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Historia 50616 — capítulo 5

Y pasaron varios años. Yo casi había olvidado aquel tipo que venía desde muy lejos y renunció a reinar. En esa época me reencontré con ciertos antiguos amigos de la escuela: Proteo (un minotauro que suspendió todas las clases de práctica de magia excepto la adivinación, que le había dado trabajo en su vida adulta), Tellus (un furia de tierra que siempre tenía trabajo que hacer y, sobre todo, dinero), Castalia (una sirena cuyo cuerpo, en séptimo curso, despistó e hizo suspender a la mitad de los chicos de su clase), Mulciber (un compañero, furia de fuego, cuyos aprobados se debían a su amigo Tellus y a mí). Resulta que todos ellos vivían en el mismo barrio de una ciudad del norte llamada Fedez, y cuando llegué allí todos me reconocieron y me dieron la bienvenida. Curiosamente, todos tenían pareja (casados o no) excepto yo. A nadie le importó. Casi como los niños que fuimos, todos los fines de semana jugábamos a todo tipo de cosas, de ésas que crees que sólo pueden disfrutar los niños pero descubres que no es así. Veíamos los partidos de balonimán en el estadio de la ciudad, que era la más importante de este deporte en todo el mundo. Este deporte consistía en colar un balón de unos diez centímetros de radio en un orificio de quince, a doce metros de altura. El orificio en cuestión se mueve por todo el campo al azar, y tiene un imán del mismo polo que el balón, por lo que se repelen dificultando el juego. Sólo la magia del movimiento es válida, y sólo dirigida hacia el balón. Por supuesto, hay más reglas, pero eso es lo básico. El caso es que un día de final de la primavera estaba yo durmiendo tras una noche de juerga cuando llegó el silfo de la mañana. El silfo de la mañana es un silfo informador que viene directamente de Eolo, el jefe de aire actual.

-¡El famoso Merlín llegado desde un mundo lejano según el "Noi diri hcne" propone un desafío para todos los Arreitalenses: una prueba a lo largo del planeta, 12 lugares distintos! ¡Para participar, hay que presentarse en grupos de tres seres de distinta especie! ¡Las furias se consideran todas de la misma especie sean del elemento que sean! ¡El grupo ganador se llevará un viaje insólito con Merlín y un premio millonario!

¡La prueba consta de doce retos, en cada uno de ellos habrá que luchar para conseguir una pista sobre el lugar del siguiente reto! ¡El primer grupo que consiga pasar por todas las pruebas sin resultar gravemente herido (en cuyo caso se suspendería la lucha de ese grupo para curarlo y sería descalificado) ganará el concurso! ¡Para participar hay que tener conocimientos de duelo!

¡Los grupos que deseen presentarse lo pueden hacer hasta el día 7 de junio, en la fortaleza!

Recordando a Merlín, sentí de nuevo esa insana curiosidad por saber más de su mundo.

Miré el calendario. Era 31 de mayo. Tendría una semana exacta para intentar entrar en el concurso. Pensé en cómo se lo diría a alguno de mis vecinos y quién querría venir conmigo. Me vestí y maldije la costumbre de los silfos de dar las noticias a voces, ya que mis tímpanos estaban destrozados. En cuanto me hube vestido salí de mi habitación y entré en el salón. Mi patio solía ser el centro de reunión de todos los vecinos (el mío era el más cercano a todas las demás casas), y no me extrañó que estuviera allí medio vecindario (esto es, cinco seres), cada uno con su propia comida y bebida traída de casa, como siempre.

Lo que sí me sorprendió fue que ellos sacaran el tema.

-¡Eh, Ichthys! -Mulciber estaba eufórico- ¡¿Has oído el silfo?!

-Gritaba bastante como para que todo el barrio se enterase, pero ese récord aún lo tienes tú -dije con una voz baja y somnolienta, propia de las pocas horas de sueño con las que contaba y de la fiesta del día anterior. Fui a la cocina y me hice un café; no lo solía tomar, pero ese día tenía mucho sueño y algo de dolor de cabeza-. ¿Y tú qué? ¿Te vas a presentar?

-¡Claro! Siempre me gustaron los duelos y los retos, ¿no? ¡Es la mejor oportunidad!

-Genial, yo también quería presentarme -no me había esperado que alguien tuviera más ganas que yo de presentarme, pero porque se me había olvidado que Mulciber había tenido problemas desde pequeño para controlar su fuerza y su magia. Hizo daño a más de uno y tuvo más de un problema, pero en el concurso no los iba a tener, porque -básicamente- se trataba de usar la fuerza bruta (mágica o no).

-¡Bien! -mis oídos no iban a aguantar mucho más sus gritos, y los protegí disimuladamente con magia-. Pues, ¡ya somos dos! ¡¿Quién quiere venir con nosotros?!

O sus gritos habían acabado por fin con mis tímpanos o todos se habían quedado en silencio de repente.

-Ya sabes que yo no quiero líos -Tellus, prudente como siempre, no aceptaba de ninguna manera algo tan peligroso-. Quizás Castalia...

-¡Ni lo sueñes! -Castalia venía con su marido, Derceto, que era el que acababa de protestar; un tipo alto, fuerte y musculoso, de voz grave, con quien no se podía discutir-. No permitiré que Castalia entre en tan peligroso reto, y menos aún si no es útil a nadie.

-Pues ven tú.

La peligrosa mirada de Derceto a Proteo lo calló por un instante.

-¿Y por qué no tú?

Todos allí conocíamos la dificultad (o mejor dicho, imposibilidad) de Proteo para hacer magia, y reconocimos el sutil insulto en la sugerencia de Derceto.

-¡Pues quizá vaya! Demostraría más agallas que tú, desde luego.

El silencio era palpable en el ambiente. Derceto y Proteo se lanzaban miradas asesinas. Las venas del cuello de Derceto parecían a punto de explotar. Proteo, sin embargo, estaba sereno.

-¿Hablas en serio, Proteo?

Mi intervención les pareció recordar a ambos que había gente delante.

Derceto alzó una ceja.

-Por supuesto -respondió-. Vamos, Ichthys, Mulciber. Apuntémonos a ese concurso.

Derceto estaba pasmado.

Eché a todo el mundo de la casa (mientras el dueño no está en su casa las pertenencias no están protegidas por el sistema de protección mágica) y seguí a Mulciber y Proteo. Castalia y Derceto se fueron a casa de Tellus y nosotros nos dirigimos al sur montados en un hipogrifo, excepto Proteo, que, como era un minotauro, tuvo que ir al trote a coger un barco que lo llevara al otro lado del mar.

Nos reencontramos los tres, al cabo de unas horas, en la larga cola formada por grupos de tres que llevaba a la fortaleza. La larga espera nos obligó a turnarnos para traer comida de los puestos que había en la calle.

La espera duró toda la mañana y parte de la tarde. A las siete y cuarto de la tarde nos tocó entrar en la fortaleza, donde los esfinges preguntaban a todo el mundo en el oído acertijos y todos ellos respondían que iban por el concurso. En realidad, era eso lo que había causado la larga cola de personas esperando, pues el castillo no estaba tan lleno.

-¿Por qué preguntan el acertijo si saben que están aquí por el reto? -preguntó Mulciber mientras corríamos hacia la torre de la derecha, donde los esfinges nos habían indicado.

-Porque si simplemente los dejaran pasar, podrían hacer cualquier cosa, como atacar la fortaleza; pero si dicen lo que van a hacer, el esfinge es capaz de detectar si es verdad o mentira. Así atrapan a cualquier loco que se proponga hacer daño a la ley.

Así llegamos a la torre, donde un gigante empequeñecido con magia (esto se suele notar porque los gigantes suelen ser más cabezones y con brazos más largos de lo normal, además de la cara desfigurada y sin dientes) para hacer su trabajo nos indicó el piso y la habitación donde seríamos evaluados.

Subimos la torre y llegamos allí. Entramos en la habitación y vimos a un hombre sentado tras una mesa. Tenía el pelo moreno y la cara pálida y algo ovalada. Sus manos, sobre la mesa, eran casi blancas y algo raquíticas. Parecía tener como cuarenta y cinco o cincuenta años.

-¿Nombres?

Murmuramos nuestros nombres ante aquel tipo mientras él los escribía.

-¿Especies?

Y al momento salió desde algún punto del techo luz de luna llena.

Todo se volvió oscuro y silencioso de repente.

El ambiente frío de la habitación se volvió caliente y cómodo gracias a mi nuevo pelaje. Mis colmillos parecieron agrandarse hasta alcanzar mis pies, aunque yo sabía que sólo sobresaldrían un poco de mi labio inferior. Mis uñas eran ya zarpas. Mi "yo" lobuno me saludó en mi mente y me preguntó sobre la presa de esta noche. Lo ignoré mientras volvía a ver y oír a mi alrededor. Todo esto ocurrió en un momento, aunque me pareció más tiempo. Vi cómo Mulciber se protegía la ropa y se convertía en furia de fuego para evitar las quemaduras que la luz le producirían en la piel si se mantuviese en forma humana. Proteo permanecía impasible.

-Ahora un pequeño duelo. Mulciber, primero.

Y el tipo apagó la luz. Yo no quería volverme humano, por eso abrí la piedra lunar de mi colgante. El hombre sacó una espada larga y afilada. Se levantó y llevó a Mulciber a una pared. La tocó y se apartó para mostrar una habitación redonda para duelos donde ambos entraron.

-Que empiece el combate.

Y el hombre atacó a Mulciber con la espada en un movimiento básico. Mulciber lo esquivó y buscó la cara del hombre con el puño, pero él se empequeñeció de repente y pasó por debajo de él. Se levantó y se agrandó para atacar a Mulciber por la espalda pero éste lo oyó y se vio obligado a dar una voltereta dando una patada hacia atrás a su adversario, que cayó contra la pared con un ruido sordo. Mulciber se puso en pie y se lanzó contra él. Le cogió el puño antes de que el hombre pudiera hacer nada. El calor del fuego lo hizo soltar la espada. Mulciber la cogió y puso la punta en su garganta con elegancia y una sonrisa en los ojos. Dejó pasar un segundo y le devolvió la espada al hombre, que ya se estaba curando las quemaduras y poniéndose en pie.

-¡Perfecto! Ahora Ichthys.

A pesar de que exclamara "perfecto", parecía indiferente a todo.

Me dirigí a la habitación mientras Mulciber me guiñaba. Le devolví el guiño sin ganas.

-¿Preparado?

Comencé a pensar cómo atacarlo y la voz del lobo que había en mí me preguntó:

-¿Es esta la presa de esta noche?

-*Sí -*pensé; no tenía ganas de darle explicaciones-. Pero no hay que matarlo hasta que yo te diga.

-¡Vale!

-Sí, estoy preparado -le respondí al señor

Y él se lanzó como hizo con Mulciber. Le demostré que ya estaba experimentado esquivándolo y dejándome llevar por el lobo que habitaba en mí. Mis zarpas le herían cada vez que pasaban cerca de él, al igual que su espada en mi cuerpo peludo. Ambos nos curábamos con magia mientras nos atacábamos. Mis colmillos buscaban su cuello y su espada buscaba el mío. Continuamos los mismos movimientos cinco o seis o siete veces. Por último alcé las garras y agarré la espada, aun a costa de dañarme, y forcejeé con él, que comenzó a enviarme magia para debilitarme. Yo le respondí con magia para dañar sus manos, que parecían ser su punto débil. No era un daño real, sólo el sentimiento de dolor que yo recibía de la espada en mis manos que iba de vuelta para que él lo sintiera igual que yo. Por fin, soltó la empuñadura y yo tiré la espada lejos de ambos. Me curé las manos mientras evitaba que él recuperara el arma, y, una vez curado, me lancé a morder su cuello...

... pero recordé a tiempo que no debía comerme a ese señor...

-*¿Lo mato ya? -*mi lobo interior era muy considerado.

Saqué la piedra lunar de debajo de mi camiseta y la cerré, dando por terminado el combate. Tras la aparentemente larga transformación, me vi en forma humana encima de aquel hombre con mis dientes (ahora a tamaño natural) junto a su cuello.

Nos levantamos y curamos mientras Mulciber me aplaudía febril. Yo se lo agradecí y me quedé junto a él mientras Proteo y el hombre cuyo nombre desconocía se batían en duelo.

El comienzo de aquel señor, que parecía ser siempre igual, en realidad era algo distinto cada vez. A Mulciber con la diestra, a mí con la zurda y a Proteo con ambas manos, quizá por considerarlo más fuerte. Proteo tuvo algunos problemas con la magia de aquel hombre, que no podía aplacar, pero la fuerza bruta y la adivinación de los movimientos del contrincante le permitieron desarmarlo y amenazarlo con la espada de manera similar a como Mulciber lo había hecho, concluyendo el duelo. Esta vez, el hombre tuvo que curarlo a él y a sí mismo. Al acabar, nos dijo:

-Por último, os recomiendo que os compréis o consigáis un objeto o arma cada uno para ayudaros en el concurso; no obstante, sólo se permite uno por persona. Podéis marcharos. Empezaréis pasado mañana en las cuevas de Egeria, a las ocho y media de la tarde. Llegad temprano por si acaso. Recordad: sois el grupo número 58.

Nos despedimos y salimos por la puerta.

Mientras Mulciber relataba eufórico los tres duelos, yo iba pensando en Merlín. No lo había visto por ningún lado, y eso me extrañaba. Me encogí de hombros y miré mi piedra lunar, como hacía siempre que no tenía nada que hacer. Vi que necesitaba una buena recarga y recordé que esa noche era de luna llena. Sonreí. Esta noche no iba a ser Mulciber el único en recordar y repetir todos y cada uno de los movimientos de los duelos.