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El Alma Imperfecta — capítulo 1
Hay veces que una sola decisión puede cambiar toda tu vida por completo. Todo el mundo sabe que tomar decisiones no es fácil, y que elegir entre un montón de posibilidades y responsabilizarte de ellas, sea la consecuencia buena o mala, es más difícil todavía. Y que hay muchas personas que, en vez de aceptar su error y hacerse cargo de él, evaden el problema, y éste se va haciendo cada vez más grande y más grande hasta que explota.
Pero yo no era de ese tipo de personas. La decisión que tomaba, tuviera consecuencias satisfactorias o perjudiciales para mí, estaba bien tomada, ya que la había elegido yo, con mi pensamiento, conciencia y corazón, y había entregado mi alma a esa decisión. Por tanto, eso nunca podía ser un error.
Diréis, pero que chica más autosuficiente, todo el mundo comete errores… Pero, sin embargo, yo creo que no es autosuficiencia, ni nada por el estilo. Claro que todo el mundo se equivoca… Simplemente pienso, que si yo tomé esa decisión, estaba predestinada a actuar de esa manera. Y por supuesto, destinada a lo que me pasó a continuación. ¿Fue un error? Pues no lo sé. Que algo este bien o mal es subjetivo. Y por tanto, siempre que uno mismo lo decida, sin ser influenciado o presionado por nadie, la decisión es correcta. Aunque te traiga consecuencias inesperadas… Estuvo bien ya que tú pusiste toda tu buena voluntad es aquello. Y eso es lo único que está bien. Siempre.
Por tanto, en aquel preciso instante no creí que la decisión que tomé hacía ya tiempo, y que me había llevado a esta situación, fuera un error. Aunque estuviera viendo morir a muchos de mis amigos, y, aunque sabía que esto era el fin, no pensé que hubiera cometido un error. No señor. Había hecho lo que yo esperaba de mí, y lo que había creído correcto. Y eso era suficiente.
Lo más importante en la vida de la gente, es tener sueños, creer en algo. Y aunque lo que yo creía, para muchos era una auténtica locura, nunca dejé que me afectara. Era mi deseo, mi sueño, mi motivo para seguir con vida. Y aunque hubiera gente que no lo entendía, ese no era mi problema, no me afectaba. Yo era yo, y nadie podía intervenir en ello. Era mi decisión.
La gente gritaba, los niños lloraban, los perros ladraban,… Hubo un momento en el que ya no pude oír nada más, ya que mis oídos no paraban de pitar. Era un sonido lastimero, y no me dejaba pensar con claridad.
Curiosos los sentimientos que provocan en la gente la muerte de un ser querido. Tristeza, dolor, angustia, ansiedad… Culpabilidad. Pero a mí eso ya no me importaba. En el momento en la que varias de las razones de mi existencia se fueron para siempre, dejó de importarme.
Pero incluso por encima de esos sentimientos, había uno que se alzaba con muchísima más fuerza. El miedo. Miedo a perder todo lo que tenía. Miedo a perderme a mí misma.
Dicen que cuando estás en peligro de muerte, todos tus recuerdos salen a la luz. Lo que has hecho bien, lo que has hecho mal. Lo que importa y lo que no.
Y eso sólo me producía más y más y más culpabilidad. No por mí, sino por ella. Sabía que yo debía estar allí, pero ella no. Para mí, era un modo de vida. Para ella, un simple atajo que la llevaría a cumplir sus sueños. No lo hubiera hecho si no hubiese sido por mí. Y tampoco hubiera cogido ese atajo si no hubiese sido para apoyarme. Para estar a mi lado. Todo era por mi culpa. Yo había conseguido cumplir mi sueño, a su costa, y había evitado que ella cumpliera el suyo.
No era justo.