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El Alma Imperfecta — capítulo 4
Iba andando de vuelta a mi casa. Mi hermana y yo vivíamos en un apartamento en el centro de Madrid. Nuestros padres vivían a las afueras, y como eso nos pillaba muy lejos para ir a la universidad cada día, sacamos todos los ahorros de nuestra vida y con ayuda económica de nuestro hermano mayor, que estudiaba en el extranjero, habíamos alquilado un pequeño ático en Moncloa. No era muy espacioso, las cañerías sonaban cada vez que abrías un grifo y además el casero no paraba de pedirnos los meses de paga que le debíamos… Sin embargo era céntrico y nos venía genial para ir cada día a la facultad. Aunque ahora ya no nos haría falta.
-Olga, ya he llegado- dije tras dejar las llaves en la mesa que habíamos colocado al lado de la puerta.
Entré en la cocina, donde Olga estaba sentada con las manos en la cabeza.
-¿Qué te pasa?- dije yo, mirándola confusa.
-Helena, tenemos un problema. Ha vuelto a venir Tomás y nos ha dado un ultimátum. O pagamos o nos vamos- me dijo ella mirándome preocupada.
-Bueno, de eso quería hablarte. Ya no necesitamos este piso. Nos vamos.
-¿Pero qué dices? ¿Nos mudamos? Hele, sabes que no tenemos dinero para nada mejor que esto y….- yo la interrumpí antes de que terminara.
-No, espera… Déjame explicarme. Es una historia muy larga y supongo que me tomarás por una loca, pero prométeme que me dejaras terminar. ¿Podrías hacerlo?- pregunté, esperándome su reacción tras darle la noticia.
-
Pero, ¿qué pasa? ¿Qué dices?- me respondió Olga con expresión alarmada, mientras yo me sentaba en frente de ella.
-
Mira, iré al grano… Me quiero alistar en el ejército.- dije sin dejar de mirarla a los ojos, esos ojos marrones y expresivos que tanto me habían comprendido y me habían ayudado a lo largo de mi vida. Hasta hoy.
-¿¡Qué!?- dijo histérica mientras se levantaba-¡¿Vas a dejar la carrera de ingeniería para irte al ejército?! Pero, pero…-
-Me prometiste que me escucharías hasta el final- dije yo.
-Pero, pero, tú…- ella no paraba de farfullar.
-Olga- dije yo mirándola muy seria.
Tras observar mi expresión un largo rato, se sentó de nuevo en la silla.
-Vale, sigue- dijo abatida, sabiendo que ya no podría pararme. Estaba decidida, y ella escucharía las razones que yo tenía para querer emprender ese cambio tan trascendental en mi vida.
-¿Es que no lo entiendes? Toda mi vida me he sentido como vacía, no sé, como que me faltaba algo muy importante. Y hasta hoy no sabía que era. Ahora sí. Necesito ayudar a los demás. Y la mejor opción que he encontrado es formarme en el ejército. Aprender a valerme por mi misma, a sobrevivir, a ayudar. Viajar, ir a misiones de paz, ayudar a los pueblos que han sufrido catástrofes y guerras,… En fin, morir por la gente que nos necesita.
-Helena, recuerda que ahora reina la paz en el mundo y los soldados no sólo se dedican a todo lo que has dicho. ¿Y si entramos en guerra? En una de esas guerras en la que la gente sufre y los soldados mueren por causas que ni siquiera entendemos… No sé Helena, es muy peligroso.
-Me arriesgaré -dije muy convencida.
-No seas impulsiva. Piénsalo un tiempo, y cuando acabes la carrera, te alistas como ingeniera militar. Tienes todavía mucha vida por delante. Además, hay otras muchas formas de ayudar, menos arriesgadas.
-Es que tiene que ser ahora. No puede ser más tarde. Esta causa no puede esperar.
-Vale. Supongamos que lo haces y te vas de aquí, a Zaragoza, a la academia militar a formarte como tal. ¿Y yo? No puedo cargar sola con todos los gastos de la casa, la Uni…
-Sé que no tengo ningún derecho a pedirte esto. Sé que tú tienes tu vida, tus amigos, tu carrera, tus ideas del mundo…Pero, ¿has tenido alguna vez esa sensación de que tienes que hacer algo importante, pase lo que pase? Algo que si no haces todo saldrá mal, que influirá para siempre.
-Sí, bueno, ¿pero eso que tiene que ver?
-Tú debes venir conmigo. Es la única manera.
-¿¡Yo!? ¿¡Contigo!? ¿¡Al ejército!? Helena, acabo de aprobar el MIR, ya puedo empezar a trabajar en el hospital… ¿Y me pides que me vaya contigo a luchar por una causa perdida a Dios sabe donde?
-Sí, eso exactamente.
-No puedo hacerlo Helena. No puedo paralizar mi vida e irme sin más. Es una locura.
-¿Pero has oído todo lo que te he dicho? Si tú no vienes no valdrá para nada. Tienes que venir.
-¿Pero que estás diciendo?- me miró muy preocupada.
-¿Confías en mí? Porque si lo haces, debes venir conmigo. Aún no lo entiendes. Pero pronto lo harás. Tan sólo confía en mí.
-Helena, sabes que confío en ti. Prométeme que esto es de verdad, que no es una tonta corazonada. Que no es un simple momento de locura.
-Te lo prometo- dije sin parpadear, mirándola muy intensamente.
Ella se quedó un largo rato pensando en lo que había dicho, mirando por la ventana a la gente, ajena a todo lo que le acababa de pasar.
Pasado un rato, que se me hizo una eternidad, me volvió a mirar, muy seria, convencida. Como nunca antes la había visto.
-Vale, si todo lo que dices es cierto… Lo haré.