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Historia 52216 — capítulo 1

1

El día que tanto había esperado había llegado.

Dio los últimos toques a su vestimenta negra, que bien si no era la más llamativa, era la adecuada para su nuevo trabajo. A paso rápido llegó hasta la sala, encontrándose con dos radiantes y orgullosas sonrisas. Reneé se acercó hasta ella, con los brazos extendidos, y la envolvió en un cálido abrazo.

-Siempre pensé que lo lograrías.

Charlie era de esos hombres que hablaba poco, pero cuando lo hacía siempre decía lo que sentía, sin mentiras ni engaños. Así que Bella supo que era verdad, que no había dudado de ella ni un segundo.

Su familia era de guardianes, segundos en la jerarquía de las hadas. Se dedicaban a proteger a la clase alta, que constaba de cinco familias. Al cumplir dieciocho años Bella tuvo que luchar contra otras diez hadas -entre ellas seis machos- quienes competían por el puesto de guardianes de la princesa.

Después de varios años de entrenamiento y trabajo, lo había conseguido. Sus padres la habían educado toda la vida para ello; era una guardiana y como tal, su vida sólo era para servir a los de la clase alta.

Reneé tomo el rostro de su hija, y besó su frente.

-Es hora de irse.

La puerta, de vieja y lustrosa madera, se abrió con la brisa del viento. Bella se despidió de sus padres, y salió hacia la noche, que aguardaba con un claro cielo estrellado. La ciudad estaba tranquila, las luces apagadas, el pavimento liso estaba desierto, y en las casas se extendía un silencio digno de un cementerio. La joven hada ignoró tanta soledad, y se dirigió al corazón de la ciudad, donde se encontraban cinco residencias. Todas con forma elegante y material reluciente que brillaba si lo observabas detenidamente. Pero ese momento Bella no podía detenerse, la única construcción a la que le interesaba llegar era a la principal.

Rodeada de una cerca de metal, la casa lucía todo su color azul a la luz de la inalcanzable luna. Dos hadas macho aguardaban a la entrada, con expresiones severas y posturas erguidas, lucían como monumentos de piedra inamovible. Bella comenzó a dudar que fueran capaces de hablar.

-Isabella Swan -dijo ella-. Soy la nueva guardiana de la princesa Giselle.

Ambos asintieron en perfecta sincronía y abrieron las puertas para ella. Cruzó el jardín rápidamente y se dirigió al portón de madera. Tocó suavemente y esperó un rato a que alguien la recibiera.

Lo primero que vio en el umbral fue un torso grande, y al inclinar la cabeza hacia arriba se encontró con los ojos azules del príncipe Nathan. Él le sonrió, y Bella, algo avergonzada por su falta de educación le hizo una inclinación. El hada frunció el ceño.

-Soy la guardiana de la princesa -respondió ella, a una pregunta no formulada.

Nathan no cambió su expresión de sorpresa, pero le permitió pasar. Como había imaginado en el lugar se respiraba un ambiente completamente diferente; cada objeto que se encontraba ahí parecía brillar con luz propia. Muy distinto a como era en su casa.

-Cuando me dijeron que mi hermana recibiría protección, me imaginé algo diferente -comentó el príncipe.

Bella apretó los labios, sabía que todo eso venía por su complexión pequeña y delgada, pero ella -como todas las hadas- manejaba bastante bien los cuatro elementos y podía defenderse con bastante eficiencia de cualquiera.

-Pero supongo que por algo te eligieron.

La joven hada le ofreció una sonrisa al príncipe, cuando en realidad sentía bastantes ganas de ahorcarlo, pero debía controlarse. Ella venía a proteger a la clase alta, no a matarla.

-¿Dónde está la habitación de la princesa?

Nathan le sonrió de forma extraña al escuchar la pregunta, y respondió algo completamente diferente:

-Puedo llevarte hasta ahí, pero antes puedo mostrarte la mía.

-No, gracias -Bella ahogó un gruñido, e intentó olvidar esas palabras.

-De acuerdo -él se rió-. Está subiendo las escaleras, es la habitación del fondo del pasillo.

Bella asintió y siguió el camino que él le había dicho.

-Creí que no me acompañarías -dijo ella, intentando fingir una voz de total amabilidad.

-Cambié de opinión, no quiero que te pierdas.

El pasillo estaba alumbrado con velas y las paredes se regodeaban vestidas con hermosas pinturas de la familia real. Una puerta, de madera pintada de color rosa, se alcanzaba a ver al fondo. Bella se acercó silenciosamente y se dispuso a tocar a la puerta, pero ésta tras una ráfaga de viento, que agitó el cabello de la guardiana, se abrió.

La joven hada se giró hacia el príncipe, quien le sonrió.

-Quería facilitarte las cosas.

Bella se tragó una insultante respuesta, y asomó su cabeza en la colorida habitación. Una cabellera rubia, al igual que la de su hermano, se dirigió hacia ellos.

-¡Nathan, te dije que no entraras a mi habitación sin tocar! -exclamó una voz pequeña.

-He venido a traer a tu guardiana, Giselle. - dijo el hada ignorando los gritos de su hermana.

La princesa reparó entonces en Bella, y sonrió. Se acercó y la tomó del brazo, arrastrándola dentro de la habitación. Nathan hizo ademán de seguirlas, pero la niña le gritó. En su joven frente se formaron arrugas al mirar fijamente un punto en la puerta, una débil brisa sopló ligeramente y ésta apenas se movió.

-Eres muy pequeña para manejar los elementos -se rió su hermano, dando un paso dentro del cuarto.

Giselle frunció el ceño y le dirigió una mirada suplicante a su guardiana.

-Sácalo de aquí -dijo.

Bella no podía estar más deseosa de cumplir esa orden, pero no creía poder hacerle eso al príncipe.

-No creo que sea lo correcto -respondió.

-Si lo es. Es cómo si me estuvieras protegiendo de él.

-Sí, guardiana, inténtalo. -él príncipe la retó- Desde que llegaste he querido ver tu… capacidad.

Eso enfureció a Bella. Agitó su brazo y envió una fuerte corriente de aire hacia él, que lo empujó fuera de la habitación, y cerró la puerta de un golpe ruidoso.

Giselle aplaudió.

-Me agradas -dijo la princesa.

Dos días después conoció a los reyes. Imre y Orlantha casi no pasaban tiempo en su casa, tenían demasiados compromisos, como para tomarse un descanso. Así que Bella sólo pudo verlos unos minutos, en los que la reina se mostró muy amable, y él dio su aprobación. Parecían contentos de que ella protegiera a su hija.

Bella tenía que permanecer, en todo momento, cerca de la princesa. Pero como Giselle no salía mucho, todo lo que veía Bella era la habitación de la niña, y algunos lugares de la casa. Cómo el salón de música, donde la princesa tocaba algunas notas en el piano.

Nathan había dejado de molestar a Bella, pero siempre que podía no desaprovechaba la oportunidad en seguirlas. De vez en cuando le ayudaba a su hermana a practicar el control de los elementos, antes de salir de la casa, seguido de su guardián.

-Creo que a mi hermano le gustas -comentó Giselle una tarde, que se encontraban en el jardín.

-¿Qué?

La niña se rió.

-Sí, porque pasa mucho tiempo con nosotras.

-Tal vez sólo quiera estar contigo. -sugirió Bella. Aunque en su mente tenía una idea más acertada del por qué el príncipe hada se comportaba así. Él creía que ella no podía cuidar de su hermana.

-Antes de que tú llegaras no hacía eso. -replicó la princesa- Además siempre que te mira tiene esa expresión en la cara.

-¿Cuál?

-De tonto.

Bella apretó los labios para evitar reírse e hizo un movimiento negativo con la cabeza.

-Creo que estás malinterpretando las cosas.

La princesa se encogió de hombros, y para alegría de Bella, no siguió con el tema.

Nathan llegó esa noche, sólo para ver a su hermana y darle algunas instrucciones a Bella.

-No podré regresar hasta mañana, así que te quedarás sola con Giselle. Por supuesto los guardias de la entrada y los que rondan el jardín se quedarán a vigilar, pero mantente alerta.

Bella asintió y se giró para subir a la habitación de la princesa, pero él la detuvo por el brazo. La joven hada lo observó, confundida, cuando lo vio inclinarse hacia ella. Nathan besó su frente y se despidió.

A medianoche, después de revisar que Giselle siguiera durmiendo, Bella bajó las escaleras para ver cómo se encontraba el exterior. El jardín lucía su verde más hermoso, iluminado por la Luna y abrigado por la noche. Todo parecía bastante tranquilo, hasta que algo alertó los sentidos de Bella. Una sensación de escalofrío, y nervios.

Buscó a las hadas macho que rondaban en el jardín, pero no los encontró. Hasta que sus pies tropezaron con figuras oscuras que yacían en la hierba, inmóviles, sin en el menor vestigio de vida.

Alguien había entrado a la casa.

Bella corrió hasta llegar al cuarto de la princesa y la tomó en brazos. La niña abrió los ojos, y le preguntó lo que ocurría, a lo que ella simplemente le respondía haciéndola callar. Bajó las escaleras, pero cuando iba a llegar a la entrada, la puerta salió volando. Bella apenas había tenido tiempo de hacerse a un lado.

Unos ojos grises, siniestros, la observaron.

-Dámela. -exigió el intruso.

Bella colocó a Giselle en el suelo, y le indicó que permaneciera detrás de ella.

-¡Maldita hada, te he ordenado algo! -él gritó y se aproximó un poco más.

Bella no le dio tiempo de más, se concentró y con un movimiento creó una lengua de fuego que se lanzó sobre él. Pero el intruso, esquivó fácilmente la llamarada. Eso le explicó a Bella por qué se había referido a ella así, él no era como ella, las hadas no poseían esa velocidad.

Él le mostró sus colmillos, y le gruñó. Bella no podía creer que un vampiro estuviera ahí, pero antes de que pudiera defenderse, descubrió que no era el único. Uno de ellos la golpeó por la espalda, y ella salió volando varios metros hasta golpearse contra la pared de la sala.

-¡Bella! -Giselle alcanzó a gritar antes de que el vampiro de los ojos grises la atrapara.

La joven hada se levantó, pero no pudo llegar hasta ella, ya que otros tres vampiros bloquearon su camino. Bella les lanzó una ráfaga de viento, derribándolos a todos de una vez, le hubiera gustado quemarlos, pero el fuego era un elemento muy poderoso, y le robaba mucha energía.

Siguió al vampiro por el jardín, pero sus esfuerzos eran inútiles, la velocidad de un vampiro superaba con mucho a la de un hada. Logró detenerlo levantando una pared de polvo y tierra en frente de él, pero en el momento en que se giró para enfrentarla Bella sintió que algo la golpeaba en la cabeza.

Se desvaneció en el suelo.

Lo último que pudo escuchar fue que alguien gritaba:

-¡Déjenla! ¡No hay tiempo para aperitivos, tenemos que regresar a la ciudad!

Sus ojos se cerraron, y no logró despertar hasta dentro de unas horas.

Tiempo atrás el mundo estaba lleno de conflictos, las tres razas existentes no podían vivir en un mismo sitio. Por ello, los reyes de respectivas razas crearon un acuerdo: el mundo se dividiría en tres enormes ciudades separadas la una de la otra. Cada raza: vampiro, licántropo o hada, debía vivir en su ciudad sin acercarse a ninguna de las otras dos. Los líderes estuvieron de acuerdo con el tratado y, después de varios siglos, ninguno lo había roto… hasta ahora.

Bella se encontró con el rostro del príncipe de las hadas a unos centímetros del suyo, lo siguiente que supo fue que alguien lloraba desconsoladamente muy cerca de ella.

-¿Qué ocurrió?

Esa pregunta le devolvió a la memoria todo lo que había pasado la noche anterior. Bella se incorporó de la cama, y comenzó a hablar precipitadamente:

-Tenemos que ir… ellos la tienen, lograron pasar a esta ciudad, no se cómo pero…

-Espera Bella, por favor -Nathan la empujó de nuevo a la cama, y le acarició el cabello. El rostro del príncipe reflejaba dolor y preocupación.

-¿Dónde está mi hija? -Orlantha se acercó a ella, con los ojos llenos de lágrimas, y la tomó de los hombros.

-Madre déjala descansar, así no podrá decirnos nada. -dijo Nathan.

-¡Lo siento! -soltó Bella-. No pude… yo intenté detenerlos.

-Tranquila -el príncipe le acariciaba el cabello. -Ahora dime ¿Cuántos eran?

-Cuatro… no sé, no me acuerdo -balbució ella.

-¡Mi hermosa niña! -sollozó la reina.

Nathan abrazó a su madre e intentó calmar su dolor.

-Enviaré a más guardianes a que la busquen en toda la ciudad, madre, yo mismo iré a buscarla. La encontraremos, lo prometo.

-No, ella no está aquí, los vampiros se la llevaron.

De pronto, la joven hada, fue el centro de atención.

-Imposible -dijo Imra rompiendo el silencio. -El tratado no ha sido roto en siglos, además un vampiro no podría pasar nuestras defensas, si uno de ellos pasara el muro lo sabríamos.

-Eran vampiros, estoy segura. Debemos ir a la ciudad de los vampiros a buscarla.

El rey negó con la cabeza.

-Eso violaría el tratado, no podemos hacerlo.

-¡Ellos ya lo hicieron! -gritó Bella.

-Estás confundida por todo lo que ha pasado, es comprensible -dijo Nathan.

Tres días de tortura y culpabilidad duró Bella intentando convencer a la familia real lo que había ocurrido, pero los tres le tenían la misma respuesta negativa. Ninguno de ellos creía en ella. Una noche, en que el viento soplaba disgustado, y las nubes se encargaron de cubrir a las estrellas Bella decidió desistir. Ella era la responsable de la seguridad de Giselle y le había fallado, ahora tenía que recuperarla, sin ayuda de nadie. Tenía que ir a la ciudad de los vampiros a buscarla.