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Historia 50616 — capítulo 2

Y, de repente, a mi alrededor comenzaron a aparecer a gran velocidad paisajes de ensueño, fantásticos; criaturas nunca antes vistas pero conocidas por mis estudios de magia corrían y volaban en todas direcciones mientras yo estaba quieto ante aquella alborotada alucinación desordenada de paisajes, criaturas y astros del cielo que se movían, aparecían y desaparecían sin parar. De repente, recordé por qué estaba allí. Tenía que recuperar a Ninie.Y todo se paró. Bueno, no. Todo fue de repente a velocidad normal, en lugar de a toda velocidad como hacía un momento.

El brusco cambio de velocidad me hizo caer sobre el suelo, un terreno seco lleno de hojas, otoñal. Se podía oír a un caballo llegar al trote donde yo me encontraba. Me levanté a tiempo de verlo aparecer.

El jinete que lo montaba me miró triunfante. Era alto y delgado, con una barba muy corta pero visible, la piel morena y peluda y los ojos de color marrón claro.

-¿Eres Merlín?

Me sorprendió que me hablara en latín, y que conociera mi sobrenombre, sabiendo como sabía que aquel lugar no era, desde luego, Britannia: los soleados bosques y la fresca brisa marina, el aplastante calor y, por encima de todo, la abundante magia que se podía percibir en el ambiente lo atestiguaban. Magia... Intenté averiguar mediante magia dónde me encontraba y el resultado fue nulo: el hechizo me hizo saber que me encontraba en todos los lugares de la Tierra a la vez, me llegaba información desde todos los puntos de la superficie terrestre: el antes infalible hechizo me fallaba ahora, lo cual me hizo pensar que la culpa era de la esfera mágica: algún tipo de magia para cambiar de mundo podría estar ubicado en ella. Esa magia, de la que había oído hablar, era muy peligrosa y, sobre todo, casi imposible en la Tierra, aunque claro, allí no había tanta magia en el aire como aquí.

-¿Eres Merlín?

Interrumpí mis inútiles pensamientos para responder al impaciente muchacho:

-Sí, lo soy. ¿Quién eres tú?

-Me llamo Ichthys.

Vaya nombre más extraño. Me sonaba a nombre de pez, no supe por qué. Mejor no comentar nada.

-¿Dónde estamos? -pregunté.

-Te encuentras en un mundo en el que serás más que bienvenido.

-Me alegro, pero, ¿por qué?

Él se encogió de hombros aún sonriente.

-Tan sólo citaba el "Noi diri hcne".

-¿El qué?

Yo no habría sido capaz de repetir ese trabalenguas.

-Es nuestro libro sagrado: un libro que ha pasado por todos los mundos incluido el nuestro y contiene toda la información sobre todos ellos en un lengua Tritheim.

Demasiados nombres extraños para mí.

-En él viene toda esta situación. Todos nosotros hemos esperado ansiosos este momento -añadió Ichthys.

Ichthys. Seguía sonándome a pez, pero no podía tildarlo de ello: mi sobrenombre, Merlín, también era una clase de pez. Y de pájaro.

-Un momento. ¿Esta situación? ¿Cómo?

-No tengo aquí una traducción, pero el Libro explica que el creador de nuestro mundo sin nombre vendría para darle un nombre, reinar y darnos respuestas a preguntas desconocidas.

-¿?

No me sentía con ganas ni para pensar en un nombre para aquel planeta, ni para gobernar, y mucho menos para dar respuestas a preguntas que no conocía. Sólo quería recuperar a Ninie. No era capaz de pensar en nada más.

-¿Y bien?

-¿Qué?

-¡Un nombre!

-Ah. Sí. Claro. Pues...

Comencé a mirar alrededor y la primera impresión que me dio fue la de que aquel lugar era todo lo contrario a la Tierra.

-¿Qué te parece Arreital?

Ahora fue él el sorprendido

-Me parece un nombre rarísimo.

"Pues anda que el tuyo", pensé.

-Pero bueno, si es lo primero en lo que has pensado, ése será el nombre. Así lo dice el "Noi diri hcne"

Este nombre me empezaba a dar dolor de cabeza.

-¿Y nunca se te ha ocurrido no hacer caso de lo que dice el "No diré acné"?

-"Noi diri hcne" -corrigió con paciencia-. Y no, nunca, porque en ese libro está recogido todo lo que ha ocurrido, lo que ocurre y lo que ocurrirá.

-Pero, ¿qué ocurriría si, sabiendo lo que dice el libro, probases a hacer otra cosa?

-Nada.

-¿Por qué estás tan seguro?

-Porque el Libro advertía que tú lo desafiarías, y lo acabas de demostrar.

Me mordí el labio inferior, pensando que su fe era mayor de lo que yo creía. Nada podía yo hacer por enseñar la religión verdadera a aquel muchacho, aunque tampoco es que me apeteciese en realidad; sólo quería encontrar a Ninie, así que dije:

-En ese libro, ¿se explica algo de una tal Ninie? -ahora me dolía pronunciar su nombre.

Él me miró extrañado.

-Dice que no paras de decir esa palabra entre dientes, como asustado, pero jamás pensé que "Ninie" fuera nombre de mujer.

Comprendí que en su mundo frecuentaban unos nombres completamente distintos a los que usamos en la Tierra.

-Entonces, ¿aquí nadie se hace llamar Ninie?

-No, que yo sepa.

Mi frustración y mi tristeza eran completamente visibles.

-Lo siento -dijo serio.

Yo me encontraba demasiado débil para agradecerle su compasión.

-Bueno, creo que debería mostrarte a los jefes -dijo repentinamente feliz.

-¿Jefes?

-Durante milenios, mientras te esperábamos, hemos sido gobernados por 4 espíritus elementales, más conocidos como furias, una de cada elemento.

-¿Seres elementales?

Él sonrió aún más al ver mi sorpresa ante esos seres, criaturas habitantes de las zonas deshabitadas, que no abundaban precisamente en la Tierra. Eran, según mis conocimientos, humanos que se convertían a voluntad en alguno de los cuatro elementos (fuego, aire, tierra, agua); e incluso a veces podían crear, no en demasiada abundancia, alguna criatura de no más de un palmo de altura cuya vida duraba un día, según cual fuera su elemento.

-Aquí son más comunes todas esas criaturas que en tu mundo no abundan. De hecho, pocos son los humanos puros. Yo lo fui.

-¿En serio? ¿Y qué eres ahora? -mi curiosidad parecía distraerme del dolor.

-Antes, yo era un mago cuya especialidad consistía en la licantropía. Mediante hechizos combinados según cada caso quitaba la licantropía a aquellos a los que le hacían especial daño, como por ejemplo, los seres ya híbridos, como centauros, que recibían una mordedura de licántropo; pero lo que yo no sabía era que su naturaleza licántropa no podía ser eliminada: debía transmitirse a quien lo estaba quitando. Durante la transmisión se paliaba un poco su magia: se convertía sólo en un par de días con fiebre y uñas muy largas para mí y después yo volvía a ser el de siempre. Ése era mi trabajo. Sin embargo, poco a poco se acumuló en mí la licantropía de numerosos hombres y mujeres lobo distintos, y llegó un día en el que la fiebre de después de cada caso no llegó. La siguiente noche de luna llena comprendí por qué. Desde entonces, siempre he sido un hombre lobo, y -rió un poco- tuve que cambiar de trabajo.

Me quedé perplejo ante su discurso.

-Lo siento -acerté a decir.

Él rió sonoramente, no sé por qué, ahora me pareció más un aullido que una risa.

-Llevo siendo hombre lobo desde hace casi 10 años, creo que lo tengo más que superado.

-¿Y cómo te controlas?

-Aquí, todos estamos un poco más controlados. Las 4 furias son severas, aunque no nos quejamos, pues eso es lo que evita que los hombres lobo estemos como en tu mundo: casi extinguidos y muy descontrolados. Aquí, podemos aprender a controlar nuestros impulsos las noches de luna llena. Y lo aprendí en medio año.

Hice los cálculos.

-¿En sólo seis clases pudiste controlarte?

Él me sonrió, mofándose de mi ignorancia.

-Aquí hay 2 lunas llenas al mes

-Va más rápido el ciclo lunar -afirmé yo, intentando no quedarme atrás con los numerosos datos que me daba. Mi peor pecado: el orgullo.

-No -sonrió más ampliamente, mostrando unos colmillos muy normales, pero que a mí me parecían en ese momento especialmente largos-. Hay dos lunas, cuando una es llena, la otra es nueva.

Carcajeó ante mi asombro.

-Ya te acostumbrarás. ¡Vamos! -añadió-, tienes que conocer a las furias.

-Nunca me acostumbraré -murmuré para mí mismo.

Pensé que siempre había querido ver de cerca a una furia.

Ya casi ni me acordaba de Ninie. Supongo que me sentía como si ella no hubiera muerto, que sólo se había ido de vacaciones.

-Ven, monta.

Me señalaba a mí y al caballo.

-¿Y tú?

Su sonrisa era más traviesa y salvaje que nunca.

-Yo iré al trote.

Mientras yo me montaba en el caballo con gran dificultad y ayudándome de algo de magia sobre mis pies para compensar mis torpes movimientos, dejó ver un colgante con una piedra redonda, de un color blanco que brillaba como la luna llena, cualquiera de las dos, claro. Tenía un pequeña abertura en el centro.

-Esto es una piedra lunar.

La miré con desconfianza: la última piedra blanca con una abertura que había visto había hecho que llegase a este mundo tan extraño.

Él sonreía; abrió la piedra por la abertura ayudándose de la larga uña de su dedo pulgar y pude ver que estaba vacía de materia, pero desde luego no de magia. Nada más abrirla, emanó de ella una intensa luz blanca, sin duda, de luna llena. En cuanto su luz tocó a Ichthys, éste se convirtió al momento. No cambió su tamaño ni su complexión: sólo sus rasgos, más lobunos; sus colmillos, más largos; su pelo corporal, más grueso y largo; y, sobre todo, sus uñas eran ahora unas zarpas bien largas y afiladas. Me miró sonriente y echó a correr. Espoleé al caballo con fuerza y lo siguió al galope, cansándose mucho más que el licántropo al que seguía. A la alta velocidad a la que íbamos, no me extrañó que el sol no se hubiera puesto aún cuando arribamos al edificio. Bajé del caballo, que fue mansamente a una argolla para que lo atara como a otros caballos que allí aguardaban la vuelta de sus respectivos amos; y lo miré.

Era un castillo enorme, fantástico; sin almenas, pero con unos curiosos símbolos en los bordes a lo alto de las murallas que lo rodeaban. Me resultó fácil usar mi magia para tener una percepción en tres dimensiones de todo el castillo gracias a la abundante magia del ambiente. Pensé que aquel mundo podría ser un buen lugar para quedarse... no, no, tenía que volver a la Tierra a por Ninie. Pero... ¿cómo?

Terminé por decidir que esperaría a saber cómo volver para hacerlo, pues aquel lugar no era para visitarlo sólo dos días.

Mientras me perdía en mis pensamientos, unos guardias me llevaba por un puente levadizo. Se oían las olas del mar rompiendo contra algún acantilado. Dos esfinges (seres mitad gato mitad humanos), algo más altos que yo, un macho y una hembra, aguardaban tras la entrada, a los dos lados. La hembra preguntó algo en voz baja a Ichthys y éste les sonrió y respondió algo en su oído. Asintió y nos indicó que avanzáramos. Cuando llegamos a la mitad del inmenso patio, pregunté:

-¿Qué te ha dicho?

-Un acertijo, típico de esfinges -yo estaba preparado para oírlo, pues había leído mucho sobre esfinges; aun así, me sorprendió-. Como ya me sé todos sus acertijos por mi frecuente entrada y salida del castillo, en realidad podrían ahorrarse el esfuerzo, pero les gusta demasiado su trabajo -puso los ojos en blanco y añadió-. Nunca he visto un esfinge que le guste holgazanear. Qué se le va a hacer. Ellos se lo pierden. Por aquí -dijo de repente, colocando su brazo justo delante de mí para señalar, cortándome momentáneamente la respiración. Giramos para subir unas escaleras que llevaban al camino de ronda sobre las murallas, donde varios centauros y otros seres armados con arcos extraños paseaban sin mirarnos. Estaba cada vez más sorprendido de que en aquel mundo extraño las diferencias de derechos y de forma de ser entre especies distintas fueran aparentemente nulas, mientras en la Tierra, incluso antes de la caída del Imperio (en aquellos tiempos en que yo aún era joven...), los mauritanos o los pobres no se podían ni hablar con los senadores de Roma.

Ichthys se acercó a uno de los centauros arqueros y le dijo:

-Nesos, amigo, te presento nada más y nada menos que a Merlín.

Y él me miró con ojos desorbitados, la cola moviéndose sin parar.

-¡¿Es él, en verdad?!

-Sabes que nunca te mentiría ni en broma sobre estas cosas; y además, se suponía que un licántropo nonato lo iba a encontrar, ¿no? ¡Sabía que sería yo!

-Pero, ¡esto es fantástico! ¿Hay que decírselo corriendo a Ea!

-¿Quién es Ea? -pregunté, mientras Nesos desaparecía escaleras arriba.

-Su queridísima sirena -replicó con tono burlón, y añadió-. Más vale que no tengan hijos.

-¿Pueden tener hijos seres de distinta especie?

-Sí, si uno es humano completo. También en casos de dos especies no humanas distintas, pero se requieren ciertos sortilegios muy complejos para que el hijo no salga híbrido ni mal formado, sino como uno solo de sus progenitores. Poca gente sabe hacer esa magia, y muchos gustan de timar a los demás haciendo creer que pueden.

-¿Tú puedes?

Él rió.

-No soy omnipotente, ¿sabes? Aunque tengo influencias, y sé de alguien que sí sabe y no es una impostora. Pero Nesos no confía en ella, así que su caso no tiene mucho remedio.

-¿Y qué quiere decir que seas un licántropo nonato?

No le gustó mucho la pregunta.

-Digamos que lo que yo hice no fue exactamente nacer.

-No entiendo nada -confesé.

Parecía algo enfadado, o más bien parecía que estaba deseando que llegaran pronto Nesos y Ea, pero yo no estaba dispuesto a no ver satisfecha mi gran curiosidad por todo lo que había en aquel mundo.

-Yo no nací. Me sacaron del cadáver de mi madre a través de su ombligo.

Nunca había visto más tristeza en un rostro. Aunque hubieran pasado tantos años, seguro que no lo había pasado bien al vivir una infancia sólo con su padre.

Yo lo sabía bien, sólo que en mi caso sólo conocí a mi madre.

-Lo siento mucho.

Parecía demasiado serio para volver a sonreír jamás.

-No importa. Mira, aquí vienen -ya parecía algo más animado, y no quiso hablar más del tema.

Nesos y una mujer corrían hacia nosotros. Ea era guapa, a pesar de que tenía una frente algo mayor de lo normal, y su pelo le caía muy liso, moreno; sus ojos eran de un verde brillante y, como más tarde pude comprobar, siempre estaba sonriente.

-Así que eres Merlín, ¿no? -dijo algo nerviosa-. Bien, ven conmigo. Te voy a presentar a los cuatro jefes.

Así que la seguí por las escaleras que llevaban a la torre más cercana y subimos hasta el último piso, mientras conversábamos; o más bien yo le preguntaba y ella respondía, más que nada para evitar el silencio y para saber más de aquel lugar. Me enteré de que ella era una sirena, de que estaba saliendo con Nesos desde hacía ni más ni menos que ¡25! años (a pesar de la dificultad para tener hijos) y de que era senadora. Me extrañó un poco, y ella me explicó que representaba a todos los sirenos del planeta cuando se trataba de impartir justicia. No me sorprendió que usaran el Libro aquel para sus juicios, sobre todo cuando el famoso librejo explicaba algunos casos antes de que se realizaran. Empecé a desear leerlo, pues todo el mundo allí parecía venerarlo más que a un dios, si es que creían en alguno.

Y llegamos arriba. En lo alto de la torre había un patio como una plaza pequeña, donde las vistas eran magníficas y la brisa marina, más fresca que nunca. Vi cinco cubos del tamaño de habitaciones: en efecto, eran despachos, según Ea. Me explicó que el más grande, en el centro, era para los cuatro jefes, mientras que los otros cuatro, en las cuatro esquinas de las torre, estaban reservados para cada uno de ellos, como se podía leer en sus puertas: Piro (cuya puerta roja decía claramente que era furia de fuego), Eolo (la puerta era blanca y supuse que sería espíritu de aire), Gea (sin duda, el marrón indicaba la tierra) y Xana (cuyo color azulado no daba lugar a dudas sobre su identidad acuática).

Nada más llegar a la puerta del despacho central, y sin llamar a ella, ésta se abrió, dejando ver la habitación. El despacho tenía los cuatro colores de los elementos por toda la habitación, dando lugar a una armonía fantástica. En el fondo, una larga mesa en la cual estaban sentados dos hombres, uno algo canoso pero no muy viejo y otro muy larguirucho, y dos mujeres, una alta y delgada y otra más bajita. Uno de ellos, el canoso, se levantó e interrumpió a Ea, que iba a decir algo, para afirmar:

-Ya lo sé, Ea: éste es Merlín.

Los otros tres murmuraban sorprendidos.

-Pero, ¿es el verdadero, Eolo? -dijo la mujer bajita con cara de escepticismo.

-Por supuesto, Gea, mis silfos no me engañarían jamás, ¿verdad?

Y, ante mi sorpresa, apareció de la nada un silfo: una de aquellas criaturas que sólo puede ser creada por una furia de aire. Era tal y como lo había imaginado: la criatura creada por Eolo era como un tornado en forma de cucurucho con textura de tela del tamaño de mi mano y con ojos, nariz y boca. Yo ya había oído que estos seres sin sentimientos espiaban por orden de sus creadores a cualquiera no demasiado lejano, y que su corta vida (un día aproximadamente) le impedía alejarse demasiado en busca de información, aun poseyendo la capacidad de teletransportarse a ciertas distancias.

-Y bien, su majestad el gran Merlín, ¿cuál es el nombre de este humilde planeta? -preguntó ceremoniosamente el otro hombre, que debía de ser Piro.

Yo me mordí el labio inferior. Jamás me había sentido tan ridículo, mi vergüenza se podía ver en el rubor de mis mejillas, al decir:

-Arreital.

Se quedaron en silencio un segundo que me pareció una hora. Pensé que no les había gustado y que me tomarían por estúpido, pero Xana dijo:

-¡Es fantástico! Mañana por la mañana 100 silfos informarán al Imperio de la buena noticia: ¡Merlín ha llegado!

Y todos aplaudieron. Me sentía como si nada fuera conmigo, pero allí estaba yo: de un mundo donde todos me habían acusado de ser un traidor había pasado a un mundo nuevo y fascinante por descubrir en el que, además, todos me apreciaban.

Y aumentaron mis ganas de quedarme allí para siempre.

Para siempre...

O no.