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Historia 50616 — capítulo 4

EL LOBO

Tres años después de la muy famosa llegada de Merlín todo volvía a la normalidad. Merlín pasó por todo el mundo (extrañamente llamado Arreital) mientras comparaba y me comentaba similitudes con su mundo, hablándome de nombres tan raros para mí como los nuestros le debían de parecer a él. Pero ahora había pasado de ser una gran celebridad a ser uno más, uno muy famoso, pero uno más. Quizá la fama se le había subido a la cabeza, pero yo estaba seguro de que eso se le pasaría pronto.

Y se le pasó.

Pero no fue a mejor.

Y es que, a pesar de que él creyera que yo o me daba cuenta, o quizá ni siquiera él se daba cuenta, Merlín seguía muy distante y algo malhumorado; no obstante, la causa no era ya la poca fama que tenía de repente, sino, sin duda, la pérdida de un ser querido. Sé ver esas cosas por experiencia propia. Estaba claro que echaba de menos a aquella tal Ninie, que tanto nombró entre dientes al llegar a Arreital y tanto nombraba a voces y gritos por la noche, protegiéndose a sí mismo y a su almohada mediante magia, creando extraños hechizos de curación a una almohada completamente inerte mientras le susurraba, todo esto sin siquiera abrir los ojos e inmerso en unos sueños fáciles de adivinar al verlo llorar y gritar en sueños.

Cada vez que me despertaba por su culpa (en esa época vivía en una casa justo al lado de la mía) bajaba las escaleras e iba a su casa. El hechizo protector de su casa me reconocía y me dejaba pasar por la puerta. Subía las escaleras de su casa y lo veía inmerso en pesadillas donde, una y otra vez, Ninie volvía a morir. Algunas veces me quedé y lo espié por la mañana. Todas las veces que lo hice lo vi levantarse como si nada, como si no recordara nada de lo soñado, como si nunca hubiera dormido mejor.

Pero no era así, desde luego.

Le chocaba saber que tanto su mundo como el nuestro eran planetas esféricos (nosotros sabíamos cómo era su mundo gracias al Noi diri hcne) y que ambos giraban en torno a una gran estrella y sobre sí mismos. Necesitó unos días para comprobarlo él mismo con magia. Nos explicó que en su mundo no había tanta magia en el ambiente, y les resultaba casi imposible la magia dirigida hacia más allá de unos metros.

Le encantó la magia de las lunas, en especial cuando están llenas, y nuestra manera de almacenarla. Y cuando le expliqué que mi piedra lunar no era más que un pedrusco tallado de las cuevas de Egeria, donde este extraño material (similar a la roca caliza) abundaba, me pidió cambiar la ruta que en ese momento hacíamos por todo Arreital. Por supuesto, contagiado por su casi infantil curiosidad, le hice caso y la lié. Protestas por un tubo y una vuelta atrás a mitad de camino y de mala manera. Pero cuando ya nos tocó ir allí, quedó impresionado de la magnitud de las cuevas y de la magia que allí era, según él, "cinco veces más abundante en el ambiente, que casi ni se puede respirar". Estaba encantado. Y más lo estuvo al ver las siete simas lunares, pertenecientes a las mismas cuevas y cuya magia lunar, según las leyendas, se traducía en la concesión de deseos a las personas que depositaban allí algo de su cuerpo, desde sus uñas, para pedir buena suerte en un juego o deporte; hasta los brazos, para, quizá, evitar la muerte de un familiar. Y es que a Merlín todo lo que no comprendía, le gustaba. Qué raros eran los habitantes de la Tierra.

Más tarde fue a un famoso archipiélago habitado casi en su totalidad por sirenos, cuyas normas estaban bastante separadas de las del resto del mundo pero eso no impedía que entraran en el gobierno de los 4 jefes. No le gustó mucho, pero nunca dejó de sonreír. Lo que sí le gustó fue nuestro sistema de educación, que comienza a los siete años con un curso de iniciación, luego sigue otros tres de práctica de la magia (cuyos estudiantes llevaban ostentosamente la capa azul que los distingue), otros tres de poesía y filosofía y su relación con la magia (su capa verde los enorgullece de su puesto) y tres de adivinación y pociones (en adivinación me fue fatal, le comenté a Merlín, mientras que en pociones me sentía orgulloso de la capa blanca del trienio más elevado) y dos años finales para entrelazar con maestría todos los conocimientos entre sí. Merlín me comentó que, en la Tierra, nadie es tan feliz como aquí de aprender. Más bien, los alumnos preferirían que los colegios no existieran, e incluso llega a haber problemas entre los adolescentes y sus profesores. Me espantó su comentario y decidí no saber más de su extraño planeta, a pesar de que mi curiosidad ganaría la partida un tiempo más tarde.

Y llegó el día en que ya no había ningún lugar que quedara por ver, ni gente por conocer, ni nada por hacer. Para aquel día, yo vivía en un pueblo cercano a las cuevas de Egeria, y, como él admiraba aquel lugar como nadie, se vino a vivir a una casa junto a la mía.

Los viajes por Arreital habían durado medio año. Tan sólo necesitó otro medio año para acostumbrarse del todo a Arreital. Pero luego pasaron dos años, y yo, torpe, no veía que el hecho de que mi amigo se volviera a sumergir en la tristeza por la noche, y de estar ausente por el día, era sin duda algo grave. Quizás pensé que se le pasaría con el tiempo, pero la ausencia de Ninie lo atormentaba en el fondo de su alma sin que él lo supiera. Me mantuve, testarudo, creyendo que el tiempo lo curaría todo.

Hasta que se derrumbó por completo.

No sé exactamente cuándo ocurrió. Fue una de esas noches que fui a espiarle. Se retorcía demasiado, y no sólo hablaba de Ninie, sino de mí, de las cuatro furias, de Nesos, de Ea, de Bendis (mi antigua compañera de colegio de la que tanto le había hablado, aunque hacía tiempo que no sabía de ella), de compañeros de su trabajo... Le hablaba a su almohada de que odiaba la vida sin ella, y le reprochaba a gritos la situación...

Y entonces abrió los ojos a mitad de uno de esos gritos de dolor. Nunca lo había visto despertarse en mitad del sueño. El grito no acabó y miraba la almohada sorprendido. Sin dejar de gritar, las lágrimas le caían sin parar desde los ojos y me miró. El contacto de las miradas supuso el silencio inmediato al comprender. Temblaba él. Temblaba yo.

Nos fundimos en un abrazo mientras yo lo consolaba con palabras que no tenían sentido. Ambos sabíamos que no era la primera vez que él soñaba eso y tampoco la primera que yo lo espiaba.

Me agradeció infinitamente que estuviera allí.

-Un amigo está ahí siempre que se le necesite.

En silencio nos soltamos poco a poco y nos sentamos en la cama. Se secó las lágrimas y me miró.

-Me tengo que ir.

No se movió del sitio. Se refería a irse de su casa.

No lo entendí.

-¿Por qué?

Se quedó pensando casi un minuto, pero yo no me impacienté, algo inusual en mí.

-Creo... que mi venida a este mundo no ha sido casual...

-Yo tampoco -interrumpí, y él no me hizo caso.

-... y que Ninie quería que hiciera algo aquí, pero no sé... -dio un respingo como si se acabara de dar cuenta de que estaba yo con él-. No sabes nada de ella, ¿verdad?

Negué con la cabeza.

-Ninie era mi pareja allí en la Tierra. Yo era el mago del rey, un tipo simpático pero demasiado joven para ser un rey. Me necesitaba para las batallas y las decisiones, y me convertí en algo así como su consejero particular. Hace poco murió en una lucha contra su... hermanastro, podría decir, y desde entonces nada es lo mismo. Después de su muerte me quedé con Ninie mucho tiempo, sin salir; luego volví a la calle y me busqué algún trabajo relacionado con el pasado, pero sólo logré meterme en batallas como mago. Allí la magia es algo inusual y sólo propia de unos pocos, como yo. A la vuelta de una batalla perdida, volví a casa cansado de curar a los pocos de los nuestros que tenían cura. Me encontré con Ninie... -se le quebró la voz y yo le pasé la mano por la espalda-... se desangraba... se iba... y yo llegaba tarde, como siempre. No pude hacer nada. Me mandó a su habitación a buscar cierto objeto mágico, y me dijo... me dijo... "te dará la oportunidad de terminar con este problema"...

-Y aquel objeto te trajo aquí -no era una pregunta.

-Sí -parecía sentirse mejor, ahora que se había desahogado-. Pero no sé qué debo hacer para volver con ella... se lo pregunto en sueños, pero sólo son sueños, y mi subconsciente no tiene respuestas, así que ella de repente no puede hablar con claridad y me pierdo una de sus últimas palabras.

Silencio.

Me quedé asimilando su relato mientras él iba a la cocina y volvía con dos vasos de agua.

-¿Qué hago?

Me habría encantado tener una respuesta.

Pero él no esperaba que la tuviera.

Así que volvió a hablar.

-Me iré mañana por la mañana -parecía repentinamente decidido.

-¿Dónde?

-Vagaré por el planeta en busca de una respuesta. Necesitaré años, y necesitaré soledad, eso sobre todo. Buscaré respuestas... se supone que las debo encontrar aquí. Buscaré algún modo de volver en cuanto tenga la respuesta, y me llevaré conmigo a alguien...

-¿Quién?

No niego que me habría encantado que me llevara a mí. Estaba deseando ver la Tierra.

-Tres personas -iba improvisando los planes en voz alta-. Han de ser tres, ni uno más, ni uno menos... Tres seres. Distinta especie, para variedad mágica. El cuatro es el resumen de la Tierra, el tres, el de Arreital. Un concurso por grupos de tres, y el grupo ganador viene conmigo, porque el sortilegio para ir a la Tierra es de cuatro... Pero no todos podrán venir...

-¿Por qué? -pregunté, intentando seguir el hilo de sus pensamientos.

-Resultaría extraño ver por las calles de mi mundo a un centauro o un gigante paseando sin más por la calle cuando allí no quedan apenas seres mágicos.

-Pero eso se solucionaría con ciertas pociones para tomar forma humana- comenté.

Suspiró.

Aquella iba a ser nuestra última conversación. La despedida después de tres años no tendría por qué ser demasiado emotiva, pero nosotros habíamos conectado más de la cuenta. Parecíamos iguales, él sin padre y yo sin madre, él se podía convertir en un pez como yo, teníamos en común las aficiones a ciertos tipos de magia, a los juegos de palabras...

Éramos casi como hermanos, pero yo sabía que él tenía que estar solo para asimilarlo todo.