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Historia 52216 — capítulo 4
4
Conformarse con huir no estaba en los planes de Bella; en ese preciso instante corría por sus venas una alarmante necesidad de golpear al príncipe de los vampiros, quería, más que nada, quitarle esa arrogante sonrisa de sus perfectos labios. Por desgracia estaba claramente consiente de su situación; cualquier muestra de agresión en contra de él y provocaría una riña entre los espectadores y ella. No pensaba arriesgarse.
Se removió en el asiento, aún renuente a doblegarse o fingir que lo hacía, al menos. Porque, perteneciente a una raza orgullosa y, educada, criada y entrenada con la mentalidad de sólo servir a la familia real de las hadas, no era de esperarse que rindiera obediencia a un vampiro. Y menos aún pensando en lo que estaría padeciendo su pequeña princesa -a la que debía su lealtad-, a manos de unos seres cómo el que se encontraba a poca distancia de ella.
Finalmente, y después de una encarnizada lucha interna, la imprudencia, furia, cansancio e irritación pudieron más que su raciocinio e instinto de conservación ya que estás palabras salieron de su boca:
-Primero muerta antes que besarte.
Supo que había sido un error en cuanto la última sílaba resonó fuera de su garganta, pero ya estaba hecho, no había nada más que hacer, sólo esperar lo que viniera e intentar defenderse hasta el último momento.
Sin embargo, y pese a todas sus expectativas el príncipe sonrió mostrando una perfecta y deslumbrante formación de dientes blancos. De los cuales podría extenderse en cualquier momento un par de afilados colmillos, detalle que Bella tenía muy presente en sus pensamientos. Siempre debía estar alerta.
Edward se dejó caer en el asiento frente a ella, aún sin abandonar el gesto de diversión grabado en su rostro.
-Es decir, tú encuentras despreciable, repulsivo y molesto el hecho de que yo te bese, a tal grado de que prefieres la muerte antes que lo primero -dijo él, no sin cierto grado de incredulidad, que a Bella no le pasó desapercibido.
-Sí.
La respuesta había venido rápida, por mero impulso, sin siquiera un segundo para meditarlo. Pero, a pesar de lo que sus labios dijeran por ella, y la insistencia hacía sí misma de que esa contestación era verdadera, algo se retorció en su interior; un leve indicio de protesta. Claro, esto se debía -como era lógico- a su transición al vampirismo que debía provocarle la atracción hacia él. Aunque decidió no preocuparse por ello, ya que, como Bella se decía era demasiado leve cómo para considerarla.
Edward, por su parte, parecía cada vez más entretenido.
El hada-vampiro escudriñó su entorno; la música estaba a todo lo que daba, mientras que los clientes del bar parecían intentar reanudar sus actividades, pero aún, de cuando en cuando, miraban en dirección a ellos. Una brevedad de tiempo pasó y Bella se percató de las tres salidas que había en el lugar; de las cuales sólo una podría servirle de escape ya que era la más accesible y cercana de todas.
El dilema era llegar hasta ella.
Había pensado en correr y mezclarse entre los vampiros, pero tal vez sería demasiado arriesgando considerando que si el príncipe lo ordenaba podrían volverse contra ella todos los presentes. Aunque, por otro lado, si lo hacía con la suficiente rapidez, podría lograr salir antes de que, en la confusión, pudieran reaccionar.
-Tus ojos te delatan, Bella.
Precisamente fueron los ojos de la aludida los que respondieron a esas palabras; parpadearon y se posaron sobre él, mostrando la sorpresa y confusión de su dueña.
-Aunque temo decirte que no funcionará -prosiguió él-, no lograrás avanzar mucho antes que yo te atrape. Te lo digo porque pretendo ahorrarte un esfuerzo inútil pero, si prefieres aún así hacerlo, no habrá problema por mí. Será divertido.
Los dientes de Bella chocaron entre sí, ese príncipe la irritaba de tal forma, que cada vez que decía algo se veía tentada a cerrarle la boca de un golpe. Ese mismo sentimiento de enfado la motivó a ignorarle y continuar con su plan.
Valiéndose de la fuerza y velocidad recién adquiridas se levantó de un salto y se dirigió a la salida más próxima. Por desgracia, no logró dar más que unos pasos ya que pronto su camino se vio bloqueado por una sombra, la que no desaprovechó su oportunidad y la capturó en un abrazo estrecho.
-Me alegra que hayas decidido correr -comentó el príncipe, con las dos manos firmemente aferradas a ella; una en su cintura y la otra detrás de su cabeza, enredada en sus cabellos.
-¡Suéltame!
-¿Por qué habría de hacerlo si no quiero?
Bella, no acostumbrada a sus nuevas habilidad, gruñó dejando al descubierto unos colmillos afilados y amenazadores.
-Si no me sueltas, te morderé -su advertencia había llegado a demasiado, pero estaba tan furiosa y quizás ya metida en demasiados problemas como para que le importara agregarse unos más.
Los ojos de Edward, ahogados en un profundo color dorado, se oscurecieron ligeramente.
-Adelante -la provocó-, muérdeme.
A Bella le pareció que había errado en su intento por escoger palabras intimidantes, ya que parecían haber provocado un efecto inverso en el príncipe. Algo que la inquietaba bastante.
Olvidándose de eso, Bella luchó contra el vampiro que la retenía y, no acostumbrada a su increíble fuerza, golpeó a Edward.
Logró liberarse, pero no sólo eso, sino que logró hacer caer al príncipe.
De pronto, docenas de sombras negras se cernieron sobre ella, con amenazadores gruñidos resonando en las gargantas furiosas de sus portadores. Un ligero vistazo le anunció que se encontraba rodeada. Tanto hembras como machos parecían dispuestos a atacarla, pero eran ellas, las que lucían más molestas.
-Insubordinación tal sólo merece un castigo: la muerte -dijo una de ellos.
A lo que, para desgracia de Bella, todos parecieron de acuerdo.
La mochila había caído al suelo a sus pies, y la daga estaba en ella. Quería agacharse y tomarla, pero temía que ese movimiento fuera su perdición; una simple distracción y estaría muerta. Luchar sin armas era su única opción que, por cierto, no era muy alentadora.
Los vampiros, sedientos de destrucción y sangre, iban formando una cerca cada vez más estrecha alrededor de su objetivo. Bella parecía de piedra; su cuerpo estaba completamente rígido en una postura completamente defensiva. Atacar sería un error pues sólo los enardecería y cualquiera podría tomar ventaja y atacarla mientras estaba distraída. Tenía que estar completamente atenta a cualquier movimiento, aunque si todos decidían acometer a la vez, ya no podría hacer nada; terminaría descuartizada.
Un gruñido procedente de una garganta enemiga le dijo que alguien había decidido dar el primer paso, o en este caso: la primera embestida.
Fue un macho el que se lanzó sobre ella; sus colmillos mortales estaban al descubierto y tenía una expresión contorsionada por el enojo. Pero Bella estaba preparada; con toda la fuerza que reunió acometió en contra del vampiro, logrando golpearlo en el estómago provocando que éste cayera en el suelo con un ruido ensordecedor.
Eso, como era de esperarse, sólo embraveció a los, hasta ahora, espectadores.
Tres más se abalanzaron a la lucha, entre los cuales había una hembra la que, por cierto, se veía casi al borde del desquicio.
Los músculos de Bella se contrajeron; preparados para correr, golpear o lo que fuera necesario para sobrevivir. Aún cuando ella estuviera dispuesta a luchar hasta el último estertor, las esperanzas de salir de ahí en una pieza se evaporaban con los minutos.
El trío saltó sobre ella de una vez y Bella supo que no podía esquivar ese ataque; si caía al suelo sería su trágico final.
Entonces, como un relámpago negro, una sombra derribó a los tres vampiros de una sola vez. A esto, le siguió un rugido tan terrible, que Bella pensó que temblaría el suelo con su fuerza. Las piernas le temblaron ante tal exclamación de furia.
Bella se atrevió a mirar en dirección del recién llegado y, aunque se encontraba de espaldas a ella, pudo reconocerlo.
Era Edward.
Algo frío recorrió la espina dorsal de la joven guardiana, haciéndola estremecer como una débil hoja, pero dadas las circunstancias, la cobardía se podría perdonar. Pensamientos inquietantes atacaron su mente, no podía despegar sus ojos de los hombros tensos del príncipe, viéndolo llamear en ira, no pudo evitar imaginarse lo que le esperaba en cuanto éste se diera la vuelta.
-No se atrevan a tocarla -habló con su voz amplificada por la cólera.
Aquellas palabras, seguidas de los movimientos del príncipe, confundieron a Bella. Se situó delante eclipsando completamente el cuerpo de ella con el suyo, impidiendo que el resto de los vampiros tuviera un acceso fácil a la guardiana. Su comportamiento casi parecía protector.
Los súbditos, intimidados, retrocedieron una distancia considerable de él. Los vampiros que yacían en el suelo, se levantaron y se unieron a los otros.
-Pero, mi señor, ella le ha hecho daño -se atrevió a intervenir una vampiresa.
Reconociendo su largo cabello rubio y sus ojos azules como el cielo claro, Bella supo que ella había sido la que había exigido su óbito en primer lugar.
-Regresen a sus actividades -ordenó, ignorando la réplica de la rubia-, y no vuelvan a interferir.
A tan imperioso mandato nadie se atrevió a rebelarse, los vampiros, uno a uno se dispersaron en el bar, fingiendo que nada había ocurrido.
Mientras tanto, Bella aprovechaba la oportunidad; corrió, con mochila al hombro, hacia la salida. Pero, nuevamente, sintió unos brazos de hierro aferrarse a su alrededor y levantarla con facilidad.
Edward la dejó caer en cima del sillón, y colocó las manos en el respaldo del mismo, de manera que la cabeza de Bella quedaba en medio de sus fuertes brazos. Se sintió terriblemente acorralada.
Sin embargo, la expresión del príncipe era completamente relajada; una sonrisa surcaba su rostro como si en él nunca hubiera existido el enfado.
-Sólo tú podrías insistir en alejarte de tu salvador. Te he protegido en más de una ocasión y sigues queriendo poner distancia entre nosotros -se rió-, es realmente lamentable, sin embargo, que no lo hayas logrado aún.
Bella, quien ya se había recuperado del aturdimiento provocado por la escena anterior, empezó a sentirse incómoda por la cercanía del príncipe.
-Quítate -logró musitar.
-¿Por qué?
Edward parecía encontrar la situación bastante entretenida, y ante las quejas de Bella, él sólo se acercó más.
-¡Quítate! -repitió ella, exasperada. Y muy a pesar de su irritación, controló sus impulsos por empujarlo lejos, no quería volver a toparse con la furia de los vampiros que todavía se encontraban en el bar.
El príncipe soltó una carcajada pero, finalmente, se alejó.
-Ahora sabes que es imposible escapar de mí -dijo él-, entre más corras más te perseguiré.
-¿Y si dejo de huir?
Algo parecido al júbilo brillo en los ojos del vampiro, pero la guardiana al inquietarse por esa expresión se corrigió apresuradamente:
-Si dejo de correr ¿Me dejarás tranquila? ¿Te aburrirás de mí?
-Dudo mucho que eso suceda, eres muy interesante…
-Esto no es un juego -explotó Bella, enfadada por su actitud.
Edward arqueó las cejas.
-Nunca dije que lo fuera, te sorprendería la seriedad que le estoy dando a nuestra… situación. Aunque, si tu intención es jugar, jugaremos.
-¿Qué es lo que quieres? -resopló ella.
-Esa es, de todas, es mi pregunta favorita, Bella -dijo sonriendo con satisfacción. -Por supuesto hay muchas cosas que quiero y deseo pero, en estos momentos, lo que más deseo es…
-Si consigo lo que pides… ¿Me dejarás libre?
Un gruñido retumbó en el pecho de Edward, su expresión se volvió ceñuda y su mandíbula se tensó.
-De verdad debo resultarte repulsivo como para que anheles tanto separarte de mí -dijo entre dientes. -Ni siquiera por tu seguridad… ¿No lo entiendes? Con tu constante manía de meterte en líos, deberías estar agradecida que estés bajo mi protección.
-Sólo quiero irme de aquí.
El príncipe musitó palabras tan aprisa y en un volumen tan bajo, casi nulo, que Bella no pudo escucharlas.
-Eres obstinada.
-Tanto como tú.
El humor de Edward volvió tras esas palabras, y le brindó otra sonrisa a su cautiva.
-De acuerdo, te dejaré ir…
La frase estaba aún inconclusa, cuando Bella se puso de pie, y asió firmemente la correa de su mochila.
-…con una condición.
El hada-vampiro resopló.
-¿Cuál?
-Vendrás a mí en dos días.
Bella, a quien sólo importaba salir de aquel lugar pronto, mintió:
-De acuerdo.
-Pero, ya que estoy consiente que lo tuyo no es recibir órdenes, debo advertirte que si no lo haces, yo iré a buscarte. Y no existe lugar en esta ciudad en el que puedas esconderte que yo no te encuentre.
La guardiana asintió, sin preocuparse por lo que dijera el príncipe, conocía a la realeza -aunque fuera de una estirpe distinta a la suya-, todos se comportaban igual: siempre terminaban aburriéndose.
Eso la tranquilizaba, así como también el hecho de que pronto estaría de vuelta en su ciudad y con su princesa. Nunca volvería a la ciudad de los vampiros.
Una vez respirando el aire de la libertad, Bella partió en busca de un departamento para quedarse.
Carente de sueño, Bella ahora podría prescindir de una cama, pero necesitaba urgentemente un lugar en dónde guardar sus cosas. La mochila, si bien era necesaria, también entorpecía sus movimientos; tener que cuidar los objetos que ahí se encontraban era una tarea abrumadora.
No llevaba nada de dinero, había pensado (con justa razón), que el sistema monetario difería entre las dos ciudades difería, lo que era completamente cierto. Tendría que encontrar una manera de conseguir dinero, y aunque ya había ideado una, le costaba trabajo llevarla a cabo.
Finalmente, la necesidad venció al sentimentalismo y, después de buscar en las calles, encontró una casa. Estaba algo apartada, y a pesar de que los vampiros entraban y salían con distintos objetos, no había ningún letrero sobre ella. Por lo que, Bella dedujo, no resultaban muy legales las transacciones que ahí se realizaban.
Se acerco, ataviada nuevamente con su capa negra, al lugar y sin más miramientos entró.
A primera vista, no parecía más que una antigua librería con libros viejos. Pero ella, que estuvo observando durante un tiempo afuera del lugar y distinguió que los clientes que salían de ahí no sólo se llevaban libros, no se dejó engañar por eso.
Se dirigió directamente al vampiro detrás del mostrador.
-¿En que puedo servirte? ¿Buscas algún libro en especial?
-No vengo a comprar -contestó ella-, sino a vender.
-¿Es un libro antiguo?
-No es eso, es un objeto, que creo le puede resultar bastante… interesante.
El vampiro no hizo ningún gesto de afirmación o negación; sus ojos vagaron por la tienda y, cuando el último cliente salió se dirigió a la puerta y la cerró.
Bella sintió algo de temor, pero logró camuflarlo con una sonrisa.
-Bien -la ánimo él-, veamos que es lo que traes.
La guardiana abrió el sierre de su mochila, con mucho cuidado para que el vampiro no viera nada de lo que había en su interior y sacó un hermoso peine; con dientes dorados y hermosos adornos en forma de flor ese artículo de belleza relucía en aquella deprimente oscuridad que cubría la librería.
-¿Es una broma? -bufó el vampiro, quien, tenía la cabeza completamente rapada.
-No -se apresuró a replicar la guardiana. -Este peine está hecho por hadas.
-No te creo.
Bella, quien ya se imaginaba que algo así iba a ocurrir, le acercó el objeto y le señaló un pequeño grabado que venía en la parte inferior, algo que las hadas siempre ponían en cada cosa que producían: un símbolo. Pero el peine, no sólo contaba con ése sino con otro que indicaba a que clase social pertenecía el objeto.
Los ojos del vampiro se abrieron desmesuradamente, y su expresión paso de incredulidad a codicia en un segundo.
-¡La familia real de las hadas! -exclamó, al tiempo que sus dedos intentaban cerrarse alrededor del peine, pero que Bella, preparada para algo así, retiró a tiempo.
-¿Y bien?
-Estaría encantado de hacer negocios contigo.
Después de unos minutos, Bella recibía el dinero suficiente para vivir bien los diez días que tenía de plazo y el vampiro recibía a cambio un hermoso peine de la realeza de la estirpe de las hadas.
Sabía que prácticamente había regalado el peine, pero necesitaba ese dinero urgentemente, aún cuando le dolía bastante desprenderse de algo que le recordaba a Giselle.
-¿Dónde lo has conseguido?
-Eso no es de tu incumbencia -respondió, antes de salir precipitadamente.
No tardó mucho en encontrar un departamento; el exterior parecía un poco descuidado, pero dentro no estaba tan mal. Por un momento, se extrañó al sólo hallar un sofá en la recámara, sin ningún rastro de cama, pero recordó que ellos no podían dormir.
Le pagó una parte del dinero al vampiro que rentaba el departamento, y después de eso, se aseguro de encontrar un lugar seguro para la mochila. No pensaba desempacar nada, ya que no se iba a quedar ahí por mucho tiempo, y más valía estar lista para una huida rápida, por si algo salía mal.
Se dejó caer en el sofá del cuarto, intentando pensar que era lo siguiente que iba a hacer. Mientras el amanecer trasformaba el negro de la noche, en una grisácea mañana. Esperaba encontrar pronto a la princesa.