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Historia 52216 — capítulo 5
5
Si un pintor quisiera expresar su pesar en un cuadro mediante un paisaje, aquella mañana fría en la ciudad de los vampiros sería lo ideal para plasmar. Los vampiros iban y venían, cruzando calles, avenidas, y aceras. Sin embargo, comparándolo con la vida nocturna, el movimiento matutino era relativamente apacible.
Bella, decidida a salvar a su princesa, se había alistado para salir. Había improvisado una especie de funda para su daga, utilizando el cuero de una chaqueta que llevaba en la mochila. Se había atado la funda a la pierna, y puesto una falda amplia para ocultarla. Ya que no tenía sus dones, llevar la daga era algo que le daba un poco de tranquilidad.
Le angustiaba no saber por dónde empezar a buscar pero, después de mucho meditar, había pensado que lo mejor era recorrerla toda. Durante ese día vagaría por las calles, sabía que no podía escudriñarla toda en ese tiempo, pero podría conocerla mejor. Y ya que la mayoría de los lugares estaban cerrados durante el día, volvería en la noche si es que alguno le parecía extraño.
La poción parecía hacerla inagotable, porque después de varias horas continuas de caminata, no se sentía para nada agitada. El vampirismo tenía sus beneficios.
Para el atardecer la población que recorría las aceras aumentó; se veían con más energía y más ansiedad conforme la noche se acercaba. Bella se sentía incómoda entre tanta aglomeración de otra estirpe, pero luchó por mantenerse calmada. No quería hacer algo que llamase la atención.
De pronto, los peatones comenzaron a agitarse, alguien había llegado a esa calle y clamaba por la atención de la población de vampiros. Bella conocía ese tipo de llamado no era muy distinto de la ciudad de donde venía; los mensajeros de la realeza lo hacían cuando tenían que dar una noticia o algún aviso sobre una nueva ley. Y como a Bella, le importaba poco las reglas que tenía esa ciudad -ya que no pertenecía a la estirpe que habitaba en ella, y como pensaba romper varias reglas- se escabulló entre la multitud y continuó su recorrido.
Llegó hasta un lugar, donde parecían pulular los bares y centros nocturnos, sólo que ahora que aún no oscurecía, se veían desiertos y cerrados. No parecía haber nada de importancia pero, en el momento que iba salir para llegar a otra calle, algo se agitó en su pecho. Aunque la descripción más acertada sería decir que algo latió sobre su pecho.
De momento confusa y sorprendida, tocó su collar, y se percató que de ahí venía la agitación. Recordando la función de tan especial relicario, lo sacó de debajo de su blusa y lo observó. En efecto; el objeto emitía pulsaciones sobre su palma, pero ningún brillo salía de él. Y eso significaba que la princesa no estaba ahí, pero alguien o algo que había tenido contacto con ella sí.
Giró para buscar alguna de señal de vida, pero al ser la soledad su respuesta visual dedujo que, o el vampiro que la había visto se encontraba en alguno de aquellos lugares o en esos mismos la habían mantenido encerrada.
Dejándose guiar por el corazón de oro, la joven guardiana llegó hasta un lugar que parecía un centro nocturno. Como era de esperarse, sus puertas estaban cerradas y a juzgar por la quietud y falta de ruido, parecía estar vacío. Pero, a pesar de ello, Bella no iba a quedarse así, tenía que entrar.
Recorrió la construcción, observando cada rincón. Finalmente, después de mucho escudriñar, observó unas ventanas en el segundo nivel. Con su fuerza no sería difícil atravesar el vidrio.
Nuevamente, girando la cabeza en todas direcciones, se aseguró que no anduviera nadie en los alrededores. Una vez segura, se lanzó hacia la ventana.
El ruido que se produjo a continuación fue algo fuerte y, esperando no haber llamado la atención de ningún vampiro, continuó su camino.
De nuevo confió a ciegas en el pequeño relicario que pendía sobre su cuello y empezó su búsqueda.
Las paredes y los muebles, incluido el sistema de sonido, se veían tan apacibles, que Bella pensó que prefería aquel lugar de día. De noche se volvería todo alboroto y perdición; repleto de vampiro sedientos de sangre.
Llegando a la planta baja, el hada-vampiro pasó por lo que pensó sería la oficina del dueño, el corazón latía aún sobre su piel, pero levemente. Sólo cuando entró al lugar, dio un vuelco inusitado, y Bella supo que estaba más cerca del objetivo. De principio a fin recorrió la habitación, atenta a cualquier palpitación de su collar.
Cuando se acercó al escritorio, el corazón de oro se agitó bruscamente. Extrañada, Bella comenzó a buscar en los cajones, pero sin encontrar nada de importancia. Entonces, cómo si algo atrajera su atención hacia abajo, se agachó y encontró una trampilla debajo del escritorio.
El corazón se agitó, y Bella, con su fuerza vampírica recorrió el mueble de madera, y abrió la trampilla. Había unas escaleras que conducían a un lugar oscurecido por las tinieblas y ella, sin pensarlo dos veces, se adentró en el agujero.
Conforme descendía, los espasmos del relicario aumentaban de ritmo, hasta finalmente volverse un latido taquicardico.
El lugar con el que se encontró parecía una bodega vacía, en el que se había colocado -de manera provisional- unas sábanas y una cobija, que ahora estaban arrugadas en un rincón. También había una mesita, en la que había platos y cubiertos sucios, y una pequeña jarra con agua. Algo extraño suponiendo que esta ciudad estaba repleta de vampiros, los cuales no comían.
Se aproximó al revoltijo de sábanas, y algo llamó su atención, una diadema rosa descansaba por la superficie de algodón, una que Bella conocía perfectamente. La tomó entre sus manos y la acercó a su pecho. No había duda: Giselle había estado ahí. Y el único ser que podría darle algunas respuesta era, sin duda, el dueño del bar. Pero para interrogarlo tendría que esperar el anochecer.
Cuando la oscuridad comenzaba a comer el cielo, Bella se encontraba en su departamento, vertiendo aquel líquido púrpura en el tubo de cristal. Habían pasado veinticuatro horas desde la última toma y ya comenzaba a sentirse mal. Los músculos le dolían y su respiración se volvía entrecortada, por ello sabía, ya era tiempo de tomársela.
Cerrando los ojos, se bebió de un solo trago la poción, y esperó a sentir lo efectos. No tardó mucho en aquejarle el dolor en los huesos, y la sensación de cansancio, sin embargo, en esta ocasión duró un poco menos que la anterior. Aunque no sabía si eso era buena o mala señal.
De cualquier forma, no había tiempo para analizarlo y, una vez recuperada salió a la luz de la Luna, decidida a entrar en el centro nocturno.
Esta vez, no fue difícil entrar en el establecimiento ruidoso; al parecer uno de los guardias se había interesado en ella y, después de unos cuantos ruegos, había accedido a dejarla pasar.
Nuevamente se encontraba dentro, sólo que ahora lucía completamente diferente que hacía unas horas; las luces parpadeaban al ritmo ensordecedor de la música y, en los lugares que se encontraban tranquilamente vacíos, ahora eran atestados por vampiros de todas apariencias, quienes se contorsionaban al ritmo de la música. Unos más, según vio Bella, parecían estar disfrutando de sangre de sus acompañantes. Sólo que en esta ocasión a ella no le pareció repulsivo, y eso la asustó tanto, que dirigió su concentración a otra cosa: como llegar hasta el dueño.
Teniendo conocimiento de donde se encontraba -con exactitud- la oficina, se dirigió hasta ella, entremezclándose en la multitud danzarina.
Ni siquiera se detuvo ante la puerta, simplemente la abrió y se adentró en ella.
-No está permitido entrar, sal de aquí.
El dueño de la voz ni siquiera la miraba, estaba ensimismado leyendo unos papeles que tenía en las manos. Bella sólo pudo ver el castaño color de su cabello, su rostro estaba oculto tras las hojas blancas que tenía ante sí.
El relicario se agitó, como si quisiera decirle algo a cerca de aquel sujeto. Y Bella interpretó bien el mensaje, ese vampiro debía haber visto a Giselle, aunque sea un instante. Tal vez sabía donde se encontraba justo ahora.
-Necesito hablar contigo.
Ya que la anterior experiencia con el príncipe de los vampiros le había enseñado que no le iba bien a alguien que se comportaba hostilmente, decidió, en esta ocasión, iniciar de forma diferente. Así que aquellas palabras las pronunció de forma suave, casi dulce, aunque por dentro se retorcía en ganas por hacerle daño.
El vampiro, tras escucharla, levantó la vista. Sus ojos verdes la recorrieron de forma impúdica, mientras una sonrisa lenta se formaba en su rostro. El vampiro dejó las hojas sobre el escritorio, y se dirigió a ella.
-¿Sólo quieres hablar? Podemos hacer lo que quieras…
-Me conformaré con hablar solamente -Bella intentó seguir pareciendo amable, aún cuando cada vez se sentía más molesta.
-Como quieras, te puedo invitar algo de tomar mientras platicamos en el bar…
El se disponía a salir, pero eso no era lo que Bella quería.
-Preferiría hablar aquí.
El vampiro sonrió aún más y cerró la puerta.
-Por supuesto.
-Tengo que preguntarte…
Bella se interrumpió cuando él se acercó demasiado, sus manos tocaron el cabello de ella, y sus ojos se posaron en su cuello.
-Lo que quieras. Tu sangre huele endemoniadamente delicioso…
Pero antes de que Bella lo empujara lejos, él se detuvo, sus ojos se posaron en ella mientras fruncía el ceño. La observó con más detenimiento como si la reconociera de otro lugar… sólo que ella jamás lo había visto.
-¿Cuál es tu nombre? -exigió él.
-Bella.
Entonces el vampiro saltó lejos de ella, como si con su cercanía pudiera contagiarse de una enfermedad mortal.
-Vete. Definitivamente no quiero terminar descuartizado.
-¿Qué?
-¿Tú ni siquiera temes desobedecer su mandato?
-No entiendo -soltó ella-, ni siquiera sé de lo que hablas.
-¡La ley! ¡La nueva! -exclamó. -Toda la ciudad ha sido informada hoy de ello. ¿Cómo puedes ignorarlo? ¡Si trata de ti!
La confusión de Bella crecía con cada palabra del vampiro… él debía de estar en un error…
-Hoy se avisó a toda la población que una vampiresa con tu descripción y tu nombre…
-¿Qué? ¿Quién hizo esa ley?
El vampiro la observó como si estuviese loca.
-¿Cómo que quién? El príncipe de los vampiros, Edward.
-¿Qué dice sobre mí? -cuestionó Bella.
-Por ley nadie puede morderte, tocarte, ni siquiera acercarse a ti. Pero no sólo eso, nadie puede proveerte de sangre, ya sea directa o indirectamente. En mi bar, por ejemplo, ya no te venderemos bebidas.
A Bella no le importaba lo de la sangre, ya que pensaba jamás necesitaría tomarla. Sin embargo estaba muy confundida por todo aquello.
-También dice que él mismo se encargará de castigar al que se atreva a hacerlo, y no me arriesgaré a enfrentarme a él. No después de lo que me contó el dueño del bar "Muérdeme".
Bella presintió que eso le generaría muchos problemas, pero decidió dejarlo para después. Recobró la compostura y decidió concentrarse en el asunto más urgente.
-Vete de aquí.
Como supuso el ya no respondería a sus preguntas, por lo menos no voluntariamente, sacó su daga y le apuntó al corazón. Tuvo mucho cuidado de agarrarla por el mango, ya que, ahora que era vampiro, el cobre podría hacerle daño a ella también.
-Dime... ¿Dónde está el hada?
El vampiro se sorprendió.
-¿Cómo sabes sobre ella?
-¡Dime dónde está! -exigió acercando más el filo de la daga al pecho del vampiro.
Este retrocedió, pero ella no le permitió separarse y avanzó hacia él nuevamente.
-¡No lo sé! Lo juro, él sólo quería esconderla aquí unos días y yo le presté el sótano… eso es todo. Luego se la llevó.
-¡No mientas! -gritó ella.
-¡No lo hago!
-Entonces dime… ¿Quién es él?
-Se llama Felldallah, pero es lo único que sé.
-¿Dónde puedo encontrarlo?
-Creo que vendrá mañana… No me mates.
Bella lo observó con detenimiento, parecía decir la verdad y no tener nada que ver con el secuestro de Giselle, y cómo no quería provocar disturbios ahora que todos los vampiros conocían su descripción, decidió dejarlo ir.
-Si dices algo de esto a alguien, te encontraré y te mataré -le amenazó.
-No diré nada.
Bella se guardó el arma y retrocedió. Cuando se dirigía a la salida, el vampiro la detuvo del brazo, y ella estuvo a muy poco de golpearlo, pero él esquivó la agresión.
-Tranquila, sólo quiero advertirte algo. No creo que los que tengan al hada dejen que te metas en sus asuntos, así cómo tampoco creo que les importe romper la ley del príncipe.
-No me interesa -Bella se soltó.
El se encogió de hombros.
-Además -añadió-, ya tienes suficientes problemas con él.
-¿A qué te refieres?
-¿No entiendes lo que está haciendo? Te está acorralando y está usando la sangre para ello, pronto la necesitarás. No sé para qué te quiere, lo único que sé es que está muy interesado en que no tengas otra opción más que ir directamente hacia él. Tal vez…
-Eso no pasará, no iré con él -dijo ella, obstinadamente y salió de ahí.