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El Alma Imperfecta — capítulo 3

Le conocí un día cualquiera, en la universidad. Empezaba un nuevo año, el último, y como consecuencia… Una nueva asignatura.

Entré en clase y un cariñoso empujón hizo que me diera la vuelta.

-¿Qué tal Helena? Cuanto tiempo- me dijo seguido de un abrazo. Era mi gran amigo Marcos, que había estado a mi lado desde que empecé la carrera.

-Pues sí, hacía mucho tiempo. Yo muy bien en verano, descansando y gozando del buen tiempo, que parece que está acabando…- mientras hablábamos nos sentamos en primera fila.

-Ah, guay, me alegro mucho, yo también... Oye, por cierto, he pensado, que, quizá, tú y yo podríamos…- Pero la voz firme del profesor, que acababa de entrar en clase, le interrumpió, impidiéndole decir aquello para lo que tanto había ensayado todo el verano.

-Ssssh, calla, que empieza.- Estaba especialmente emocionada con esa nueva asignatura, que tanto me llamaba la atención.

-Hola a todos, me llamo Roberto y seré vuestro nuevo profesor de ingeniería bélica.

La clase transcurrió en medio de una atmósfera tranquila e interesada, ya que a muchos de los alumnos les había llamado la atenciónla incorporación de una clase como esa en el programa lectivo.

Pero por supuesto, a nadie le había impresionado tanto como a mí, que escuchaba muda todas las palabras que ese hombre nos brindaba.

El timbre sonó, lo que dio paso a un tropel de alumnos que, apresurados, salían a comer.

Marcos, al ver que no me movía, me dijo: -Venga Hele, que nos van a quitar los mejores sitios.

-Vete yendo, ahora te alcanzo.-le respondí ensimismada, como en otro mundo.

Marcos no se molestó en preguntarme el por que de esa tardanza. Yo siempre actuaba diferente a los demás. Sabía que le parecía rara, pero a mí eso no me importaba. Yo era como era, y si quería ser mi amigo bien,y si decidía que no quería serlo, yo no le iba a reprochar nada en absoluto.

Cuando Marcos se fue, me acerqué a la mesa del profesor, que seguía en el aula recogiendo sus cosas.

-¿No tienes que irte a comer?- me preguntó él sin levantar la mirada de sus cosas.

-Bueno, sí, pero antes quería preguntarle algo, si no es molestia- le dije yo.

En ese momento, levantó la vista hacia mí. Como me había parecido desde el pupitre, era un hombre mayor, de unos cincuenta, con el pelo canoso y una ligera barba. Era muy alto, es decir, yo tampoco es que midiera un metro ochenta (es más, no llegaba ni al metro sesenta y cinco) pero me sacaba por lo menos una cabeza y media. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue una gran cicatriz que le pasaba por el ojo y le llegaba hasta el cuello.

-Claro. ¿Cómo te llamas?

  • Soy Helena, y la verdad es que me ha encantado la asignatura.

-Me alegro mucho Helena, pero ¿qué es eso que querías preguntarme?

-Bueno, yo… Es una pregunta algo personal, señor.

-Por favor Helena, no me llames de usted. Me haces sentir más viejo de lo que soy. Llámame simplemente Roberto.

-Sí, vale, Roberto. Bueno yo me preguntaba… ¿Cuándo supiste que querías ser militar?- Cuando lo dije, me miró. Tenía una mirada profunda, de determinación, de sabio. Pero además, en su mirada se veía tristeza, una tristeza profunda de esas que no se desvanecen jamás.

-¿Porqué crees que alguna vez lo he sido?

  • Hombre, además de por tus cicatrices y por tu cojera, es obvio que alguna vez lo has sido. Cuando hablabas del ejército en la clase, lo hacías en primera persona.

-Eres una chica intrépida Helena. Pues sí, serví en el ejército para el país en Irak. Desde muy joven. Sabes, en mis tiempos, existía la mili, y era obligatorio que todos los jóvenes estuviéramos dos años de servicio. Y la verdad, me apasionó tanto, que no pude hacer otra cosa que alistarme. Era feliz. Tenía un cuerpo al que mandar, aprendí a disparar, a pilotar… A valerme por mí mismo. Pero lo más importante, es que me sentía realizado. Como si hubiese nacido para ello. Y bueno, pienso que así fue.

Mientras me decía esas cosas, una gran sonrisa se iba extendiendo por mi rostro. Cada vez más grande.

Cuando terminó ya lo tenía claro.

-Gracias Roberto, esto ha sido trascendental en mi vida. ¡Gracias, gracias, gracias!- le dije, más feliz que nunca, mientras iba hacia la puerta.

-¡Helena, espera!-pero yo ya me había ido.

Todo tiene una parte mala. Espero que tenga cuidado- se dijo a si mismo, susurrando, recordando su propia historia.


Sentimos muchisísisisisisisisisisisimo la tardanza. De verdad.

Y sobretodo que nos perdonen ingrix granger y ladymoon, además de los lectores no comentaristas.

Esperamos que os gustara el capítulo.

Muchos muchos muchos besos, Jackadictas