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El Alma Imperfecta — capítulo 6
20 Septiembre. Groenlandia.
Pi pi. Pi pi. Pi pi.
-Mierda- le propiné un golpetazo al despertador. Éste cayó al suelo.
Pi pi. Pi pi
¡¿Por qué narices sigue sonando?!
Pi pi. Pi pi.
Me levanté de la cama con mi usual mal humor. Entre el jodido frío de la noche (y eso que se suponía que teníamos la "calefacción" al máximo) y la horita de despertarse, iba a ser un día redondo.
Álvaro entró a la habitación recién duchado, con una sonrisa burlona en su cara. ¿¡Cómo demonios tenía tan buen humor a las cinco y media de la mañana!?
-Jorge tío, deberías vestirte ya. La jefa nos espera, y ya sabes cómo es respecto a la impuntualidad.
Claro que lo sé. Todavía me dolían las flexiones del primer entrenamiento.
-Que sí tío, que ya va- le contesté con un tono irascible.
En unos veinte minutos salí al pasillo, abrigado hasta las trancas.
-¡Buenos días soldado!- me encontré con doc. Bueno, así llamábamos a Olga, la subteniente, el médico del equipo- Péinate anda, que estás hecho un desastre- dijo mientras me revolvía el pelo con cariño, en plan maternal.
Era una tía bien maja. Al principio tuve mis reservas, no sé, había algo en su expresión que me recordaba tanto a la teniente… Pero sin duda me equivoqué. Era una chica muy normal, sencilla, simple y divertida. Un partidazo, vamos. La verdad es que las dos lo eran. Para que mentir. Eran como tan iguales y tan diferentes a la vez…
-¡Eh tú! Espabílate. Llegamos tarde- Olga me cogió del brazo y me llevo a la entrada de la tienda, donde habíamos quedado. Nada más salir un viento helado me recibió, quitándome las ganas de nada. Supuse que la misión iba a ser pero que muuuy dura.
Al ver a la teniente nos pusimos en posición.
-Buenos días. Os explicaré la misión de hoy. Esta mañana me han dado nuevas órdenes. Nos trasladamos. Esta tarde tenemos que llegar a la base que hay más al noroeste, donde se encuentra el cuerpo de marina. Tendremos que andar entre unos veinte y treinta kilómetros.- ¡¿Andando?! ¿¡Con todos nuestros bártulos encima!?
-Disculpe teniente, pero creíamos que nos trasladarían en el helicóptero- dejé caer, con todo el tacto que pude.
-Lo sé soldado. Y yo también lo creí. Sin embargo las órdenes han sido claras y directas. Lo haremos andando. Y no me han dado razón. Pero tampoco la necesitamos. Así que en marcha. Recojan su mochila. Nos vamos en diez minutos.
Y en quince ya andábamos, todavía de noche, con un gran peso a la espalda. La teniente nos había ordenado ponernos los trajes impermeables, esos que pesaban un quintal, pero sin embargo era tu única protección si te caías al agua. No tenía ni idea de la temperatura de ésta, pero lo que sí sabía (ya que lo habían repetido en la academia unas quinientas veces) era que al caer te quedabas sin respiración, sin poder razonar ni actuar. Bueno, si no llevabas aquel horrible traje.
Al mediodía (en el cual seguía pareciendo de noche), paramos a comer en la nieve. Sí, he dicho bien ya que no había otro lugar donde hacerlo.
Me fijé en la teniente. Ella, al notarlo, hizo lo mismo. Esa mirada… Era fría, muy fría. Le mantuve la mía. Ella no pareció incomodarse. Simplemente lo aceptaba. Y le daba bastante igual. O eso, por lo menos era lo que parecía. Sus ojos eran de un color verde claritos, un color bonito en cualquier otra mirada. Pero es que la suya era escalofriante. Ahora que lo pensaba, nunca la había visto sonreírme. A veces hacía un amago de media sonrisa, sobre todo con su hermana y con Guille, a los que clarísimamente tenía mayor aprecio. Pero reírse con la boca abierta, ni una sola vez. Era, no sé, como antinatural. Esa "tipa" me inspiraba entre respeto y confianza. No sabía todavía si me caía bien o mal. Al principio pensaba que era una broma. ¿Esta mujer nos va a mandar? ¡Pero si le debo de sacar una cabeza! En fin, era mejor no pensarlo. Además, estaba claro que si estabas en un tiroteo o amenazado de algún modo, era un buen manguito al que agarrarse. La había visto en acción durante los entrenamientos y sabía lo que hacía. Me arrepentí en seguida de mis primeros pensamientos. Por lo menos, era la única que no me trataba como el enano del grupo, lo cual era, a mi pesar, completamente cierto.
Desvié la mirada. No me sentía a gusto.
-Jota, pásame las judías por favor- Así era como me llamaba el idiota de Álvaro. No nos llevábamos mal, sino al contrario. Lo de los insultos era una bromilla.
Me fijé también en su mirada (me aburría ¿vale?). Éste tenía los ojos grises, de un color mucho más frío que la teniente. Sin embargo desprendían calidez. Qué comparación más extraña.
-Tío, deja de mirarme, que soy hetero ¿vale?- me dijo el muy gilipollas riéndose. Yo le pegué un puñetazo en el brazo. Con cariño, claro.
Me desabroché la parte de arriba del trajecito. Ya no tenía frío y además quedaba mejor, mucho mejor.
Recordé a mi padre. Esa altura, y esa musculatura tan antinaturalmente desarrollada. Ese sí era un tipo guay, no yo.
-Tío, abróchate eso- me dijo Alejandro, el mayor. Pero justo por eso me molestó más. ¡Qué no soy un crío! Grité para mis adentros. Sé lo que hago.
-Me gusta así.- contesté un poco borde. Luego me arrepentí. Alex siempre había sido majo conmigo. Pero odiaba que me trataran así. Este simplemente se fue.
Olga me dio una palmadita en la espalda, y dijo susurrando:
-Tiene razón- uuff no pierdas los nervios, no lo hagas.
Luego, como no, el Alvarito al ataque.
-Oye Jota, Alex tiene razón. Si te caes al agua…
-Sí, sí, sí. Lo he estudiado mil y una veces, como tú. No soy idiota- le interrumpí yo.
-Pero si te caes al agua…
-¡Qué ya lo sé! ¡Me helaré como un cubito de hielo, y no podré salir! ¡Lo tengo claro, y no me da la gana de abrocharme!
-Pero tío…
-¡Cállate!- le dije gritando, sin darme cuenta. A eso se giraron la teniente y Guille, que estaban delante. Ella simplemente contempló el impermeable, y me miró dándome a entender que yo vería lo que hacía. Eso era lo que me gustaba de ella.
-Teniente, el soldado Jor…- ella interrumpió a Álvaro secamente.
-Sé lo que me va a decir. Y no pienso darle ninguna orden. Su decisión. Esto no es un patio de colegio, por favor.
Álvaro tensó los brazos. Ella era la única que le ponía de los nervios. Sólo llevábamos un mes juntos, y ya se notaba a la legua. Era como tan calmada... No lo aguantaba. Ya me lo había dicho en más de una ocasión. Éramos compañeros de habitación y hablábamos mucho.
La última hora de trayecto teníamos que hacerla en zodiac, ya que no pensábamos nadar en esas aguas tan revueltas. La teniente la llevaba en su equipaje. Pesaría dos kilos como poco. "Tan frágil en apariencia y tan fuerte en el fondo" pensé de ella.
Hinchamos la zodiac (no penséis que lo hicimos a pulmón, era de esas que apretabas un botón y se hinchaba sola) y nos subimos. Toqué el agua con un dedo sin querer. Éste se me puso morado. Con eso lo digo todo.
Ya veía la base al final. ¡Por fin! Maldita sea. Qué jornada más larga.
La zodiac pegó un pequeño salto. No me lo esperaba. Pegué un grito de sorpresa.
De repente, noté un frío intenso, mucho más intenso que antes. No podía moverme. "Qué frío" era lo único que pensaba. Intenté coger aire y mis pulmones no funcionaban. ¿Por qué no puedo respirar? El aire se ha vuelto muy denso.
-¡Jorge, Jorge!
-¿Qué?- respondo yo. Pero no parecen oírme porque siguen repitiendo mi nombre, cada vez más alto. No estoy sordo ¿vale? Noto un chapoteo, como si alguien se hubiera tirado al agua. ¿Para qué harían algo así? Llevan recriminándome una hora que me abroche el traje por si me caigo al agua y ahora es uno de ellos el que se tira. Muy bonito. Todo se está volviendo negro. Muy poco a poco.
-Ya van aayudarte. ¡Tranquilo!- ¿Tranquilo por qué? Pero si los histéricos son ellos. ¿De qué cojones va esto?
Ya sólo veo por el centro del ojo. No noto mi cuerpo. Solo noto algo que me da coge por detrás. Ya no veo nada. Ni pienso. Todo se ha vuelto negro.
Me despierto con cuatro caretos encima de mí. La Doc, Álvaro (me hace gracia su cara de preocupación extrema), Alejandro y Guille. Que perspectiva más rara. Les hace las caras más redondas. Intento reír pero mi boca no responde.
-Jorge, ¿me oyes?- me dice Olga dándome tortitas. "No hace falta que me pegues" intento decir. Pero tampoco puedo. En vez de eso hago un gruñido ridículo, no de tigre a punto de atacar, como me gustaría, sino como el de un conejito asustado.
-Eh, eh, Jorge- sigue dándome golpecitos. ¿Esta tía de que va?
-Tío, nos has dado un susto de muerte- inconfundiblemente de Álvaro.
De repente caigo en algo. ¿Y la teniente? ¿Se habrá caído al agua?
-¿He… he… lena?-digo sin poder parar de tiritar.
Aparece su cara en medio de la de los demás. Está ¿morada? Seguro que se ha caído al agua. Lo que pensaba.
-Te.. te has.. ¿caído?- le pregunto
-El que… el que se ha caído… e-eres tú zoquete. Yo me he tirado a por ti.- dice medio tiritando también. ¿What?- La di-di-diferencia es que yo llevaba el traje bien pu-puesto- levanta la vista hacia los demás- Veis chi-i-cos, así Jorge ha aprendido a po-ponerse bien el traje- ¿Ironía? ¿La teniente? Esto ya era demasiado. Volví a caer en el mundo de la inconsciencia.
-¿¡Por qué siempre tienes que llevar la contraria!?- le preguntó, más bien ordenó a mamá- Si te digo "lleva el vestido azul" te pones el rojo, si te digo "esta cena es muy importante" te pones mala y me haces irme a las doce. Eres estúpida. Es eso.
Yo lo escucho todo desde la parte de atrás del coche mientras hago que juego a la nintendo.
-Mario, cállate, que está el niño detrás- que atrevimiento. Sé lo que viene después.
-¿¡Cómo has dicho!?- Él para el coche en el arcén. Le importan un pito las reglas de tráfico. Coge a mamá violentamente del brazo- No vuelvas a hacerme callar o te arrepentirás- me fijo en que papá tiene la camisa desabrochada, como de costumbre.
Ella calla y baja la vista al suelo.
Al llegar a casa mamá me desviste y me pone el pijama.
Cuando él me ve me desabrocha los botones de arriba de la camisa.
-Jorge, te he dicho mil veces que los hombres de verdad llevan la camisa desabrochada.
Yo le miro orgulloso.