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Historia 52217 — capítulo 1
Abre tu puerta, mi Alicia.
Quiero una respuesta, corazón
no me abandones al otro lado
de tu indiferencia y tu ausencia
No más mentiras, mi Alicia;
los gatos no sonríen,
las reinas no son rojas o blancas,
y mi paciencia no soporta tales
penitencias.
Toca, toca… la puerta de Alicia.
Si tu amor no late con el mío,
dilo y no me tengas en esta confusión,
sin esta incertidumbre que mata.
Pero no más engaños, mi Alicia;
el mundo debajo de la tierra no es real,
las flores no hablan,
el azul de una oruga no la hace sabia,
y mi dolor va creciendo con cada
palabra de tu boca, pronunciada.
Toca, toca… la puerta de Alicia.
¿Acaso tu amor ha sido entregado ya?
Si es así, respóndeme, cielo.
No más mentiras, mi Alicia;
una bebida no te hace pequeña,
ni un pedazo de pan te hace crecer.
Un sombrerero no blande una espada,
ni baila una danza alocada.
¿A quien amas tanto, mi Alicia?
No más mentiras…
Porque tu puerta,
jamás volveré a tocar.
Los ojos del hombre, joven en apariencia y espíritu, no olvidarán lo que ese día estaba por presenciar. Cómo todo aristócrata de alta posición social y económica, se aproximó a la casa donde vive su hermosa amada. Ahí, en frente de la lustre y cara madera de la que está hecha la puerta de entrada, esperó -cómo todo respetuoso caballero- a que se abra; a lo cual, después de un llamado respondió la mujer encargada de la casa.
La madura mujer, vestida de un azul serio y un delantal blanco encima, le permitió pasar, sin embargo, a diferencia de otros días su semblante no es de alegría. William, quien ya la conocía de dos años atrás le preguntó por la joven, pero la ama de llaves negó con la cabeza para toda respuesta y, cómo reacción de madre preocupada, sus ojos se cubrieron de un oscuro velo de tristeza.
-Está en su cuarto, no ha querido salir desde el mediodía.
-Pero hoy es ese día, nunca he podido rememorar el nombre, pero sé que hoy es cuando se pone a cantar y bailar esa extraña danza. Ella es feliz este día.
-Ya no, ahora llora, joven. Su dolor puede atravesar la puerta de su alcoba, y pienso que es por este día.
William, abatido por las angustias de su joven amor, se dejó caer en el sillón -hecho de caoba- e intentó pensar en alguna forma de alegrarla.
La primera vez que vio a Alicia se enamoró de ella; había llegado en barco, y portaba un saco azul, y una hermosa y radiante sonrisa iluminaba su rostro. Desde que descendió a tierra se dio cuenta que no sería cómo el resto de las doncellas. Con mirada atrevida y al mismo tiempo dulce, comenzó a dar órdenes aquí y allá. Pronto, William se dio cuenta que aquella joven venía a ser aprendiz en la empresa de redes comerciales en la que él mismo participaba. Su sorpresa y emoción se hicieron notar; sin pensarlo se acercó a la doncella y se presentó formalmente ante ella. Alicia, le respondió amablemente y, a partir de ese momento nació una hermosa amistad.
Durante dos años, William fue conociendo y descifrando el carácter de su dama, y eso hizo que sólo se enamorara más de ella. Al contrario que el resto de los caballeros de su época, él se sintió más atraído hacia Alicia cuando conoció sus excentricidades. De cuando en cuando, cuando llegaba a la casa -en la que se había instalado la joven- a tomar el té, ella comenzaba a contarle historias increíbles y, al mismo tiempo, demasiado extrañas y confusas.
Una tarde, cuando el cielo estaba a muy poco de llorar, Alicia se levantó y le dijo algo sobre un día… uno muy especial. Ella río, y comenzó a mover los pies de una forma extraña, lo que después William supo que era un baile, según la joven le informó. El joven se encendía de placer al verla brillar de alegría, porque, quien fuera que la viera mientras relataba sus historias o celebraba su día favorito, no podría negar que la joven irradiaba luz propia. Y eso era lo que más amaba de ella.
Por eso, aquel día, había ido directo a la joyería y había comprado un hermoso anillo de compromiso. Finalmente, después de dos años de espera, le confesaría su amor a Alicia.
Sólo que hoy, ésa precisa tarde de nubes grises, no parecía ser el día adecuado, según los informes del ama de llaves de Alicia. Pero, por otra parte, había esperado mucho, y no quería hacerlo más.
Decidido a hablar con ella, le pidió a la mucama que le permitiera pasar a la planta alta de la casa. La mujer lo observó con un destello de reproche en sus ojos, pero a él no le importó, sólo era una mera formalidad.
Alicia no era de las jóvenes que se dejaban llevar por lo que dijera la sociedad, y él había aprendido de ello.
De dos en dos subió la escalera, y se aproximó con más cautela, hasta detenerse en la hermosa puerta de Alicia. Tocó una vez, pero nadie respondió. Respiró profundo y tocó nuevamente, pero el silencio parecía ser su único anfitrión. Negándose a la rendición -y conociendo a su amiga- decidió tocar de nuevo, pero, en esta ocasión secundó el golpeteo con algunas palabras:
-Alicia, más vale que me abras, se que estás ahí.
Espero un poco más, pero nada.
-De acuerdo, me veo obligado a derribar la puerta…
Unos delicados y apresurados pasos hicieron eco detrás de la madera y, segundos después, la perilla giraba dejando ver en el umbral, una hermosa cabellera rubia, cuyos mechones caían sobre una tez de porcelana y unos labios rosados. Aunque, para consternación y preocupación de William, no había sonrisa en ese bello rostro.
-¿A qué has venido, Will?
Pero él estaba más distraído observando atentamente los ojos de Alicia, antes relucientes y llenos luz ahora, en aquel instante, ensombrecidos por una capa oscura de dolor, y cuya piel que los rodeaba se encontraba enrojecida a causa de un llanto continuo.
-¿Will?
-Hoy es el día. ¿Por qué estás triste si tú adoras este día…?
-El frabulloso día.
Ya que la memoria del joven parecía negarse a recordar ese nombre, Alicia siempre lo corregía y le regañaba por olvidarlo. Ahora, sin embargo, en vez de que su voz cantara al decir esa palabra, ahora sonaba más cómo a una especie de gemido lastimero.
William lamentó habérselo recordado.
-Alicia… ¿Qué tal si paseamos por el jardín un momento?
Ella negó con la cabeza, pero le permitió pasar a su habitación.
Los ojos de él vagaron por las ropas de Alicia; un vestido azul y unas botas blancas. William sonrió, ella siempre vestía así en su amado día.
La joven se sentó en la cama y recostó su cabeza sobre las almohadas, su cabello ondulado se esparció por la suave superficie. Otra lágrima resbaló por su suave y enmarcado pómulo, mientras él, observaba en silencio de agonía. Detestaba verla de ese modo.
-No me has contestado. ¿A qué has venido?
Instintivamente, él metió la mano en el bolsillo del saco, apretando entre sus dedos la cajita aterciopelada con el preciado objeto en su interior, pero, no se atrevió a decírselo en aquel momento.
-A verte.
Una especie de sonrisa se dibujó en los labios de ella, pero William que la conocía de sobra, no podía engañarse con una pobre imitación de entusiasmo.
-Hoy no creo estar para recibir visitas, en verdad lo lamento, Will.
-Sabes de sobra, que siempre es mejor llorar en compañía.
Los labios carmín de ella, formaron una línea casi recta en su rostro, sus puños se apretaron y su mandíbula se cerró con fuerza. Alicia intentaba hacerse fuerte, no doblarse ante el dolor, pero no lo logró por mucho tiempo, ya que el líquido transparente comenzó a recorrer su cara.
-De acuerdo -dijo, con su voz temblando-, si quieres quedarte, está bien.
Tiempo atrás, cuando tenía poco de conocer a Alicia, la sorprendió observando con mirada ausente el terreno; la espesa hierva que crecía sobre la tierra de sus amplios jardines. Era hora matutina, y ellos habían salido a tomar el té, y a deleitarse con la vegetación del lugar. Ese día platicaron de distintos temas, del trabajo, de algunas cosas que ella quería comprarle a su madre, y sobre todo, de las historias que la joven tejía con sus melodiosas palabras. Entonces, mientras caminaban, la mirada de Alicia se perdió en el pasto; una mirada soñadora, casi melancólica.
William había escuchado, que cuando una doncella recuerda un viejo amor o sueña con uno en un futuro cercano suspira y sus ojos se ponen tan brillantes como las estrellas que alumbran el cielo con sus tintineos. Pero eso es sólo cuando ellas observan el cielo, no así Alicia, quien observaba el suelo con constancia. Por eso, el joven no podría saber bien en que pensaba ella cada vez que lo hacía.
No sólo eso, Alicia miraba de soslayo los alrededores, como a la espera de ver algo o encontrarse con alguien.
Pero, cada vez que esto ocurría, William llamaba su atención a una nueva conversación, y es que, a veces tenía miedo. Le aterraba aquella mirada ausente que ensombrecía sus ojos, porque tenía la sensación -tal vez ridícula y paranoica- de que la estaba perdiendo.
Ahora, en cambio, sentado al borde de su cama, admirando su semblante: supo que no estaba equivocado. Su Alicia, su hermosa amada, se marchitaba frente a sus ojos y, aunque su piel y su apariencia siguieran llenos de joven hermosura, pudo leer en su mirada que su alma se hacía débil. Tal cómo la valiente vela que, pequeña, intenta resistir el soplo del viento, esforzándose -a pesar del cansancio y el abandono- a mantener viva su llama.
Así su Alicia, resistiendo el sufrimiento de la melancolía, de una añoranza que la comía por dentro. Y él, tan inútil como siempre, sin saber que hacer. ¿Qué tipo de recuerdo atormentaba a su doncella? ¿Qué podía hacer él para que su vela no se apagara?
Se inclinó un poco, desesperado por hacer o decir algo que la liberara de tan amargo hechizo. Pero, en el momento en que iba a decir algo, ella abrió los labios, y de ellos emergieron palabras, primero en inteligibles murmullos, luego en gemidos entrecortados y, finalmente, en oraciones audibles, pero sin mucho sentido para el único oyente.
-El me pidió que me quedara -soltó ella, en un suspiro de dolor-, pero yo me negué. ¿El me extrañará? ¿Alguno de ellos conservará algún recuerdo mío?
William quiso preguntarle sobre eso, quería que le dijera más para ayudarla, pero una simple palabra nubló, de momento, sus intenciones. ¿Acaso ella había mencionado un "él"? ¿De quién hablaba?
-Alicia…
Entonces, al momento de pronunciar su nombre, algo rompió el cristal de uno de los ventanales. Fue algo tan sorpresivo, y estruendoso a la vez, que tanto William cómo Alicia, se levantaron de la cama de un salto.
Pero el objeto, amorfo ante los ojos del joven, continuó con su trayectoria sobre las cabezas de sus espectadores, después de una vuelta por el cuarto, detuvo su giro y cayó, en picado hacia Alicia.
William ni siquiera tuvo tiempo para impedirlo, para cuando reaccionó, el objeto se había posado sobre la cabeza de la joven. Y para sorpresa del joven enamorado, eso resultó ser… un sombrero.
Delicadamente, Alicia tomó el objeto entre sus manos y lo bajó de su cabeza, extendiéndolo ante sí para contemplarlo.
La joven no reaccionó durante un rato, muda de asombro, de rabia o de felicidad, William no podía saberlo. Parecía una hermosa estatua, esculpida y moldeada para una galería de arte.
El sombrero era estupendo; de un verde oscuro y opaco casi en su totalidad, adornado en la parte baja de su circunferencia por una tela -que hacía la función de un ancho listón o estola- de color naranja rosado, y que caía en dos coletas en la parte trasera del mismo. Entre los dobleces de aquella tela había una etiqueta cuya leyenda era una fracción: "10/6". Así cómo también, en la parte superior había unas especies de plumas, adornándolo.
William se acercó a la estatua viviente, y a su objeto sagrado, y se percató, que había algo más en él. Un pedazo de papel sobresalía de entre los pliegues de la tela, algo que no parecía pertenecer a él. Por supuesto, no fue él único en notarlo.
La inamovible dama, recobró su vitalidad, y con algo de nerviosismo y emoción contenida, sacó el pequeño trozo de hoja y lo desdobló. Y como, al parecer Alicia se había olvidado que tenía un invitado, no se percató que él mensaje destinado para ella, fue leído a la par por otros ojos.
Temiendo que el tiempo te hiciera creer, nuevamente, que sólo fui un sueño o, peor aún, una horrible pesadilla; decidí enviarte algo que me mantuviera en tu memoria constantemente. Por lo menos me llevarás sobre tu cabeza.
Espero con locura (algo que me caracteriza, debo añadir) que no sea demasiado tarde, y no me hayas olvidado.
Si es así, espero que no tires esto, ya que es una parte de mí. Nunca me separo de él, hasta ahora.
Todos lo demás te extrañan, también.
Mi pequeña y gran Alicia, quiero que sepas que todos los días veo tu rostro en mi memoria y, espero algún día, volver a verlo con mis ojos. Si Mirana se enterar de esto, me reprendería; ella dice que no debemos presionarte que la decisión de regresar o no, es tuya, pero no podía dejar que me olvidaras de nuevo. No puedo expresarte con palabras el miedo que tengo a que eso ocurra.
Tengo que despedirme, sino esto se extenderá hasta que no pueda hacerlo entrar en el sombrero.
No me olvides, Alicia.
William, como era de esperarse, no había entendido nada, y quería respuestas. Pero al querer formular sus interrogantes, su Alicia se desplomó en el suelo. El joven se arrodilló en el suelo ayudarla, pero ella no le hizo el menor caso.
Las manos delicadas de la joven, sostenían el sombrero y lo rodeaban, acercándolo a su pecho, cómo si fuera una débil criatura que se fuera a deshacer con un simple roce. Sus ojos se inundaron con dolor, felicidad e incredulidad mezclados en una compleja red emocional.
-¿Cómo pudiste pensar que te olvidaría? -le gritó, en un arranque de furia al sombrero. -¿Cómo creíste que lo haría?
Su cólera vino y se fue cómo una brisa caprichosa de viento, y a ella, le siguió la tristeza. Alicia lloró con su alma, derramando lágrima, tras lágrima, sobre el sombrero. Sus manos acariciaban el objeto, y con cuidado lo acercó hasta sus labios y lo rozó ligeramente con ellos.
-Alicia…
-Necesito estar sola.
Y eso le bastó al joven para ponerse de pie, salir y cerrar la puerta de Alicia tras él. Una vez afuera, observó la cerradura, cómo si ésta pudiera resolver sus dudas.
Escuchó los sollozos de su amada y una deprimente, cruel, y dañina idea surcó en su mente; una que ya había pensado hace tiempo, pero que había eliminado al instante por miedo a que fuera real.
Había alguien más, y su Alicia, nunca le pertenecería.
Nunca podía aspirar al corazón de ella, porque su amor estaba en otro lugar, quizás con otro muy lejos de allí.
Con ese pensamiento, salió al jardín; sacó el anillo de su bolsillo y lo tiró lejos, sin querer saber a dónde había parado y sin ganas de volver a verlo. Se despidió silenciosamente de su amor, sabiendo que jamás podría tocar a su puerta otra vez.