← Death Note II: La leyenda del Hassassin. · de
Death Note II: La leyenda del Hassassin. — capítulo 33
Capítulo 31:
Sherlock
El hombre de la capucha dio otro trago a su vaso, y se sorprendió al darse cuenta de que éste estaba vacío. En su lengua seca cayeron un par de gotas del amargo licor, un vodka barato y de mala calidad. Le parecía que en realidad estaba tomando una mezcla de veneno para ratas, agua y alcohol etílico. Las gotas, con su ligero toque de sabor, le resultaron a su paladar totalmente insatisfactorias. La misma insatisfacción hubiera sentido un naufrago moribundo cuando sus rescatistas le dan de comer solamente un pedazo de pan duro y mohoso. La misma insatisfacción de un solo trago de agua después de varios días perdido en el desierto, bajo el ardiente y asesino sol.
Buscó con la mirada al cantinero. Lo encontró del otro lado de la mugrienta barra de madera, con la camisa a cuadros rojos y blancos desfajada del pantalón. Hablaba enjundiosamente con una mujer joven, envuelta en una gabardina gris. Un sombrero del mismo color le decoraba la punta de la cabeza. Su rostro era apenas visible, cubierto por un largo flequillo color negro, pero no era difícil imaginar el rostro serio y sin entusiasmo de la chica. No parecía una prostituta o una mujer en busca de un ligue y una aventura para despecharse de su marido. El hombre de la capucha imaginó que era una mujer con problemas. Con tantos problemas, que como él, había decidido escapar de ellos un rato y pasarle el sufrimiento al vodka.
El cantinero, de nombre Winston, se encontraba recargado en la barra en una pose que intentaba resultar atractiva y sensual, pero que a la edad y complexión del hombre sólo podían ser descritas como ridículas. El hombre de la capucha sonrió amargamente. La barriga predominante de Winston casi reventaba los botones de la camisa, desabrochada hasta la mitad del pecho cubierto de rizados y gruesos vellos negros. La abundante papada del hombre estaba manchada de algo que parecía chocolate. La gruesa nariz del cantinero resoplaba como la de un toro enfurecido, seguramente aspirando el aroma de la delgada mujer de gris. ¿Olería a fresas o a moras?
Winston hablaba alto y el moribundo bar estaba casi vacío, por lo que sus palabras se escuchaban claramente. Un par de hombres hablaban en susurros sombríos en una esquina. Una mujer se besaba apasionadamente con un hombre bastante mayor como para ser su abuelo en un sillón mugriento. Una media docena de hombres jugaba cartas cerca de la puerta de salida. Y dos mujeres vestidas con generosos escotes y pequeñas minifaldas esperaban trabajo en la puerta.
-Y dime, ¿por qué no te he visto antes? No vienes mucho por aquí, ¿verdad, bonita? - preguntó Winston, con la alegría clásica de un borrachín. La voz de la mujer fue bastante más baja, pero audible si uno agudizaba el oído y tenía intención de escuchar la conversación. Así le sucedía al hombre de la capucha. No porque le interesara ayudar a la dama en caso de acoso. Ella se había buscado esa situación por aparecerse por esos lugares. Además, él no era ningún príncipe azul para estar rescatando princesas. Pero él quería bebida. Y si la chica estaba distrayendo a su fuente de alcohol, el hombre de la capucha haría lo necesario para traer el viejo cantinero cuarentón de vuelta a la realidad, donde las mujeres jóvenes no están interesadas en hombres barrigones con manchas de chocolate en la papada y manchas de sudor en las axilas.
-No. - respondió la mujer. Su tono era frío y distante. El mensaje era claro: no estoy interesada en una conversación. - Quisiera una cerveza, por favor, si eres tan amable.
-Te vez muy joven para beber, señorita. - dijo Winston, de forma juguetona. - Pero a mí no me importa. Te doy todo lo que quieras por tu nombre y tu teléfono. - le lanzó una mirada traviesa, recorriéndole de pies a cabeza. - ¿Qué te parece esta propuesta? Una cita, más tú y yo, menos esa gabardina tuya y más unas cuantas copas. Te divertirás como nunca.
-Tan sólo quiero una cerveza. - insistió la joven, con firmeza. El cabello negro no permitía al hombre de la capucha verle la expresión, pero éste se la imaginaba con claridad. Era una chica dura, de esas tan frías que parecen cadáveres andantes. Probablemente era de esas muñequitas aristocráticas que son entrenadas desde pequeñas a sentarse bien, caminar con soltura, sonreír con delicadeza. La chica quería escapar de ese mundo hipócrita. Quizás salir de la casa lejos del marido adinerado, escaparse de la madre enfermizamente protectora. Embriagarse hasta vomitar y volver a su elegante casa en silencio, riéndose porque nadie estaría enterado de su pequeña aventura en los territorios de la llamada clase baja.
-Bueno, pues dame un besito y te la doy, preciosa.
La chica guardó silencio unos instantes. Después, dio media vuelta. Salió del bar dejando como estela un aroma a manzanas. No fresas ni moras, tampoco pera. Manzanas. El ruido del pequeño tacón de sus zapatos negros dejó de resonar cuando la dama pasó entre las dos mujerzuelas, quienes la miraron extrañadas. La mujer de la gabardina se perdió entre la oscuridad de la noche.
Winston se volvió hacia él y suspiró. Se encogió de los hombros, al tiempo que levantaba las palmas de las manos en un claro gesto de: "¿Qué se puede hacer?" El hombre de la capucha levantó su vaso y lo agitó en el aire. El cantinero se dirigió hacia él, le arrebató el vaso y se dispuso a llenarlo.
-Dame mierda buena, Winny. - dijo el hombre de la capucha. - Ese vodka era una porquería.
-Es lo que hay. - respondió Winston, devolviéndole el vaso lleno del repugnante vodka. - A menos que quieras algo más fuerte.
-Gracias, pero las drogas no son lo mío. Salud.
Y dio un profundo sorbo a su bebido.
Cuando terminó de beber, se encontró con la mirada extrañada del cantinero. Levantó el vaso al aire, como si brindara. Volvió a darle otro sorbo, esta vez más profundo que el otro. Tomaba la ardiente bebida como si fuera agua.
-Te ves más viejo de lo que eres, amigo. - comentó Winston, como si hablaran del más reciente partido de soccer. Señaló con la mirada al vaso casi vacío del hombre de la capucha. - Esa cosa te está matando.
-Y tú eres muy viejo para intentar ligar adolescentes, viejo. La decepción de que todas a las que no les pagas por sus servicios te rechacen te está matando.
-Esa puta de la gabardina. - musitó Winston, entre dientes. Su voz sonó amargada, no quedaba ni una sombra de su alegre vocecita de hace un rato. - No estaba tan buena, en todo caso. Parecía un puto fantasma. Y creo que la muy zorra era menor. A mí me gustan más maduritas.
Las mujeres en minifalda de la entrada estaban riendo ruidosamente. Seguro estaban contándose el chisme más reciente. A pesar de la lluvia que se avecinaba en esa noche de verano, las mujeres estaban vestidas para un día soleado en la playa. De sus labios pintados de rojo salieron más carcajadas, esta vez más escandalosas.
-Mejor me voy con una de ésas. ¿Te unes?
-Yo paso. - respondió el hombre de la capucha. Sonreía de una manera extraña. Sus ojos oscuros brillaban por culpa del alcohol. Un flequillo tan oscuro como el de la mujer de la gabardina le caía sobre la frente sudorosa.
-¿Pasas semejante oportunidad? - soltó una carcajada. - Esto me hace dudar sobre de ti, Ben. - agregó, medio en broma y medio en serio.
-Sólo no son lo mío, Winny. Aún tengo edad para seducirlas yo solito.
-Bueno, si sigues bebiendo así, pronto te verás más viejo que yo y aunque logres seducirlas, no podrás hacer mucho por ellas, si sabes a lo que me refiero.
El hombre de la capucha, Ben, respondió terminándose de beber las últimas gotas de su vaso. Lo levantó con una sonrisa radiante. El alcohol empezaba a hacer su efecto: Ben se sentía un poco mareado. El de la capucha no pararía de tomar hasta olvidarse de todo y ahogarse en su vomito. No pararía hasta entonces.
-Curioso consejo de parte de un borracho.- respondió. Winston no dijo nada más. Tomó el vaso de Ben y lo llenó. Lo dejó en la barra, el sonido del vaso de cristal provocó un ruido sordo que a Ben le recordó el sonido de un zapatazo, antes de irse al otro lado de la barra con expresión lúgubre y el ceño fruncido. Las espesas cejas parecían enormes gusanos peludos sobre su rostro y ocultaban a sus ojillos de puerco, los cuales, casi podía apostar Ben, estaban mirando las piernas de las mujeres en minifalda.
Cerró los ojos un instante. Esa era su rutina de siempre. Él era un hombre callado y sombrío que todos los días posibles asistía a la misma cantina maloliente a emborracharse hasta vomitar, mientras recordaba su pasado una y otra vez. Era como ver la misma película y cada vez descubrir algo nuevo, algo que habías pasado por alto la última vez. El micrófono que aparece accidentalmente en la escena; lo que fuera, siempre había algo nuevo. Siempre había algo nuevo, un motivo nuevo para volver la noche siguiente a emborracharse otra vez.
Y siempre recordaba el pasado. No importaba como o porque, el presente siempre lo devolvía al pasado, sin excepción a ninguna noche. El ayer volvía cada noche a castigarlo, sin la misericordia de un buen samaritano, más bien con la ponzoña y crueldad de una verdugo sádico. Pero Benjamin Breegs seguía viniendo cada noche, puntualmente, a su tortura. Pareciera que se había vuelto adicto al dolor del remordimiento y el arrepentimiento. "Las drogas no son lo mío" le había dicho a Winston hacía un momento, pero sonrió al darse cuenta de que le había mentido. Era adicto a la droga del dolor. No podía vivir sin dolor, lo necesitaba para sentirse vivo. Inyectarlo en las venas para que le recorriera todo el cuerpo, electrizándolo, reviviéndolo…
Soltó una carcajada por lo bajo, Winston le lanzó una distraída mirada de soslayo antes de volver a lo suyo, la mirada del enfermero de un manicomio que todos los días tiene que lidiar con las excentricidades de los locos. Por la mente de Ben cruzó la imagen de la mujer de la gabardina, acompañada de una serie de retorcidas preguntas: ¿Estaría esa dama tan maldita como él mismo lo estaba? ¿Sería ella también un fantasma que carga con sus penas y sus demonios día y noche, como si de cadenas se trataran? ¿También ella había cometido un error imperdonable cuyo recuerdo la atormentaba día y noche, día y noche sin parar?
Se respondió a sí mismo sin duda: Sí. Era ella de los suyos. Las personas malditas eran tan reconocibles… era como si anduvieran por la calle, a plena luz del sol, con un gran letrero diciendo: "¡Mírame! ¡Yo también estoy atormentado!" Las podías señalar con el dedo por esa mirada lúgubre, ese caminar digno de un funeral, ese dolor oculto en la profundidad de sus ojos, esa frialdad en la voz… sí, estaban en todas partes. Y nunca estaban solos. Estaban malditos, embrujados, rodeados de fantasmas y prejuicios. Los podías reconocer por el miedo, el miedo que salía de cada poro de su cuerpo… los reconocías porque parecían estar muertos, muertos en vida: un montón de zombis sin alma ni corazón, caminando bajo la luz del sol a tu lado.
¿Qué atormentaba a la dama de la gabardina? ¿Un trauma de la niñez, una relación amorosa y enfermiza plagada de violencia y dolor, una grave esquizofrenia, una violación secreta por su padrastro? ¿Qué? ¿Cuál de todas las formas existentes de dolor le había tocado a la señorita de la gabardina? ¿Cuál había sido tan poderosa para llevarla a desear embriagarse en un bar de muy poca categoría, poniéndose en peligro?
¿Sería cómo él? Le gustaría pensar que sí. Le gustaría creer que él no era el único. Que él no era el único que cargaba con esa pesada cruz. Con esa cruz que lo había convertido en un mounstro, esa cruz que había matado al niño soñador que algún día había sido… un día que hoy parecía tan, pero tan lejano...tan lejano que comenzaba a creer que había sido sólo un sueño, que en realidad nunca había sucedido y sólo era una triquiñuela de su enferma y masoquista mente…
Fuera, la noche era oscura como la boca de un lobo. Y así es como fue también esa noche, la noche en qué todo cambió, en qué todo se arruinó por culpa de un hombre. La noche en qué su vida se transformó en una tortura diaria cuya única escapatoria era la bebida, la bebida y las cortadas que él mismo se había hecho en su mano derecha. La única forma de huir del dolor, de la culpa, del deseo sádico de venganza… la única forma de mantener al animal salvaje que habitaba dentro de él enjaulado.
Pidió más vodka al tiempo que se dejaba arrastrar por las garras de su pasado, como todas las noches.
Alguna vez, mucho tiempo atrás, Benjamin Breegs fue un niño al que todos llamaban Bennie antes de darle una palmadita en la espalda o alborotarle el cabello, cuando el chico pasaba en su oxidada y vieja bicicleta repartiendo volantes o periódicos. Alguna vez fue un chico de sonrisa envidiable, con los brazos sin cicatrices y un corazón noble y bueno. Alguna vez fue un chico que leyó un sólo libro de Sherlock Holmes, libro que fue suficiente para que el pequeño niño se enamorara de la historia y convirtiera al clásico detective en su ídolo y modelo a seguir. Alguna vez fue un niño sin ninguna cruz por cargar, libre y feliz de pies a cabeza, pero eso había sucedido hacía mucho tiempo y de aquél Benjamin Breegs no quedaba nada.
El padre de Bennie se llamaba Benjamin, igual que su hijo, pero todos lo llamaban "Jamón". El motivo del apodo nunca llegó a ser conocido por Ben hijo, pero los rumores decían que era una historia graciosísima digna de convertirse en película. Fuese cual fuese el origen, la historia del apodo siempre comenzaba con la frase: "Definitivamente las malas decisiones hacen historias excelentes…". Después de esa frase se alejaban a todos los niños, aunque hicieran berrinches y lloriqueos, varios metros de distancia para impedir que cualquiera de ellos escuchara la famosa anécdota. Jamón prometió a su hijo, a veces llamado el "Jamoncito", que le contaría su historia cuando el chico cumpliera los quince, pero tristemente la promesa no pudo ser cumplida.
La madre de Bennie se llamaba Susannah. Fuera cual fuera su nombre no importaba, porque desapareció un año después del nacimiento de Bennie. Cuando Bennie era pequeño, disfrutaba pensar que su madre se había ido porque un príncipe se la había llevado para hacerla reina de un lejano país, pues ella era hermosa y bondadosa. Aunque la idea siempre le resultó al pequeño algo fantasiosa, era mejor que aceptar la realidad: Mamá se había ido con un hombre y se había olvidado de su hijo. Mamá murió de algo llamado "sobredosis" cuando el pequeño Bennie tenía cinco años de edad. Ni Jamón ni él se enteraron de su muerte. Fue el pequeño Bennie quien descubrió el fatal y trágico desenlace de su creadora, un par de años después. Tan sólo visitó su tumba, humilde, abandonada, sucia y fea con ganas, una sola vez. No llevó flores. No lloró. Pero se aseguro de escupir sobre ésta antes de irse.
De esa forma, Benjamin "Jamón" Breegs tuvo que hacerse cargo de su hijo y su gran esfuerzo tuvo sus resultados: logró hacer de Bennie un niño muy feliz. Pero el fruto más importante de su esfuerzo fue el amor que floreció dentro de su hijo y que los hizo increíblemente unidos, a pesar de que fueran una pequeña y rota familia que no gozó del encanto dulce y maternal de una mujer. Quizás ese vacío que dejó la madre fue lo que provocó que el cariño entre ambos creciera sin tambaleos ni dudas, hasta que el lazo de amor que los unía fue más fuerte que el de sangre.
El recuerdo más feliz de Bennie siempre ha sido el mismo: La vez que su padre fue a recogerlo a su jardín de niños. La maestra Bourbon, una mujer exigente pero de buen corazón, esperaba en la entrada de la escuela a los padres para entregar a los respectivos niños. Entonces llegó Jamón, con su amable sonrisa de siempre y su carismática virtud de hacer reír a cualquiera y se vio embargado en una plática con la maestra Bourbon, mientras Bennie los observaba en silencio. Temía que la maestra Bourbon soltara la sopa sobre alguna travesura hecha o una tarea faltante: eso decepcionaría a su padre. Pero la Bourbon sólo habló maravillas de él, dejando a Bennie impresionado. Su padre, por su parte, no parecía sorprendido en lo más mínimo y miraba con paciencia a la profesora, como si estuviera contando algo que él ya supiera. Cuando se estaban despidiendo, su padre dijo con un afectuoso tono de voz que Jamoncito jamás olvidaría: "Es un gran chico, lo sé. Siempre lo he sabido. Estoy tan orgulloso de él."
Y una gran sonrisa había aparecido en el rostro del chico y se había vuelto permanente. Permanente hasta que ocurrió la gran desgracia. Desde entonces no había vuelto a aparecer.
Bennie no había oído hablar de Kira hasta ese viernes por la noche en qué su padre y su mejor amigo, "Bobby Rocky Yonqui", se reunieron después del trabajo para tomar un par de cervezas mientras comían una pizza. A Bennie le agradaba el viejo Bobby, quien decían que había sido un excelente boxeador en sus tiempos más verdes, por sus historias. Fue Bobby quien le regaló en su cumpleaños número siete su único libro sobre Sherlock Holmes. Y Bennie se quedó esa noche de viernes a escuchar la charla de adultos, a pesar de que ya era muy tarde y se moría de sueño, porque necesitaba escuchar las historias de Bobby. El viejo tenía una forma increíble de contarlas y una vez que él empezaba, te enganchabas y no podías perderte el final. Esa era la gran magia de Bobby Rocky Yonqui, quien debió de haber sido escritor en otra vida, según decía Jamón.
La historia de esa noche se quedó grabada en la memoria de Ben para siempre. Bobby y su padre habían estado hablando de dinero y Bennie mordisqueaba un pedazo de pizza, aburrido, cuando un nombre llamó su atención en la conversación:
-…Y ese tal Kira. Supongo que has oído hablar de él, ¿verdad Jamón? Ese tío está causando muchos problemas.
El semblante de Jamón, usualmente alegre y bondadoso, se ensombreció ante la simple mención de aquel nombre. Alzó las cejas al tiempo que suspiraba y dejaba su cerveza, casi llena, sobre la mugrienta mesita de centro. Bennie contempló extrañado a su padre y su curiosidad le pidió escuchar más, como si fuera algo tan necesario como respirar.
-Joder, sí. - musitó Jamón. Su frente se había perlado de múltiples gotitas de sudor y todos sabían que cuando Jamón sudaba significaba que estaba asustado. - Al principio creí que era sólo un rumor, pero… ese tipo si está matando en serio. Un ataque al corazón.
Bobby le lanzó una larga y estudiosa mirada, como si intentara descubrir qué tipo de espécimen era Jamón. Ninguno de los dos hombres habló en un buen rato y lo único que se escuchó fue la ruidosa respiración de Jamón acompañado del ajetreo de la calle: ruido de sirenas, coches, gritos… Finalmente, después de un momento que pareció eterno, los delgados labios de Bobby se despegaron. Y se cerraron nuevamente, ante la curiosa mirada de Bennie, con sus ojos oscuros abiertos de par en par. Entonces, con gran esfuerzo, Bobby habló:
-Tienes que ocultarte, Jamón. - Jamón le lanzó una mirada dura y juiciosa, como si se estuviera preguntando si la salud mental de su amigo era la indicada. Bobby continúo. Ahora que había empezado, parecía que le sería difícil terminar. - No puedes ponerte en riesgo. El chico te necesita. Jamoncito no puede quedarse solo. Ocúltate y deja ese negocio por un rato, hasta que esto de Kira haya pasado y puedas continuar "sin riesgo".
-¿Y dónde esperar que me esconda, Bobby? - soltó Jamón. Su voz sonó tan fría y ruda que Bennie se asombró. Jamás lo había escuchado hablar de esa forma. Jamás lo había visto tan molesto. - ¿De dónde esperas que saque dinero sin el negocio? ¿De qué va a vivir Bennie? ¿Con quién va a vivir Bennie? ¿¡Cómo crees que voy a dejar a mi hijo solo, Bob?!
-¡No lo sé! - lo cortó Bobby. Había elevado su tono de voz hasta casi convertirlo en un grito. - El chico puede vivir conmigo. Pronto será verano y estará de vacaciones. Puede vivir en mi casa y…
-¡No lo puedo dejar solo! - rugió Jamón y miró a Bennie con intensidad. El chico tenía en la mano un pedazo de pizza, frío en ese momento, sin terminar. - Bennie me necesita.
-No hay otra opción. Tienes que esconderte… de alguna forma. O un día el chico te encontrara muerto en este sofá, por un ataque al corazón y… - no pudo terminar.
-Ve a dormir, hijo. - le ordenó su padre. El chico no rechistó, como habría hecho en otro momento. Obedeció inmediatamente y salió de la habitación sin decir palabra alguna. Se acostó en su cama en silencio, con los ojos muy abiertos aún. Se quedó dormido inmediatamente. Pero tuvo pesadillas. Muy vividas: su padre estaba muerto en el sofá, con los ojos en blanco y el corazón saliéndosele por la boca. Y ahí estaba Bobby, llorando, y murmurando una y otra vez: "Te dije que te escondieras…"
Jamón era una buena persona. Iba a la iglesia todos los domingos y siempre donaba lo que podía, que no era mucho, a la caridad. Trabajaba duro, todo el día y a veces durante la noche, para que su hijo tuviera qué vestir y qué comer. Era caballeroso con las mujeres y amigable con los hombres. No era un hombre violento, ni racista y no tenía ningún vicio, pero si tomaba de vez en cuando unas latas de cerveza o un cigarrillo. Jamás le había puesto una mano encima a su hijo, ni a nadie, según el chico. La voz se Jamón era clara y te hacía sentir por él una confianza inmediata. Bennie creía que su padre era un tipo de héroe. Y dibujó su padre cuando en la escuela le pidieron que dibujara a su héroe.
El error de Jamón fue no escuchar el consejo de Bobby Rocky Yonqui. En los sinceros argumentos de ese hombre estaba su salvación, pero Jamón no quiso escuchar. Él amaba una sola cosa: su hijo. Y fue ese amor el que lo condenó. Ese amor se encargó de nublarle el cerebro, taparle los oídos y vendarle los ojos. Y por culpa de ese amor llegó su doloroso e injusto final.
Jamón murió quince días después de aquella conversación. Bennie y él preparaban unas sopas instantáneas para cenar, de esas que tienen un delicioso sabor a plástico a pesar de que el envase asegura que sabe a camarón con chile, cuando Jamón dejó caer el contenedor con agua caliente de manera súbita e indudablemente sorpresiva. Bennie gritó al seguir la trayectoria de dicho instrumento con su mirada: El agua caliente salpicó los pies descalzos de su padre, pero el hombre no reaccionó y ni siquiera se movió. Seguida del agua vino el enorme contenedor, que dio a parar con fuerza sobre los tres dedos más pequeños del pie derecho de Jamón. De todas formas, a pesar del doloroso estrepito, de los labios de Jamón no brotó ni un solo grito, tampoco un gemido ahogado.
Bennie apartó lentamente la vista de los pies de su padre, enrojecidos por la quemadura. Se levantó con intención de ir por agua fría y quizás algún ungüento para curar el dolor de Jamón, pero la imagen con la que sus ojos se encontraron al observar el rostro de su padre lo hizo quedarse paralizado, de pies a cabeza. Los ojos de su padre se habían puesto en blanco y temblaban, como si estuviera en un trance para hablar con los muertos. De la boca le caían grandes cantidades de saliva y fue eso lo que asustó a Bennie. Gritó. Soñaría con esa boca empapada de saliva como si fuera la de un perro rabioso o la de un bebé medio tonto para siempre.
No hubo mucho tiempo para actuar: Jamón se llevó una mano al pecho, justo por encima del corazón. Abrió la boca como queriendo lanzar un grito gigantesco, pero no brotó nada. El hombre cayó al suelo con un estrepito mayor, mucho mayor, que el del contenedor de agua. "¡Papá…!" gritó Bennie y se lanzó para ayudarle a levantarse, pero papá convulsionaba bruscamente en el suelo. Se retorcía una y otra vez, la mano siempre en el pecho y los ojos tétricamente fijos en su hijo, su único hijo que contemplaba horrorizado la escena sin tener la mínima idea de que hacer.
El proceso no duró mucho, pero en aquel entonces a Bennie se le antojó eterno. No se movió ni dejo de gritar aún cuando su padre se quedó inmóvil, aún con la mano en el pecho y los ojos abiertos, mirándolo sin ver, con ese brillo tan triste que tienen las miradas muertas. En su inocente mente, él ya había asimilado lo que acababa de suceder: su padre había muerto de un ataque al corazón por culpa de un hombre llamado Kira. Había muerto porque Jamón no se escondió de él, ni siquiera lo intentó. Y no lo intentó por su hijo, el mismo hijo que ahora lo miraba con el corazón desgarrado al cadáver de su padre sobre el piso de la cocina. Pero aunque se hubiera escondido debajo de un puente o en un sótano, no hubiera podido escapar. Nadie puede escapar del Ojo que Todo lo Ve.
Y la culpa golpeó a Bennie como si de un ladrillo se tratara. Y entonces tuvo que cargar esa cruz por el resto de su vida.
Por su cabecita, una vez que pudo levantarse y buscar ayuda, sólo cruzaba un pensamiento, sólo uno y era tan importante: ¿Por qué?
¿Por qué Jamón, que era tan bueno? ¿Por qué Jamón, que lo amaba tanto? ¿Por qué Jamón, quién era la única familia que tenía en el mundo? ¿Por qué Jamón, que iba todos los domingos a la iglesia? ¿Por qué él, habiendo tanta gente en el mundo deseando morir? ¿Por qué él, habiendo tanta gente mala por todas partes? ¿Por qué Jamón, por qué él si no había hecho nada malo?
Lo único que Jamón hizo mal fue amar como amó a su hijo. Porque por él, por el pequeño Bennie, aceptó entrar al mundo del tráfico de drogas y órganos. Por Bennie vendía drogas en su pequeño taller mecánico. Por Bennie pasaba órganos por las fronteras de otros países. Por Bennie, para que Bennie tuviera un techo donde vivir, ropa que vestir para no tener frío en el helado y lluvioso Londres, comida que comer, escuela a la cual asistir para que algún día fuera un hombre de provecho, a lo mejor un médico o un abogado. Para que Bennie pudiera vivir lo mejor posible y convertirse en una gran persona.
Bennie seguía haciéndose las mismas preguntas una y otra vez, cuando no podía dormir en el orfanato. Las literas eran duras y siempre tenía frío, sus compañeros eran desagradables y violentos y convivir con ellos se parecía a un juego de sobrevivencia en la selva. Ya no tenía hombro en donde llorar, cuando las cosas estaban mal y perdía la esperanza. Y la gran verdad era su conclusión de cada noche: Kira tenía la culpa.
Era algo innegable: como que el cielo es azul, el pasto es verde, las rosas tienen espinas. Era la verdad y no encontró, en ningún momento, otro culpable de su desgracia, por más escenarios que ideó. ¿Era culpa de Jamón? No. ¿Era culpa de Bobby? No. ¿Era culpa de Bennie? No. ¿Era culpa de Dios? Sí. Era culpa de Dios. Por lo que era culpa de Kira.
Kira había matado a su padre. Por Kira estaba solo, deprimido. Por Kira era víctima de abusos. Por Kira había perdido la esperanza. Por Kira había perdido a la persona que más amaba. Por Kira había muerto el pequeño Bennie para dar paso a un mounstro llamado Benjamin Breegs. Un Benjamin que vivía para emborracharse cada noche y recordar, una y otra vez, lo sucedido.
Unas lágrimas caían de sus mejillas cuando terminó de recordar la historia. ¿Cuántos años habían pasado? ¿Quince? ¿Dieciséis? ¿Veinte? No lo recordaba con exactitud. Sólo sabía que Kira había vuelto. Había reencarnado con el nombre del Hassassin. Y esta vez, el Kira era más sádico y más frío que antes. Pero esta vez el pequeño e inocente Bennie había crecido y ya no vivía en un cuento de hadas, ya no más. Bennie había muerto para dar espacio a un ser más fuerte. Un ser con un sólo motivo para vivir. Un sólo motivo para quitarse esa maldición y matar esos demonios que vivían dentro de su cabeza…
-¡Winston! - llamó Ben al gordo con ojos de puerco, su voz sonó moqueada por culpa de las lágrimas y el nudo en la garganta. Levantó el vaso de vidrio al aire. - ¡Ven! ¡Ven, mi amigo!
Sin muchos ánimos, Winston se acercó lentamente a él, poniendo los ojos en blanco por un momento. A Ben le recordó a su padre, a su padre con los ojos en blanco y la boca salpicando saliva. Winston le dedicó una mirada desaprobatoria y, recargándose en la barra, preguntó con aburrimiento:
-¿Qué?
-Este es el año, Winston. Este año vengaré a mi padre. - musitó Ben. Winston sólo lo miró, enarcando una ceja sarcástica, pero a Ben no le importó. Continúo hablando como si su amigo estuviera tan emocionado por hablar como él. - Ya encontré una conexión, Winny. Ya pensé en ello. Ya sé cómo encontrar al Hassassin.
Winston no respondió nada al principio, como si creyera que si dejaba hablar al muchacho, éste terminaría callándose por sí solo. Pero al final su curiosidad pudo más que él y, con un suspiro, le preguntó, casi seguro de que se arrepentiría:
-¿Dónde? - los ojos de Ben brillaron como dos luceros mientras daba su explicación.
-¿Recuerdas el año pasado, ese bombardeo a un orfanato? Eso no fue un movimiento de guerra, no señor. Eso fue un movimiento del Kira para ganar poder, de alguna forma.
-¿Ah sí? - ya comenzaba a arrepentirse de haber aceptado la conversación del borracho. Miró de reojo a una de las mujeres de minifalda mientras ésta coqueteaba con un hombre de corbata roja. Como deseaba estar en su lugar. Cualquier lugar, en realidad, menos ése. Escuchar las ideas alocadas de Ben, cada noche, estaba bebiéndose lo que quedaba de su vida. Siempre era lo mismo. El joven llegaba con su expresión sombría, se sentaba en el mismo lugar de la barra y comenzaba a beber. Al cabo de varias copas, se sumía en un tipo de sueño. Sus ojos se quedaban fijos en algún punto, varios clientes se habían asustado con eso a lo largo de los años, y apenas parecía que respiraba. Cualquiera lo podría confundir con un muñeco de cera, lleno de gloriosos detalles. El tipo de "sueño" de Ben llegaba a su fin cuando las lágrimas comenzaban a resbalar por sus mejillas y los sollozos se mezclaban con sus tenues respiraciones. Entonces, sólo entonces, Ben pedía a Winston que se acercara a hablar, lo llamaba "amigo" y le contaba sus planes, sus enloquecidos planes para matar a Kira.
-Sí. No sé como lo hizo… pero lo hizo. - aseguró Ben, mirándolo con sus ojos rojos por culpa del alcohol y de las lágrimas. - Sí. Si el Kira puede matar por un ataque al corazón… ¿por qué no por un bombardeo?
-Muy interesante. - dijo Winston, sin prestarle mucha atención. Se enderezó con intención de irse. - Lástima que nadie sobrevivió al ataque, chico.
Ben se puso muy serio, de pronto, y Winston creyó que había tirado del gatillo, dado justo en el blanco. Se lamentó a sí mismo por su mala suerte y, de reojo, contempló a la mujer de minifalda irse con el hombre de la corbata roja. Había sido una noche larga y mala, sin ningún éxito. Primero la mujer de la gabardina, después su cliente más frecuente e irritante estaba ebrio y loco de atar y su prostituta predilecta ya había conseguido otro trabajo. Deseaba con todo su corazón largarse de ahí y echar una siesta para quitarse su grave caso de malhumor.
Pero la expresión de Ben le decía que todavía faltaba mucho tiempo más para el final. Y Winston estaba seguro de ello. Las teorías del chico apenas comenzaban…
-He ahí la cosa, Winny. - prosiguió Ben, con el aire de un conferencista anunciando el significado de la vida. - Alguien tuvo que haber sobrevivido. Era un orfanato de genios… algún tuvo que ingeniársela para salir con vida. En algún lugar del mundo hay un sobreviviente de esa noche… y debe de tener tanta información. Tanta información importante. Necesito encontrarlo, Winny. Necesito encontrar a mi informante.
-Dices disparates, chico. - comentó Winston, como si hablara de lo linda que era la luna esa noche. - El lugar quedó hecho polvo.
-Pero no encontraron algunos cuerpos. - lo interrumpió sagazmente, con la seguridad de un niño que está seguro que dos más dos son cuatro. - La mayoría estaban ahí, calcinados… pero otros no. La bomba no pudo haber sido tan fuerte para desintegrarlos y hacerlos desaparecer, así como si nada. La materia no hace eso… - sacudió la cabeza, como si con eso pudiera poner orden a sus pensamientos alborotados y dirigió una mirada de infantil curiosidad a Winston, quién se encogió de los hombros con cierto descaro.
-Sólo sé que murieron. Y aunque haya sobrevivientes, Ben, no los vas a encontrar. No creo que, siendo tan genios, tengan muchas ganas de ser encontrados. No les conviene.
-Tengo que encontrarlos. - lo cortó Ben, decidido. A Winston le dieron ganas de echarse a reír al ver su cabello despeinado, sus ojos rojos, y sudadera sucia y con olor a vodka y sudor combinado con la confianza de su mirada. Era como ver a un condenado a muerte, justo debajo de la guillotina, segurísimo de que al final le perdonarían la vida. - Y si no los encuentro, buscaré otra manera. Pero seré yo quien maté el Nuevo Kira. Yo voy a matarlo con mis propias manos.
- Pues suerte en ello. - comentó Winston, a modo de despedida. Se alejó al otro lado de la barra y contempló con expresión sombría a la mujer en minifalda que quedaba. Ben miró su vaso y vio que seguía vacío, señal que le indicó que quizás era hora de irse.
Pero aún tenía esa idea revoloteando en la mente. Era como una palomilla que se estrellaba contras las paredes de su cerebro una y otra vez, buscando una solución a su simple problema. Buscando una luz que le indicara la salida que tanto buscaba.
No podía pensar con claridad, por supuesto. Palabras e imágenes le veían a la mente sin ton ni son, en un desfile colorido y desorganizado. No pensaba con la fría claridad de cuando estaba libre del maldito veneno del alcohol. Cerró los ojos con fuerza. Necesitaba recordar esa idea. No podía permitirse olvidarla. Tenía una pista, un camino a seguir, finalmente, aunque fuera alocado y no tuviera esperanza alguna de éxito. Tenía que aferrarse a esa única y estúpida esperanza, a ese infantil deseo o moriría. Si no tenía nada porque luchar, la culpa y la amargura serían más fuertes que él y lo aplastarían.
"El orfanato. El orfanato. El orfanato." Se repitió una y otra vez, dentro de su cabeza. No se dio cuenta, en ningún momento, que también estaba hablando. Murmuraba entre dientes en una voz ligeramente baja, pero audible, las mismas palabras que se repetían dentro de su cabeza. No podía olvidarse de esa pista. El orfanato. Había gato encerrado en el orfanato. Sí, sonaba como una locura para él también. Pero tenía una intuición… su subconsciente estaba almacenando algo que su consciente no llegaba a entender… "El orfanato, el orfanato…"
¿Dónde estaba él cuando aquello ocurrió? Borracho en esa misma barra, en ese mismo bar mugriento, pensando en las mismas escenas de su pasado. Winston tenía la radio encendida esa noche… ¿Qué había pasado? ¿Cómo se habían desarrollado los acontecimientos de aquella noche? ¿Qué relación tenían con el Hassassin, si es que había dicha relación?
Había algo, había algo que no tenía sentido en ese ataque al orfanato. Algo que lo hacía repetirse una y otra vez lo mismo… la mano de Dios había tenido que ver. "Te estás volviendo loco…" dijo una vocecita severa en su cabeza. Le recordó a la cariñosa voz de Jamón. Así que confió en esa voz, sin duda alguna. Sí. Se estaba volviendo loco. Tenía que suceder en algún momento. Un hombre que vive en su pasado pierde toda conexión con el presente y la realidad. Un hombre que piensa tanto tiene que volverse loco.
Se puso de pie, tambaleante, y el mundo le dio vueltas. Su visión era borrosa y movediza, pero eso no le impidió caminar, con unos cuantos tropezones y titubeos, hasta la salida del bar. No se despidió de Winston. No había necesidad, creía que ya había pagado al llegar su vodka y si no era así, pagaría mañana. Volvería mañana, sin duda alguna. Tenía que seguir tomando ese veneno para matar a los demonios que vivían dentro de sí.
"No estás loco." Dijo otra vocecita. Risueña y rasposa, sarcásticamente dulce. La voz lo hizo pararse en seco, justo en el umbral de la puerta. La mujer en minifalda lo miró extrañada. Esa voz risueña no era suya. Esa voz no la había producido él. Esa voz no había salido de su cabeza. Había entrado por sus oídos. Nunca la había escuchado en su vida. Sintió que el mundo se ponía de cabeza.
-¿Estás bien, guapo? ¿O necesitas ayuda para tranquilizarte? - preguntó la mujer, fingiendo su mejor sonrisa. Ben negó torpemente con la cabeza. "Te estás volviendo loco, Ben. Lo mejor que puedes hacer es irte y ponerte esa pistola en la sien… así acabará todo" Pero no podía dejarlo sin terminar. Tenía que vengar a su padre. Después de eso podía morir en paz.
"No estás loco, Bennie." Repitió la voz. No. No venía de su cabeza. Ben echó un vistazo a la calle. Oscura y sola: no había nadie cerca. ¿Por qué no había nadie cerca, si era viernes por la noche? Siempre había alguien, al menos una sola persona. ¡La calle no podía estar sola! Miró a la asustada prostituta con recelo, ¿había hablado ella? La mujer lo miró aterrada y retrocedió un par de pasos.
Su corazón había enloquecido.
"Tengo una sorpresa para ti, Ben." Dijo la voz. ¿Provenía de arriba? Miró al cielo atiborrado de nubes. No había nada. No había nadie. ¿Provenía de dentro del bar? Echó un vistazo. No. Nadie le prestaba atención, ni siquiera una pizca.
-Yo… perdón. - se disculpó Ben con la mujer de minifalda. La miró con desconfianza por última vez antes de echarse a andar por la calle. El frío aire le pegó en el rostro como una bofetada. Se sintió ligeramente agradecido: el frío, en cierta forma, le había aclarado la mente. El efecto del alcohol había disminuido. Un poco, pero lo había hecho. Se echó la capucha de la sudadera encima antes de caminar con pasos titubeantes.
Pensó en la mujer de la gabardina gris. ¿Dónde estaba? ¿Habría llegado sana y salva a su casa? O a lo mejor la encontraría muerta, con el cuello rebanado en el callejón siguiente… A lo mejor la escuchaba gritar por piedad en la siguiente calle. Quizás la encontraría desplomada en el mugriento suelo, llorando con desesperación… Sus manos cubrirían sus orejas, como si no quisiera escuchar la voz de alguien hablándole y las mangas de la gabardina se habrían movido un poco, sólo un poco, pero lo suficiente para ver sus muñecas llenas de cortes, profundos y aún sangrantes…
Impulsivamente, se tomó la muñeca izquierda con la derecha y se acarició las heridas que él mismo se había hecho. Sus manos se movían con frenesí, con unos movimientos que recordaban a un cuerpo convulsionándose por choques eléctricos…Sólo las largas mangas de su sudadera negra cubrían su anormalidad… sólo las mangas lo hacían, a primera vista, un ser humano normal. Un ser humano normal a primera vista, pero tras un par de segundos de análisis, no era difícil descubrir que la primera impresión estaba muy, pero que muy, equivocada. Nadie debía de levantar esas mangas, porque entonces descubriría al demonio atrapado dentro de ese cuerpo humano. Y una vez que el demonio fuera liberado, no había nada que hacer para salvarse…
Hacía frío y él lloraba. No se dio cuenta de que lloraba hasta que escuchó la misma voz, aún risueña, hablarle otra vez: "¿Por qué lloras, Bennie?" preguntó, casi con autentica preocupación. Entonces Ben se tocó, con manos temblorosas, las mejillas. Y se dio cuenta de que estaban empapadas. Eso lo hizo llorar con más fuerzas.
La larga calle seguía oscura y solitaria. ¿¡Por qué la calle estaba tan vacía, tan desprovista de ruido?! Las luces del alumbrado público eran tenues: algunas estaban apagadas, otras titilaban macabramente, como el tic en el ojo de un loco peligroso. Las únicas luces que estaban encendidas emitían un brillo triste, acabado, débil como el último suspiro antes de morir.
Y el pavimento, estaba mojado. Había llovido durante la tarde y el podía ver el reflejo fantasmal de las luces sobre los charcos de agua. Podía ver su propia figura, desgarbada y nerviosa, reflejada en el agua. Pero no podía ver con claridad su rostro y, en realidad, no quería verlo. Temía ver lo que se reflejara…. temía ver un cráneo en lugar de rostro, una bestia con colmillos sangrantes en lugar de rostro, una cara desencajada de la histeria y la ansiedad, con una mirada loca de remate, en lugar de su rostro...
Giró la cabeza hacia atrás. El bar estaba ya a una cuadra de distancia y la luz cálida que emitía prometía salvación y seguridad. Pensó en volver, pensó en echarse correr con todas sus fuerzas y resguardarse en el bar por el resto de la noche, pero no lo hizo. Continúo andando, torciendo una esquina hacia la izquierda. La nueva calle estaba igual de vacía que la anterior.
Y quizás era afortunado. Porque si alguien lo veía en ese estado, lo mandarían directamente al hospital psiquiátrico más cercano.
Y quizás eso era lo mejor. Porque a lo mejor si estaba loco. No: estaba loco. Estaba totalmente seguro de ello. Porque esa sensación de que alguien lo seguía no estaba bien. No era normal. Esos cortes en sus muñecas no eran normales. Esos tres intentos de suicidio tampoco eran considerados patologías saludables. Esos demonios que lo acosaban… el demonio de la culpa, del arrepentimiento, del odio… no eran normales. Su depresión no era normal; ¿por qué mierda no podía ser tan feliz como el resto de la gente? Pues porque estaba loco. Loco de remate.
La voz no era normal. Él no había escuchado nada parecido nunca antes. Nunca se había topado con una voz que no fuera suya. Estaba loco. Estaba seguro de que estaba loco.
Pero había un problema: los locos no sabían que estaba locos.
Entonces, ¿qué era él?
Su mirada nerviosa captó un movimiento detrás de él por el rabillo del ojo. Se giró de prisa, pegando la espalda a la pared. Se pegó a ella como si el suelo hubiera comenzado a ondear como el mar.
Su respiración, agitada, se detuvo. Lo único que escuchaba era el sonido de su corazón acelerado. Sus ojos seguían, con puro horror, la dirección del objeto que había causado su alto.
Un objeto redondo. Rodaba lentamente hacia él. No estuvo seguro de que era hasta que éste chocó contras sus temblorosos pies.
Una manzana roja.
Una manzana roja y mordida.
Paralizado como estaba, sintió como su entrepierna se llenaba de un líquido caliente y con un olor singular. Se había orinado encima. El miedo había sido más fuerte.
Miraba a la manzana con horror, como si se tratara de una cabeza humana con los sesos asomándose por las cavidades oculares. Quería correr, pero no podía. Quería gritar, pero ni un sonido brotaba de su garganta. Desvió la mirada de la fruta en sus pies hacia la calle que estaba recorriendo. Dos cuadras más y estaba su pequeño y repugnante departamento. Dos cuadras más y estaría a salvo de esa macabra noche.
"Corre. Corre, corre, idiota, corre." Se dijo a sí mismo. Sus dientes estaban tan apretados que le dolía la mandíbula. Respiró hondo. Y se dio cuenta de que no estaba solo.
Se echó a correr con todas sus fuerzas. El efecto del alcohol se había pasado completamente, gracias al buen susto. Giró la cabeza hacia atrás, pero nadie lo seguía. La manzana seguía ahí, como un ojo atento y risueño, observando su huída cobarde. Apretó el paso, no supo de dónde sacaba las fuerzas. El frío aire le pegaba en la cara. Pero no escuchaba pasos detrás de él. Ni uno sólo.
Pero había alguien. Tenía que haber alguien, porque él sentía una mirada fija en él. Había alguien, aunque él no pudiera verlo.
Vio un objeto pequeño caer unos cinco metros frente a él. Se detuvo nuevamente, de manera súbita y sin sentido. Se detuvo sin pensarlo, sólo porque su instinto le dijo que lo hiciera. Miró hacia atrás: no había nadie. Su respiración, entrecortada y ruidosa, fue el único ruido que hizo compañía a la voz risueña.
"Tengo una sorpresa para ti, Ben."
Los ojos del joven se plasmaron en el objeto, que según parecía, había caído del cielo. Estaba ahí: en la mitad de la calle, bajo una titilante luz, digna de cualquier película de terror. Un objeto pequeño. Ben entrecerró los ojos: parecía que era un libro.
Tuvo un mal presentimiento.
"Tómalo, Ben. Es tuyo" Dijo la voz. Las manos de Ben se pusieron sobre sus oídos, con firmeza. Las lágrimas aún brotaban de sus mejillas cuando dijo:
-Déjame solo. ¡No quiero escucharte!
El pánico se había apoderado totalmente de él.
"Aunque te arranques las orejas, seguirás escuchándome." Respondió la voz, con una ligera risa. "Tómalo, Ben."
-¡No! - gritó el chico, sus manos aún cubrían sus orejas. Cerró los ojos con fuerza y se concentró: - ¡No, no, no, no! ¡No eres real! ¡Estás dentro de mi cabeza!
De nuevo, una risa.
Y luego el sonido de algo deslizándose sobre el concreto. Sin necesidad de abrir los ojos, Ben supo que el objeto estaba ahí. Frente a él.
"Con esto vengarás a tu padre, Ben."
Abrió los ojos sin dudarlo.
Frente a él había un tipo de cuaderno. Era de color negro. Dos palabras, simples pero con todo un significado dentro, estaban escritas en la portada: Death Note.
Buscó a alguien frente a él, alguien que pudiera haber movido ese objeto hacia él. No lo había, tal y como se lo esperaba. No le sorprendió. Supo que, desde ese día en adelante, le costaría trabajo encontrar algo con qué sorprenderse. Lentamente, se agachó. Alargó una mano temblorosa hacia el cuaderno… pero se detuvo a medio camino.
-¿Qué es esto? - susurró. Las lágrimas se había cortado.
"La solución que tanto has buscado."
-Siento… Siento como si estuviera vivo. - comentó. - Casi puedo escucharlo… respirar. Casi puedo escuchar sus latidos…
"Es para ti. Tómalo."
Estiró la mano y lo hizo. El contacto le trajo paz. Acarició con los dedos las palabras "Death Note" antes de abrir el cuaderno.
-"Los humanos cuyos nombres sean escritos en este cuaderno morirán." - leyó. Una sombra se proyecto frente a él. Una sombra enorme e inhumana. Pero no le tuvo miedo. - ¿Es… es cierto?
-Sí. - la voz era real. Física. Ben escuchó un sonido de mordisco. Le llegó un lejano olorcillo a manzana. - Me agradan los humanos. Me hacen reír. Son entretenidos. Y tienen unas manzanas… deliciosas.
Lentamente y con el cuaderno firmemente apretado entre sus manos, Ben se levantó. Se sentía más grande. Se sentía más alto. Se sentía más poderoso.
Sí. Iba a matar a Kira para vengar a su padre. Ahora podía.
Ahora tenía el arma perfecta.
Contempló al mounstro que volaba frente a él. Dos enormes alas negras revoloteaban con pereza mientras la criatura devoraba una manzana roja con sus colmillos. Sus ojos eran dos círculos amarillentos con una pupila de un inquietante color rojo. Su cuerpo, enorme y de hombros anormalmente anchos, estaba cubierto de un material oscuro. ¿Era piel, era pelo, era tela? No lo sabía. A Ben le parecía un murciélago gigante.
-Ahora, cada vez que hay problemas en el mundo de los humanos, creen que es mi culpa y me mandan a mí a solucionar. - el mounstro soltó una carcajada amarga. - No sé si mis compañeros quieren reírse un rato o de verdad quieren solucionar los problemas. Ese no es nuestro trabajo. Lo nuestro es matar.
Ben sabía que ese mounstro era real. El cuaderno en sus manos era real. Las oscuras habilidades de dicho instrumento eran reales.
-Mi nombre es Benjamin Breegs. Pero puedes decirme Sherlock. - se presentó, aunque sabía que era totalmente innecesario. Estiró su mano derecha en dirección al monstruo, con la izquierda sostenía la Death Note. Éste lo contempló con expresión divertida. Y estiró la mano izquierda a su vez. Se las estrecharon, haciendo un pacto silencioso, pero fuerte.
-Yo soy Ryuk.
Después de haber escrito en la Death Note el nombre y del individuo, el tiempo, y las circunstancias de su muerte, estas dos últimas pueden ser alteradas las veces que creas necesario si lo haces en menos de seis minutos con cuarenta segundos. Claro, esto es posible solo antes de que la víctima muera.
¡Hola de nuevo! :D
Arrancamos con la segunda parte de esta historia, espero que les haya gustado J Dejaré que saquen sus propias conclusiones y no comentaré nada, aunque me muero de ganas >:3 Les advierto, en que caso de que no lo haya mencionado antes, que esta segunda parte es más corta y más apresurada, pero lo bueno es que tiene más acción que la primera ;)
Quiero darles las gracias, otra vez :P, por su apoyo y por seguir leyendo a pesar de que me tardo tanto en actualizar J Espero no decepcionarlos con lo que viene xD Muchas, muchas gracias por seguir aquí.
Y me gustaría dedicar (por voluntad propia, ¡lo juro!, nadie me está obligando a poner esto O.O) la siguiente parte de la historia al buen PM, quien es encantador con todo y sus amenazas hacia mi vida y bienestar :D Jajaja, broma: ¡Gracias, PM, por todo! Por motivarme a seguir escribiendo y por poner tanto entusiasmo en esta historia J Tu presencia en esta historia es un placer y tus comentarios siempre me hacen reír (y aumentar la seguridad de mi casa también, jajaja) Eres un amor, gracias por estar aquí desde hace quién sabe hace cuántos capítulos :P Así que esta siguiente parte va para ti y tu asesina mente :)
¡Espero verlos pronto! El próximo capítulo estará un poco más cercano a la trama de la primera parte ;) Saludos!
Atte.
Alice Wall (ahora si puedo firmar y toda la cosa, porque amo con todo mi corazón mi nuevo nick :D)