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Historia 52216 — capítulo 6
6
Colores grisáceos era todo lo que se extendía ante el cielo diurno de la ciudad de los vampiros. Bella detestaba cada segundo que tenía que pasar en aquel lugar, las ganas de marcharse turbaban su mente constantemente, sólo que el deber era más fuerte que ello. Al regresar a su ciudad tendría que hacerlo con la princesa, no había otra opción para ella.
Ese día continuó recorriendo las calles de la ciudad, mientras esperaba por la noche, tenía que volver al centro nocturno y buscar a Felldallah, por el momento, era lo más cercano que tenía para encontrar a Giselle.
Mientras caminaba, notó una ligera agitación que ocasionaba en la mayor parte de la población; unos se detenían a mirarla fijamente y retirarse rápidamente de ella, como si fuera la portadora de una enfermedad contagiosa y mortal. Otros -que eran más atrevidos- se acercaban a ella y le preguntaban su nombre, al principio Bella simplemente los ignoraba, pero conforme pasó el día algunos se volvían más insistentes así que ella optaba por mentirles para sacárselos de encima.
Fue en esos momentos que quiso buscar al odioso príncipe de los vampiros para estrangularlo. ¿Por qué habría hecho él algo cómo eso? ¿Qué quería de ella?
Finalmente, después de mucho esperar, las estrellas volvieron a brillar sobre un cielo oscuro y Bella regresó a su departamento para tomarse la poción antes de ir a su encuentro con el vampiro.
El líquido púrpura no le causó tantos malestares en esta ocasión, pero si una ligera sensación de ardor en la garganta. Un extraño presentimiento le vino con eso, pero debido a la falta de tiempo -y a que no estaba segura de que fuera algún efecto secundario- decidió ignorarlo.
Un mar de vampiros se sacudía a su alrededor, la música era cómo el viento; lo sacudía de una dirección a otra a voluntad. El estruendo era ensordecedor y ellos se entremezclaban sin pudor o lógica. Bella supo que no sería fácil encontrar a su objetivo ahí, así que decidió buscar al dueño, nuevamente.
El vampiro se encontraba en su oficina; había levantado el rostro cuando ella entró -sin permiso otra vez- al cuarto. Sus ojos la observaron fijamente, y después se levantó, cómo si no se sintiera completamente seguro sentado.
-Te he dicho todo lo que sabía…
-Lo sé -le interrumpió ella-, pero necesito algo de ti.
-¿Qué cosa? -cuestionó arqueando sus cejas.
-Necesito que cuando llegue Felldallah lo traigas aquí.
El vampiro se removió, inquieto, como si aquello que le proponía fuera demasiado peligroso.
-¿Por qué no puedes buscarlo tu misma?
-No lo conozco, además no quiero testigos -contestó ella.
-No creo que para eso tenga opción ¿o sí?
-Tienes razón, no la tienes.
Discutieron durante un rato y pasando unos minutos acordaron salir juntos, Bella tenía que fingir que era pareja de él, mientras el vampiro buscaba a Felldallah y lo invitaría a su oficina un rato.
Salieron de la habitación con él aferrado a su cintura y se mezclaron entre la maraña de vampiros que había en el lugar.
-Estoy rompiendo la ley al tocarte -musitó el vampiro de pronto, su expresión era de nerviosismo, cómo si temiera ser reprendido en cualquier momento.
-No veo porque te molesta tanto, ya has roto varias de ellas; no creo que haya sido muy legal haber mantenido prisionera a un hada en el sótano de este lugar -escupió Bella, sintiéndose enfadada.
-Tengo que decir que nunca pensé que nadie descubriría eso -dijo él. -Pero ahora es diferente, casi todos te reconocen y con uno de ellos que diga que te vio conmigo… No quisiera enfrentarme a la ira del príncipe.
-Creo que él está jugando, esto lo hace simplemente para divertirse, pronto se olvidará de mí…
-Pareces no conocer a tu propio príncipe -dijo él, en su rostro se dibujó una expresión de sorpresa-, él no se molestaría en hacer una ley sólo por un juego.
Bella apretó los labios, sin creer nada en lo que el vampiro había dicho.
Llegó un momento en la noche, en que ella estaba tan desesperada; harta de la música, el ajetreo e incómoda porque el vampiro tenía una mano alrededor de su cintura -ya que a pesar de estar de acuerdo con aquella idea, no significaba que le agradara-, que pensó en desasirse de él y salir un rato. Pero se alegró de no haberlo hecho, ya que el vampiro que la acompañaba la apretó un poco y detuvo su avance.
El corazón que ella tenía colgado alrededor del cuello se sacudió con fuerza y comenzó a latir a un ritmo constante y agitado, cómo si quisiera transmitirle un mensaje a la portadora.
Una figura se había detenido ante ellos y había saludado a su acompañante, sólo hasta entonces Bella se enteró del nombre del dueño del lugar. A su vez, Samuel, correspondió a ese saludo y nombró al otro como Felldallah. Éste último era un tipo no llamativo, pero si algo singular; su complexión era un tanto delgada, pero eso si era bastante alto, su cabello era rubio y sus ojos verdes.
Al tiempo que Bella hacía su inspección, él también la había hecho ya que le preguntó a Samuel por ella.
-Es mi compañía el día de hoy -contestó el dueño del lugar.
Bella, pese a sentirse completamente furiosa con el vampiro que la observaba, se mostró complacida con la presentación.
Pero Felldallah aún fruncía el ceño, recorriendo con sus ojos verdes el rostro de ella.
-Algo en ella me es… conocido -dijo-. ¿Nos hemos visto antes?
-No lo creo -contestó Bella. Pero le vino el pensamiento de eso se debía a la descripción de ella, que recorría toda la ciudad, sólo se que él no lo recordaba.
-¿Cuál es tu nombre?
-Katherine.
Ante esto, Samuel intervino en la conversación diciéndole a Felldallah que si entraban a su oficina para poder comunicarle algo importante. El vampiro no pareció desconfiar de ninguno de los dos, así que accedió inmediatamente.
Cruzaron la multitud de vampiros hasta que llegaron a la habitación. El primero en entrar fue Felldallah, seguido de Samuel y Bella.
Cuando Bella escuchó que el dueño cerraba la puerta, ella se desasió de su agarre y se separó de él. Felldallah se percató de esto, y si bien le pareció extraño, no dijo nada respecto a ello.
-He tenido curiosidad -comenzó Samuel, siguiendo con su papel de amabilidad-, después de que te llevaste a esa niña hada… ¿A dónde la llevaste?
El vampiro se quedó petrificado unos instantes ante esa pregunta, eso duró unos segundos, después, ya que se recuperó del repentino asalto de sorpresa, se puso furioso.
-Habíamos acordado que no harías preguntas sobre ese asunto -soltó casi en un gruñido, luego sus ojos se posaron sobre Bella y añadió:- No tenías que habérselo dicho.
Bella quien tenía prevista esta reacción y, a sabiendas de que el vampiro no hablaría más, se lanzó sobre él y lo derribó con un rápido movimiento. Su rodilla terminó firmemente presionada sobre el pecho de su víctima, mientras que la hoja de la daga se situaba a sólo unos centímetros de su corazón.
-Es de cobre -dijo ella-, una estocada y morirás.
-¿Qué es lo que quieres? -jadeó el vampiro, con sus ojos verdes completamente abiertos por la sorpresa.
-Que respondas. ¿Dónde está el hada?
-En estos momentos no lo sé, y si lo supiera no te lo…
Bella gruñó. Con la punta de la daga rozó el brazo del vampiro, haciéndole una herida bastante profusa y larga.
Felldallah gritó con fuerza y se sacudió violentamente, intentando zafarse de la sujeción de su torturadora, casi lo consigue debido a un descuido de ella, por fortuna Bella se recuperó pronto de ese aturdimiento y logró mantenerlo en el suelo.
Esa pequeña distracción de Bella se debía a algo que había surgido, caliente y rojizo, de la herida del vampiro. Su sangre había salido a borbotones, escurriendo, brillando y sobre todo despidiendo un aroma hasta ese momento desagradable para Bella. Pero en ese instante, la nariz de Bella se había vuelto muy consiente de ella y todo su cuerpo había reaccionado a ese fluido, como si lo necesitase. Su garganta seca, quemaba y ardía, su respiración se había vuelto agitada, su cabeza y su visión dieron vueltas durante unos angustiosos segundos y sus colmillos se habían extendido en contra de su voluntad.
Por fortuna se había controlado a tiempo. Pero aquel repentino deseo la había dejado aturdida y asustada.
-Dime dónde está -dijo, luchando por concentrarse de nuevo.
-¡Yo sólo la tuve un tiempo en mi casa! -explotó el vampiro en un gemido de dolor. -¡Pero él se la llevó y ya no supe más de ella… lo juro!
-¿Quién? -exigió Bella-. ¡Dame un nombre!
Felldallah la observó con odio y apretó los labios.
Bella no tuvo más remedio que hacer otro corte, esta vez en su otro brazo. Se concentró con todas sus fuerzas para que la sangre no la aturdiera, pero aún así se sintió un poco mareada, aunque el aroma no la atacó con tanta violencia como la otra vez.
El vampiro sintió el mismo dolor, sin embargo, se removió y gritó con fuerza.
-¡Dame su nombre!
-Gedeon… Smith. El lo planeó todo, según tengo entendido, y él la tiene ahora.
-¿Dónde?
-¡Te he dicho que no lo sé! -jadeó el vampiro.
-¿Cómo puedo encontrar a Gedeon?
-Eso tampoco lo sé.
Entonces, sin previo aviso, Felldallah logró empujar a Bella. La había golpeado con tanta fuerza, que ella había salido disparada y su cuerpo chocó y rodó sobre el suelo. La daga había caído a sólo unos centímetros de sus dedos, pero ella estaba, de momento, aturdida por el dolor del golpe.
Felldallah se lanzó sobre ella, sangrando, con los colmillos extendidos, pero ella reaccionó a tiempo. Sus dedos lograron aferrarse al mango de la daga y, sin levantarse, empuñó el arma y la lanzó sobre su agresor. Como mantequilla, la hoja afilada, atravesó limpiamente el pecho del vampiro, provocando una expresión de sorpresa y dolor, antes de que él cayera de espaldas al suelo.
El vampiro gritó por última vez y, tras contorsionarse en la superficie dura, se quedó quieto y desapareció en una nube de polvo.
Bella se levantó, sintiendo que Samuel se movía cerca de ella, pero ignorándolo por completo. Se acercó a dónde había estado el cuerpo de Felldallah, y todo lo que había quedado era su daga, clavada al suelo. La tomó con cuidado y la desprendió, después se la guardó en la funda.
-¿Sabes cómo encontrar a Gedeon? -le cuestionó a Samuel, cómo si apenas notara su existencia.
El vampiro, aún asombrado por lo que había visto, simplemente negó con la cabeza.
-Eso pensé -dijo ella y salió de allí.
Se sentía tan mal, que pensó en posponer la búsqueda hasta el día siguiente. Por el momento, todo lo que quería era volver al departamento.
Mientras caminaba por las calles, lejos de ese ambiente ruidoso y aglomerado, se sintió peor. Su respiración se volvía agitada, su garganta ardía en demasía, sus piernas le fallaban y se sentía interiormente seca.
Presintiendo lo que le ocurría, apresuró el paso, cómo si pudiera escapar de lo que sabía que venía. Intentó controlarse pero, en esta ocasión, no sirvió de nada, la sensación persistía, queriendo ahogarla… asfixiarla hasta volverla loca.
De pronto, una figura bloqueó su camino y ella se sentía tan mal, que al principió no lo reconoció; hasta que unos ojos dorados brillaron hacia ella, y una sonrisa divertida apreció en aquel rostro. Edward Cullen la había encontrado.
-¿Tienes sed? Si me permites, creo que yo podría solucionar ese problema.