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Historia 52216 — capítulo 2

2

En su propia casa, el lugar donde había nacido y crecido, a plena noche Bella estaba tomando algunas prendas de su closet y guardándolo en una mochila de viaje, se sentía como una ladrona. Sus padres no estaban en la casa, y ella había aprovechado la oportunidad para tomar sus cosas. No le agradaba la idea de irse sin decir adiós, o tan sólo verlos por última vez, pero no podía hacer eso.

El camino que le aguardaba lo tendría que recorrer sola, nadie la acompañaría, ya que nadie creía en ella.

Salió sigilosamente de la casa, sin ver atrás, no había tiempo para dudar, tenía que rescatar a la princesa lo antes posible. A paso rápido, se dirigió a las afueras de la ciudad. Se alegraba de haberse perdido en ese lugar, así como se alegraba de haber salvado la vida de un hada de tercera clase.

Las calles cercanas al muro eran las más pobres de la ciudad, por ello, las hadas de tercera clase tenían que arreglárselas para conseguir el dinero suficiente para sobrevivir. Aunque algunas de ellas (por no decir la mayoría) se dedicaba a la venta de objetos ilegales. Materiales que en ningún otro lugar se podrían conseguir.

Con el canto silencioso de las estrellas sobre su cabeza, Bella llegó hasta la pequeña casa del color del agua-marina, y tocó dos veces a su puerta.

Unos rizos rubios la recibieron, cubriendo casi a su totalidad una mirada verde, y una sonrisa de una amabilidad deslumbrante.

-Buenas noches, Jillian -la saludó Bella.

-¡Bella! -la joven hada sacudió su melena, haciendo visible su rostro. Sus ojos se abrieron, y su mano cubrió sus labios, como si hubiera dicho una blasfemia y agregó:- Lo siento, guardiana.

-No, nada de formalidades, somos amigas.

Jillian volvió a su sonrisa, y asintió vehementemente con la cabeza.

-De acuerdo. Pero siento curiosidad… ¿A qué has venido?

Bella entró en la casa, momentos después de haberse cerciorado no ser observada por nadie, y se colocó un dedo en los labios.

-Me he enterado que vendes objetos… peculiares -murmuró cuando su amiga cerró la puerta.

De pronto, cómo si se tratase de una máscara, el rostro de Jillian adquirió una expresión de pánico.

-¡No! ¡Bella, por favor! Es lo único que tenemos para conseguir comida, no hacemos daño a nadie, lo prometo. ¡No nos entregues!

La guardiana cubrió los labios de su amiga, no le gustaba que hiciera tanto ruido, después del trabajo que le había costado llegar sin ser descubierta.

-Tranquila, Jill. Yo lo único que quiero es que me vendas algo.

La respiración del hada ralentizo, y su postura se relajó notablemente. Sólo hasta que Bella pensó que no volvería a gritar la liberó de su sujeción.

-No necesitas comprarlo -soltó ella después de unos instantes-, lo que quieras sera tuyo.

-No -replicó Bella.

-Tú salvaste mi vida.

-Aún así, no quiero nada gratis.

-De acuerdo, acompáñame.

Salieron a la noche, Bella seguía observando en cada esquina, sólo para asegurarse de que nadie anduviera en las calles. Jillian la guió un poco más hacia el norte, hasta que se toparon con una casa de madera, que a Bella le recordó una pequeña casa de juguete. Su interior no era tan agradable a la vista, las paredes se veían carcomidas, el techo lleno de telarañas, y los objetos -que variaban en forma, color y hasta textura, probablemente- estaban cubiertos de una fina capa de polvo.

-Antes que nada -comenzó Bella dejando de lado los detalles del lugar-, necesito que prometas no decir nada. Nunca me viste por aquí, ni siquiera me conoces. ¿De acuerdo?

Jillian no dudó en dar su respuesta.

-Sí.

Bella asintió, y soltó una gran parte del aire contenido en sus pulmones.

-¿Qué es lo que buscas? -le preguntó el hada.

La joven guardiana, se mordió el labio, no estaba segura de lo que iba a decir a continuación. Había pasado varias horas analizando todo, la manera de salir de su ciudad sin ser detectada, el camino que tendría que recorrer para llegar hasta la morada de los vampiros y cómo tendría que esconderse a cada instante mientras realizaba su búsqueda de Giselle. Pero todos los escenarios que imaginaba terminaban en desastre: a ella la descubrían y, antes de matarla, se armaba un escándalo por romper el tratado. Hasta que otra opción se había presentado en sus pensamientos.

Siendo un hada, sería detectada muy fácilmente en la ciudad extranjera y no podría salvar a Giselle, así que para poder pasar desapercibida sólo tenía que hacer una cosa: convertirse en un vampiro. No permanentemente, por supuesto, sólo el tiempo suficiente para cumplir con su misión.

-Necesito sangre de vampiro.

Jillian la observó sin habla por un momento.

-Mi familia sólo posee un frasco -respondió después de un rato. -Sólo puedo darte un poco, ya que es muy difícil de conseguir, y es lo más valioso que tenemos. Aunque serviría de algo que me dijeras para que lo requieres.

-Una poción.

Jillian asintió y se dirigió a una puerta que tenía detrás del estante lleno de objetos, de ahí sacó un pequeño recipiente de cristal con brillante líquido rojo nadando en él.

-Si quieres yo misma puedo hacerte la poción -sugirió el hada.

-Pero no sabes para qué es…

-Transformación -la interrumpió Jillian.

La expresión de Bella se tornó preocupada.

-Confía en mí, no diré nada, te lo prometí -dijo el hada.

-De acuerdo -accedió ella-, hazla. ¿Para cuánto tiempo crees que me alcance?

Jillian se dio la vuelta, y sacó varios objetos; unas hierbas, un frasco de polvo negro, un poco de un líquido tan transparente como el agua pura pero con destellos plateados en la superficie y dos utensilios de cristal. El primero era una botella, y el segundo era un pequeño tubo, ambos con un corcho de madera.

-Usaré diez gotas de sangre, que es lo más que puedo venderte. Cada una de ellas rendirá para un día.

Diez días. Tenía que darse prisa si quería rescatar a la princesa.

El hada hizo unos movimientos bastante rápidos con las manos, y mezcló los elementos hasta que quedó en la botella de vidrio un reluciente líquido púrpura.

-Esto -dijo levantando el pequeño tubo-, es para que lo llenes con la poción y la tomes, uno por día. No puedes tomarla completa, te dañaría o podría matarte si lo haces.

Bella asintió guardando en su memoria las instrucciones que el hada le daba, finalmente guardó la botella junto con el tubo en un compartimento de su mochila.

-También necesito…

-Espera, no he terminado. -la interrumpió Jillian. -Es importante que escuches lo que tengo que decirte.

Sólo hasta que la completa atención de Bella estuvo en la otra hada ésta continuó.

-Como ya te dije cada muestra de poción durará veinticuatro horas, después de eso tendrás que tomarla inmediatamente si no volverás a transformarte en hada.

Yo nunca he tomado esa poción, pero mi madre tiene un libro que describe muy bien sus efectos, o por lo menos es lo que a mí me pareció. En primera perderás tus dones de hada, que serán reemplazados por la increíble fuerza y velocidad de los vampiros, junto con su incapacidad de dormir. Pero así cómo obtendrás sus privilegios también adquirirás sus necesidades. No sé después de cuánto tiempo, pero comenzarás a sentir su sed.

Bella hizo una mueca de asco.

-¿Tendré que beber sangre?

-¡Por supuesto! -exclamó su amiga. -Se volverá algo indispensable para ti, al igual que lo es para cualquier vampiro, si te niegas a ello te sentirás agotada y tus energías se acabarán pronto.

La joven guardiana rogó para sus adentros encontrar a Giselle antes de que eso pasara, aunque algo le decía que no sería nada sencillo.

-Hay algo más, no debes permitir que ningún vampiro beba de ti, porque si lo hace, te volverás uno de ellos para siempre.

Bella tocó su cuello instintivamente pensando en cómo sería cuando pudiera cruzar el muro, y llegar a la ciudad.

-Necesito un arma.

Jillian se dirigió a la puerta que tenía detrás de ella, y poco después salió con una daga cuya hoja brillaba con tonos dorados y rojizos en la punta.

-De cobre -explicó el hada al ver la expresión interrogativa de Bella. -El único metal que puede atravesar la piel de un vampiro. Pero ten cuidado, ya que al convertirte en uno de ellos esto también podrá hacerte daño a ti.

Bella guardó el objeto cuidadosamente en su mochila, y a su vez, sacó el peine que había tomado del cuarto de Giselle.

Le mostró a Jillian unos hilos de cabello de la princesa.

-¿Crees que pueda hacer algo con esto? ¿Algo que me ayude a encontrar al hada que le pertenece este cabello?

-Hacer algo no, pero tengo este relicario que te servirá -Jillian sacó un collar de oro con un corazón. Le pidió el hilo de cabello, lo puso dentro del corazón y se lo dio a Bella.

En la palma de la guardiana, el relicario brilló y vibró, como si se tratase de un corazón real. Los ojos de Bella se abrieron con sorpresa.

-Cada vez que estés cerca de un lugar u otro ser que haya estado en contacto con esa hada recientemente el corazón latirá. Sólo cuando te encuentres cerca del hada que estás buscando el relicario brillará y se sacudirá fuertemente sobre tu pecho.

Bella se colocó la cadena alrededor de su cuello, y lo escondió debajo de su blusa. No podía arriesgarse que un vampiro viera que traía un objeto hecho por hadas.

La guardiana le entregó el dinero a Jillian, y se despidió de ella rápidamente. El tiempo corría en su contra.

-Espera, Bella.

La guardiana se había colocado una capa negra, con una capucha que ensombrecía su rostro. Se terminó de colocarla y se dio la vuelta.

-¿Qué ocurre, Jill?

-Irás a la ciudad maldita.

-Sí -Bella respondió, aún cuando no era una pregunta lo que había salido de los labios del hada.

-¿A quién buscas?

-A la princesa.

Jillian soltó una exclamación.

-Giselle… pero todos dicen que la han secuestrado las hadas que están en contra del rey. Nunca dijeron nada sobre vampiros.

-Están equivocados -dijo Bella. -Yo estuve ahí, fueron unos vampiros los que me atacaron y se la llevaron. Pero nadie quiso creerme, así que iré sola, y la encontraré.

-Espero que así sea -deseó Jillian.

Bella logró llegar hasta el muro, bastante lejos de la puerta que dividía a la ciudad con el exterior, una pequeña extensión del mundo donde no había ningún reino; un punto neutro. Ya que la puerta estaba custodiada por dos hadas, Bella no podía arriesgarse a acercarse mucho, podrían descubrirla y comenzarían a hacer preguntas.

Así que tendría que salir de la ciudad de la forma difícil. Se concentró y reunió un poco de su energía para llamar al elemento de la tierra. Una pequeña enredadera brotó de la tierra y, respondiendo al movimiento de sus manos, fue creciendo sobre el muro hasta doblarse en la cima y bajar por el otro extremo.

Ahora sólo le quedaba subir.

Se agarró firmemente de las ramas, y comenzó a trepar por el gran muro. La mochila ponía más resistencia de lo que pensaba, y varias veces se resbaló, estando a muy poco de caerse.

Con algo de trabajos, logró llegar a la cima. Ahí pudo ver, iluminado por la luna, un hermoso lago, y más allá el bosque oscuro. Se sentó en el borde, y comenzó a girar, deteniéndose de la enredadera, para empezar el descenso.

-¡Ashiel, por allá! -gritó una voz varios metros debajo de ella. -¡He escuchado algo!

Bella se asustó y resbaló. Bajó varios metros, hasta que sus piernas y manos se lograron aferrar a las ramas de la planta, y detuvo su caída.

-¡Sí, yo también! -respondió otra voz. -Hay que avisar a los guardias del exterior para que busquen algún intruso.

Bella bajó rápidamente los metros que le quedaban, y logró llegar al otro lado. Pero un ruido le indicó que los guardias ya estaban muy cerca de ella. Tenía que correr.

Sus piernas aceleraron lo que su complexión y el peso de la mochila le permitieron, que no era mucho. Si fuera un vampiro podría correr más rápido. Tal como vino desechó esa idea de su cabeza, era demasiado arriesgado que dos hadas macho la descubrieran rondando por la ciudad y con apariencia de un vampiro.

El paisaje, cubierto por la tela negra de la noche, la ayudaba a esconderse, pero si ellos llegaban a ese punto del muro y Bella continuaba moviéndose sin discreción alguna, no habría oscuridad que la ocultara. Sin contar con que ellos podían llamar al fuego para que les iluminara el camino, ahí si que se metería en problemas.

Los finos hilos de su cabello, se agitaban sin descontrol de su cabeza, el viento soplaba en su rostro y su respiración se volvía más pesada conforme avanzaba. Pero no podía detenerse, los sentía detrás de ella.

El lago estaba a unos metros de distancia, cada vez más cercano, pero el bosque aún se burlaba de ella, agitando las ramas de los pinos, retándola a continuar.

-¡Creo que veo algo!

Bella escuchó la voz masculina muy cerca e hizo todo lo primero que se le vino a la mente: tirarse al agua. Pronto, fue envuelta por un ambiente acuoso; el líquido acariciaba su piel con fría crueldad y la incitaba a hundirse en sus profundidades.

La joven hada, se sobrepuso a todos los inconvenientes, y comenzó a nadar por debajo del agua al otro extremo. Tenía que permanecer sumergida todo lo posible, para que los guardias, al haberla perdido de vista, regresaran a la puerta de la ciudad.

Sus pulmones no le permitieron avanzar mucho, así que subió a la superficie e inclinando la cabeza, dejó que su boca y nariz absorbieran el aire que tanto necesitaba. Después, y con algo de esfuerzo, volvió a sumergirse en el agua.

La carga que llevaba en la mochila hacía más difícil avanzar dentro del lago, sus brazos y sus piernas protestaban por un descanso, pero era imposible. Pensando en lo que Giselle podría estar pasando en aquellos momentos rodeada de vampiros, se obligó a continuar.

Cuando sintió que su cuerpo ya no le respondía volvió a la superficie, y sacó la cabeza por completo. Observó a su alrededor, y con más escrutinio hacia la orilla que había dejado atrás, no parecía haber rastros de los guardias.

Con algo de desilusión, descubrió que no había avanzado mucho, y que aún le quedaba mucho de camino líquido por recorrer. No podía seguir nadando, nunca llegaría. Decidió que era momento de manipular el elemento en el que se encontraba. Cerró los ojos y juntó las dos palmas, el agua respondió a sus ruegos silenciosos y comenzó a agitarse con frenesí. Después de llenar sus pulmones de aire con una respiración profunda separó lentamente los dedos, y en el lago se formó una elevación acuosa que se fue desdoblando hasta volverse una gigantesca ola. Bella aguantó la respiración y dejó que el agua la cubriera y la arrastrara hasta el otro extremo.

Había planeado suavizar el golpe del agua antes de llegar a la orilla, pero sus fuerzas la traicionaron, y Bella alcanzó a lastimarse la pierna al llegar a la tierra. Agotada, sacó el resto de su cuerpo del agua y revisó cuidadosamente la herida, no parecía más que un rasguño y unas gotas de sangre, así que no le tomó importancia.

Frente a ella, la maleza espesa e intimidante del bosque oscuro se elevaba en una majestuosa representación de naturaleza virgen. Tanto la madera, cómo las hojas de los pinos eran del color de la noche sin estrellas, un pedazo de carbón bien podría confundirse con un pedazo de raíz que sobresaliera de la tierra.

Bella se dejó caer en el suelo, después de haber encontrado varios trozos de madera y comenzó a frotarlos hasta que prendió una fogata. Podría haber intentado encender el fuego ella misma, pero ese era el elemento más poderoso y vulnerable de todos y el que consumía mayor energía. No podía arriesgarse.

Dejó su mochila en el suelo, y revisó con cuidado la botella, por fortuna no parecía rota, la cantidad de ropa que llevaba en la mochila parecía haberla protegido.

Tras un suspiro, y después de haber recuperado el calor perdido en el lago, Bella sacó sus prendas e intentó secarlas cerca del fuego. Les quitó toda la humedad que pudo, y se dispuso a continuar. Apagó las llamas con una suave brisa de viento, y empacó sus cosas de nuevo, teniendo cuidado de cubrir la poción para que no se rompiera con algún movimiento brusco.

Tenía que dirigirse al oeste, así que, tomando en cuenta que había partido desde su ciudad, se dirigió a la derecha entre la maleza.

Después de unos kilómetros volvió a descansar, su cuerpo estaba al límite de sus fuerzas, lo único que la hacía continuar era Giselle. Tras unos rápidos minutos, se volvió a poner de pie, y colocó la mochila en su hombro -la cual sorprendentemente parecía más pesada cada vez-, y obligó a sus pies a continuar.

Un pequeño claro en la maleza la hizo animarse, apresuró el paso, y se detuvo bruscamente cuando apareció ante sus ojos.

Con una majestuosidad terrorífica, el muro se elevaba sobre ella, escondiendo la ciudad maldita.

Era tiempo de tomar la poción. Bella sacó el frasco de vidrio, el pequeño tubo y vació el líquido en éste último hasta que se llenó. Con cuidado, volvió a guardar la botella en su mochila.

La joven hada observó la poción. No deseaba hacerlo, pero era necesario. Cerró los ojos y pensó fuertemente que no importaba lo que ocurriera; podría cambiar en el exterior, pero siempre sería ella misma. Sería tan simple cómo un disfraz, sólo eso. Dirigió la boquilla del objeto a sus labios, y sin pensarlo más, la bebió de un solo trago.

Se puso de pie, pero sus piernas titubearon y su cuerpo comenzó a doler. Observó sus manos y su piel estaba perdiendo color, su vista se nublaba… Cayó al suelo, su cuerpo comenzó a temblar, sentía tanto frío, pero tenía que seguir adelante. La puerta principal debería estar bastante lejos desde el punto de donde se encontraba, no podía correr riesgo que alguno de los guardias la descubriera, pero tenía que actuar rápido.

Escuchó algo acercándose… el sonido de pasos. El dolor iba en aumento impidiéndole moverse, tenía que salir de ahí y cruzar pronto, o si no podrían descubrirla.