, con un martini de dos aceitunas en la mano. No había duda posible, tenía que tratarse de Lord Byron. Muy decidida caminó hasta él.
—Hola… —dijo la rubia con cierta timidez. Ron se volvió hacia ella y ambos se sorprendieron por el atractivo sencillo y natural del otro.
—¡Hola! —replicó el pelirrojo con una amplia sonrisa. Luna también sonrió.
—Soy Lois… —afirmó, como si eso lo explicase todo. Por privacidad, había dado un nombre falso cuando contactó con Lord Byron.
—Yo soy… —La rubia lo interrumpió.
—No quiero saber tu nombre, me basta con llamarte Byron ―aseguró.
—De acuerdo… —dijo Ron todavía incrédulo.
La invitó a sentarse con él, y tomaron un par de copas. La conversación no fue muy fluida, Luna se pasaba el tiempo observando a Ron con detenimiento. Le había gustado bastante. Quizá esperaba algo más de clase y sofisticación, pero el chico sencillo y encantador que tenía delante no estaba nada mal. Sus pecas y el cabello pelirrojo le otorgaban un aire inocente que le atraía sobremanera.
Por su parte, Ron también contemplaba a la desconocida. Era una chica menuda pero agraciada, con una sonrisa resplandeciente. ¿Podía ser que aquella noche no terminase tan deprimente como él pensaba?
―¿Vamos al hotel? ―propuso repentinamente Luna. Ron la miró sorprendido.
―¿Quieres ir…? ―Aquella chica iba rápido incluso para él.
―Sí, quería cuando te vi al fondo del bar, y ahora quiero mucho más ―afirmó atrevida.
―Pues entonces vamos… ―dijo levantándose de la silla. Todo era de lo más inaudito, pero no iba a quejarse de su nueva suerte. Aquella rubia le había dicho que tenía habitación en uno de los mejores hoteles de Londres. Supuso que se trataba de una turista y no le dio más vueltas al asunto, esa noche no quería pensar sino sentir.
Harry detuvo el coche en la puerta metálica de la mansión Malfoy. Bajó la ventanilla y tocó el timbre. No tardó en abrirse cuando el moreno anunció quien era. Condujo despacio por el camio que dirigía hasta la casa. Cuando estaba a pocos metros de la entrada advirtió la figura de Hermione, que estaba sentada en las escaleras de piedra, abrazándose las rodillas. El motor dejó de rugir, las luces se apagaron y Harry apareció ante ella.
―Hola Hermione… ―saludó para tantearla.
―Hola. Siento haberte llamado a estas horas ―se disculpó la castaña.
―No te preocupes por eso… por tu voz me pareció que estabas bastante alterada. ¿Ha ocurrido algo? ―Avanzó unos pasos hacia ella mientras hablaba. Hermione se levantó y aguardó de pie.
―Creo que sí… de eso quería hablar contigo. ¿Pasamos dentro?, esta noche refresca.
―Claro… ―Harry ya no tenía dudas, su jefa iba a confesarle sus sentimientos, y sería el momento perfecto para hablarle a ella de los suyos.
Harry caminaba dos pasos detrás de Hermione. Llegaron a la biblioteca y lo invitó a entrar, después cerró la puerta y se miraron a los ojos unos instantes. Como viejo zorro que era en cuestión de mujeres, la instó a hablar primero, para así saber a qué atenerse.
―Tú dirás Hermione.
―Hace una semana, cuando cenamos juntos…
―¿Sí? ―Harry frunció el ceño.
―Después fuimos a bailar…
―Es cierto ―admitió.
―Creo que bebí mucho más de la cuenta… y me comporté de manera algo indecente en aquel pub.
Tenía las mejillas sonrojadas, estaba pasando un mal rato y Harry lo sabía.
―¿Por qué dices eso?, sólo bailaste.
―Déjalo ya Harry, recuerdo perfectamente cómo bailé contigo en aquel local y me siento muy avergonzada. ―El moreno no sabía qué cara poner. Lejos de confesarle sentimientos bonitos, su jefa manifestaba un clarísimo arrepentimiento de todo lo que hizo con él aquella maravillosa noche.
―Hermione, no seas tan dura contigo misma, por favor…
―Pero no acabó ahí la cosa ¿verdad? ―empezó a hablar muy deprisa―, me trajiste a casa, me ayudaste a acostarme y… ¡nos besamos, Harry, nos besamos otra vez!
Había recordado todo, a pesar de la tremenda borrachera. Su secretario no sabía qué decir, temía empeorar todavía más la situación, pero tenía claro que negarlo no tenía sentido.
―Eh… sí, nos besamos… pero fue sólo un…
―¡No fue sólo un momento!, recuerdo que… bueno… ―Se ruborizó de manera deliciosa― Fue un beso bastante largo y completo.
El moreno deseó volver a besarla del mismo modo en aquel preciso instante.
―Sí, quiero decir que… que fue sólo una tontería, ambos bebimos demasiado. No teníamos dominio de nuestros actos, por favor no le de más importancia.
―¿Tú no se la das?... ―afirmó con aire de decepción en su rostro― Qué pregunta, es obvio que no, de lo contrario me habrías hablado de ello ―añadió caminando sin rumbo fijo por la estancia. Se sentía nerviosa, dolida y muy avergonzada, caminar la ayudaba a no perder del todo los papeles.
―Hermione… ―La mano de Harry atrapó la muñeca de la castaña, haciéndola volverse hacia él― ¿De verdad piensas que no tuvo importancia para mí?
Sus ojos verdes la atravesaban. Las rodillas parecían fallarle. No quería contestarle, temía lo que pudiera pasar después. Él insistió, al tiempo que la liberaba de su agarre.
―¿Crees que no he pensado en lo que pasó todos estos días?
―¿Y por qué me mentiste cuando te pregunté? ―le reprochó con cierto desdén, fruto de su propia inseguridad.
―Te conozco Hermione… no quería que te sintieras violenta conmigo.
―¿Qué?
―Como cuando nos besamos en el ascensor… te pasaste varios días huyéndome ―confesó con una sonrisa triste.
Los bonitos ojos marrones de Hermione parpadearon rápidamente, conteniendo las emociones que afloraban en su interior. Los bailes del pub, los besos en su habitación, el beso del ascensor… la pasión ardiente que Harry Potter provocaba en ella estaba avivándose ahora que lo tenía en frente. Sería tan fácil echarse en sus brazos y dar rienda suelta a lo que sentía y deseaba. Pero no era una mujer libre, ésa era su cruel realidad, y ella no estaba hecha para traicionar como hacía su marido. Aunque entonces, ¿qué había de su propia felicidad?, ¿no tenía derecho a ser feliz? Su cabeza era un hervidero de contradicciones, como siempre que se trataba de Harry. Él lo advirtió, pero la tentación de acercarse a ella era demasiado fuerte. Acortó la distancia que los separaba avanzando despacio hacia su jefa, que lo seguía observando sin saber bien qué hacer o qué decir.
―Creo que deberíamos hablar de lo que pasó, de porqué pasó… ―propuso el moreno. Quería sincerarse y deseaba que Hermione también lo hiciera.
―No hay nada de qué hablar, no debió pasar… ―replicó muy nerviosa, retrocediendo un paso ante la cercanía del cuerpo de su secretario.
―¿Te arrepientes de haberme besado?... ―Ante el silencio de Hermione, Harry se molestó y la hostigó con palabras contundentes― Atrévete a decirme que no sientes nada por mí.
Su voz sonó como un desafío, pero la castaña no quería entrar en el juego. Aún así, no pudo negarlo.
―No importa lo que sienta, sino lo que soy… y soy una mujer casada.
―Sí, casada… con un marido que te hace muy infeliz ―exclamó Harry.
―¿Cómo te atreves a echarme eso en cara? ―rugió ella roja de rabia.
―No te echo nada en cara Hermione, sólo te digo lo que tú misma me contaste hace un tiempo. ―Su defensa fue perfecta. La mirada de la castaña empezó a emborronarse por las lágrimas.
―No te lo conté para esto… ―musitó mirando el suelo.
―Tu marido es un gran necio, vuestro matrimonio no funciona, ¿cuándo serás capaz de verlo y hacer algo al respecto?
Era tan grande el anhelo de Harry de que ella se liberase de sus remordimientos que ya no medía sus propias palabras. Hermione estaba temblando, y lloraba también.
―No te lo conté para esto… ―De pronto se lanzó contra Harry, pegándole con los puños cerrados sobre el pecho, mientras su llanto aumentaba― ¡no te lo conté para esto!
Harry no se inmutó. Los golpes de Hermione apenas le dolían, pues cada instante que pasaba eran más débiles. No tardó en dejar de atacarle, para agarrarse con desesperación a su camisa sin dejar de llorar. El moreno la envolvió en un cálido abrazo. Era la primera vez que Hermione desataba todo el dolor contenido debido a su fracasado matrimonio. Harry lo sabía, no era como aquella ocasión en su despacho, en que lloraba de pena, ahora lo hacía de rabia, por haber sido una tonta durante siete años, por haber soportado tanto tiempo de infelicidad.
Cuando el llanto de Hermione disminuyó, Harry la sujetó de los hombros para separarla un poco de su cuerpo, quería que lo mirase.
—Una mujer como tú no debería llorar nunca, y menos por un hombre como Draco Malfoy. —Sus palabras vencieron sus defensas. Hermione sintió cómo se rendía a él lentamente y sin remedio, atrapada por aquellos ojos verdes que la miraban con devoción tras las gafas.
Harry posó su mano sobre la mejilla de Hermione con delicadeza. Ella seguía aferrada a su camisa, mientras lo contemplaba nerviosa y a la expectativa, sin intención ni fuerzas para apartarse de él. El pulgar del moreno acarició su mejilla y después bajó hasta sus labios. La respiración de Hermione se aceleró un poco y Harry ya no le concedió más tiempo, la besó.
—Lo siento… no puedo parar, perdóname —susurró el moreno, mientras sus bocas entreabiertas quedaban separadas apenas dos centímetros. Hermione no lo rechazó ni trató de huír, deseaba besarlo de nuevo, como lo hizo en su habitación.
Harry atacó su boca otra vez, y encontró la de su jefa bien dispuesta. Sus manos la abrazaban con fuerza contra su cuerpo, las de Hermione seguían apoyadas sobre su pecho. Se estaban besando con todas las ganas que habían ido acumulando a lo largo de las semanas. Sus labios se rozaban con intensidad y sus lenguas bailaban al mismo son. Las respiraciones se alteraban más a cada segundo, y Hermione no podía disimular algunos gemidos ahogados.
―Creo que… no escuchaste lo que te dije… aquella noche…―musitó Harry mientras se besaban.
―¿El qué?... ―rogó ella con voz afectada por los besos compartidos.
―Que… me vuelves loco Hermione… ―La castaña sintió una fuerte sacudida en el estómago que se concentró de inmediato entre sus piernas. Gimió ante aquella sensación. Harry se enardeció y la besó con más vigor, en la boca, en el cuello… sus manos empezaron a recorrer la espalda de la castaña en actitud posesiva.
―Dios Harry… ―logró pronunciar mientras respiraba acelerada por la intensidad del momento.
En su corazón ya no había rastro de remordimientos o cualquier otro sentimiento que no fuese ilusión hacia el hombre que la besaba y le decía aquellas hermosas palabras. De pronto levantó las manos hasta atrapar con ellas el rostro del moreno, y le dedicó una mirada cargada de emociones. Harry detuvo sus besos para contemplarla, expectante.
―Me has hecho sentir mujer de nuevo…
Harry alcanzó las suaves manos de la castaña y se las llevó a los labios con gentileza. Había llegado el momento de confesarle sus sentimientos. La adoraba, tenía que decírselo.
―Hermione…
―Dime ―dijo esbozando una sonrisa.
―Me estoy enamorando de ti…
CONTINUARÁ…