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Historia 52217 — capítulo 3

2

"Mientras las pesadillas invadan sus sueños, mientras se vea agobiada por el peligro y cuando alguien quiera hacerle daño, yo estaré aquí para hacer todo lo posible por protegerla."

Tarrant Hightopp, El sombrerero loco.

Si una mirada no llena el vacío de un corazón, si no se espera con ansias ver dibujada una radiante sonrisa en un rostro ajeno, y si la felicidad no brilla en armonía con otra, es porque no se ha conocido el verdadero amor.

El cielo se veía pintado en colores oscuros; el negro compartía su lugar con el azul, mientras que la Luna, sonriente, hacía un esfuerzo por darle un poco de vida al panorama. A lo lejos se elevaba, con sus torres apacibles, llenas de fortaleza, y brillante mármol pulido, el castillo de Marmoreal. La construcción prometía, a simple vista, amplios pasillos llenos de habitaciones, resonantes de risas -a pesar del horario nocturno-, así como de un interior acogedor y cálido.

Pero en Marmoreal, no sólo se luce el castillo; el paisaje que bordea a esta construcción también parece querer compartir su esplendor. La naturaleza canta, al ritmo de un viento frío, taciturno y enriquecido de historias. Árboles llenos de vida, regalando sus hojas, haciéndolas balancearse -casi cómo en un baile lento- sobre todo el camino. Porque si, se formaba una blanquecina vereda hacia las puertas del castillo, una hermosa; alfombrada con pétalos y flores, formando una albura que reflejaba los rayos lunares, una suave superficie, la cual, hacía que cada caminante se sintiera flotar en ella.

Sin embargo, aquel lago, ése que hoy había traído una nueva variación a tan pintoresco paisaje, aún él se encontraba alejado de las puertas de Marmoreal. Así como también, la joven que había emergido de él.

A pesar que el viento la acariciaba, como si quisiera transmitirle el menor frío de la noche, ella sentía sus huesos helarse. Carecía de forma para comunicarse con alguien, así que sólo le quedaba caminar, paso tras paso, hasta llegar a su destino.

Tomando del empapado sombrero entre sus manos temblorosas, y comenzó su andar. La Luna era su guía, anteponiendo sus destellos plateados, animándola a sacar sus últimas fuerzas de su desgastado cuerpo. No obstante, aún le costaba trabajo continuar; su respiración era inestable, enviando en cada inhalación oxígeno que pasaba por sus pulmones maltratándolos con un ardor frío.

Una lluvia albina de hojas caía a su alrededor, tan lentamente era el viaje de éstas, que casi parecían suspenderse un momento en el aire, antes de descender con tanta elegancia, que Mirana estallaría en jactanciosa alegría.

Y aún así, cada paso de Alicia se hacía vacilante, ralentizaba su andar, su vital energía disminuía en violentas acometidas de frío.

Acarició el sombrero, y se lo llevó a la mejilla, cómo si quisiera su voz favorita surgir de él; una que le dijera, que le prometiera que faltaba poco, auque fuera una ingeniosa mentira para hacerla continuar.

Pero el objeto permaneció mudo, imperturbable, aparentemente indiferente al sufrimiento de la portadora.

La voluntad de Alicia fue cegada por el cansancio, y la sensación de frío glaciar que afectaba sus huesos. Ante aquellos ojos, el camino se extendió aún más, transformándolo en monstruosa letanía.

-Necesito ayuda -murmuró, con sus labios rozando suavemente al sombrero, cómo si le cantara una melodía o le recitara un poema.

El sombrero se sacudió en sus manos, fue imprevisto, e hizo que los dedos de Alicia soltaran fácilmente su base, dejándolo libre. El objeto flotó sobre ella, a tal altura, que le fue imposible recuperarlo. Y los colores del sombrero se volvieron una mancha borrosa, mezclándose unos con otros, a causa de la velocidad con la que empezó a girar el artilugio. Pero, no conforme con eso, el sombrero comenzó a volar en dirección al castillo, tan aprisa, que pareció dejar una estela detrás de él.

Alicia se sintió sola. Cómo si su única esperaza se hubiera esfumado con la huída del sombrero.

Al límite de sus energías, se dirigió a un árbol, uno de los tanto que formaban una ristra hacia Marmoreal. Se desplomó, al fin, sobre las raíces fuertes del mismo; recargando su cabeza sobre el tronco y recogiendo sus piernas hacia su pecho. De esta forma podía conservar el poco calor que le quedaba en su interior. Sin embargo, sus ropas húmedas no hacían más que alimentar el viento que parecía glaciar; cada caricia de éste, sólo recibía en respuesta un fuerte estremecimiento, casi convulso, por parte de la joven.

Las estrellas acompañaban su tormento, titilaban constantes, en su ir y venir de luz brillante; así como ellas, la conciencia de Alicia comenzó a apagarse y encenderse incontrolablemente.

Ella intentaba mantenerse despierta, ya que intuía, los desvanecimientos le provocarían algo peor. El tiempo que duró forcejeando contra la inconciencia fue poco, pero a Alicia le pareció un eterno pesar.

Entonces, algo hizo que cimbrara la tierra. Sus ojos buscaron en el oscuro trecho, hasta que apareció ante ella algo enorme.

Dos patas cubiertas de grueso pelaje blanco y moteado, más arriba, un hocico cuyo interior albergaba una ristra de dientes afilados y amarillentos. Se hubiera asustado si no recordara perfectamente la fisonomía del Bandersnatch, y si de él no se hubieran apeado unas pequeñas criaturas que corrieron hacia ella. Un conejo, una diminuta ratona, y dos niños, de cuyo cuerpo ovoideo salían regordetas extremidades; sus rostros eran redondos encerrando en su centro un diminuto conjunto de nariz, ojos y boca.

-¡Alicia! -corearon todos.

-Has regresado… otra vez -dijo Mallymkun.

Alicia se dejó abrazar y estrujar por aquellos singulares personajes, y es que, al verlos, había vuelto su esperanza.

-¿Cómo has podido llegar sin mi guía? -cuestionó el conejo, más para el mismo, que para ella. -¡Es imposible!

Los gemelos la abrazaron y ambos se estremecieron en perfecta sincronía al hacerlo.

-Estás húmeda -observó Tweedledum.

-No estás seca -secundó Tweedledee.

Frunciendo el ceño, el primero que había hablado, se volvió hacia su hermano.

-¿Cómo que "no está seca"? ¡Ella está húmeda!

-Pero si está húmeda tiene que estar No seca.

-No, sólo es una opción. Ella está húmeda.

-Cuando estás No seco, tienes que estar húmedo. Porque si estuvieras No húmedo, estarías seco…

Alicia se rió, sobraría decir que después de dos años aún no había olvidado las divertidas peleas de los peculiares gemelos.

De pronto, el bullicio de Tweedledum y Tweedledee se volvió mudo a sus oídos, porque ella vio aparecer unos zapatos con agujeta, unos que ella reconocía. Su corazón dio un inexplicable vuelvo mientras su mirada ascendía; al calzado le seguía un pantalón café que, debido a su corto nivel, dejaba ver unas calcetas rayadas. Aún más arriba había un saco del mismo color y un listón negro salpicado con irregulares manchas blancas, y que se aferraba al cuello del portador, formando un moño en la parte de enfrente. Después, un rostro pálido casi níveo, en cuya parte superior se enmarcaban un par de ojos, en los que Alicia detuvo un momento su reconocimiento para observarlos con mayor atención. De un verde que no se encuentra en ningún lugar y con un brillo, que te fijabas con parsimonia -como ella lo había hecho muchas veces- podría dejar entre ver un color amarillo casi dorado… En aquellos instantes, esos ojos transmitían miles de emociones, que se dirigían sólo a la persona que los miraba.

Todo ese conjunto era adornado por un desorden de cabellos rojizos, en los que descansaba un sombrero, uno que le era muy conocido a Alicia y que, a propósito, se encontraba completamente seco, todo lo contrario a ella.

Estaba tan contenta por verlo de nuevo, que un poquito de calor la llenó de momento, haciendo que el frío que la corroía fuera olvidado unos instantes.

Se puso de pie, casi de un salto y avanzó hacia él. Una sonrisa radiante iluminó su rostro, una a la que él no pudo evitar corresponder.

-Alicia

Con una sola palabra se desbordaron tantas emociones, pero Alicia sólo pudo reconocer dos, en la primera y última letra de su nombre; anhelo y algo de dolor contenidos. Algo que ella sólo interpretó cómo una reacción normal, algo que pasa con los amigos que no se ven en mucho tiempo.

-¡Sombrerero!

Haciendo caso a su instinto, corrió hacia adelante y se aferró a él. Tan sólo unos segundos después, sintió que los brazos de Tarrant la rodeaban. Se alegraba de haberlo hecho, porque los estremecimientos de frío habían regresado, y él estaba tan cálido que amainaba en gran medida su sufrimiento.

-Te he extrañado tanto, Alicia.

Ella, lentamente, desenterró su rostro de su pecho y lo levantó para verlo a los ojos, mientras otra sonrisa se dibujaba en sus labios.

-Yo también.

Y fue lo último que dijo Alicia en un buen tiempo, su fuerza no pudo más y se desmayó. Afortunadamente el sombrerero la tenía firmemente agarrada y ella no resbaló hasta el suelo. Si Alicia no hubiera perdido el conocimiento, tal vez -observando atentamente- los siguientes sucesos le hubieran revelado una increíble verdad que ella, por su juventud, ignoraba.

Pequeños gritos de angustia comenzaron a resonar alrededor de la joven, todos se preguntaban que le ocurría a Alicia. Sin embargo, Tarrant no los escuchaba, sin emitir sonido alguno, tomó a la joven entre sus brazos y la subió al Bandersnatch. El subió detrás de ella, mientras le pedía al resto que se apresuraran a montar.

-¡A Marmoreal! -le ordenó imperiosamente a la gran bestia. Quién no duró ni un segundo en obedecer y comenzó a correr frenéticamente hacia el castillo.

Los centinelas abrieron las puertas al ver a la bestia -con todos sus pasajeros- llegar a las puertas de la entrada.

Tarrant se bajó de un salto y, contrario a su agresividad al apearse, se acercó cuidadosamente a dónde Alicia yacía, inconsciente. Deslizó uno de sus brazos por la espalda de ella, mientras que el otro sostenía sus piernas, acunándola con suavidad. Se las arregló para que la cabeza de ella descansara sobre su pecho, y así el cuello de la joven no sufriera ningún daño. Y, cómo si no pesara nada, el sombrerero se dirigió a paso rápido hacia el interior del castillo.

Los pisos del interior brillaban tanto, que casi reflejaba a los que se posaban sobre él; mientras que los objetos, antiguos y bellos, hacían lo suyo adornando de forma impresionante cada rincón del salón.

La reina blanca no se encontraba ahí, desesperado, Tarrant se dirigió al comedor. Mirana estaba cenando, juntos otros tantos más, todos ellos miembros de su corte. Innecesario sería mencionar, que al sombrerero le importó poco interrumpir en aquella reunión y se dirigió directamente a la reina. Los ojos de ella se posaron sobre la carga de Tarrant, y no necesitó que él dijera una sola palabra. Mirana se levantó con gracia de su silla, pidió disculpas a los comensales y le hizo una seña al sombrerero para que saliera.

-¿Qué le ha ocurrido? -cuestionó la reina, arqueando sus cejas negras, que contrastaban esplendorosamente con la albura de su rostro.

-No lo sé, sólo se desmayo…

La compostura de Tarrant se perdió en aquellas palabras, rebelando la inmensa preocupación que lo consumía.

Mirana, percatándose del rubor de las mejillas de Alicia, posó su blanquecina mano sobre la frente de la joven.

-Fiebre -dijo.

Llamó a dos de sus sirvientes y les pidió que llevasen a la joven enferma a la primera habitación.

-¡No! -Tarrant aferró con más fuerza a Alicia. Mirana le dirigió una mirada interrogante y él, sorprendido y confundido por su arrebato, se corrigió:- No es necesario, yo puedo llevarla.

La reina blanca observó con atención este comportamiento, pero se abstuvo de comentar algo, simplemente asintió y despidió a sus sirvientes.

-Sígueme.

Con la febril Alicia en sus brazos, Tarrant subió las escaleras detrás de la reina. Llegaron a un pasillo, dónde la primera puerta conducía a una amplia habitación, tenuemente por los rayos lunares que entraban por la ventana. El sombrerero dejó su preciosa carga en la cama, y se volvió hacia Mirana.

-Vete -le ordenó ella.

A pesar de que era su reina quien lo decía, Tarrant apretó los labios, todo su cuerpo parecía negarse a salir de ahí.

-Necesito estar con ella.

-Sólo un momento, tengo que quitarle toda esta ropa mojada, sino se pondrá peor -dijo la reina con dulzura, ya que el sombrerero se veía destrozado y temía que cualquier cosa lo derrumbase.

Tarrant asintió, y salió de ahí. La puerta se cerró detrás de él.

Llegaron el resto de los amigos de Alicia, le preguntaron al sombrerero que había ocurrido, pero sólo recibían monosílabos en respuesta. Ellos se extrañaron con su comportamiento; lo veían ir y venir, observando la perilla con ansiedad, casi cómo si le rogara que girase para darle paso.

Por fin la puerta se abrió, la reina blanca salió.

-Pueden entrar -les dijo. -Iré por algo para aliviarla y regreso.

Mirana bajó las escaleras, si bien algo apresuradamente, pero nunca sin perder la elegancia. Con una mano se levantó un poco la falda del vestido y continuó hasta llegar a la cocina. Algo pasó volando, pero ella dio un giro y lo esquivó, se escuchó el chasquido de algo haciéndose añicos. Se dirigió a una repisa de cristal, donde guardaba varias pociones y sacó una para la fiebre. Ignorando el ruido que hacía la inquieta libre, cerró la repisa y salió.

Pronto estuvo de regreso en la habitación. Tanto el conejo como Mallymkun se habían sentado sobre la cama, junto a la cabellera rubia de Alicia, los gemelos asomaban sus redondeadas cabezas sobre la superficie de la cama, ambos de pie a ambos lados del colchón.

Tarrant era un caso completamente distinto; de pie ante su cama, la observaba, sin que sus ojos se percataran de nada más.

Mientras Alicia, con su rostro imperturbable, cubierta de la suave pero gruesa bata azul, seguía sin reaccionar. Sobre ella, sólo que unos metros más arriba, apareció una masa morada, que después tomó forma de gato.

-¿Qué tienes, Alicia? -cuestionó Sonriente, por supuesto, sin esperar ni recibir una respuesta.

Nadie parecía haberse percatado de la presencia de la reina hasta que, por supuesto, ella hizo notarse con unas palabras:

-Necesitaré ayuda, tengo que darle esto -levantó un poco más el frasco con la poción, para que los presentes la observaran.

Cómo era de esperarse, Tarrant fue el primero en ofrecerse. Siguiendo las instrucciones de Mirana, el sombrerero levantó suavemente la cabeza de Alicia.

-Creo que necesitaremos despertarla -opinó la reina-, tiene que beber todo esto.

-¡Entonces la haremos abrir los ojos! -exclamó el conejo.

-¡Hay que sacudirla! -opinó Mallymkun, siempre agresiva.

-Arrojarle un vaso de agua -dijo Tweedledee.

-O tal vez dos -secundó Tweedledum.

Todos querían ayudar, despertar a la durmiente, para que pudiera curarse, sus intenciones eran buenas, sin embargo, cuando empezaron a amontonarse para hacer todo aquello, unos ojos verdes, fulminantes, los detuvieron.

Sombras oscuras habían aparecido debajo de los ojos de Tarrant, cosa que sólo pasaba -cómo todos los presentes sabían- cuando estaba verdaderamente enfadado.

-Yo me encargo de hacerla reaccionar -dijo y, ante ese tono áspero, nadie discutió.

El sombrerero acercó el rostro de Alicia al suyo y comenzó a hablarle despacio, cómo si con palabras dulces ella pudiera despertar. Sorprendentemente, ella comenzó a responder a su voz, de momentos se movía, como si quisiera liberarse de su hechizo.

-Por favor, Alicia, sólo un momento y podrás descansar -repetía el constantemente-. Hazlo por mí, un sorbo y te pondrás mejor…

Entonces, ella abrió los ojos, pero no estaba consiente del todo, sus parpados amenazaban con caer en cualquier instante.

Mirana actuó deprisa, acercó la pequeña botella de cristal a los labios de Alicia, y sólo gracias a que Tarrant le insistía, ella se bebió todo el contenido.

Después volvió a sumergirse en la inconciencia, y el sombrerero, la depositó nuevamente sobre la almohada.

-Mañana, cuando el sol salga por esa ventana -la reina señaló el cristal que estaba al fondo de la habitación-, ella se pondrá bien.

Todos se relajaron visiblemente ante esa noticia.

-Ahora entiendo -dijo de pronto el conejo-, entró por el lago, pero aún es inexplicable cómo es que sobrevivió.

-Tienes razón -concedió Mirana-. Existen muchos caminos a Infratierra, de los cuales la mayoría llegan a ser tan peligrosos, que sólo se consigue la muerte en la travesía. Alicia entró en uno de ellos y casi le arrebata la vida. Es por eso que siempre la has conducido tú, porque el camino del agujero y las puertas es el más seguro de todos.

-¡Hay mi niña! -exclamó Mallymkun-. Siempre se arriesga demasiado.

-Yo lo llamaría valentía -ronroneó el gato, esbozando una de sus amplias sonrisas.

-¡Por supuesto que es valiente! -exclamó Tweedledum.

-Porque si no lo fuera no lo sería -opinó Tweedledee.

-Está bien sentirse alegres por nuestra invitada -comenzó la reina-, pero es de noche y hay que descansar. Aún nuestras voces pueden perturbar su sueño y evitar que descanse, así que todos a fuera.

Sonriente desapareció en menos de un parpadeo, mientras que los demás, uno a uno, salieron de la habitación y bajaron por la escalera. Sin embargo, Tarrant no se movió ni un milímetro.

Alicia se estremeció, aparentemente embargada por el frío, y el sombrerero se apresuró a cubrirla con el edredón que tenía la cama. Su mano rozó una mejilla de la joven.

-Aún tiene fiebre -le informó a la reina.

Mirana asintió.

-Y la tendrá hasta el amanecer -dijo ella-, pero estará bien, te lo aseguro. Ahora hay que dejarla descansar.

Tarrant se mostraba dubitativo, parecía clavado al suelo, sólo después de unos minutos accedió y se dirigió a la salida detrás de la reina.

-Espera…

No fue la palabra la que detuvo al sombrerero a unos pasos de la puerta, sino el tono en que fue dicha; un sollozo necesitado tan claro, que él por un momento pensó que Alicia había despertado.

Dio la vuelta y atravesó la habitación a zancadas, para situarse junto a la cabecera de la cama, cerca del rostro de ella.

Pero los ojos de Alicia seguían firmemente cerrados.

-Por favor…

En sus sueños, quizás llenos de tormentosas escenas, ella le pedía a alguien, lo llamaba, y sufría porque no le respondía. Lágrimas comenzaron a correr de aquellos ojos cerrados.

-¿Qué le ocurre?

Ante la angustiosa pregunta del sombrerero, la reina también se volvió y se acercó al lecho de Alicia.

-La fiebre de la de causar esto, las alucinaciones se mezclan con los sueños, los peores de ellos; cuando los mayores miedo se hacen realidad.

-¿No podemos hacer nada?

-No, la poción es de efecto lento, pero se curará y no recordará nada de este tormento.

Pero, según pudo ver la reina en los ojos de Tarrant, no era suficiente para él. Cómo soberana y amiga del sombrerero, sobre todo, también tenía que ver por su bien, y él necesitaba descansar.

-Ve a dormir -insistió.

Pero él simplemente negó con la cabeza, acercó una silla a la cama -procurando no hacer ruido- y se sentó en ella.

-Esto va más allá de mi voluntad y comprensión -dijo. -Aunque sé que no es a mí a quien llama, no podría irme a dormir mientras ella sufre pidiendo ayuda. Mientras las pesadillas invadan sus sueños, mientras se vea agobiada por el peligro y cuando alguien quiera hacerle daño, yo estaré aquí para hacer todo lo posible por protegerla.

Mirana se resignó, sabía que nada convencería al sombrerero, por lo menos no en lo que tuviera algo que ver con separarse -aunque fuera unos centímetros- de Alicia.

La joven volvió a sollozar, y Tarrant, que estaba muy pendiente de ella, se inclinó e intentó reconfortarla.

-Todo estará bien, Alicia.

-No me dejes…

Otra súplica inconsciente de la joven, ella seguía sumergida en su mundo de pesadillas y lloraba por algo que ocurría, ahí, en sus terribles sueños.

-Estoy aquí -contestó Tarrant. Se quitó el listón que llevaba al cuello, y con él, secó las lágrimas que escurrían por las mejillas de Alicia.

Mirana, sin hacer ruido, se retiró de la habitación.

-Promete que no me dejarás -dijo la inconsciente y febril Alicia.

-Nunca te dejaré -contestó él.

Eso pareció calmarla.

Mientras la observaba, Tarrant dejó escapar una especie de sonrisa, casi amarga. Lentamente entrelazó los dedos con ella, mientras Alicia esbozaba un gesto de alegría y suspiraba, tranquila.

-Que curioso que me hagas prometer eso -le dijo a la Alicia que soñaba, la que no podía escucharlo-, cuándo siempre eres tú la que se va.