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Historia 52217 — capítulo 2

1

"Existen muchos caminos a Infratierra, de los cuales la mayoría llegan a ser tan peligrosos, que sólo se consigue la muerte en la travesía"

Mirana, La Reina Blanca.

Cuando el dolor aqueja hasta la más recóndita entrada del alma, el corazón y las entrañas; un sufrimiento más ahondo que el físico, más afilado que la hoja de una daga y mayormente enardecido que el fuego de una llama joven; es entonces cuando se debe partir en busca de la cura.

Así Alicia, postrada ante el objeto de su adoración y perdición, decidió que era tiempo de buscar, o mejor dicho, regresar a su mundo de felicidad.

Con parsimonia, colocó el sombrero sobre su rubia cabellera y, limpiándose las lágrimas de sus mejillas, salió de su habitación. En vano buscó algún indicio, algún señuelo que pudiera indicarle cómo había el sombrero, o si el dueño de dicho objeto todavía se encontraba por los alrededores.

A ello, más preguntas aquejaron su joven mente. ¿Por qué si le había enviado la nota, no se habría detenido a verla? ¿Por qué no se había hecho visible? Pero por más cuestiones que se formulara, las respuestas no llegaban. Al parecer tendría que ir ella misma a exigirlas. Y lo iba a hacer.

Volviendo a su casa, corrió directamente a su alcoba, sacando vestidos, accesorios, peines… Todo lo necesario para partir ese mismo día. Dos años le habían bastado para comprender que la felicidad no la podría encontrar en la superficie, para dejar de sentirse vacía tenía que descender. Regresar al mundo que la hacía sentirse en armonía, dónde si encajaba.

Por los dos ventanales completos, y el tercero -del cual ya casi no quedaba cristal-, entró la brisa del atardecer. El sol de oriente entraba con sus rayos amarillentos casi anaranjados, mientras acariciaba las sábanas de la cama de Alicia. La joven observó la habitación; elegantemente amueblada, y adornada con objetos que ella misma había adquirido en aquellas tierras, cosas que le encantaban y apreciaba, esta vez, sin embargo ni siquiera titubeó al darles la espalda. No podía llevarlas con ella, eso estaba claro, era demasiado, pero tampoco las necesitaba, no ahora que regresaría a Infratierra.

Ataviada con su abrigo de viaje, uno azul con botones negros, se encaminó hacia la entrada, que ahora sería salida para ella; bajando las escaleras alegremente, casi brincando cada peldaño se podría decir.

Ya que desconocía cómo había llegado el sombrero, por lo menos tenía la otra opción, buscar la oquedad, aquella que se encontraba cerca de la casa de Lord Ascot, o tal vez si llegaba hasta ese punto, podría encontrarse al conejo blanco y él la guiaría, cómo lo hacía cada vez que ella iba al país bajo tierra.

Pero primero tenía que llegar a Inglaterra y, una vez ahí, tendría que resolver algunos asuntos antes de emprender el verdadero viaje. Como despedirse de su madre, por ejemplo… ¿Qué le diría? Porque estaba claro que la verdad no era una opción, si se tratara de su padre por el contrario, tal vez hubiera considerado esa posibilidad. Pero su madre jamás creería en Infratierra, por lo tanto, una buena excusa tendría que inventarse.

-¡Mi niña! -exclamó la mujer con uniforme, de blanco y azul, con gorro sobre la cabeza. De complexión menuda; estatura baja, formas suaves y redondas, esperaba la mucama, con las manos de dedos anchos y apretados unos contra otros, observando a la joven con desasosiego.

-Iré al puerto y me embarcaré en el primer vapor que lleve a Inglaterra -anunció la interpelada.

-¿Irse ha dicho? -los grandes ojos del ama de llaves se estrecharon, y se posaron en la maleta de Alicia.

Las ondulaciones rubias se agitaron levemente cuando ésta asintió.

-¿Regresará?

-Sí.

Alicia no era una joven que le agradara mentir, pero en ocasiones era necesario. Esa falsa respuesta le ahorraría muchas más. Ya que, si le decía a su ama de llaves que no regresaría, la mujer comenzaría a interrogarle sobre ello, y Alicia tendría que inventarse otras tantas mentiras que sólo le robarían el tiempo.

-¿Todo es por ese joven, no es cierto? -estalló la mucama. -Lo observé salir de aquí con prisa. ¿Acaso le hizo algo ese William?

-¿William?... ¡Will!

Alicia recordó el modo tan grosero en que lo había corrido de su cuarto, y se sintió muy mal por ello. Después de todo, él había sido un buen amigo y una gran compañía en este lugar.

Tras aclararle a la mujer que William no le había hecho daño alguno y que su partida no se debía a él, Alicia alquiló un carruaje para dirigirse a casa del mencionado. Tenía que pedirle disculpas y despedirse de él.

La casa de su amigo, siempre había sido más ostentosa que la de ella; con jardines adornados con flores blancas y amarillas, sembradas alrededor de las paredes, como una cerca hermosa.

Pronto se halló en su terraza, esperándolo, un sirviente había ido a llamarle. Mientras ella, colocaba suavemente el sombrero sobre la mesa, al alcance de sus ojos; evocando en su mente la imagen risueña del que, de todos sus amigos en Infratierra, extrañaba con mayor fervor. Y es que, pese a todas sus locuras, Alicia creía que él la comprendía mejor que nadie. Quizás ella estaba tan demente cómo él, pero ese pensamiento, no hizo más que arrancarle una sonrisa plena a la joven.

-Curioso, hace sólo un rato que te deshacías en llanto, ahora te ves completamente diferente. Me alegra, por supuesto, pero no puedo evitarme preguntarme el porqué del cambio repentino.

Vestido de saco gris y pantalón a juego, William se había acercado a ella. Alicia tuvo que inclinar su cabeza más de lo acostumbrado, ya que, estando sentada, la diferencia de estatura se hacía más pronunciada. Will era bastante alto y de complexión robusta, sus espaldas eran amplias y sus brazos fuertes, todo él irradiaba fortaleza. Todo lo contrario a sus ojos que eran de un azul purísimo y lo hacían verse más amable, sin contar con la sonrisa de dientes blancos que se dibujaba con frecuencia en su rostro. Y por si fuera poco, tenía un cabello negro reluciente, poco común en los oriundos de Londres.

-Lamento haberte tratado de esa forma.

-Te sentías mal, y querías soledad, lo comprendo.

-Aún así no debí…

-Tranquila -él le interrumpió con un gesto-, no es tu culpa.

Por alguna razón a Alicia le pareció que aquellos ojos azules se dirigían, llenos de reproche, hacia el sombrero que descansaba entre ellos.

La joven suspiró. Perder tiempo no estaba en sus planes, así que decidió soltarle la noticia lo antes posible, sin rodeos ni preparación.

-Regreso a Inglaterra.

Will, como era de esperarse, se sobresaltó. Una sombra cubrió sus ojos, sin embargo, la sorpresa sólo duró segundos, ya que su rostro adquirió una máscara de resignación, cómo si la noticia no le fuera del todo inesperada.

Nuevamente sus ojos se posaron sobre el sombrero.

Pero el joven no dijo más, con extraño mutismo, apretó los labios durante los pocos minutos que se quedó Alice, y sólo los volvió a abrir para desearle buen viaje. La joven hubiera prestado más atención a todo aquello, sino estuviera desesperada por llegar al puerto.

Pero su ansiedad fue calmada un poco, cuando sus fosas nasales recibieron un baño de olor a sal, característico del mar. Vagó por el muelle durante un rato, preguntando aquí y allá cuál de los tantos vapores se alistaba, aquel mismo día si era posible, en un viaje a Inglaterra. Y fue uno llamado Rachelel que respondió a sus ruegos internos.

No era un barco para pasajeros, propiamente dicho; transportaba especias y algunos cereales a Europa, no obstante, tras muchos ruegos de la joven, el capitán había accedido llevarla en la embarcación.

Servicialmente, un grumete la llevó a un camarote para que se instalara. Ahí Alicia acomodó sólo algunas de sus cosas, ya que quería conservar todo listo en la maleta. En cuanto el capitán dijera que volvían a tierra firme, ella saltaría del barco.

El barco zarpó minutos después, Alicia se alegró de haber llegado en el momento preciso, un poco más tarde, y hubiera tenido que esperara otro día. Y no quería seguir esperando, ya había tenido suficiente con dos años.

Se elevaron anclas, se izaron las velas, y el Rachelemprendió su viaje. Bordearía las costas de China por el Pacífico, al norte hasta llegar a Rusia, después Noruega en el océano glacial ártico, así cómo Dinamarca en dónde haría una parada para reabastecer provisiones y después pasaría por Alemania; en cuyo puerto dejaría algunos cereales, y finalmente, llegaría a Londres. Iba a ser pues, un viaje cansado, pero Alicia ya poco le importaban los pormenores, su concentración estaba en su destino.

El primer día, no fue muy agradable para la joven. Ya que su cuerpo era meramente terrestre, desacostumbrado a los embates constantes del mar, y, habiendo olvidado el viaje de dos años atrás, Alicia sufrió de un terrible mareo. Fue tanto su malestar, que se abstuvo de comer, y se encerró en su camarote, pese a los ruegos del capitán.

Segundo y tercer día supuso un poco de mejoría, pero sólo probó un poco de los alimentos y volvió a su encierro. El cuarto ya estaba completamente adaptada, y salió a cubierta a contemplar el apacible mar de oriente.

Con temor que alguna ventisca ladrona la sorprendiera, ya no llevaba el sombrero en su cabeza, sino firmemente aferrado entre sus brazos, con la misma delicadeza y fuerza para mantenerlo en perfecto estado y muy cerca de ella.

Al ver que su ánimo creció, el capitán comenzó a explicarle cosas sobre el mar y el tiempo, muy importante ámbito para un marinero. Alicia aprendió muchas cosas; cómo que a una tormenta precede una quietud inusitada, sobre todo en los mares traicioneros del oriente. Lo que no gustó a la doncella fue, lógicamente, aprender visualmente cómo se veía una verdadera borrasca y no sólo eso, sino ser parte de ella, también.

Eso fue el 15 de julio, séptimo día, en la travesía que Alicia había emprendido.

El capitán, al notar que el barco flotaba varado, sin viento alguno que lo reanimara; adivinó lo que se avecinaba. Este comenzó a dar órdenes a todos sus subordinados para que se preparasen para la tormenta. Iba y venía de popa a proa y viceversa, agitado, esperando lo peor.

Alicia mientras tanto, a consejo del capitán, no se separó de él ni un segundo, ya que, si la cosa se ponía fea, él la mandaría en la primera lancha fuera del barco. Pero también le dijo que eso ocurría en pocas ocasiones y que no debía preocuparse. Ciertamente, esas palabras no sirvieron de mucha ayuda para calmar sus nervios.

La noche cayó y, junto con ella, la terrible tormenta. Los vientos soplaban descontrolados, y el mar, embravecido, sacudía la embarcación con furia inusitada. Después la lluvia azotó el barco.

El paso de los minutos no calmó el clima, sino que lo empeoró. Llegó un momento en que las olas se adentraron el barco, y éste no ayudaba mucho meciéndose de tal manera que casi parecía querer besar la superficie acuosa. Los marineros tuvieron que empezar a acarrear agua, uno que otro resbalaba en la cubierta, pero ninguno llegó a caer al mar.

Alicia abrazaba el sombrero a su pecho, protegiéndolo lo más posible de todo daño, y aún así sin querer separarse de él.

-Espérame aquí, Alicia.

El capitán le pidió que se aferrara al asta mayor, y que no la soltara por nada en el mundo. Al parecer los marineros y los dos primeros oficiales estaban teniendo problemas, y necesitaban más manos para poder controlar la dirección del barco. El capitán, sin dudarlo, había decidido ir a ayudar el mismo.

Fue esa distracción la que cambió todo el curso de la historia, ese pequeño momento en el que el capitán decidió que era más pertinente atender al Rachelque a la joven que viajaba junto a él.

Cómo si el objetivo del mar fuera tragarla, una ola, mucho más grande de las que hasta ahora habían acosado al navío, se adentró en éste, golpeando a Alicia, haciéndola resbalarse y caer. Rodó por la cubierta y no se detuvo, hasta el barco parecía querer expulsarla porque se inclinó y, mientras otra ola se adentraba, la doncella cayó al mar.

Su cuerpo se vio rodeado de agua, el sombrero salió volando, lejos de ella. Haciendo un esfuerzo por mantenerse a flote, Alicia pidió a gritos ayuda, pero era todo inútil, la tormenta se había encargado de ensordecer a todo el que estuviera cerca.

De pronto, una corriente poderosa, la arrastró lejos del navío y, cuando intentó nadar hacia él, descubrió algo que la hizo gritar de horror. Un remolino de agua se iba formando en la superficie salina, como embudo, empezó a tragar todo lo que tenía a su alrededor, que no era mucho. Sólo un sombrero y una joven, ya que el barco estaba cada vez más lejos del peligro.

En vano intentó alejarse, agitando sus brazos y piernas para impulsarse, pero sólo consiguió agotarse más rápido. Pronto, comenzó a girar en los brazos acuosos, que las sacudían con bárbara crueldad. Sus pulmones se llenaron de agua, sus ojos ardían por la sal que había entrado en ellos, y su cabeza parecía explotar de tantas vueltas que daba. Descendía vertiginosamente por las profundidades de océano, cayendo inevitablemente hacia lo que sería el fondo del mismo. El mar la empujaba, aprisionaba, sacudía y aplastaba con violencia, Alicia pensó que iba a morir.

Entonces, toda la agitación se detuvo, de pronto. Ella dejó de girar, y ahora, en lugar de un fondo oscuro veía ante sí algo de luz, abajo había un lugar tan claro, que brillaba.

Algo cruzó junto a ella, y se aferró a su brazo, por un momento Alicia pensó que era una medusa, pero al observar mejor, se dio cuenta que una de las coletas del sombrero se había enredado en su extremidad. El mismo sombrero que creía, había perdido en la tormenta.

El aire le seguía faltando, y creía que pronto se desmayaría…

Otro cambio brusco surgió, en lugar de seguir su descenso, el sombrero, como si la guiara, la cambió de sentido. La luz brillante todavía se veía en su camino, solo que ahora parecía que ella estaba subiendo.

El sombrero tiraba de ella, cómo si quisiera llevarla hasta el punto luminoso. Entonces cuando casi pierde la conciencia; su cabeza es tocada por el aire. Había salido a la superficie. Una vez ahí, y tras una bocanada de aire puro, Alicia logró nadar hasta tierra firme.

Se dejó caer sobre la hierba y, poco después, comenzó a toser, expulsando el agua que había quedado en sus pulmones.

A pesar de estar exhausta se incorporó para averiguar dónde se encontraba, y se extrañó al ver que de había emergido, no de un mar, sino de un lago. Levantó la vista y se dio cuenta que estaba rodeada por vegetación blanquecina, y al observar más hacia el norte, se le aceleró el corazón. Porque lo que veía ante ella, no muy cerca, a unos kilómetros, era el castillo de Marmoreal.

Las ropas se pegaban a su cuerpo de tan mojadas que se encontraban, su cabello exudaba agua salada, y su cuerpo tiritaba del frío que la embargaba. Pero poco importaba, ya que estaba de vuelta en Infratierra. Sin siquiera haber buscado al conejo blanco.