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Historia 52216 — capítulo 7

7

La noche abrigaba con misterio las calles, las casas y, en aquel momento, a sólo dos habitantes. Eran dos figuras que se erguían en la oscuridad; la primera era mucho más alta que la otra y caminaba con cierta lentitud, apacibilidad y decisión hacia la segunda. La sombra femenina se veía débil, insegura y temerosa. Tal parecía que la escena mostrara una cacería entre presa y depredador.

Bella se estremeció cuando lo vio acercarse, cada paso que él daba su garganta dolía cruelmente, raspaba y le rogaba por algo que ella no pensaba darle.

-No te acerques más.

La voz le fallaba, no encontrando energía entre las paredes de su desértica garganta, sus manos temblaban e incluso, a momentos, la vista se volvía borrosa. Estaba sufriendo una lenta tortura, pero aún así, no quería permitirle a su cuerpo beber aquel líquido carmesí…

-¿Por qué, Bella? Yo puedo darte de mi sangre y terminar con tu sufrimiento, tú sólo tienes que decir que aceptas.

-No te necesito.

Ignorando su anterior petición el vampiro continuó su avance, y comenzó a describir círculos alrededor de ella. Una sonrisa peligrosa se dibujó en sus labios, mientras sus ojos la observaban con detenimiento.

-Soy tu única alternativa.

-¿Por qué hiciste eso?

-¿El qué? ¿Poner esa ley?

Bella logró articular una lastimera afirmación, pero eso fue todo lo que necesitó el vampiro para comprender.

-Era la única forma de asegurarme que tarde o temprano vendría a mí, sin embargo, como has podido observar no pude soportar tanta espera y decidí buscarte.

El hada-vampiro no podía soportarlo más, tendría que beber algo de sangre, sino no tendría la energía suficiente para continuar buscando a la princesa. Pero no pensaba morderlo ni a él ni a nadie, sólo bebería sangre de la que servían en los bares.

-Dime que es lo que quieres. ¿Qué tengo que hacer para que retires esa ley?

Los ojos de Edward se ensombrecieron con furia, sus puños se cerraron firmemente y sus hombros se tensaron. Bella quiso retroceder, pero ya no le quedaban fuerzas para nada.

-No tienes que hacer nada, nunca voy a cambiar esa ley. Sólo podrás obtener sangre de mí.

-Pero si lo hago. ¿Me pedirás algo a cambio, no es así? -cuestionó Bella, quien pensaba que él sólo hacía todo aquello para conseguir algo de ella.

-Nada es gratis, deberías saberlo, sobre todo en esta ciudad. Pero prometo no pedir mucho… esta vez.

-Yo jamás te daré de mi sangre, si eso es lo que quieres -logró articular Bella, levantando su mano hasta tocar su cuello, el dolor se hacía cada vez más insoportable.

-No es lo que quiero en esta ocasión -dijo él, con su depredadora sonrisa, y su destellante dentadura reluciendo en la penumbra.

-Me estás obligando a hacer algo y quieres que pague por ello -escupió Bella, en una rabieta de desesperación.

Edward se rió, como si aquello fuera completamente entretenido.

-¿Sabes qué? ¡No quiero ni necesito nada de ti!

De pronto, Bella se puso rígida, una esencia irresistible nadó en el aire hasta llegar a su nariz, y de ahí la inundó por completo hipnotizándola, haciéndola esclava de ella. Sus colmillos crecieron dentro de su boca, afilados, listo para cortar y abrir una herida que diera acceso a tal alimento. Sus ojos buscaron la fuente de tal aroma y lo encontraron, cuando se posaron en uno de los puños del príncipe. Un líquido que brillaba en tonos rubíes y carmines caía, casi con parsimonia, sobre los dedos apretados del vampiro, acariciaba su piel hasta desprenderse de ella y… caer. Fue una única gota la que cayó al suelo y Bella estaba tan atenta a ello que escuchó, observó, olió, sintió y hasta saboreó el momento que ese precioso líquido se desperdiciaba siendo absorbido por el frío y muerto concreto.

Edward despegó los dedos, conciente de que su espectadora no perdía detalle de nada, y dejó al descubierto una herida que al poco rato se cerró sola, dejando sólo un espectro rojo de lo que había sido, e impidiendo que más líquido escapase de ella.

Bella, sin saber con exactitud lo que hacía, comenzó a caminar hacia él. Sus piernas parecían haber tomando el control y dirigirla hasta lo que sería su perdición. Edward -que no sabía desaprovechar una oportunidad- extendió los brazos hacia ella y la rodeó con ellos apenas estuvo a unos cuantos pasos de distancia.

-Siempre supe que vendrías a mis brazos. -él dijo, mientras inclinaba la cabeza, dejando que ella tuviera mayor acceso a su cuello.

Los colmillos de Bella rozaron la piel del príncipe y él, en respuesta, se estremeció y la acercó más hacia su cuerpo.

Finalmente, los afilados dientes perforaron la piel, y la sangre emanó de la herida hasta los labios de la joven guardiana. Una oleada de cálida sensación de seguridad la inundó, la cubrió y llenó desde la cabeza hasta los pies. La sequía por la que había pasado por fin daba a su término, al igual que el dolor.

Cuando sintió que era suficiente y toda la energía volvía a su cuerpo se separó de él. Fue en ese instante en que la conciencia regresó, junto con la certeza que había cometido un error. Intentó poner distancia entre los dos, pero las manos de Edward sólo descendieron hasta su cintura, aferrándose con fuerza a ella.

-Te he dado mi valiosa sangre, y no te dejaré ir sin que me des algo a cambio.

-¡No te daré nada! -Bella hizo un esfuerzo por desasirse de su abrazo, pero ni siquiera había conseguido moverse de donde estaba.

Edward, ignorando sus protestas y sus forcejeos, enredó una de sus manos en su cabello, mientras sus ojos deambulaban por el rostro de la joven, cómo si quisiera memorizarlo.

-¿Qué haces? -cuestionó ella, nerviosa, al ver los ojos de él casi sobre los suyos, y sentir su suave respiración acariciar su cara.

-Cobrando el favor que te hice.

-¿Qué? ¿Qué es lo que quieres?

-Un beso.

Pero antes que ella pudiera decir algo o luchar contra ello, Edward asaltó sus labios en un beso posesivo y casi hambriento. Al principio Bella intentó y prácticamente luchó contra lo que sentía para no corresponderle. Pero esto sólo hacía que él insistiera más con sus labios, hasta que finalmente, y ya que ella creía que así podría dar terminado al beso más rápido, se rindió ante él.

Edward al darse cuenta de su triunfo colocó los dedos detrás del cuello de ella, y acercó más el rostro de la joven hacia él, mientras la mano que aferraba la cintura de Bella hizo lo mismo.

Cuando él se separó de ella, lo primero que vio la guardiana fueron los ojos de Edward; su color dorado parecía haberse intensificado y había aparecido en ellos un brillo que escondía muchas emociones.

-Si alguien se atreve a tocarte lo mataré. Lo destruiré con mis propias manos si es necesario. No importa si es o no para hacerte daño, cualquiera que intente acercarse a ti lo haré sufrir hasta que se arrepienta de ello.

En ese momento Bella logró liberarse, y retrocedió una distancia considerable de él. Su discurso, que había sido dicho con furia, la había dejado temerosa y confundida.

-Tienes lo que querías, ahora déjame sola.

-¿Aún insistes en alejarte de mí?

-Sí.

Algo parecido al dolor se dibujó en el rostro del vampiro, pero pasó tan deprisa, que Bella pensó haberlo imaginado, así que no le dio importancia.

-No voy a dejarte tranquila hasta que te rindas completamente.

-Eso no pasará.

-¿Estás segura?

Bella rechinó los dientes, intentando controlar su carácter, no quería dejarse irritar por aquel vampiro.

-Yo podría obligarte o quizás llevarte a mi lado sin que pudieras hacer nada al respecto, pero quiero ser amable contigo, y dejar que tú vengas por tu propia cuenta.

-No lo haré.

-Cuidado, Bella, mi paciencia también tiene un límite. Además llegará el momento en que necesites de mi sangre otra vez.

Bella esperaba estar bastante lejos de ese lugar antes de que aquello sucediera. Ahora ya sabía que la sed era incontrolable y no quería volver a experimentarla. Lo único que deseaba era encontrar a Giselle y salir lo más pronto posible de aquella ciudad. Se giró y sin volver la vista atrás, salió de ahí.

Algo de tranquilidad volvió a ella cuando estuvo en el departamento que se alojaba, las cortinas que pendían de las ventanas oscilaban de un lado a otro en un vaivén, casi armonioso, con el que las guiaba el viento.

A pesar de la terrible confusión y desasosiego que había surgido en ella después de haber estado con el príncipe, decidió posponer estas emociones, ya que la distanciaban de su objetivo principal.

Llegado el amanecer, mientras Bella salía y recorría las grises calles de la ciudad, comenzó a pensar cómo encontrar a Gedeon. La única forma de encontrar a ese vampiro era preguntando por él, pero después de su encuentro con Felldallah Bella suponía que no sería tan sencillo. Aquél vampiro debía ser de los que quebrantaban constantemente la ley, así que debía ser muy difícil llegar hasta él; debía de encontrarse escondido, ya que llevaba con el a la princesa de las hadas.

Lo que Bella había pensado hacer era hacer lo posible por entrar en cualquier tipo de bares y, con ayuda del collar, seleccionar a los vampiros correctos para interrogar.

Mientras caminaba sentía las miradas pesar sobre ella, y deseó que los vampiros no la reconocieran, ya que lo que más quería era pasar desapercibida, solo que, gracias a la ley que la describía le era más difícil eso. Aunque estaba segura que no todos lograban hacer coincidir la descripción con su fisonomía, sabía perfectamente que había muchos sí lo hacían.

Edward parecía querer arruinarle la vida y, si no se estaba atenta, podría llegar a estropear sus planes con Giselle.

Sacudió la cabeza, decidida a no volver a recordar nada sobre ese vampiro y continuó caminando.

Durante el día Bella recorrió otra parte de la extensión de la ciudad, y al no recibir indicio alguno por parte del corazón de oro, ella escogió tres bares a los que visitaría en la noche, dónde pensaba comenzar la búsqueda del secuestrador.