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Historia 50616 — capítulo 1

EL MAGO

Había sido un día duro. Mi humilde trabajo de curandero jamás había sido tan famoso. Toda Britannia conocía mi nombre, o más bien, mi sobrenombre, ya que nadie excepto dos personas en este mundo (Ninie y yo) parecían haber oído hablar siquiera de mi horrible pero verdadero nombre, siempre bello en labios de Ninie. Esta fama indeseada había provocado que, al fin de una de las pocas batallas en las que la legión de mi aparentemente invencible amigo se habían retirado por culpa de las numerosas bajas, miles de personas (ninguna de las cuales hubiera presenciado en primera persona la batalla, seguro) me señalaran con el dedo acusándome de ser "si no el culpable de nuestras bajas, el culpable de la victoria enemiga". ¡Será posible! Nadie más que yo hubiera deseado que no muriesen los nuestros, de hecho, siempre lamenté la muerte de cualquier ser vivo, fuese amigo íntimo o enemigo mortal. Y, ¡¿cómo se atrevían a decir, a pronunciar siquiera, "nuestras" bajas?! ¡Ellos no habían perdido nada, bien lo sabían, pues en verdad esta egoísta y conquistadora batalla se había librado lejos de las bien protegidas fronteras de nuestro reino! ¡Una escaramuza que llevaban años planeando mientras yo procuraba que no lo hicieran! Y, desde luego, ¿en verdad hablaban en serio al acusarme de ayudar al enemigo? Bien sabe Dios que siempre intenté mediante la magia debilitar e incluso (contra mi voluntad, siempre) matar a todos los enemigos posibles durante el corto período de tiempo que empleaban en acercarse corriendo a impactar contra nuestras barreras defensivas.

El problema era que, esta vez, no tardaron nada en acercarse, a pesar de que no lo hicieron a la carrera.

Al principio se nos ocurrió pensar que nos habíamos equivocado en las predicciones, que nuestros enemigos, a los que intentábamos coger desprevenidos, no pasaban por allí para recaudar impuestos aquel día. Pero los desprevenidos éramos nosotros. Mientras los buscábamos, casi desesperados, habían salido tras los árboles, saltado desde sus copas y ramas y aparecido (en el caso de los más capacitados en el arte de la magia) de la nada atacándonos antes de poder poner en práctica nuestras posiciones, y los magos, cuyo poder más desarrollado parecía ser el de bloquear mi magia, jamás habían dejado de confundirme y mi propia magia (que solía consistir en heridas venenosas de color amarillento por toda la piel) era desviada hacia los míos, viéndome yo obligado a quedarme quieto, indefenso e impotente mientras las bajas se contaban por decenas...

La inmediata retirada fue, sin duda, la mejor de las ideas. Cargando con aquellos que aún tenían algún remedio, huimos en nuestros veloces caballos hasta cruzar la frontera, donde nuestros arqueros evitaron el acercamiento de nuestros perseguidores (suerte que sólo unos pocos de ellos fueran a caballo) y procedimos a su inmediata curación, que tampoco fue lo mejor del día, pues pocos sobrevivieron al desangramiento y al dolor de la pérdida. Cuando algún insensato mirón comprobó que alguna herida era reconocible por ser de ese color amarillento característico mío, le faltó tiempo para que se enterara la mitad norte de Britannia (y quizá también la sur) del "perverso traidor" en que me había convertido.

Siempre me había consolado llegar al lago de mis sueños hechos realidad; a su tranquila y pacífica isla llena de árboles; a la casa donde mi Ninie siempre estaría, pero hoy más, debido a lo poco tranquilo y pacífico que había sido el día. Sabiendo el alivio que me causaría el sonido de la voz que respondería a mi saludo, dije en voz alta:

-¡Buenos días, Ninie, ya he llegado!

Silencio.

-¿Hola?

Silencio.

Entré con cuidado en la casa y busqué, cada vez más ansioso, preguntándome que catástrofe podría haber ocurrido para que Ninie no estuviera, como siempre, en casa.

"Tranquilo", me dije. No existía razón para pensar que en mi isla ocurriera una catástrofe de ningún tipo. De hecho estaba protegida para evitar la entrada de cualquier objeto o ser vivo (excepto Ninie y yo, y algunos cuantos amigos de confianza) por todo el perímetro.

Entonces entré en su habitación y no pude evitar un grito de miedo. Todas sus pertenencias (todos esos instrumentos mágicos que no me dejaba tocar por ser peligrosos) habían sido revueltas. Todo estaba en desorden: una especie de velo en el suelo, una espada del tamaño de mi pulgar en el suelo, una esfera medio rota por una caída contra la mesa, centenas de trozos de algún objeto cerámico por el suelo... Asustado, la busqué por toda la casa, y, al ver que no estaba allí, la llamé por toda la isla:

-¡¡¡¡¡Ninie!!!!!

La isla no era grande, y no me llevó mucho tiempo encontrar a Ninie desangrándose en la playa, acompañada de un tipo alto y delgado que se encontraba arrodillado ante ella. Al verme, el asesino huyó despavorido y atravesó sin problemas el escudo mágico que debería haber sido impenetrable.

-¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Ninie!!!!!!!!!!!!

Jamás en mi vida corrí tan rápido. Al llegar junto a ella me tiré al suelo para llegar antes y balbucí angustiado:

-¿Qué te ha hecho?¿Quién era?

Mientras hablaba intentaba utilizar mi magia y mis conocimientos curativos, aun sabiendo que era imposible salvarla. Ya, no.

-Tranquilo -su ronca voz no resultaba tranquilizadora-. No ha sido él. De hecho, él es tan inocente como tú -rió, como si hubiera perdido el juicio, y añadió:-. Mi herida ya no tiene remedio, mi amor, ya lo sabes. No te esfuerces en curarme. Te quiero... -aparté la cabeza evitando la idea de dejarla morir así.

No se me ocurrió otra cosa que decirle que:

-¿Por qué?

-Todo es culpa mía. Ya lo entenderás, pasado un tiempo. Confía en mí.

Yo sabía que podía confiar en ella, pues ya me había demostrado antes que era experta en las artes adivinatorias a largo plazo; pero no quería esperar.

-¡Dímelo, por favor! ¡No querrás que espere años para saber por qué te encuentras en semejante estado y me hablas como si nada!

Pero ella no parecía ser capaz de hablar. Las heridas le habían llegado a la garganta y vomitaba sangre. Yo no podía hacer nada para salvarla, las lágrimas me impedían ver...

-¡Mátame!

Yo me quedé pálido de repente, como si por fin comprendiese de verdad lo que ocurría: Ninie se moría sin remedio y yo no podía hacer nada más que evitar su sufrimiento al matarla; pero no podía aguantar el deseo de estar con ella el mayor tiempo posible. Puse en palabras susurrantes este deseo, a lo que ella respondió, los ojos muy abiertos y la boca ensangrentada:

-Si me matas ya... en mi habitación hay un objeto redondo, blanco y negro, que se abre por la mitad: te aseguro que te dará la oportunidad de terminar con este problema.

-¿Resucitarás?

-Nada ni nadie es capaz de volver a nadie a la vida, lo sabes.

-¿Retrocederé en el tiempo?

Ella no podía hablar con claridad y me perdí una de sus últimas respuestas.

-¿Qué va a ocurrir si lo hago?

-No temas...

-¡Ninie!

Y ella pronunció mi nombre, el real, el verdadero, el que siempre parecía delicioso en su boca:

-Dubricius...

La besé haciendo caso omiso de la sangre, mientras ella moría sin que yo tuviera que matarla.

Continué besándola mientras ella perdía fuerzas.

Ya ni siquiera devolvía mi beso.

Ya no me sentía.

Ya no estaba.

Ya no está.

Me levanté confuso, sin poder asimilarlo del todo.

Me quedé sentado en el suelo mirando su cuerpo inerte hasta que me obligué a asimilarlo.

Cuando todo terminó, la enterré en una ridícula tumba, ridícula porque jamás podría hacer, con o sin magia, una tumba digna de ella. Lo hice rápida y silenciosamente, mientras el dolor nacía en mi pecho, subía por la garganta y embotaba mis oídos buscando una salida por los ojos, en forma de lágrimas. Este amargo proceso tuvo lugar demasiadas veces, mientras me preguntaba por qué podría haber pasado algo así, si nadie odió jamás a Ninie...

Ninie...

Nunca más la iba a besar, nunca más le iba a hablar... No era capaz de pensar en otra cosa que en hacer todo lo posible por revivirla, o lo que fuera que hiciera ese objeto del que me había hablado, así que terminé rápido la tumba y corrí a la casa. Al llegar sin aliento (y con mis cansadas piernas gritando de dolor) a su habitación comencé a buscar con la mirada y lo vi rápidamente: se encontraba en el centro de la mesa más cercana, resplandeciente, como si la hubieran preparado allí expresamente para mí. Se trataba de la esfera que cayó sobre la mesa, la que creí que estaba rota, debido a la línea que la dividía en dos. La cogí emocionado y la abrí ante mis ojos por la línea central.

Una luz blanca e intensa iluminó la habitación.

Una oscuridad que apagaba incluso la luz del día que entraba por la ventana emanó de la abertura en la piedra que antes había iluminado.

La excitación, el miedo, la ira y la euforia habitaban en mi interior por igual, nublando la lógica y los razonamientos de mi mente.

Un torbellino procedente de la esfera me tragó hacia su interior, haciéndome soltarla.

Desde dentro de ella, antes de que la abertura se cerrara, oí cómo la esfera en la que ahora me encontraba caía al suelo, desequilibrándome y haciéndome caer sobre su superficie interior.

Y la abertura se cerró por completo.

Nada había: sólo yo.

Sólo oscuridad.

Ya ni siquiera había esfera: la redondeada superficie donde antes me encontraba estaba ahora repentinamente ausente.

Nada.