← Historia 52216 · de
Historia 52216 — capítulo 3
3
El cielo estaba cubierto de un color negro, la muralla esperaba, impenetrable, a que alguien se atreviera a cruzarla. Las caricias del viento hacían eco en las hojas del bosque, mientras Bella yacía en el suelo, con la agonía de un dolor que invadía todo su cuerpo.
Sus piernas temblaron al intentar levantarse, pero logró mantenerse en pie, su respiración era agitada, y dudaba en que pudiera continuar. Asió la correa de la mochila, y se la colocó en la espalda.
Un sonido le avisó que alguien o algo se acercaba, ya no había tiempo para dudas, tenía que llegar hasta el muro y cruzar. Intentó hacer que una suave brisa de aire se formara a su alrededor, pero nada pasó. Como Jillian le había dicho; desde ése momento sólo dependería de la fuerza física y se olvidaría de las habilidades de las hadas.
Apretó los dientes, intentado ignorar el dolor, y corrió. Jamás había experimentado velocidad alguna, cómo aquella noche a muy poco de entrar en la ciudad que las hadas conocían como maldita. El color negrusco de la vegetación del bosque desapareció ante sus ojos en un parpadeo y en otro más apareció la muralla. No acostumbrada a su velocidad casi choca contra la piedra lisa, y resbaló en el último tramo de tierra antes de llegar.
Tras un movimiento logró volver a levantarse, el dolor se iba haciendo más esporádico, pero aún atacaba con fuerza cada vez que se presentaba. Su cabeza se inclinó hacia arriba, intentando calcular la altura del muro; no parecía mucho más grande que el que protegía a la ciudad de las hadas, pero no estaba segura si con su fuerza adquirida pudiera saltarlo.
Tendría que intentarlo.
Lentamente retrocedió una distancia considerable, y al estar segura que podría impulsarse se detuvo. Iba a prepararse, a pensar en lo que haría si no llegaba hasta la cima; se le ocurrió que podía trepar. Lástima que un inquietante sonido de movimiento lo arruinara todo. Corrió lo poco que se había alejado, y al estar frente a frente con la masa de ladrillo y piedra se apoyó en sus dos piernas y saltó.
Había subestimado la fuerza de un vampiro.
De pronto, el suelo estuvo muy lejano y el otro lado del muro se encontraba a menos distancia. Sin poder creerlo, vio como sus pies tocaron el borde, pero a causa de que un trepidante dolor recorrió su cuerpo, resbaló. Sin embargo, ésta ocasión la suerte estuvo de su lado y volvió a estabilizarse.
La ciudad maldita se extendía ante ella, con su nocturna vitalidad y ruido. Todo lo contrario a dónde ella se había criado, aquella tierra de vampiros parecía estar en su apogeo en las horas sin luz. La oscuridad los atraía.
Como hada, una caída desde la altura en la que se encontraba podría matarla. Pero, de momento se había convertido en un vampiro, uno que había logrado subir el muro de un salto, así que también podría bajarlo.
Cerró los ojos y se dejó caer, el aire levantó su cabello y golpeó su rostro, pero no se dejó seducir por la curiosidad y mantuvo los párpados juntos. Sólo al sentir la sacudida que le provocó hacer contacto con el suelo, el desequilibrio y el dolor, la hicieron volver a mirar. Y lo primero que vio fue el cielo negro, con destellos de luz astral brillando sobre ella. Estaba tirada en la hierba, al parecer aún le hacía falta mucha más práctica para el aterrizaje. El cansancio la consumía, no sabía si se debía a alguna falla de la poción, o si sólo no se había completado la transformación aún.
Sentía cómo si algo le faltara.
Inconscientemente, su lengua pasó por sus perfectos dientes rectos, y supo que era lo que hacía su cambio incompleto: los colmillos. Aún no era un vampiro en su totalidad.
Logró incorporarse hasta quedar sentada, y cuando escuchó algo tintinear dentro de su mochila y recordó algo importante.
Asustada, abrió el cierre de uno de los compartimentos, y buscó hasta que encontró la botella. Suspiró al ver que se encontraba intacta y la volvió a guardar. Sabiendo que el reloj estaba en su contra, nuevamente, se puso de pie. Ajustó la capucha sobre su cabeza, asegurándose que eclipsara su rostro, y observó el camino que tenía por delante. No difería mucho en las construcciones de su ciudad, pero era más activa que la suya.
A la velocidad que tenía ahora, no le faltaba mucho para llegar y confundirse entre el resto de los vampiros.
Entonces dos figuras se movieron en la oscuridad, dirigiéndose hacia ella de manera amenazante.
-¿Qué haces aquí? -cuestionó una voz masculina.
-Sabes que no podemos pasar la muralla, no está permitido -le advirtió la otra figura.
Eran dos vampiros macho, ambos parecían molestos.
-¿De que parte de la ciudad vienes?
Bella no respondió, sólo retrocedió un paso, no quería decir nada incorrecto. Quería irse de ahí.
-¡Te he hecho una pregunta! -rugió el primer vampiro antes de mostrarle sus colmillos.
-¡Quítate eso de encima y ven aquí! -gritó el otro.
Se refería a la capucha, Bella estaba segura que no le habían visto el rostro, así que tomó la primera opción que se le vino a la mente: huir.
-¡Regresa! -los escuchó gritar y correr, cuando ella se dio la vuelta lo más rápido que podía y se dirigía a la ciudad.
Mientras recorría con todas sus fuerzas por la parte solitaria del lugar, se preguntó si había sido buena idea hacerlo, ya que ellos le pisaban los talones. Todo cambió a su favor cuando urbe comenzó a formarse frente a sus ojos, en menos de lo que pensaba las casas, construcciones y los vampiros la rodearon. Pasó entre ellos, recibiendo una que otra maldición cada vez que chocaba contra uno.
Dio la vuelta en la primera calle que encontró y, tras ver que había perdido a sus persecutores, se quitó la capa y la guardó en la mochila. Sabía que así la confundirían con el resto, pero no quería arriesgarse, quería entrar en algún lugar y dejar pasar un tiempo, sólo por seguridad.
Mientras caminaba algo llamó su atención; era una especie de bar con el nombre de "Muérdeme" escrito en letras grandes, pero no era el peculiar título lo que la había hecho detenerse a observarlo, sino la cantidad de vampiros que esperaban por entrar a él. Se acercó un poco más y notó otra singularidad: la mayoría de los que conformaban la fila eran hembras.
Iba a descartar ese sitio, cuando los vislumbró entre la multitud; sus perseguidores continuaban buscándola.
No había otra opción. Tenía que entrar.
Después de sufrir varios golpes, maldiciones y gruñidos, Bella logró colarse hasta el principio de la fila. Había requerido gran cantidad de su energía y fuerza llegar hasta ahí, y sentía que ya casi no le quedaba ninguna de las dos.
Dos vampiros vigilaban la puerta, ambos parecía tener problemas con el grupo femenino que insistía en entrar. Está a su máxima capacidad repetían una y otra vez. Bella se mordió el labio, no veía ninguna oportunidad de entrar.
Hasta que la puerta se abrió y dejó salir algo de estruendosa música del interior, un vampiro rubio salió y le pidió a uno de los guardias que le ayudara con algo. Ahora, frente a la entrada, sólo quedaba un vampiro.
El grupo femenino agobiaba al guardia restante, y Bella pendiente a cualquier distracción de él, aprovechó la primera oportunidad que tuvo y entró en el bar.
La música y las luces la aturdieron, se sentía exhausta. Buscó un asiento cerca de la barra y se dejó caer en él. Escondió la mochila debajo de su silla, mientras sus ojos inspeccionaban el lugar. Los vampiros de la entrada decían la verdad; el lugar estaba lleno. Aunque parecía haber una diferencia considerable entre machos y hembras, éstas los superaban en número. A pesar del cansancio y el dolor que le seguía provocando la lenta transformación sintió algo de curiosidad por eso, pero no perdería su tiempo en averiguarlo. En ese momento sólo quería descansar.
-Invita la casa -el vampiro que atendía la barra le ofreció una copa llena de un espeso líquido color rojo.
Bella reprimió una mueca de asco, y se sintió aliviada por eso, al parecer aún no le atraía la sangre.
-No, gracias.
El vampiro arqueó una ceja hacia ella.
-¿Segura? -al ver que Bella asentía él añadió:- Entonces vienes con alguien.
-¿Por qué tendría que venir acompañada?
-Para tomar sangre de alguien. Si no quieres una bebida y nadie te acompaña… ¿Entonces cómo vas a saciar tu sed?
Bella se mordió el labio para no decir nada más, al parecer cada cosa que decía la hacía ver cómo inexperta, y lo era, pero no quería que nadie lo supiera.
El vampiro del bar hizo la copa a un lado y resopló.
-No me digas que vienen aquí por lo mismo que todas -gruñó-, ríndete, no lo conseguirás.
A pesar de su promesa de mutismo, Bella no pudo soportarlo y tuvo que preguntarle:
-¿De que hablas?
-Estás de broma ¿Verdad? -el vampiro puso los ojos en blanco al ver que ella sacudía la cabeza. -Hoy es el día en que él viene.
Bella sabía que no debía insistir, pero no pudo controlar a sus labios.
-¿Quién?
-¿De qué parte de la ciudad vienes? ¿De alguna deshabitada? ¿O sin comunicación? -el vampiro parecía asombrado. -Edward Cullen, nuestro príncipe.
El hada-vampiro asintió con la cabeza, fingiendo reconocer el nombre, mientras su mente se ocupaba en imaginar el caos que se volvería el lugar cuando él llegara. No quería estar en el bar en ese momento.
-¿Entonces te quedarás cómo todas las demás? -cuestionó. Parecía fastidiado. -Esperando que él te elija para convertirte en princesa…
-No.
-¿Qué? ¿A dónde vas? -preguntó él desconcertado, al verla bajarse de la silla y tomar la mochila. -¿No esperarás a que llegue?
-No me interesa.
Se dio la vuelta, esperando que sus perseguidores se hubieran cansado de buscarla. Caminó hacía la salida, hasta que alguien la detuvo por el brazo.
-Es agradable escuchar que por lo menos una vampiresa de aquí no va tras el príncipe -era un vampiro de cabello oscuro, con ojos del mismo color, en su pálido rostro se dibujó una sonrisa depredadora. -Pensé que tal vez quisieras compañía.
-Pensaste mal -Bella intentó soltarse de su agarre, pero él sólo se acercó más.
-Te prometo que nos divertiremos -él acarició con la yema del dedo su cuello.
Eso fue suficiente para ella.
-¡No!
Lo golpeó con toda la fuerza que le quedaba, y al olvidarse que era un vampiro, se excedió en la intensidad, y él salió volando varios metros lejos de ella.
Sólo los vampiros que observaron en la escena se rieron, pero la mayoría no se interesó en ello, simplemente seguían en sus asuntos.
Bella no podía más, salió corriendo del lugar. En esta ocasión tomó las calles más deshabitadas. A pesar que ella se estaba convirtiendo en uno de ellos, no podía evitar sentirse insegura en su presencia. Quería salir de ahí, pero no podía hasta encontrar a Giselle. Sólo esperaba que ella no estuviera sufriendo.
De pronto, el tormento volvió con mayor intensidad, todo su cuerpo comenzó a padecer; pero lo que más le aquejaba eran los dientes.
-¿Te gustó burlarte de mí? -una voz surgió de entre las sombras.
El vampiro al que había golpeado en el bar apareció frente a ella, y Bella no pudo evitar sentirse indefensa. No se sentía en condiciones de pelear.
-Te enseñaré a no hacerlo de nuevo -él le mostró los colmillos-, y tomaré un poco de lo que me negaste como premio.
Bella se cubrió el cuello, estaba asustada, una sola mordida y jamás podría regresar a su hogar.
Desesperada, intentó buscar en su mochila la daga, pero antes de poder moverse el dolor la obligó a doblarse. Tras un gemido, cayó al suelo.
-¿Sin pelea? -él se acercó. -Esto será aburrido.
El vampiro se inclinó hacia ella, y cuando estaba a poco de tocarla, un rugido llenó el aire. Su atacante se detuvo en seco, y giró la cabeza en una dirección que Bella no podía, ni quería ver. Alguien más había llegado y eso sólo significaba malas noticias para ella.
-¿Qué haces? -cuestionó una voz imperiosa.
-Nada, señor -él respondió inmediatamente-, sólo es un juego.
Bella no pudo evitar soltar un quejido de dolor.
-Ella no parece estar divirtiéndose -apuntó la voz.
-Yo sólo la ayudaba…
-Vete de aquí.
-Pero ella es venía conmigo…
El recién llegado gruñó. Bella no pudo evitar estremecerse frente a ese sonido amenazador.
-¡Vete antes que te desgarre la garganta!
-Lo siento, señor -él vampiro prácticamente se echó a correr, pero a ella le había parecido verlo… ¿Inclinarse? Antes de salir de ahí.
No le importó, ya que en ese momento, tenía a otro vampiro peligroso cerca de ella.
Intentó levantarse, pero no logró moverse, sólo consiguió soltar un fuerte grito de dolor.
Algo eclipsó su vista del cielo, unos ojos dorados y un cabello cobrizo. Un pensamiento extraño llegó a su mente cuando vio al vampiro; la poción debía estar afectándole la cabeza también porque le pareció bastante guapo cubierto de su vestimenta negra.
Los vampiros eran perfectos, en eso estaba de acuerdo, pero… hasta ese momento ninguno le había atraído.
Retiró los pensamientos de su mente, convencida que el dolor la hacia delirar.
-¿El te hizo daño? -cuestionó.
El vampiro de cabello cobrizo se inclinó hacia ella.
-¡No me toques!
Bella se sorprendió al escuchar un verdadero gruñido salir de su garganta, y poco después sintió como algo crecía debajo de sus labios. Sus colmillos.
Los ojos del vampiro se abrieron con asombro y algo que Bella creyó que era dolor brillando en ellos.
-Nadie me había tratado así, nunca -dijo antes de soltarse a reír.
Bella se comenzó a sentir mejor y volvió a intentar levantarse, sin éxito alguno.
-Necesitas mi ayuda.
El vampiro la levantó en brazos, y ella no pudo hacer nada para evitarlo.
-¡Suéltame! -exigió.
Pero él sólo volvió a reír.
-¿Eso que escuché es una orden? -el vampiro se burló.
-¡Tómalo como quieras! ¡Sólo haz lo que te digo y bájame!
-No.
-¿A dónde me llevas? -Bella cuestionó después de forcejear con el durante un rato.
-Tengo que llegar a un bar, y cómo al parecer sigues aturdida no quiero dejarte sola, así que te llevaré conmigo.
Bella vio, para su pesar, cómo volvían al bar de dónde ella había salido. No iban a poder entrar.
Descubrió que sus pensamientos estaban errados, cuándo vio cómo todos los vampiros presentes hacían una inclinación y les dejaban el camino libre.
Una idea le vino a la mente, pero se negó a creerla, ella no podía tener tan mala suerte.
Al entrar, otro vampiro se acercó a ellos y, tras hacer una inclinación, extendió los brazos hacia ella.
-Puedo llevarla por usted, señor.
-No es necesario -respondió él, demasiado agresivamente, al parecer de Bella.
Llegaron hasta el centro del bar, dónde se encontraban unos asientos en forma de sillón. Todos ya estaban ocupados.
-Quítense -ordenó él vampiro.
El grupo que estaba en ese lugar no puso objeción, obedecieron inmediatamente al escuchar la voz del vampiro.
-¿Cómo te sientes? -él cuestionó antes de dejarla cuidadosamente en el sillón.
-Mejor -ella musitó. Se incorporó hasta quedar sentada.
-¿Cómo te llamas?
-Bella -soltó. -Tengo que irme.
El colocó una mano sobre su hombro.
-Tú no te vas a ningún lado.
-¡Por supuesto que sí! -ella exclamó sacudiéndose su mano. -¿Quién demonios te crees?
Pero Bella no había querido decir eso, porque ya sabía -o por lo menos sospechaba- con quien se encontraba.
-Edward Cullen -respondió él sonriendo.
¿Cómo podía pasar desapercibida en la ciudad de los vampiros estando con el príncipe? A juzgar por las miradas de casi todos los clientes del bar, ella estaba llamando la atención, justo lo que quería evitar.
Bella se levantó e intentó huir, pero él le impidió el paso.
-Tal vez el problema que tuviste con el otro vampiro, te hizo olvidar momentáneamente algunas cosas -dijo Edward-, pero con gusto te las recordaré.
Las manos del príncipe la tomaron de la cintura, y con una facilidad asombrosa la pusieron de nuevo en el sillón.
-Existen muchas reglas, pero la más importante es hacer todo lo que yo te pida. Así que si yo digo que te quedes, te quedas -apuntó el vampiro. Una sonrisa apareció en sus labios, junto con un extraño brillo en sus ojos. Se inclinó sobre ella. - Y si yo digo que me beses, corres a mis brazos inmediatamente. ¿Entendido?
Bella esperaba idear una forma de quitarse de encima al príncipe de los vampiros, y pronto.