← El Alma Imperfecta · de
El Alma Imperfecta — capítulo 2
Pero bueno, no nos vayamos al final de la historia, empecemos por el principio.
De pequeña tenía una vida normal. Vivía en una casa espaciosa, en una urbanización con muchos niños con los que jugaba a menudo. Tenía una familia que me quería, unos padres que me hacían mucho caso, un hermano con el que jugaba a menudo, y por supuesto, mi mejor amiga y hermana. Los tres teníamos el mismo grupito de amigos, el que se componía la mayor parte de los vecinos de la urbanización. Iba a un colegio privado (de pago) muy bueno, y sacaba buenas notas.
En cuanto a mí, era igual de normal que mi vida. Una niña castaña con ojos marrones verdosos, y un tanto menuda. Era alegre, divertida, sociable… Era feliz.
Cuando entré en la adolescencia, las cosas empezaron a cambiar. Ese afán por la vida empezó a disminuir considerablemente. No me sentía completa. Siempre que alguien me preguntaba, contestaba que me faltaba algo. Como una razón para existir. Mis amigas decían que pensaba en unas cosas muy raras, y que era demasiado madura para mi edad. La razón de sus vidas, sus sueños… se simplificaban a una casa, un buen novio y amigos para conversar. Pero eso no era suficiente para mí. Cada día nuevo que pasaba, se me iba abriendo un vacío en el estómago.
Empecé a sacar peores notas, ya que tampoco me interesaban los estudios. Hacía lo necesario para aprobar, no me esforzaba. Empecé a interesarme por el mundo. Veía los telediarios con mi padre y leía el periódico cada día. También me interesé por la política, y tenía largas conversaciones sobre ello con mi familia. Noté que el mundo era injusto, y que mientras mi sociedad se preocupaba de cosas sin importancia, como su apariencia, el color de su cabello, su complexión física, su busto… había gente que a lo único que se dedicaban era buscar comida, medicinas, agua, para no morir.
Había muchos pueblos en guerra, por rebeliones absurdas y conflictos desde hacía millones de años. Eso hacía aparecer el hambre y la pobreza.
Tenía que hacer algo. Mi deber era hacer algo por ellos. Cada vez que pensaba en eso, el vacío en mi corazón palpitaba, como si, sin pensarlo, acabara de dar con mi objetivo vital.
Cuando me di cuenta, estaba ya en el último curso del instituto, y accedí a estudiar ingeniería.El vacío seguía ahí, en el fondo de mi cuerpo, en mi alma, acechándome cada noche. En la universidad fui muy feliz, tenía muchos amigos, y me encantaba mi carrera. Aprendí un montón de cosas nuevas, y empecé a sacar magníficas notas de nuevo. Todo esto guío mi vida, y yo sabía que el agujero de tinieblas seguía ahí, aunque al ignorarlo, cada día lo sentía menos fuerte, menos intenso,… Hasta que le conocí a ÉL.