← Historia 50616 · de
Historia 50616 — capítulo 3
Cuando todos dejaron de aplaudir, Piro se levantó y me trajo un libro. No se me ocurrió preguntarle cuál era, pues parecía que no había ningún libro del que se hablara más que éste. -Gracias a ti, ahora conocemos algo más del "Noi diri hcne". Como seguramente ya sabrás, está escrito en un lenguaje cifrado que aún no hemos conseguido traducir del todo; sin embargo, y según este mismo libro, el nombre que tú le dieras a nuestro mundo sería reemplazado en el Libro como "donde crece la vida". La palabra aparece de vez en cuando a lo largo del Libro, así que ahora conoceremos su significado y podremos traducir parcialmente el resto del Libro. No sabemos cómo agradecértelo.
-No hace falta que me agradezcáis...
-Aún así, me gustaría regalarte este Libro, el Original, sin cambios. Entre sus páginas hay hojas con las traducciones y cómo está traducido para que lo cambies como te parezca.
Y por fin me lo dio. Estaba caliente al tacto. Lo abrí y el paso de los años salió en forma de polvo de entre sus páginas. Me di cuenta que los símbolos, muy poco parecidos a los latinos, eran letras griegas. Sin embargo, aunque mi griego era deficiente, estaba claro que lo único griego eran las letras: el contenido estaba en latín. La correspondencia entre las letras griegas y latinas era variable: por ejemplo, las "zetas" que en latín normal serían así:
"Z"
en aquel extraño idioma híbrido podían ser, según la palabra:
"Z" o "I"
Lo más interesante era que todo esto, que estaba explicado extensamente y con gran complejidad en las hojas colocadas con cuidado entre las páginas, estaba en continuo cambio. De repente, al cabo de dos o tres páginas, me encontraba con jeroglíficos egipcios en los que no había nada de egipcio, sino que se correspondían nuevamente cada jeroglífico con una letra en latín; no obstante, había partes donde se usaban las letras con el significado que tenían en egipcio, supongo que para abreviar, pero que resultaba chocante y dificultaba aún más la lectura.
Demasiados cambios e incoherencias en el libro siguieron apareciendo más adelante (el autor ya había pasado por el alfabeto fenicio y el hebreo cambiando además de idioma: ya no había latín, sino griego mal escrito en alfabeto fenicio, y alguna antigua lengua celtíbera escrita en alfabeto hebreo) y comenzó a darme dolor de cabeza; por lo que pedí una traducción adaptada como la que me había mencionado Ichthys.
Me senté en un sillón cualquiera de los que allí había y continué la lectura donde la había dejado en el original. Innumerables seres mágicos, vistos y no vistos, conocidos y desconocidos; lugares cuyos nombres, la mayoría poco originales, decían lo que en ellos había: Archipiélago Sireno, Bosque Inexpugnable, Volcán Llameante...; y las historias más reales y menos entretenidas que jamás leí, pero como lo más seguro que eran hechos reales e importantes aún por ocurrir, seguí leyendo. Me di cuenta de por qué aquel libro prevenía de lo que iba a pasar en el futuro, y es que su lenguaje no era lo único cifrado: las complejas frases y alegorías podían tener todo tipo de interpretaciones, por lo que seguro que acertarían en algún detalle y eso sería considerado como un milagro.
No tardé en terminarlo, sobre todo teniendo en cuenta las muchas partes que omití por la dificultad de la traducción y que me salté todo lo que hablaba del planeta Tierra, que era casi tanto como lo que decía de Arreital. Luego estaban las partes donde ni yo ni nadie había sabido traducir, puesto que los símbolos y los idiomas procedían de otros mundos desconocidos
-¿Qué te parece?
-Fantástico -mentí con aplomo, ante lo cual Eolo sonrió-. ¿Y ahora qué?
-Dínoslo tú; a partir de mañana eres el Rey de todo Arreital -dijo Ea con una sonrisa mayor aún que la anterior, si eso puede ser posible-. Por cierto, Eolo, ve enviando los silfos, ya está anocheciendo.
-Cierto -mientras hablaba, de su mano salían decenas de silfos que volaban fuera de la habitación para esperar en lugares estratégicos de todo Arreital a la llegada de la mañana para anunciar la noticia-. Por cierto, Merlín, ¿cómo quieres que se estructure ahora el patio de la torre, usas esta habitación para ti y quitamos las otras cuatro, o...?
-Un momento -interrumpí, y todos me miraron fijamente-. No quiero gobernar.
Se quedaron pasmados.
-Pero, el Libro...
-El Libro se puede malinterpretar -dije yo, mientras me miraban como a un dios-. Quizá sólo se refería a que sería tan importante como un jefe supremo. El texto, como acabo de leer, es bastante ambiguo; la traducción, muy compleja; todo eso me hace pensar que tal vez la comparación con un Rey se refería a la relevancia de mi llegada a este mundo y no a gobernarlo.
Todos se quedaron asombrados ante mi razonamiento. Si antes me veían como a un dios, ahora me veían como a un rey entre los dioses.
Pero Eolo parecía preocupado.
-Ea, ¿puedes salir y cerrar la puerta, por favor? Sigue con tu trabajo.
Ea asintió sin dudarlo. Seguía sonriente, ajena a la preocupación de Eolo, que ya se había contagiado a los otros tres jefes.
Eolo sacó disimuladamente desde el interior de la palma de su mano otros dos pequeños silfos. Uno de ellos siguió a Ea y el otro se mantuvo cerca. Pasaron diez segundos eternos hasta que el silfo dijo:
-Ya se ha ido.
-Seguid vigilando.
Parecía ahora algo menos intranquilo.
-Merlín, hace mucho tiempo que comencé a pensar que el Libro no tendría por qué ser completamente cierto. De hecho -sonrió un poco- nunca le presté mucha atención a la adivinación, pues me parecía una magia muy extraña y rebuscada, siempre metafórica, a veces engañosa, y pocas veces acertadas por completo. Quizá soy como mis silfos, que sólo usan la lógica y sólo creen lo que ven. Pero hay un problema. No estoy seguro... -parecía que quería decir varias cosas a la vez, así que se tomó su tiempo antes de soltar-: Siempre pensé que existía la posibilidad de que el Libro acertara sólo por la credibilidad que se le daba. Ya sabes: si creen fielmente en que va a ocurrir algo, por ejemplo, en la economía, durante un año determinado, todo el mundo, al comienzo de ese año, comenzará a comprar provisiones para un supuesto año de mala economía y durante el primer día del año las ventas se dispararán, mientras que al día siguiente y hasta el fin de ese año pocas personas comprarán, y así, por creer en la profecía, la cumplen; y no al contrario. ¿Me he explicado?
Tras una larga pausa, comenté:
-No niego que yo también pienso así, pero ¿cómo explicaría eso que, cuando llegué, hace un rato, desafié al Libro sin saber que éste ya lo diría?
Estaba seguro de que mi llegada no había sido un secreto para él y sus silfos.
-En esos detalles está mi duda, pero supongo que la adivinación, al fin y al cabo, está clasificada como arte mágico; así que -volvió a reír- algo de magia tiene que tener, ¿no? Pero el caso es -y ahora ya estaba más serio- que a partir de todo esto se me ocurrió actuar en contra del Libro, y así evitar el Apocalipsis final.
Parecía muy preocupado. No era extraño. El Apocalipsis de este Libro (peligrosamente cercano en el tiempo) hablaba de muertes crueles y violentas y de una guerra civil en territorio ajeno, aunque también del triunfo indiscutible del bien sobre el mal, quedando éste último apartado y vigilado y controlado.
-Me parece que sería demasiado arriesgado -dije al fin-. No cambies lo que está escrito: a pesar de las guerras mencionadas, el Apocalipsis tiene un final feliz. Si, al cambiar el curso de los acontecimientos, ocurre una desgracia, será culpa tuya.
Él me miró pensativo.
Desde aquel día no volvió a hablarse de ese tema en mucho tiempo.