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Death Note II: La leyenda del Hassassin. — capítulo 34

Capítulo 32:

Blancanieves

-¿Era bonita?

-¿Quién?

-Tu madre. - explicó, no sin cierto tono disimulado de desespero en su amable voz. - ¿Tu madre era bonita?

La chica no respondió a la sencilla pregunta inmediatamente. En lugar de eso, actuó como si no la hubiera escuchado o como si fuera una pregunta tan complicada que su cerebro no hubiera podido entenderla. Le lanzó una rápida mirada a su compañera y continuó doblando la ropa recién lavada en silencio con la efectividad de un robot bien programado. Su ceño estaba ligeramente fruncido, casi imperceptible.

Justo cuando parecía que ya no iba a responder, sus labios se abrieron lenta y delicadamente. El ceño fruncido se profundizó un poco más. Dejó una blusa a medio doblar y miró a su compañera  como si aún no estuviera segura de haber entendido bien la pregunta. La chica esperaba expectante la respuesta, pero parecía que a su callada amiga le costaba muchísimo encontrar las palabras adecuadas.

-Ella era… - hubo una pequeña pausa. - Endemoniadamente bonita, sí.

Y prosiguió a terminar de doblar la blusa como si ese pequeño y extraño episodio nunca se hubiera desarrollado.

Ninguna de los dos dijo nada más, a pesar de qué quedaba claro que la curiosidad de la chica que había empezado con las preguntas no había sido alimentada como Dios manda. De hecho, parecía que la escueta respuesta había provocado que su curiosidad se hiciera mucho mayor. Ambas jóvenes continuaron doblando las prendas, cada una metida en sus propios pensamientos.

Atardecía en Londres. Era julio.

Unas cuantas nubes estaban teñidas de un apasionado y sangriento rojo. A lo lejos se escuchaba el ronroneo de los autos que transitaban por las calles que rodeaban al edificio color rosa pastel, el cual tenía forma de un cartón de leche.  Ese día olía, se escuchaba y se sentía como un clásico viernes por la tarde, cuando todos van entusiastas de regreso a sus casas después de un último y agotados día de trabajo, con la esperanza de un apacible y relajante fin de semana por delante. Las voces que provenían de las calles eran animadas y en la enorme casa vecina se escapaba el aroma de una barbacoa y el sonido de unos niños jugando animadamente con un gracioso y joven perro.

Pero bajo aquel panorama digno de película, debajo de aquella falsa imagen de tranquilidad y alegría, la amargura y la desesperanza se apoderaban de todos los corazones. En algunas de las almas más nobles se alcanzaba a visualizar un pálido brillo de esperanza, pero en la mayoría de las personas la esperanza se había esfumado por completo. Ni siquiera los optimistas letreros de "Keep calm and carry on", pegados en cada esquina, les traían algún consuelo. Bajo esas sonrisas de todos los días había una depresión devoradora. Entremezclado con el olor a barbacoa estaba el olor a pólvora: a pólvora, guerra y muerte. El sonido de los niños jugando resultaba doloroso, pues más allá de sus risas había un hogar roto, donde el padre había tenido que partir para luchar en la guerra  y la madre trabajaba día y noche para mantenerlos bien alimentados.

La muchacha de cabello negro terminó de doblar su última prenda de ropa y la colocó en la canastilla. Viendo que a su amiga preguntona le faltaban bastantes blusas más por doblar, se apresuró a ayudarla. A ambas les rugían las tripas con insistencia. Ese viernes había sido agotador y en lo único que pensaban era en comida y una buena cama. 

-Gracias, Blancanieves.

  • dijo la preguntona, una vez que hubieran terminado sus labores. Tomaron sus respectivas canastas y se atravesaron el reducido patio trasero del edificio rosado. Blancanieves esbozó una falsa sonrisa al a mitad del camino.

-De nada, Azul. - guardaron silencio mientras entraban al edificio.

-¡Perdón! - soltó Azul, la preguntona, de pronto. Parecía que la chica tenía una fobia terrible al silencio y no aguantaba mucho tiempo sin hablar. Blancanieves la miró entre extrañada y expectante, con una ceja enarcada. - Sé que te hago muchas preguntas… ¡perdón si son incómodas! Es que no puedo evitarlo. Llevas… ¿cuánto? ¿Cinco años? Cinco años trabajando aquí, siendo mi compañera de dormitorio y es como si no te conociera. Todos los días comemos juntas, reímos de los mismos chistes y yo te cuento toda mi vida, pero ¡tú no me dices nada y…! - se detuvo. La expresión en su rostro se torno preocupada y arrepentida, como si creyera que había dicho algo malo. Blancanieves la observaba con seriedad sepulcral. - Ni siquiera sé cómo te llamas. - agregó, sin poder evitarlo.

Subieron las escaleras hacia el primer piso sumidas nuevamente en un incómodo silencio. De nuevo, Blancanieves tardó en contestar. Justo cuando acababa de pisar el último escalón y ante ellas se encontraba un largo pasillo con una ventana al final, respondió en un tono que intentaba ser alegre. Azul había creído la falsa felicidad de su voz si no llevara cinco años conociéndola, los cuales eran los suficientes para diferenciar entre la verdad y la mentira, con respecto a su compañera. "Vaya." Pensó, fugazmente. "La chica sabe actuar. A lo mejor es una estrella de Hollywood escapando de la fama."

-Ya te he dicho que mi nombre es Joanne y que me gusta que me digan Jo. - sonrió. - Eres muy olvidadiza, Azul.

El pasillo estaba poblado de muchísimas puertas, todas del mismo color rosado. Lo único que volvía diferente a cada puerta era el símbolo católico que lo decoraba. En una puerta se podía ver la imagen de San Juan, en otra la de San Antonio y en una más, la de la Virgen María. De las habitaciones provenía el ligero sonido de risas y voces femeninas. Azul y Blancanieves se detuvieron frente a las últimas cinco puertas.

-¡Niñas!  - llamó Azul, con su fuerte y estridente voz.

  • ¡Su ropa está aquí!

-¡Ya vamos! - respondió una vocecita aguda, proveniente de la última puerta del pasillo. Después de esa respuesta, de las últimas cinco puertas surgió una estampida de niñas, la mayoría con ya con su bata de dormir. Sus edades databan entre los siete y ocho años.

-¡Una fila ordenada, chicas! - insistió Azul, al ver como las niñas se apretujaban contra ella, casi derribando las canastillas de ropa en el proceso. Blancanieves, delgada como un palo, se tambaleo ligeramente, pero en su rostro permaneció una amable, pero fingida, sonrisa. Azul, por su parte, tenía la mente en otra parte: ella era olvidadiza, muy olvidadiza, pero estaba totalmente segura de que Blancanieves nunca le había dicho su nombre. Si lo hubiera hecho, ella lo recordaría. Tendría que haberlo recordado, porque nunca se le había olvidado las pocas cosas que Blancanieves había dicho de sí. Ni siquiera detalles tan banales como que le gustaban las manzanas y dibujar.

Las jóvenes repartieron sus respectivas ropas a cada niña, sin intercambiar palabra alguna entre ellas. Cuando hubieron terminado, una niña con una arrugada hoja de papel en la mano se dirigió hacia ellas con expresión de pánico. Estaba pálida y sus pequeños ojos cafés estaban brillosos por unas lágrimas que luchaban por no salir.

-¡Blancanieves! - dijo la niña. Le tendió la hoja con su mano temblorosa. - ¡Están mal! ¡Leslie dice que están todas mal! ¡Y son para mañana!

Blancanieves tomó la hoja y le echó un vistazo a las sumas y restas que estaban escritas en ella. Cinco segundos después, devolvió la hoja a su dueña y le explicó, con voz calmada para tranquilizar a la pequeña estresada:

-No están mal, Molly. Todas están muy bien, tan sólo la cuarta está incorrecta. - vio como el alivio se materializaba en el rostro de la niña y continúo. - Y no es un error grave. Estás restando 367 menos 102.  Sumaste siete más dos en lugar de restarlos, eso es todo. Así que, tranquila.

-¡Ohhhhh! - exclamó Molly, como si acabara de presenciar un acto de magia. Abrazó por la cintura a Blancanieves mientras decía, emocionada: - ¡Gracias, Blancanieves, eres muy inteligente!

Dicho eso, se volvió a su habitación a toda velocidad.

-Terminamos, por fin.

  • comentó Blancanieves, con un suspiro. Tomó su canastilla vacía y parecía estar dispuesta a echarse andar, cuando se topo con la mirada desdeñosa de Azul. Suspiró nuevamente. - ¿Sucede algo?

-¿Eres algún tipo de genio o algo así? - preguntó. Su tono de voz indicaba que, indudablemente, se trataba de una broma. - ¿Inventaste algo súper genial y ahora te escondes en este orfanato para mantener a salvo tu investigación o algo así?

-Me atrapaste. - musitó, con una sonrisa de oreja a oreja. - Vamos a comer, que el hambre te hace delirar. - Dándole un pequeño y amistoso empujón a Azul, comenzó a andar por el pasillo en dirección a las escaleras. Las chicas tenían planeado ir por un bocadillo. La mente de Blancanieves ya estaba pensando en pay de manzana y emparedados de queso, cuando se dio cuenta de que no escuchaba pasos detrás de ella. Se detuvo en seco.

Al dar media vuelta se encontró con una imagen extraña. Al final del pasillo estaba la gran ventana que daba a la calle principal, una concurrida y fea avenida. La luz del atardecer entraba con esplendor por la ventana, pintando el pasillo, con sus puertas rosadas y católicas y su tapete color rojo oscuro. La figura de Azul, recortada contra la luz del crepúsculo, era tan sólo una sombra negra. Entrecerrando los ojos, Blancanieves pudo descubrir la expresión de preocupación de Azul. La chica miraba por la ventana hacia la calle. Pero había algo en su forma de observar que a Blancanieves le recordaba a un espía profesional. Era como si Azul estuviera escondiéndose para ver a alguien.

Blancanieves tuvo un muy mal presentimiento. ¿Sería posible qué…? No. Eran tonterías. Ella estaba a salvo en ese orfanato. Nadie podía… nadie podía haberla encontrado. No había dejado ninguna pista al desaparecer. Su desaparición había sido como se hubiera evaporado. Había tomado tantas precauciones…no. No la podían haber encontrado.

-¿Qué pasa? - preguntó. Azul le indico con la mano que se acercara.

-Ven. Hay algo extraño en ese tipo de allá. Cuida que no te vea.

"Un tipo" pensó Blancanieves. Un tipo desconocido. Se le hizo un nudo en el estomago."Es él."

Se acercó, doblando ligeramente las rodillas para que su figura no se alcanzara a ver desde la calle. Nunca se dio  cuenta de que estaba temblando, despavorida, y de que su respiración se había vuelto entrecortada y nerviosa. Se colocó al lado de Azul sin otra palabra y observó a la calle.

Había un hombre  mirando al orfanato. Miraba, específicamente, a esa ventana. El corazón de Blancanieves disminuyó su alocado ritmo al darse cuenta de que no conocía a ese hombre. Era un total desconocido para ella, con su piel pálida de vampiro y su cabello negro, largo y alborotado. Nunca lo había visto y eso era todo un alivio. Se tranquilizó casi inmediatamente y sin el miedo nublándole la vista, pudo hacer un análisis mejor del extraño hombre.

No podía verle el rostro a esa distancia y con tan poca luz diurna, pero le parecía que era joven. Unos cuantos años mayor que ella, quizás. Vestía todo de negro y muy formal, a pesar de que había sido un día húmedo y caluroso. Era delgado, tan delgado que parecía que no había comido durante meses.

Y no cabía duda. Miraba el orfanato, miraba a esa ventana. Estaba parado del otro lado de la calle, en la acera. Era el único peatón, el resto de las personas que recorrían la calle iban en coche o en bicicleta. Pero ahí estaba él, solo, con su elegante saco negro, las manos en los costados. Su cabeza ligeramente levantada y sus ojos puestos en la ventana.

-¿Lo conoces? - preguntó Azul. Blancanieves negó con la cabeza. - ¿Qué crees que éste haciendo?

-No lo sé. - respondió ella. - Siento que está esperando algo.

-O alguien.

"Me está esperando a mí." El macabro pensamiento cruzó por su cabeza sin poder evitarlo. Se estremeció. Ella era la única en ese edificio con un secreto oscuro. Sólo ella tenía que vivir escondida. Era ella. El hombre la buscaba a ella.

"Lo debió de haber mandando a buscarme."

-¿Crees que nos pueda ver? - cuestionó Azul. Cruzaron una mirada preocupada y Blancanieves hizo un rápido cálculo mental para comprobar si ellas estaban en el límite de visión del hombre. Su resultado fue, afortunadamente, negativo.

-No creo. - Después, agregó sin estar muy segura de por qué lo decía: - Pero creo que deberíamos de permitir que nos viera.

-¿Estás lo…?

Pero no pudo terminar. El hombre se puso en marcha, tranquilamente, como si acabara de salir del banco o se dirigiera a tomar un café. Actuaba como si nada, como si no hubiera estado contemplando un orfanato para niñas desde la calle. Como si estuviera admirando una pintura y ya, se fue. Lo vieron torcer hacia la derecha en al final de la calle, en la esquina. Se había ido. El hombre misterioso había desaparecido.

-Qué rayos… - musitó Azul. Ambas chicas se enderezaron y, tomando sus canastas, continuaron su viaje hacia la cocina. - Hay gente tan rara. Ese tenía pinta de loquito. A lo mejor está todo drogado y alucina que este edificio es un castillo con todo y dragón…

Azul intentaba reducir la tensión con la broma, pero Blancanieves ya no la escuchaba. Estaba pálida y su frente estaba perlada de sudor. Sus ojos se habían vuelto saltones por el pánico. Azul se detuvo súbitamente y la tomó con firmeza del brazo:

-¿Estás bien? - preguntó. Blancanieves negaba con la cabeza, sin responder verbalmente. Parecía que no se daba cuenta del movimiento de su cráneo. Con más fuerza, Azul repitió su pregunta: - Blancanieves, ¿estás bien?

La chica se soltó con un movimiento innecesariamente brusco de su amiga. Sus manos temblaban. Se llevo una mano a su cabello negro y tomó un mechón. Comenzó a retorcerlo entre sus dedos con nerviosismo. Dejo caer la canastilla, ésta produjo un ruido sordo al estrellarse con las escaleras. Rodó un par de escalones abajo antes de detenerse por completo.

 Azul no tenía idea de qué estaba sucediendo. Jamás había visto a Blancanieves perder la  cordura de aquella forma. El brillo paranoico en su mirada, su tic nervioso con el cabello, la forma en que temblaba… Azul se preguntó si Blancanieves no se había vuelto loca de remate, de un momento para otro, como si la presencia de aquel hombre hubiera sido la gota que derramó el vaso, el último empujoncito hacia el abismo de la locura.

"Lo conoce" dedujo rápidamente Azul. Había una relación con el hombre de negro y Blancanieves… sintiéndose ligeramente egoísta, Azul se alegró un poco por aquella pista. La historia de Blancanieves era un misterio para todo el mundo. Ella tenía una pista. Se alegraba por ello.

Pero al mismo tiempo le preocupaba su amiga, pues a pesar de ser una chica callada, tímida y seria, Blancanieves era una amiga para Azul. Una excelente amiga, de esas que saben escuchar y aconsejar con sinceridad. Quizás obtendría la categoría de "Mejor Amiga" si la chica fuera menos seria y más alocada. Pero no lo era: Blancanieves había rechazado toda invitación a divertirse. No le gustaba ir a algún club a bailar o al centro comercial en busca de zapatos y bolsos. En sus días libres se quedaba en el orfanato, trabajando a todo momento o sentándose en el jardín a leer un libro.

Era un ser solitario e introvertido, misterioso y sombrío, pero mágico. Sus ojos tristes, sus facciones delicadas, sus modales y su aristocrática amabilidad la convertían en un ser único. Su silencio y su tendencia a permanecer rezagada la convertían, contra su voluntad, en el centro de atención. Todas esas características habían contribuido en su bautizo con el apodo de "Blancanieves". Desde el día de su llegada, las niñas la llamaron así. Y como a Blancanieves no parecía molestarle, jamás se quejó o exigió que la llamaran de otra forma, así fue como la chica fue conocida. Como Blancanieves, con su tez blanca como la nieve, su cabello negro, sus ojos cafés y tristes… la imaginación de las huérfanas asoció rápidamente a Blancanieves con la princesa de los cuentos que las chicas adoraban escuchar. Y es que, la chica realmente parecía una princesa huyendo de su malvada madrastra. Al menos así le parecía a Azul. Su amiga tenía algo sobrenatural, algo mágico que había conquistado a las niñas desde el momento en que la vieron.

-No. - respondió Blancanieves, en un susurro demencial. Le lanzó una mirada perturbada a Azul, quien, sin poder evitarlo, retrocedió un poco. - No estoy bien.

Y dicho eso, se echo a correr el resto del tramo de las escaleras. Azul se quedó paralizada un instante, tratando de entender que acababa de suceder. Su cabeza encajó las piezas un par de minutos después. No se lo preguntó más: recogió la canastilla de Blancanieves, bajó a toda velocidad las escaleras, dejo las canastillas en el suelo y se apresuró a recorrer todo el primer piso en busca de su amiga. Blancanieves la necesitaba. O al menos Azul creía creer eso. Era una excelente excusa para saber que se traía entre manos.

Le sorprendió la facilidad con la que detectó la posición de su compañera. Los sollozos descontrolados de la chica eran terriblemente audibles. Se encontraba en la oficina de la señora Hetfield, directora del orfanato. La puerta, de madera pintada de un resplandeciente blanco, estaba cerrada. Pero eso no hacía inaudible lo que sucedía dentro. Tres chicas acababan de entrar al edificio, aún traían puesto el uniforme de su colegio y cargaban una pequeña mochila gris  repleta de libros. Las tres centraron su atención a la puerta de la oficina, la cual no era barrera alguna para el ruido del llanto descontrolado. Una de ellas, la más alta, miró a Azul con el ceño fruncido, mientras las otras dos corrían hacia la puerta de la oficina. Una incluso lanzó su mochila en el camino.

-¿Qué pasa? ¿Es una chica nueva? - preguntó la alta. Azul tardó en responder. Caminaba hacia la oficina de la señora Hetfield con la mente fija en una sola pregunta: ¿Qué le sucedía a Blancanieves? Apartó a las dos chicas uniformadas con un pequeño empujón y cuando éstas rechistaron, les pidió silencio poniéndose el dedo índice en los labios. Las chicas callaron, pero no se movieron de la puerta.

-No. - murmuro Azul. No estuvo segura de que la chica alta la hubiera escuchado. - Es Blancanieves. Algo le pasó.

-¿Blancanieves? - preguntó la chica que había lanzado su mochila. Tenía el cabello corto y rubio, lo que, junto a su nariz respingona y sus grandes ojos traviesos, la hacían parecer un duendecillo. - ¡Esto sí que es interesante, entonces!

Se acerco a la puerta con intención de escuchar mejor, pero la mirada firme de Azul la hizo retroceder.

-Nada de eso, Jeannette. - la cortó, con aire autoritario  y mandón. - Llegaron muy tarde hoy. Vayan a sus habitaciones ahora mismo o me encargaré de que sean las siguientes en pasar a la oficina.

Las muchachas, unos cuantos años menor que ella, la miraron con reproche. Jeannette, el duendecillo travieso, puso los ojos en blanco. Abrió la boca para rechistar, pero un codazo de su otra compañera, la alta, la hizo callar. La chica alta parecía ser la única con sentido común en aquel trío de quinceañeras.

-Pero nos cuentas que pasa, eh. - dijo Jeannette. Las tres muchachas miraron por última vez a la puerta, de donde sólo provenían ahora unos sollozos ahogados, y se retiraron caminando lo más lentamente posible, como si así pudieran prolongar su partida y satisfacer su curiosidad un poco más. Jeannette recogió su mochila en el camino y se la echó al hombro con flojera.

Libre y sola, por fin, Azul dudó si debía tocar la puerta o entrar así como si nada. La señora Hetfield odiaba la falta de modales y esa descortesía podía costarle el trabajo, pero si pedía permiso corría el peligro de recibir una respuesta negativa, una invitación denegada. Levantó el puño para tocar. Su plan era tocar e inmediatamente entrar, sin esperar respuesta, cuando escucho la voz de Blancanieves. Le costó trabajo reconocerla, pues sonaba tan constipada y desesperada que parecía la voz de una completa extraña.

-¡Tengo que irme! - exclamó. - Las matará si no me voy… se vengará de todas ustedes por haberme protegido. Ese…ese hombre juro que me mataría. Ese… ese hombre es malo, es un mounstro.

"El hombre de la ventana" Pensó Azul, de inmediato. Aquel hombre de negro que miraba al orfanato*. "Buscando algo. O a alguien."* Buscando a Blancanieves. La misteriosa Blancanieves se había reencontrado con su pasado. "¿Quién eres, Blancanieves? ¿Qué te pasó? ¿Qué hiciste para que tengas que estar huyendo de un hombre?"

Le vino a la mente una sola idea: había  compartido su habitación con una total desconocida durante años. No había tenido idea del peligro que esa chica, Blancanieves, traía consigo. ¿Y si, un día, por azares del destino, el hombre de negro encontraba a Blancanieves…y Azul estuviese con ella? El tono horrorizado de Blancanieves la hacía pensar que aquel hombre era realmente un mounstro… un ser que se debía de temer. Una persona que hasta el hombre más valiente debe de temer y rezar con intensidad para no topárselo en algún callejón.

Blancanieves continuaba gritando, pero sus palabras salían atropelladas y las oraciones resultaban ininteligibles, más con la potente voz de la señora Hetfield intentando tranquilizar a su empleada. Pero lo cierto era que, palabras como "Todo estará bien", "Cálmate y respira hondo" y "No te preocupes, estás a salvo", eran huecas para  Blancanieves. Sus estridentes sollozos se volvían cada vez más fuertes. Azul comenzó a escuchar movimiento en los pisos de arriba. Las niñas ya la habían escuchado. En cualquier momento bajarían, con sus ojitos curiosos.

Azul corrió hacia las escaleras a toda velocidad y a todo pulmón, gritó:

-¡Niñas, todo está bien! ¡No bajen, es una orden!

Pero unas cabecitas con rizos castaños comenzaban a apreciarse en las escaleras. Azul detestó que las chicas fueran tan tercas. Puso un pie en el primer escalón, dispuesta a subir y devolverlas a todas a sus habitaciones, cuando todo acabó.

De pronto, los gritos terminaron súbitamente. Al silencio le siguió, de manera inmediata, el sonido de un golpe. Prosiguieron entonces, los gritos de auxilio de la señora Hetfield. Azul no lo dudó más: se olvidó de las niñas, y corrió de vuelta a la oficina. Abrió la puerta sin tocar.

Blancanieves estaba en el suelo, aparentemente desmayada, su cabello negro estaba desparramado por la alfombra azul celeste de la directora. Aún tenía lágrimas en las mejillas. Su rostro aún estaba retorcido del dolor. La señora Hetfield tenía el robusto rostro rosado y los ojos enrojecidos. La cincuentera miró a Azul con ojos implorantes y murmuró tres palabras claves:

-Ayúdame, por favor.

-¿Estará bien Blancanieves? - el rostro de Molly era conmovedor. Su inocente preocupación le provocó a Azul unas ganas tremendas de llorar. Se tragó el nudo en la garganta y, fingiendo una sonrisa esperanzadora, respondió a la pequeña con voz calmada:

-Claro que estará bien. Sólo está cansada. - explicó. Luego, sin saber si se lo decía a sí misma o a Molly, agregó: - Blancanieves es muy fuerte.

-¡Sí, lo es! - respondió la niña, esbozando una pequeña sonrisita. - ¿Recuerdas cuando me subí al árbol y ella subió para rescatarme porque me dio miedo bajar?

El incidente del árbol, claro que lo recordaba. Blancanieves había bajado con el pantalón roto, rasguños en los brazos, picaduras de hormigas y ramitas en el cabello. Pero en su mirada había una expresión triunfante mientras cargaba con la llorosa Molly, ésta aferrada a su cuello como si su vida dependiera de ello. Una mirada de orgullo, como si con aquel evento Blancanieves hubiera salvado al mundo entero. La sonrisa de Azul se tornó verdadera.

-Me acuerdo muy bien. Así que no te preocupes, ella estará bien. - echó un vistazo a su habitación. Blancanieves dormía en su cama, su rostro era paz y tranquilidad. La enfermera del orfanato, después de despertarla de su sorpresivo desmayo, le había dado unos suaves sedantes para tranquilizar su crisis de nervios. Blancanieves había despertado del desmayo retorciéndose y gritando una y otra vez: "¡No! ¡Aléjate de mí!" con una voz estremecedora que provocó que a Azul se le erizaran los cabellitos de la nuca…

-¿Puedo verla? - preguntó Molly, intentando escudriñar detrás de Azul. Con una sonrisa, Azul cerró la puerta a pesar de las quejas de la niña. La tomó de la mano y la condujo por el pasillo del piso, el último piso del edificio, en dirección al orfanato.

-No, no, no. - repitió, firme, cuando Molly comenzó a brincar con intención de liberarse de la mano apresadora de Azul. - Blancanieves necesita descansar. Pero apenas despierte y te aviso, ¿vale?

-¿Será como en el cuento? ¿Un príncipe vendrá a besarla?

Ya era medianoche. El orfanato estaba a oscuras, a excepción de unas cuantas luces tenues. Las niñas debían de estar todas dormidas. Fue una fortuna que la oscuridad ocultará la expresión sombría de Azul. No había príncipe. Tan sólo había un hombre misterioso, todo vestido de negro, que había transformado a Blancanieves en un manojo de nervios.

-Quizás. Pero hablemos de ello mañana. Tienes que irte a dormir.

Bajaban las escaleras en dirección al segundo piso, el de Molly. Estuvieron en silencio unos dos pisos, cuando la vocecita de la niña volvió a interrumpir el silencio de las sombras.

-Leslie dice que Blancanieves se va a ir.

-Oh, maldita Leslie.

  • murmuró Azul, entre dientes. Azul, por pura suerte, no la escucho. - Blancanieves no se irá.

-Pero… Leslie la escucho decir que se tenía que ir. - insistió la niña. Su voz sonaba quebrada, como si estuviera a punto de llorar.

-A Leslie le gusta mucho bromear, no le hagas  caso. ¡Está loquita! - Y le hizo cosquillas a Molly, hasta sacarle una carcajada. No hablaron más el resto del trayecto, hasta que Azul dejo a Molly en su respectiva cama. Leslie, la compañera de habitación de Molly, dormía en la suya. O al menos fingía dormir. Azul atisbaba algo que parecía un libro debajo de sus sábanas y en el rostro de la chica se insinuaba una sonrisa. Azul puso los ojos en blanco.

-Buenas noches, Molly. Nada de salirse de las habitaciones.

-¡Buenas noches, Azul!

Azul salió de la habitación. Se encontraba en el pasillo donde todo había comenzado. Sin darse cuenta, se sorprendió a sí misma parada en la ventana, mirando con atención a la calle medio oscura. Observó la calle vacía. No había ningún extraño mirando hacia el orfanato. No había de qué preocuparse.

Pero había un auto. Un auto negro, viejo y feo. Justo en el lugar donde el hombre de negro había estado en la tarde. Aún en la oscuridad, Azul podía ver que el cristal trasero estaba roto. Los dueños del auto habían cubierto dicha abertura con un hule transparente. Azul, sin saber por qué, reaccionó por puro instinto y se esforzó por ser invisible, disimulándose en las sombras del pasillo a oscuras. Había detectado, o creía haber detectado, movimiento dentro del auto, que a primera vista, ella había tachado de abandonado.

Entornó los ojos hasta que se le formaron arruguitas en al lado de éstos y otras más en la frente. No tenía buena vista, su última visita al oftalmólogo había demostrado que poseía un poco de miopía en ambos ojos. Azul se había negado a utilizar gafas desde el principio. Consideraba que usar gafas la haría perder varios puntos de belleza. Las lentillas nunca habían sido una opción. Un solo par constituirían un desbalance dramático en los ingresos de la chica. Lamentó en ese preciso instante su mala vista y se prometió ir el fin de semana siguiente al oftalmólogo con intención de comprar sus primeras gafas. Jamás se le hubiera ocurrido que necesitaría buena visión para espiar a los ocupantes de un coche misterioso.

Dentro del coche se movían dos cabezas. Parecían buscar algo. La falta de luz y de vista le impedía saber si eran hombres o mujeres, pero su primera hipótesis fue que podrían ser una pareja dándose una escapada nocturna. Su segunda hipótesis era mucho más peligrosa y comprometedora que la primera, pero, según el criterio de Azul, era la más probable. Era él. El hombre de negro al que Blancanieves tanto temía. Ahora el hombre volvía, para vigilarla de noche, cuidar que su presa no se escapara. Y esta vez traía compañía.

El supuesto hombre de negro y su compañero (Azul casi juraba que éste era un hombre, pero bastante enjuto) dejaron de moverse. Se quedaron quietos como si fueran estatuas. Azul tuvo la sensación de que la habían descubierto. La habían detectado, a pesar de sus esfuerzos por ser invisible, y ahora estaban susurrándose algún plan para eliminarla. Se dio cuenta de que su respiración se había vuelto entrecortada.

De pronto, el auto arrancó.  El ronroneo discreto de su motor cortó el silencio de la  calle por un par de segundos y, con las luces apagadas, el auto se fue. Torció por la misma esquina que el hombre negro.

Azul, con un suspiro, se recargó contra la pared. No sabía si debía sentirse aliviada o preocupada. Supuso que podía estar nerviosa y su preocupación la hacía ver todo con un velo de paranoia sobre los ojos. A lo mejor sólo eran una pareja de adolescentes. Se detuvieron para drogarse, besarse o buscar dinero para una cerveza. No era necesario que el hombre de negro y el auto viejo estuvieran relacionados. Incluso, pensó con cierta malicia, pudiera ser que el hombre de negro no fuera el hombre del que Blancanieves temía. La distancia no había permitido que Blancanieves y Azul pudieran examinar con claridad al supuesto acosador. Y Blancanieves necesitaba, al igual que Azul, gafas. Azul la veía usándolas de vez en cuando, un par de gafas muy grandes para su pequeño rostro, con unos cristales  gruesos que alteraban el tamaño real de sus ojos. Pero ni Blancanieves ni Azul habían estado usando gafas. Además, se encontraban a gran distancia del hombre de negro y, por si fuera poco, estaba atardeciendo. Esos tres factores habían contribuido a la nueva teoría de Azul: qué quizás todo fuera un malentendido causado por los nervios descontrolados de Blancanieves. Azul tenía que controlarse. No podía perder la cabeza. Se obligó a serenarse.

Mientras se echaba a andar por el pasillo, en dirección a las escaleras, una vocecita molesta resonó en la cabeza de Azul: Fuera o no el hombre de negro el mismo hombre del que Blancanieves temía, había un hecho innegable y tenebroso en el asunto. Un hecho que le provocó escalofríos a Azul, mientras subía las escaleras en dirección a su piso. Aquel hecho era que, indudablemente, había un hombre. Blancanieves estaba horrorizada, locamente aterrada de un hombre. Un hombre peligroso y vengativo del que había escapado, a lo mejor por un milagro. Azul había compartido habitación con ella desde hacía… ¿cuántos años? ¿Cuatro, cinco? Cinco años. Azul le había contado todo. Le había contado sobre su familia católica, sobre el religioso internado de chicas al que la habían mandado con intención de que escogiera al catolicismo como motivo de vida. Le había contado de su aventura con el primo de su mejor amiga, de su embarazo y del aborto posterior. Le había dicho todo, abierto su corazón por completo. Llorado en el hombro de Blancanieves. Por Dios. Le había confiado su vida. Se la había confiado sin tener idea de quién era Blancanieves.

Y ahora se daba cuenta que la muchacha tenía un pasado turbio. Al principio se había mostrado compasiva con ella, pero ahora temía. Temía por su vida, por la de su familia y la de las niñas del orfanato. "Las matará si no me voy… se vengará de todas ustedes por haberme protegido. Ese…ese hombre juro que me mataría."¿Poniendo toda su confianza en la desconocida Blancanieves, había firmado su sentencia de muerte?

Con esos pensamientos llegó a su piso. Sin saber por qué, a pesar de que su habitación era la primera del pasillo, pasó de largo y avanzó hasta la ventana que había al final, como en el piso de Molly. Lo hacía por instinto, tan sólo por curiosidad… pero su intuición pareció decirle "Te lo dije" cuando miró por la ventana. Llegó justo a tiempo para observar un auto café estacionándose en el mismo lugar donde había estado el otro, el viejo. Venía con las luces apagadas.

"Esto es real. " Se dijo a sí misma, después de esperar un par de minutos a que el auto se fuera. Éste, como en cierta forma ya se lo esperaba, no lo hizo. "No son parejas. La están buscando a ella. De verdad, vienen por ella."Se santiguó en la oscuridad, a pesar de que su fe se había disminuido bastante últimamente. Si había un Dios, lo necesitaba en ese momento. No por ella. Pensaba en las niñas.

Pensó en bajar al primer piso y despertar a la señora Hetfield para contarle lo sucedido. Pero deseaba ver a Blancanieves primero. Quería mirar su rostro, como si de esa forma pudiera descubrir quién había sido y qué había hecho. ¿Quién era? ¿Una mafiosa huyendo de sus cuentas pendientes? ¿Una asesina intentando dejar atrás la culpa? ¿Una ladrona intentando volver a empezar su vida? ¿Una esposa huyendo de un marido problemático?  ¿Una víctima de secuestro? ¿Quién era Blancanieves?

Abrió la puerta de su habitación en silencio. No quería despertar a todo el piso, lleno de las empleadas del orfanato. Instantáneamente se fijo en el espacio vacío en la cama de Blancanieves. Se había ido.

No, no se había ido. La vio salir del clóset, con una maleta marrón en los brazos. Estaba despeinada, ojerosa y pálida. Su frente brillaba por unas gotitas de sudor. Azul cerró la puerta detrás de ella instantáneamente y plantó firmemente los pies frente al portón, como si fuera una leona protectora.

Blancanieves dejó la maleta sobre la cama y entonces se puso frente a Azul. Se miraron por unos instantes sin decir absolutamente nada, como si sus miradas fueran suficientes para comunicarse. Pero Azul no veía nada en la mirada de Blancanieves, nada más que terror. No entendía. En el caos de esos ojos cafés no había razones ni motivos, mucho menos explicaciones.

-Gracias. - murmuró Blancanieves, de pronto. Y entonces le dio un rápido, pero significativo abrazo. Azul no reaccionó. Sus brazos se quedaron a los costados, firmes como los de un soldado.

-No entiendo.

-Gracias por mentirle a Molly. Sobre mi partida. - Miró a Azul y al ver que ésta tenía cara de no entender nada, agregó. - Estaba despierta cuando ella llegó. Fingí dormir para no tener que mentirle. Ya no me salen tan bien las mentiras, no como antes. No podía mirarla y decirle que me iba. Gracias.

Y se sumergió en el armario de nuevo. Salió con un par de pantalones. Comenzó a doblarlos con rapidez, para posteriormente meterlos en la maleta. Sólo entonces, Azul captó que era lo que sucedía.

-¡No te irás a ninguna parte! - exclamó. Y como para darle a entender que hablaba en serio, se postró en una posición protectora frente a la puerta. Blancanieves no respondió y ni siquiera la miró. Al contrario, volvió a sumergirse al armario en busca de más ropa. - ¡No te irás! Te desmayaste esta tarde… estás débil. ¡Estás débil y enferma! ¡Y ahí afuera esta ese hombre de negro, esperándote! ¡No puedes irte, Blancanieves! ¿Me entiendes?

-Me voy a ir. - respondió Blancanieves. Por un instante, su voz resultó tan fría y poderosa que Azul creyó que era la voz de alguien más. Alguien temible, como un asesino.  Pero cuando volvió a hablar, Blancanieves volvía a ser una chiquilla asustada. - Si me quedo… él las matará. Ese hombre no tiene piedad. ¡No tendrá piedad por las niñas, siquiera! Las matará, las matará… tiene que atraparme a mí sola. Tengo que irme esta noche.

-¡No! - rugió Azul. Y dio un paso enfrente, amenazante, dejando su lugar frente a la puerta. Detuvo a Blancanieves en otro de sus recorridos al armario. La sujetó de los brazos con fuerza y la miró a los ojos. - Podemos ayudarte, ¿sí? ¡Podemos ayudarte!

Azul no sabía por qué insistía. Blancanieves tenía razón: se tenía que ir para protegerlas. El hombre de negro era su problema. Las niñas del orfanato no tenían que pagar por ello. Blancanieves debía de irse, pero Azul… Azul no la podía dejar ir. No tan fácil, como si sólo fuera una bolsa de basura que sacar. Azul se aferraba a la idea milagrosa de que todo se solucionaría, que el hombre de negro no haría nada contra ellas, que Blancanieves viviría feliz y tranquila, que las niñas estarían a salvo… pero sabía, lo sabía con mucha fuerza, que eso no sucedería. Que si Blancanieves se quedaba lo único que quedaría del orfanato serían tumbas y lágrimas. ¿Por qué entonces se aferraba a Blancanieves, si sabía que al final la dejaría ir?

-No saben… de lo qué él es capaz. - susurró. Sonaba atemorizada. Miraba la punta de sus zapatos. - No puedes ayudarme, Azul. Sólo puedes guardar silencio y ayudarme a escapar.

-No te ayudaré. ¡Estás loca! ¡No puedes irte! ¡Las niñas te necesitan, Blancanieves!

Blancanieves se zafó de las manos de Azul, un poco incómoda. Evitaba mirarla a toda costa. Se sumergió en el armario nuevamente. Esta vez no dobló la ropa cuidosamente. La lanzó a la maleta sin preámbulos.

-Si me quedo, morirán.

  • masculló. Y Azul supo que era verdad. Cruzó los brazos sobre el pecho.

-¿Quién es él, Blancanieves? ¿Qué quiere de ti? - preguntó. Y luego, sin poder evitarlo, agregó una pregunta innecesaria: - ¿Quién eres?

Blancanieves lanzó un par de blusas a la maleta. Luego, después de entrar al armario una vez más, lanzó su monedero de ahorros con el resto del contenido de la maleta. La cerró con un movimiento fugaz. Rebuscó en el armario un par de segundos. Obtuvo una gabardina gris y un sombrero del mismo color. Se los colocó, siempre evitando mirar a Azul.

-No te dejaré salir.

  • la amenazó Azul, esforzándose por sonar dura y desafiante. - Necesito saber. Necesito saber si puedo ayudarte.  Dime qué pasa, Blancanieves. Por favor.

-No compliques las cosas. Necesito irme ya. Déjame pasar… por favor. - Su voz era una extraña mezcla entre súplica y orden, como si dentro de Blancanieves vivieran dos personas totalmente contrarias peleando por el poder. Una persona era la Blancanieves de todos los días, tranquila, reservada y frágil. Pero la otra persona algo parecido a un mounstro, un ser abominable al que todos temían. Azul y Blancanieves se miraron. La mirada de Blancanieves era fuerte y decidida. Azul supo que no podría evitar que se fuera. Su compañera haría lo necesario para quitarla de la puerta. Ya no era la misma Blancanieves dulce de día.

Aspirando una fuerte bocanada de aire, se armó de valor para realizar un último intento, a pesar de que una parte de ella (su instinto, supuso) le advertía desesperadamente que se hallaba en una situación de peligro. Su madre siempre le había dicho que era una cabeza dura y Azul, en aquella extraña situación, pensó que la mujer pudo haber tenido razón.

-Quiero que me lo digas todo. - sentenció, con gran esfuerzo. Fijo sus ojos en los de Blancanieves, quería parecer una persona valiente. - Dime quién eres. ¡Dormí contigo por cinco años! Quiero saber a qué te estás enfrentando, porque si ese hombre tiene algún problema contigo, nosotras vamos a tener que ver. Te refugiaste aquí por años. ¿No pensaste en lo que pasaría con las niñas si aquel hombre te encontraba?

-Sí lo pensé. - la cortó Blancanieves. Echaba chispas. - Pero en ese entonces no me importó. No creí que pudiera crear un lazo con este lugar. Pero lo hice. Este problema es mío, no de ustedes. Quiero alejarlo lo más posible de ustedes. Si él viene… quiero que ustedes no sepan nada. No sabían sobre mi pasado, no sabían quién era yo. Si no saben nada, estarán a salvo. La ignorancia es lo único que puede ayudarlas.

-¡Tengo que saber! - rugió Azul, en un tono más alto. Exasperada, Blancanieves la obligó a callarse, poniéndose el dedo índice sobre los labios. Eso le dio a Azul una idea alocada. - Quiero que me lo digas todo o gritaré. Gritaré y todo el orfanato se despertará. Y no te podrás ir, Blancanieves. Dímelo todo y te dejaré ir sin más.

-No eres capaz. - la retó la chica, pero su tono tembloroso de voz le hizo saber a Azul que Blancanieves no estaba tan segura de ello, no al menos como quería aparentar. - No pondrás a las niñas en peligro por mí, por satisfacer tu estúpida  curiosidad.

-Ponme a prueba, Blancanieves. Y ni siquiera intentes irte a la fuerza. Gritaré más fuerte, entonces.

Prosiguió un silencio largo e incómodo donde Azul pudo contemplar como Blancanieves sopesaba sus opciones. Sabía que la había atrapado. La chica sólo tenía dos opciones: hablar o no hablar. Y sólo tenía un fin: Escapar sin que nadie se enterara. Azul ya sabía que no podía cambiar el fin. Blancanieves se iría, fuese como fuese. A lo mejor no esa noche, pero podía ser la siguiente. Azul actuaba conformista por la decisión de su compañera. Blancanieves, aunque fuera una decisión cruel y en cierta forma egoísta, se tenía que ir. Por el simple hecho de que ni las niñas, tampoco Azul, pagarían por algo que no habían hecho. Azul se sentía terrible, pero sabía que era la única solución.

Entonces, tenía que aprovechar la situación. También esa decisión era egoísta, pues mientras Azul se esforzaba por satisfacer su curiosidad, el hombre de negro podía estar preparando algún plan para llevarse a Blancanieves. Blancanieves parecía estar pensando en lo mismo. Le lanzó una mirada asesina a Azul.

-Puede que alguien éste espiándonos en este momento. -advirtió Blancanieves, muy seria. - Puede que alguien - Azul sabía que se refería al hombre de negro, pero parecía temerle tanto que era incapaz de referirse directamente a él - tenga algún aparato de espionaje capaz de escuchar esta conversación. Corres peligro si te digo quién soy, Azul.

Azul no pensó en sus palabras. Salieron de su boca sin dudas, sin premoniciones. Se arrepintió apenas las dijo, pero ya no había vuelta atrás.

-No importa.

Blancanieves, dándose por vencida, asintió. Y empezó a hablar. Hablaba tan rápido que las palabras le salían atropelladas y a  veces resultaban ininteligibles, pero hablaba. Y sonaba como si fuera una bomba explotando, como si dentro de Blancanieves hubiera una sustancia caliente e inestable. Era como si la chica hubiera estado conteniendo todo su dolor, todas sus emociones para liberarlas en ese preciso momento. Azul escuchó en silencio, con atención, mientras que su imaginación y la emotiva, pero fugaz, voz de Blancanieves la transportaba a otros tiempos, que se le antojaban tan lejanos, como si fuera un cuento de hadas, de esos que empezaban con "Había una vez…"


-No todo está claro para mí tampoco, Azul. Los recuerdos de esa época son borrosos, como si mi mente los hubiera bloqueado. Unos días despierto segura de algo sobre mi pasado, pero tras darle vueltas al asunto por un rato, comienzo a dudar si el evento realmente pasó o sólo es mi cabeza imaginando cosas innecesarias. No sé qué es real o qué no lo es. Tan sólo estoy segura de que algo falta, que hay algo que no encaja en todo el asunto. Pero no quiero pensar mucho en ello. No me gusta admitirlo, pero aún me da miedo. Lo que sucedió hace cinco años sigue aterrorizándome a diario… cada noche tengo los mismos sueños nítidos donde veo rostros arder. Sueños llenos de… bestias y cadáveres. Me atormentan sin piedad… como si fuera un tipo de castigo.

Guardó silencio unos instantes, como si no supiera como continuar. Blancanieves cerró los ojos: estaba intentando recordar.  Azul la contempló como si fuera una obra de arte, una escultura. Intentó recordarla como ella era el primer día de su llegada: rubia, los ojos azules, pecas sobre la nariz, una chica pequeña y llorosa…esa era la Blancanieves verdadera.  

  • Yo estuve ahí. - dijo, de pronto, rompiendo su silencio. Sus ojos oscuros brillaban con intensidad, como si mil luceros los hubieran escogido como nuevo hogar. Miró a Azul por un par de segundos, como si deseara que su mirada fuera la única prueba necesaria para hacerle saber que todo era verdad. - En el Orfanato Wammy.

No era necesario explicar más sobre ello, Azul lo entendió. Se preguntó cómo no se había percatado de ello antes. Ahora le parecía más que obvio el hecho de que su amiga fuera una súper-dotada. Había sido tremendamente obvio desde el principio, pero el hecho de que Blancanieves fuera una huérfana sobreviviente del mismo orfanato que había sido destruido por un bombardeo era una idea alocada. Un tipo de coincidencia que sólo ocurría en las películas dramáticas y en los libros baratos. La chica tenía ese brillo en la mirada que sólo los tienen aquellos cuya mente está varios pasos delante de las del resto. Sus grandes conocimientos, su asombrosa habilidad para las ciencias, su variedad cultural… Azul lo había considerado el tipo de inteligencia de la clásica chica nerd del instituto. De la típica muchacha con frenillos, lentes de botella y suéteres de lana. Pensar que la inteligencia de Blancanieves iba más lejos, era algo fantasioso y Azul no era de ese tipo de mujer. Se autoproclamaba realista con buenos fundamentos. Esta vez, sin embargo, se había equivocado.

-Sobreviví. - continúo Blancanieves. - No. Yo no sobreviví. Tampoco puedo decir que me salvaron. Creo que esa noche, la noche del bombardeo, ellos salvaron mi cuerpo, pero dejaron el resto de mi vida atrás. Salvaron mi caparazón… pero me quedé hueca. Yo morí esa noche. Si buscas mi acta de  defunción la encontrarás: es oficial, yo morí esa noche. Busqué lo que el mundo creyó que me sucedió y fue fácil encontrar respuestas: Nunca encontraron mi cadáver, pero no importó. La catástrofe fue tan grande que resultó normal. Me dieron por muerta, creyeron que mis cenizas se habían mezclado con la tierra o qué el viento se las había llevado. Pero la realidad, es que *ellos, Él,*me obligó a sobrevivir. Yo no entendía nada. No sabía qué sucedía, no entendía porque tenía que esconderme en el bosque, no entendía porque tenía que guardar silencio. Sólo hice lo qué Él me ordenó. Y lo hice porque le temía.

  • Yo era una alumna extraña entre un mundo de personas raras. No preguntes cómo llegué ahí, pero esa noche, poco antes del bombardeo fatal, me encontré a mí misma despertando de algún desmayo en medio del bosque de Wammy. El "qué estaba haciendo ahí" y el "porqué" siguen siendo un misterio, así que no hagas preguntas al respecto. Cuando desperté ellos ya estaban ahí. Eran amables, pero Él era aterrador. Su sonrisa era… era como la sonrisa de un demonio. Como la sonrisa de los demonios en los cuadros católicos. Sus ojos tenían esa frialdad… inhumana, que te helaba el alma al instante, a pesar de que eran cafés, de un color tan cálido. Sus ojos quemaban, no lo pude mirar directamente. ¿Cómo puede quemar tanto algo tan frío? Hablaba propiamente, tenía modales, era amable e incluso simpático, probablemente en otras situaciones hubiera resultado un gran conversador… me trataba con cierto cariño, pero yo rechazaba cualquier intento de afecto por instinto, como si ya supiera la maldad que Él acarreaba dentro de sí. Como si ya supiera que sus manos se transformarían en garras súbitamente… Me guiaron por el bosque, parecían saber muy bien a dónde ir. Había otras personas en el bosque, pero Ellos me pidieron que me callara. Dijeron que esas personas querían matarnos.Yo no entendía nada y fue el miedo el motivo por el que me dejé llevar. Cuando descubrí que sus intenciones eran meterme en un auto y llevarme lejos del que había sido mi hogar, rechisté. Intenté huir, a pesar de que en el bosque seguían esas… personas que buscaban asesinarnos… pero a pesar de mis esfuerzos, lograron meterme a la fuerza, con brusquedad, en el dichoso automóvil. Liria, el compañero de Él, me sujetó con fuerza, mientras yo me echaba a llorar. Él, ese con ojos… de demonio, me gritó que me callara. Y me callé. Me hice un ovillo y sollocé el resto del camino. Pero el odio… el odio y el terror hacia Él ardían dentro de mí.

La estremecedora voz de Blancanieves se le antojó a Azul lejana. Casi creía que estaba escuchándola hablar desde el interior de ese automóvil en el que la habían forzado a entrar, en esa fatal última noche. Su voz era un susurro quebradizo, el tono de voz de una niña asustada, escondida en el armario, por los rayos de una noche de tormenta. El terror de Blancanieves brotaba de cada parte de ella: de su mirada brillosa, de sus labios temblorosos, de su rostro pálido. Blancanieves se sentó en la orilla de la cama, como si ya supiera que las rodillas no tardarían en fallarle. Y estaba en lo cierto, pues necesito respirar hondo varias veces, exhalar lentamente y cerrar los ojos con fuerza para continuar con su relato. Se armó de valor en la soledad de su corazón maltrecho y embargado de miedos. Y entonces abrió los ojos y una lágrima rodó por su mejilla. Habló, sin embargo, con una voz muerta y monótona que parecía salida de ultratumba.

-Escuché el zumbido de los aviones volando sobre nosotros. Después, sin piedad, vinieron las bombas. Estallaron una tras otra… el cielo se iluminó a pesar de que era de noche. Todo se coloreó del mismo tono rojizo y sangriento… sólo miré hacia atrás una vez y vi lejanas llamas devorando lo que había sido mi hogar. Todo estaba muerto. Casi podía escuchar los chillidos, lo gritos… casi podía sentir mi propia piel quemándose frente a mis ojos. Yo también morí esa noche. Liria lloraba igual que yo, a mi lado. Pero Él, Él no. Sus ojos eran helados. Manejó hasta Londres sin detenerse ni una sola vez, en silencio. No miró atrás ni una sola vez. Su indiferencia me hacía preguntarme si Él era realmente humano…

-No teníamos dinero en efectivo para pagar un lugar donde pasar la noche y aunque todos los huérfanos del orfanato Wammy contábamos con una cuenta de ahorros destinada a nuestros estudios universitarios, Él no quería usarla. Sería muy sencillo llegar a algún cajero automático y obtener un poco de efectivo, pero entonces nos podrían ubicar fácilmente. Y Él no quería ser encontrado, eso estaba claro. Pero tampoco quería pasar la noche vagabundeando por Londres, durmiendo en el auto. Él necesitaba un lugar donde asentarse y pasar desapercibido. Y lo necesitaba pronto. En ese momento entendí que me había convertido, sin desearlo, en algún tipo de fugitiva. Estaba huyendo de algo, pero no entendía de qué. Hoy entiendo que Él sabía lo que iba a suceder aquella noche. Él ya sabía del ataque y nos salvó. A Liria y a mí. Pero no sé porque nos salvó a nosotros. Sólo a nosotros dos.

-Liria siempre fue muy bueno en las computadoras. Llevaba su computadora portátil y de alguna forma logró conectarse a una red de internet. Le aseguró a Él que estábamos protegidos, que nadie podría rastrearnos. Estábamos estacionados en una calle oscura, las luces apagadas… Él le pidió que consiguiera dinero. Dinero y un lugar donde vivir. Dónde "volver a empezar" dijo. Entonces me miró, sus ojos brillaban como los de un gato en la oscuridad y me sonrió con una sonrisa penetrante.  Yo estaba hecha un ovillo en el asiento trasero, abrazada a mis rodillas y con los ojos muy abiertos… alerta. Pero fue en el justo momento en qué me sonrió, con esa sonrisa muerta, el momento en qué decidí que tenía que huir. De cualquier forma, costara lo que costara, pero no podía quedarme con ellos. Me aterraba morir… pero preferiría morir a que Él me siguiera mirando de aquella forma… que me siguiera sonriendo con aquella sonrisa muerta…

Calló. Azul la miró expectante por un largo rato, pero no se le cruzó por la mente, en ningún momento, pedirle que continuara. Hizo uso de una paciencia que ella desconocía poseer y esperó, en silencio. A pesar de que se moría de ganas de conocer el final, esperó. Y es que, en ella peleaban dos mitades contrariadas: su curiosidad le pedía más información, pero sabía que una vez terminada la historia, Blancanieves tendría que partir. Y ahora que conocía su historia, le aterrorizaba abandonarla a su suerte dejándola partir.

Cuando volvió a hablar, su voz había perdido ese tono monótono y muerto y había obtenido una tonalidad completamente distinta. Su voz se había llenado de variados colores y era una mezcla de emociones conmovedora. Apenas empezó a hablar y Azul se estremeció de pies a cabeza. Sintió como se le erizaban los vellos de la nuca y sus ojos se anegaron de lágrimas.

-Siempre fui un ratoncito asustadizo. Y ellos se aprovecharon de eso. Siempre tuve miedo… pero a veces me imaginaba como una persona totalmente distinta.  A veces me imaginaba como una chica de mirada fría, con un carácter fuerte e imponente, invencible a todo… a veces me imaginaba como un genio, alguien cuya inteligencia resultara asombrosa. Alguien cuya presencia no pasara desapercibida. Esa era la persona que yo quería ser, pero que nunca fui, porque siempre tuve miedo. Él sabía que yo le temía. Su único error fue subestimarme. Liria me soltó para utilizar su computadora, con la confianza de que yo no intentaría huir. Y al principio, no lo hice: me hice un ovillo y lloré. Él se quedó en el asiento del conductor, dando órdenes a Liria y observando la calle con atención. Estaba listo para arrancar de emergencia si era necesario, si alguien nos encontraba. Su único error esa noche fue haberse distraído. Fue haber creído que me tenían dominada… actué rápido, sin dudas. Fui, por una vez, la persona que siempre quise ser. Liria le mostró algo a Él en la pantalla… no recuerdo qué, no los escuchaba. Mis ojos analizaban la calle, planeaban… necesitaba una distracción y ahí la tenía. Mis dos secuestradores discutían sobre algo en la computadora. Los seguros del automóvil estaban puestos, pero era tan fácil quitarlos… Un solo movimiento y estaría abierta mi puerta. La  calle estaba vacía y oscura… podía perderme entre las sombras. Comenzaba a llover: la lluvia borraría mi rastro. Correría como nunca antes… Mi plan era sencillo y desesperado, pero era el único. No podía esperar. Pudiera ser que no hubiera otra oportunidad.

-Me armé de valor. No sé de dónde saqué las agallas. Lo más silenciosamente posible, dejé mi posición fetal y me enderecé cuidadosamente. Ellos notaron, de reojo, mi movimiento, pero no le dieron mucha importancia… tenían un problema con el computador. No podían tomarse el tiempo de ponerme atención. Preparé mis pies de forma que pudiera salir corriendo apenas la puerta estuviera abierta… deslicé mi mano hasta la manivela y retiré el seguro. Éste provocó un chasquido audible. Él levantó la vista justo para  verme abriendo la puerta y saltando hacia la calle.

-Todo pasó muy rápido después. Corrí sin rumbo, a toda velocidad. Lo escuché bajar, rugir de ira… sus pasos no tardaron en resonar. No miré atrás, fui mi turno de no mirar atrás… sabía que si volteaba y lo veía detrás de mí, tan cerca, me aterrorizaría y me volvería incapaz de continuar mi huida. Así que corrí. Lo escuchaba gritar… pero no entendía sus palabras. Se mezclaban con la lluvia, volviéndose ininteligibles. A lo lejos, alcancé a visualizar una calle bastante transitada a pesar de que era medianoche… me dirigí hacia ella. Ahí habría testigos… ahí la gente sabría que Él me perseguía. Y, con un poco de suerte, me ayudarían… tan sólo tenía que correr más fuerte. Ahora toda mi vida consistía en correr un poco más fuerte…mi corazón latía, enloquecido, y sentía un dolor punzante en el flato. Pero no me detuve. Pero entonces sentí como sus dedos me rozaban la espalda… y supe que no estaba corriendo lo suficientemente fuerte.  Él estaba más cerca de lo que esperaba. La calle estaba aún tan lejos… lo escuché resoplar tan cerca de mí que creí que me estaba respirando en el oído.

-Y entonces… él se detuvo. Sin razón. Se detuvo. Dejé de escuchar sus pasos detrás de mí: pero escuché su rugido de ira. Maldijo a los cuatro vientos…y claramente, me gritó: "¡Te voy a matar! ¡Te voy a encontrar y te mataré!" No era una amenaza: era un hecho. Sé que moriré por culpa de sus manos… estoy destinada a morir por su culpa. Yo debí de haber muerto esa noche, no en el orfanato: Debí  de haber muerto con sus manos alrededor de mi cuello. Pero algo lo hizo detenerse esa noche. Yo seguí corriendo y llegué a la transitada calle, pero no me detuve a pedir ayuda. Seguí corriendo, sin saber a dónde iba. Me caí varias veces, pero ni los golpes me hicieron desistir. Y entonces, llegué aquí. No sé porque escogí este edificio. Cosa de suerte: golpeé la puerta con locura. Parecía que nadie iba a abrir, pero entonces escuché pasos detrás de la puerta. Grité: "¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor!" y la puerta se abrió, como por arte de magia. Ahí estaba la señora Hetfield, envuelta en su bata, con la mascarilla de noche puesta, mirándome estupefacta. Y yo estaba manchada de lodo, con las rodillas ensangrentadas por culpa de las caídas, empapada, llorando y gritando como loca. Caí de rodillas ante ella y le rogué que me ayudara. Ella miró al cielo, murmuró un "Dios mío" y me ayudó a levantarme. Me salvó. Me tranquilizó y luego escuchó mi historia, en silencio. Y me ofreció resguardo aquí. Y yo acepté, pero nunca creí que estuviera libre. Totalmente a salvo, quiero decir. Me pinté el cabello, me deshice de las lentillas de color azul, me olvidé de mi nombre y dejé que me llamaran Blancanieves. Evité salir a las calles. Viví escondida, siempre cubierta…desaparecí. Pero nunca fui libre y siempre supe que Él cumpliría su promesa. Que un día me encontraría y volvería por mí. Y me mataría, tal y cómo prometió. Él era un compañero en el orfanato. Todos lo adoraban, pero yo siempre le temí. Siempre hubo un tipo de enemistad entre nosotros. Me detestó desde el primer momento. Pero, él también parecía sentir un tipo de enferma atracción hacia mí. Su nombre era Gelsu. Aún tengo pesadillas con su rostro.

Guardó silencio.

Se puso de pie.

-Y ahora tú debes de cumplir tu promesa. - Azul no se sintió capaz de responder. Tampoco se movió de su posición de guardiana de la puerta. - Si me va a encontrar, me encontrará sola. Me iré aunque deba de saltar por la ventana. No compliques las cosas.

Entonces Azul se abalanzó sobre su amiga y la abrazó con fuerza. Era un abrazo de despedida y eso era obvio en todos los aspectos. Blancanieves, sorprendentemente, rodeó torpemente a Azul con sus brazos y lloró en su hombro. Azul también lloraba. Azul sintió que en el rostro de Blancanieves se había formado una pequeña sonrisa.

-Eres muy valiente, Blancanieves. - susurró Azul, separándose de la chica para mirarla a los ojos. De los labios de ella brotó un sollozo. - Tienes un corazón muy bueno y noble… me gustaría detenerte. No quiero que te vayas… quédate. Te protegeremos aquí… buscaremos ayuda. Hablaremos con la policía y ellos te protegerán…

Las palabras le brotaban sin parar y no tenían sentido: sabía que la partida de Blancanieves sería lo mejor para todos, excepto para Blancanieves. Pero era algo tan cruel, abandonarla a su suerte, que resultaba abominable.

-No, no, no…- murmuró Blancanieves. Sonreía y lloraba al mismo tiempo. - Tengo que irme. Quiero irme. Ya las puse en peligro por mucho tiempo. No te preocupes por mí: estaré bien. Ya escapé de él una vez. Puedo hacerlo otra vez. Aunque me cueste creerlo y me olvide de ello… yo soy especial. Soy inteligente. Por algo estaba en aquél orfanato. Tiene que haber algo especial en mí.

Se separó de Azul con delicadeza. Tomó su maleta y miró  la puerta. Azul se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y asintió, dándose por vencida.

-Te vas a salvar. - era una afirmación, no había duda alguna en ello. - Estoy segura de ello. Tendré listo tu regalo de Navidad. Más vale que vengas por él, porque no pienso ir a devolverlo a la tienda.

-Voy a volver. - susurró Blancanieves. Le sonrió tristemente por última vez, pero en sus ojos había un brillo de determinación y esperanza. El brillo del torero antes de enfrentar al toro, el brillo del enfermo antes de derrotar al cáncer, el brillo del niño antes de dormir con la luz apagada y listo para luchar contra los demonios de abajo de la cama. Aún así, sus manos temblaban. Y aún así, Azul admiró su valentía y supo que Blancanieves se quedaría grabada en su memoria para siempre. Su existencia la había marcado. Siempre recordaría a la princesa que llegó huyendo de su malvada madrastra y que finalmente se decidió a enfrentarla para tener su anhelado final feliz.

Azul la acompañó en silencio hasta la planta baja. Le abrió la puerta, la misma puerta por la que había llegado hacía cinco años, con el cabello mojado y las rodillas ensangrentadas. La calle oscura, estaba vacía, pero ambas chicas parecían saber que eso sólo era en apariencia. En algún lugar, estaba el hombre de negro, observándolas.

Se despidieron con un último abrazo. Azul supo que su amiga volvería. Algún día, quizás en muchos años, pero volvería. Estaba segura de ello. La admiración que la valentía de Blancanieves había despertado en ella le cegaba la realidad: siempre había sido una mujer realista, pero esta vez Azul se permitió el capricho de soñar. De soñar que Blancanieves sobreviviría.

-Gracias por todo, Blancanieves. - le dijo. Blancanieves forzó una sonrisa.

-Cuídalas a todas por mí. Y dile a Molly que el príncipe vino finalmente por mí. - Se atrevieron a soltar una risita en medio de aquél triste momento. Entonces, muy seria, Blancanieves dijo: - Cuídate, Azul.

-Una cosa más. - le pidió ella. - Quiero saber tu nombre.

-Mi nombre. - respondió Blancanieves. - Es Alexandra Vanille. Pero todos me llaman Alexei.

Y desapareció entre las sombras de la noche, tal vez para siempre.

En el caso de que quieras cambiar el contenido de la Death Note en un plazo no mayor a seis minutos con cuarenta segundos, deberás rayar con dos líneas horizontales las palabras que vas a cambiar.

¡Hola a todos! Espero les haya gustado el capítulo ;) Sin más que decir, espero verlos pronto :D

Alice Wall.