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El Alma Imperfecta — capítulo 5
Las copas tintineaban al chocar. Todo el mundo estaba muy contento. Por fin, tras cinco duros años de preparación, nos habíamos matriculado en la carrera militar.
Oí la risa de mi hermana al bromear con Guillermo, un chico bien majo que había cursado con nosotras. Era un chico castaño y alegre, ni muy alto ni muy bajo, y algo delgaducho, pero bien formado tras los largos años de entrenamiento. Él la sonreía a ella con una sonrisa muy característica, bien amplia y con dos hoyuelos a ambos lados de los labios. Había que admitir que era guapo, pero eso no me quitaba el sueño. No estaba entre mis objetivos.
Luego me fijé en mi hermana. Se había hecho algo más fuerte, pero no se apreciaban diferencias notables en su constitución. Seguía siendo bajita y atractiva, además de que una expresión dulce seguía enterneciendo su cara.
Olga había adquirido el rango de subteniente, gracias, por supuesto, a que ya tenía la carrera de medicina aprobada. Por tanto se había matriculado como médico militar. Sonreí hacia mis adentros. Cuando decidió acompañarme no pensé que le gustara. Sin embargo, al seguir con su sueño, convertirse en médico, y al encontrar buenos amigos allí dentro, se la veía feliz.
-¡Hele!- me dijo agarrándome del brazo- ¡ven con nosotros a bailar!
Aunque reticente a la propuesta de mi hermana, me dejé llevar por la música y por el ambiente. Sabía que sería la última noche para divertirme. Mañana ya no habría vuelta atrás.
Guille me cogió por la cintura, haciendo que una sonrisa curvara mi rostro. Él era el único que me trataba con dulzura y amabilidad. Sabía por qué.
A la gente le inspiraba respeto. No por mi complexión (a punto estuve de no llegar al 1,60 mínimo para acceder al mundo militar), sino por mi expresión. Comentaban que era fría como el hielo, que no mostraba emociones y que era muy calculadora. Ambiciosa y consciente de mis posibilidades, era observadora y no me dejaba intimidar. Gracias a esas cualidades, unido a una gran agilidad, física y mental, había conseguido destacar en casi todo. Me había convertido en la mejor tiradora, en una gran piloto, y debido a mis conocimientos sobre ingeniería aeronáutica, también había destacado en mecánica e informática. Además, la táctica militar era algo en lo que también había sido buena. Había superado a muchos individuos, bastante afectados por ser ganados por una mujer, además, joven y menuda. Sin embargo, aquello había sido posible sólo gracias a mi persistencia.
Todo eso me había hecho ganarme el respeto de mis superiores, a los que había agradado enormemente. Me sugirieron mediante indirectas que les pidiese cualquier favor. Yo no lo había aceptado. Bueno, sólo lo había hecho una vez, y por una buena causa.
Me había matriculado como teniente, un buen rango para haber cursado tan sólo cinco años. Si hubiera acabado la carrera de ingeniería hubiera podido acabar de capitán, o incluso de algo mejor. Pero teniente era un gran rango, y me permitía conseguir lo que tenía propuesto.
La fiesta terminó para mí a la una de la madrugada. El ambiente seguía divertido, y aún quedaba mucha gente por allí, pasándoselo en grande antes de comenzar su trabajo. Pero sabía que si no, mañana no podría comportarme como debían esperar de mí los soldados a los que tenía que instruir.
Mi misión estaba a punto de empezar.
……………….
La alarma sonó a las seis de la madrugada. Me levanté de un salto, me duché y me vestí, tan rápida como un guepardo. Antes de salir de la habitación (si se le podía llamar así), la cual compartía con las demás chicas del campamento, me reflejé en un espejo colocado al lado de la puerta. Me estudié minuciosamente. Esas botas, negras y pesadas, que tan útiles eran. El traje de camuflaje, que me hacía parecer más baja de lo que solía, pero también más imponente. Y ese rostro. No me reconocía a mí misma. Estaba completamente cambiada. Nunca había sido una chica que sonriera mucho. Bueno, excepto de pequeña, como todos. Siempre había sido seria e introvertida, además de muy sincera. Demasiado me decían a veces. Sin embargo, notaba que algo en mi interior había dado un vuelco. El vacío que había sentido durante toda mi vida empezaba a cerrarse. Supuse que sería porque me había volcado en algo que merecía la pena de verdad. Me estudié la mirada. Mis ojos brillaban de una forma especial. No era guapa, al menos a mí no me lo parecía, sin embargo admitía que así vestida desprendía un aire misterioso. Ni me gustaba ni me dejaba de gustar. Simplemente no me importaba. Así era ahora y me aceptaba.
Levanté mi mirada hacia el pelo. Al ver el moño con el que casi siempre me peinaba, bien alto en la cabeza, sonreí para mis adentros. Eso era lo único que mantenía de mi anterior vida. Me gustaba y me parecía muy cómodo.
Dejé a un lado el ensimismamiento al darme cuenta de la hora. Las seis y veinte. No podía llegar tarde el primer día. No mostraría esa actitud ante mis nuevos soldados.
Al llegar al campo de entrenamiento, el lugar donde me esperaba el teniente coronel, observé a la gente que allí se reunía. Localicé a mi hermana entre la multitud. A ella sí que le quedaba bien aquel uniforme, con la cruz blanca en el lado izquierdo de la chaqueta. Aquella que indicaba su servicio de médico militar. Me sonrió y me dio a entender que más tarde nos veríamos.
Justo cuando iba a responderle, el teniente coronel, un hombre bien entrado en los cincuenta, con un pelo blanco como la cal, y un bigote muy poblado, me sonrió (a lo cual no correspondí), me saludó a lo militar, y tras las formalidades, me intentó coger del brazo (a lo que yo respondí con cara de asesina). Odiaba que me tratasen de una forma especial. Eso no se lo habría hecho a un soldado del montón. No. Sólo se lo hacía a la especial Helena, que tantos logros había realizado. El peloteo me causaba náuseas.
Me guió hacia una de las zonas de tiro, mientras hablaba de cosas que no me importaban en absoluto, gastando saliva en vano.
Allí me esperaban cinco soldados, dos de ellos sentados en la hierba, tomando el sol. No obstante, al ver al Teniente Coronel, se levantaron en un santiamén, y se colocaron en formación, bien alineados. "Están bien entrenados" Pensé hacia mis adentros. Aquello me agradó. Si ésos iban a ser mis hombres, les haría bien tenerlo sabido.
Busqué a Olga. Tenía que estar allí. O al menos eso me prometió el Teniente Coronel. La encontré sonriéndome, con su pelo rizado ondulando al viento. Era y sería por siempre el único favor que les pediría en mi vida. Pero es que la causa lo merecía. No iba a dejar escapar a mi hermana tan fácilmente. Estaría en mi equipo o no estaría en ningún otro. Yo la había incitado a cometer esta locura, y yo debía hacerme cargo de su protección.
También me fijé en Guille, que por suerte se encontraba entre mis hombres. Me guiñó un ojo.
-Preséntense- ordenóel Teniente Coronel.
El primer chico que lo hizo me llamó la atención. Era muy joven. Tendría a lo sumo dieciocho o diecinueve años. Se llamaba Jorge, era castaño claro y tenía unos ojos grandes y bonitos.
El segundo se llamaba Alejandro. Era rubio y alto. Me recordó a un turista alemán. Sus ojos, azules claros, expresaban mucha bondad. Tenía pinta de ser un tipo extraño.
Después se presentaron mi hermana y Guille. Lo hicieron con el mismo respeto que lo habían hecho los demás. No iban a ser especiales. Les trataría con la misma dureza y disciplina. No podía ser de otro modo. Ambos gozaban de un rango superior a los demás. Eran los especialistas del grupo. Olga la médico y Guille era el técnico. El que se encargaba de la mecánica de los aviones, así como de la informática. Por eso habíamos conectado desde el principio. Era un friki con la tecnología. Y yo sabía mucho del tema.
Él último fue en el que más me fijé. Era alto y fuerte. Cuando dio un paso adelante para presentarse, tuve que levantar la mirada. Por lo menos me sacaría dos cabezas.
Era moreno y llevaba el pelo corto. Se llamaba Álvaro y tenía los ojos verdes intensos, muy oscuros. No obstante, lo que más me atrajo fue su expresión. Sus ojos denotaban un deje de picardía y su boca se torcía expresando algo de vacile. Me molestó, y mucho. Él, al notar mi enfado, se divirtió. Lo supe por la media sonrisa que apareció en sus labios. A ese no le iba a perder de vista.