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Historia 50616 — capítulo 6

Al día siguiente comenzaron los preparativos para el concurso.

Me desperté tarde, justo a la hora del almuerzo, debido a que toda la noche anterior había estado cazando animales en el bosque. Almorcé bastante poco porque no tenía hambre (en el bosque de Fedez lo que no faltaban eran animales, desde luego) y me di una ducha rápida y muy fría que me despejó de inmediato. Me arreglé y salí a la calle, donde Mulciber y Proteo ya estaban practicando atacándose el uno al otro.

-¡Hola!

-¡Buenas tardes, dormilón!

-¿Vamos a comprarnos algo? -dijo Proteo.

Y nos dirigimos al centro de Fedez. El sol era espléndido y no se veía una nube. Las tiendas estaban abarrotadas.

Entramos en una en la que vendían arcos de todo tipo y tamaño. A Proteo no le hacía gracia que hubiese tantos centauros allí y salió de la tienda. Mulciber y yo curioseamos, pero a él tampoco le hacía mucha gracia.

-Me gusta más la lucha cuerpo a cuerpo.

-Pero eso para mí no es un problema, lo que sí es un problema es mi puntería.

-Entonces...

-Entonces -interrumpí- me viene genial este arco Ull.

Se acercó a la etiqueta y leyó:

Arco Ull: Arco mágico cuyas flechas persiguen al objetivo durante unos segundos si éste se mueve. Corrige la peor puntería. Tiene preferencia por la venganza y admite cualquier tipo de proyectil.

-No suena nada mal -admitió.

No era muy caro, así que me lo compré.

Al salir de la tienda me encontré con Bendis. Bendis era una chica (de especie humana) que conocía desde el primer curso. Ver su pelo rubio ondulado, su sonrisa permanente, su frente ancha y sus ojos color miel, devolviéndome los recuerdos de nuestra infancia juntos me alegró como nada podría hacerlo.

-¡Bendis! ¡Cuánto tiempo!

-¡Sí, ¿verdad?!

-¡Cómo me alegro de verte! -dije con sinceridad absoluta.

-¡Y yo!

Nos dimos dos besos en la mejilla como saludo, y esto me permitió verlo por encima de su hombro, detrás de ella.

Broteas.

¿Cómo no pude imaginar que en una tienda repleta de centauros pudiera estar éste en especial?

Broteas era, por decirlo de alguna manera, todo lo contrario a Bendis con respecto a mí. Siempre me llevé mal con él y ambos procuramos alejarnos el uno del otro porque nunca acabábamos bien juntos. Esto no le impidió seguir siendo mezquino, brutal, malhablado, indiscreto y fantasma como él solo. Pero me sonrió como si fuéramos amigos de toda la vida.

-¡Pero si es Ichthys! ¡Un abrazo, compañero!

Tanto Mulciber como yo estábamos anonadados. Le devolví el abrazo fríamente y esperando en cualquier momento una puñalada por la espalda.

-¡¿Cómo te va la vida?!

-No me quejo -dije con cara de póquer-. ¿Y a ti?

-¡Tampoco me puedo quejar! ¡De hecho, estoy recién casado, mira!

Y de repente comprendí su euforia, mientras veía anillos idénticos en su dedo y el de aquella chica que siempre me gustó y con la que soñé tantas cosas...

-¡Qué bien! -salté de repente con una euforia bien fingida, casi más alegre que él. Mulciber abría la boca anonadado-. ¿Cuándo fue la boda? ¿No me invitasteis?

-No pudimos -Bendis habló aliviada, creyéndose mi alegría fingida-. No conocíamos tu nueva dirección.

-¿Y tú te vas a presentar al concurso? ¡Qué bien! ¡Compitiendo, como cuando niños!

Su ironía me estaba molestando, pero aún más que Bendis pareciera creer en serio que no había problema. Deseé dejar el jueguecito de sonrisas falsas y decirle a voces a Bendis lo que sentía, pero iba tarde, como siempre...

-Lo que me sorprende es que tú te presentes.

El silencio fue repentino. No fui yo quien habló, sino Proteo, que acababa de abrirse paso entre centauros con arcos para entrar en la conversación.

-¡Proteo, viejo amiguete!

-Yo no soy tu "amiguete" -si había alguien que odiara más que yo a Broteas era Proteo, y no parecía dispuesto a entrar en el juego de sarcasmos.

-¡Pero...! -respondió entre risas Broteas.

-Ni pero ni leches. No se te ocurra tocarme -Broteas había estirado el brazo para tranquilizar al minotauro.

-¿Qué está pasando aquí?

Un gigante empequeñecido con magia para entrar en el local se dirigía a nosotros con estas palabras.

-Ichthys, Proteo, Mulciber, éste es Angurboda, un gigante que está en nuestro trío para el concurso.

Tras los saludos correspondientes, la implacablemente sonriente cara de Broteas, la penetrante mirada de Angurboda, y la ingenua sonrisa de Bendis no tardaron en despedirse alegando tener prisa y fueron a buscar arcos y flechas al interior de la tienda mientras nosotros tres salíamos. Proteo estaba callado y furioso y yo estaba cansado, así que ambos hicimos callar a Mulciber, que dejó sus preguntas para más tarde.

Una hora más tarde, más tranquilos, subíamos y bajábamos la calle buscando diferentes objetos y comparando precios. Mulciber se compró una piedra maligna (cuyo líquido, según la etiqueta, da "capacidad de destrucción, falta de conciencia y olvido del bien, lo cual llena al sujeto de una ira controlable para ser descargada sobre alguien o algo, perfecto para batallas difíciles") y una cuerda Gleipnir ("cuerda indestructible, enrollada en una bobina de oro cuyos nudos sólo pueden desatar quien los ha hecho. Sólo se puede cortar con el contacto prolongado (12 horas) del cabello de una mujer virgen") y Proteo se compró un martillo Miolnir de hierro (con mango de madera) bastante grande cuya magia consistía en descargas eléctricas a corta y media distancia.

No ocurrió nada más interesante durante esa tarde. Nos volvimos a casa temprano, con ganas de que llegara el día siguiente, hablando por los codos en el caso de Mulciber (como siempre que está nervioso) y en casi completo silencio por parte de Proteo y yo. Yo me acosté a las diez y media de la noche. No creo que ninguno de nosotros pudiera haberse dormido del todo hasta la una de la madrugada, al menos yo no, pensando en el día siguiente.

El caso es que a las diez yo ya estaba despierto y había desayunado en gran cantidad para estar en forma durante el día. Comprobé el estado de mi piedra lunar y sentí que estaba cargada al completo. La volví a meter bajo la ropa, en contacto con mi piel.

La mañana la pasé en un centro deportivo que hay justo enfrente de mi casa jugando a tenis (un juego no mágico que también existe en vuestro mundo y que aquí es idéntico y el reglamento prohíbe la magia) y a balonimán, luego unas pesas y después salí corriendo del centro, crucé la calle a toda pastilla, entré en casa como una flecha y subí al cuarto de baño a darme una ducha muy fría.

Salí, me sequé y me vestí, ahora más tranquilo. Bajé las escaleras y almorcé. Era domingo. Siempre tenía asociado el domingo como el último día de "vacaciones semanales" (o sea, fin de semana), pero esta vez las "vacaciones" durarían más, debido a que había pedido un tiempo en el trabajo para hacer las pruebas. Era lo que la mayoría de los participantes había hecho, lo cual había obligado a los coordinadores del concurso a no admitir a nadie más, que, cinco días antes de la fecha convenida, es decir, hoy mismo, cerraron las puertas a aquellos que quisieran entrar en el concurso. Todo esto lo sabía por el silfo de la mañana, que esos días sólo sabía hablar del concurso.

Terminé de almorzar y llamaron a la puerta de atrás, la del patio. Proteo y Mulciber estaban allí solos y me contaron que Derceto estaba enfadado y no permitía a Castalia a venir, por lo que se habían puesto a discutir; mientras que Tellus estaba trabajando unas horas extras por culpa de la repentina decisión de medio mundo de abandonar unos días su trabajo.

-Decidle cuando podáis que lo siento mucho.

-No, si le gusta -soltó Proteo-. Nunca verás a Tellus reprochándote su aumento de trabajo. De hecho creo que hasta te lo agradecerá.

-Bueno... ¿Hay plan para esta tarde? -dijo alegremente Mulciber.

-Hay que preparase para la prueba, supongo -repuso Proteo, que no parecía tampoco muy triste, precisamente.

-¡Genial! ¿Echamos un duelo?

-No puedo, Mulciber -respondí-. No voy a gastar ahora mi piedra lunar. Me hará falta.

-Pues te quedas mirando -replicó él sonriente-. ¿Nos dejas tu patio?

-Cómo no -cedí. Sabía que aunque me negara él iba a insistir hasta que lo dejara.

-¿Proteo? -desafió Mulciber.

Pasaron tres horas de golpes, quemaduras y porrazos, mientras yo curaba a Proteo para evitar desventajas. A las siete y media decidimos ir a las cuevas, cercanas a la fortaleza, al otro lado del estrecho. Viajamos de nuevo Mulciber y yo en un hipogrifo de alquiler y Proteo en barco. Nos encontramos en la entrada de las cuevas de Egeria a las ocho en punto. Allí había un hombre con una libreta llena de papeles y un reloj de pared flotando en el aire, que él consultaba sin parar.

-Vosotros sois los de las ocho y media, ¿verdad? -dijo el hombre.

-Sí -afirmó Mulciber.

-El tiempo que tarda cada grupo en hacer una prueba es anotado y sumado con los demás tiempos de las demás pruebas. Así se evitan desventajas entre grupos según el orden en que se apuntaron. Las doce pruebas tienen lugar doce días distintos separados entre sí por un tiempo de una semana. A vosotros os tocará siempre a las ocho y media a no ser que algún grupo tarde demasiado. Aun así está bien que lleguéis temprano como habéis hecho hoy por si algún grupo tarda poco, y también deberíais traer comida por si la espera es larga.

Dijo esto tan rápido que ni siquiera me dio tiempo a asimilarlo antes de que apareciera un silfo de entre las sombras:

-No se hará larga esta vez. Acaban de terminar. Han perdido. -dijo el hombrecillo de aire.

-De acuerdo-al momento, el reloj movió sus manecillas a la posición de las doce en punto, y comprendí que en realidad era un cronómetro. El hombre anotó los tiempos y nos preguntó por nuestro número de grupo.

-58.

-Bien -lo anotó-. Recordad: no matar ninguna especie, sólo esquivar y conseguir la pista. Está grabada en la roca al final de la cueva.

-De acuerdo.

-Pues adelante.

Y entramos en la cueva.