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Historia 52217 — capítulo 4
3
"No, Alicia. No te permitiré dejarme otra vez"
Tarrant Hightopp, El sombrerero loco.
Como una delicada, suave y moldeable red de seda, los sueños se entretejen hábilmente creando una fascinante combinación de colores, emociones, canciones, sabores… Todo se mezcla en armonía, gracias a los hilos de una imaginación inconsciente, una que, guiada por el latir de un corazón, revela los más desesperados deseos. Son esos mismos, aquellos sueños hermosos, los que muestran el verdadero anhelo de las personas, aunque ellas mismas los desconozcan. Pero siempre se debe prestar atención, ya que estas revelaciones se van, segundos después que vuelve la conciencia, llevándose el misterio con ellas.
Los malos sueños, mejor conocidos como pesadillas, abandonaron a Alicia en el momento que palabras cálidas la abrigaron. Ella sabía que el sombrerero la reconfortaba y luego lo olvidaba, como memoria vieja que se pierde en el tiempo, y es que las terribles alucinaciones jugaban con su mente; desgastando cada rincón de sus pensamientos, su sentir y sus recuerdos.
Pero, al fin, su febril atacante terminó con la tortura; se desvaneció a pasos ralentizados, devolviendo color y cordura al cuerpo de la joven. También los sueños cambiaron; se bordearon de colores dorados, brillantes, hermosas nubes de dulce suavidad surcaron los cielos del paisaje creado. Luz y calidez se encendió de pronto, latiendo como corazón errante, desplazándose y expandiéndose hasta formar una canción con notas llenas de alegría.
Entonces Alicia sonrió sin darse cuenta que este gesto se dibujaba en su rostro dormido, ignorando, también, que alguien más correspondía a esta expresión. Y este mismo personaje era el que sostenía su mano, se inclinaba y murmuraba palabras dulces al oído de la doncella. Pero hizo algo más, debido a que se vio embriagado de júbilo al saberla curada. Lentamente besó la frente de la durmiente; fue apenas un roce, un ligero toque que pretendía pasar desapercibido por ella, ya que él no quería turbar sus ahora amables sueños.
Alicia lo notó, no conscientemente, pero si en los límites del escenario que se había creado en su imaginación; las nubes lloraron contentas, haciendo que gotas tan resplandecientes como el oro cayeran sobre una superficie irreal. La felicidad embargó, por cortos segundos, los rincones del subconsciente de la joven.
De pronto, como borrasca destructiva, un viento helado, casi glaciar, arrasó con todo. Cambió todo el color del paisaje, haciéndolo gris -ese color que comúnmente es asociado con las desgracias y los pesares-, y la luz se fue, haciéndola sentir sola. Y entonces las memorias aparecieron, crueles, ya que lo hacen cuando no se les necesita. En esta ocasión fue una frase que, desempolvándose en los recónditos escondrijos de una mente joven, apareció fresca tal cómo si hubiera sido dicha hace unos días.
"Cuando despierte, te extrañaré."
Agitado miedo se precipitó sobre Alicia, confundiendo todo lo sucedido con un simple sueño, sus propias palabras se burlaban de ella, ya no sabía que había ocurrido y que no. Se removió entre las sábanas y comenzó a llamar a quien necesitaba ver, rogó con su voz destrozada, pero él no respondía.
-Alicia por favor, tranquilízate.
Pero la joven no hizo caso, porque esa voz no era la que ella esperaba, no era la que quería escuchar. Era dulce y conocida, pero no pertenecía a quien Alicia llamaba con desesperación.
A tanto ruego de la otra voz, Alicia logró abrir los ojos. Sus pupilas se encontraron con un techo elevado, unas paredes anchas, llenas de objetos hermosos, resplandecientes. Justo en frente de ella se encontraba un ropero que, orgulloso, lucía su madera pulida y sus perillas de oro. Un ventanal cerrado se alcanzaba a divisar a su izquierda, dejando pasar por sus cristales un sol que, apenas naciente, bostezaba rayos que se adentraban hasta tocar las ondulantes mechas de Alicia.
-Tarrant pensará que fue mala idea dejarte a mi cuidado. Me costó mucho trabajo convencerlo de dejarte un rato, si no fuera porque mejoraste él no me hubiera hecho caso.
Girando la cabeza a su lado derecho, Alicia pudo darse cuenta que la voz procedía de la soberana de Infratierra. La hermosa Mirana la observaba, con dulzura y amable alegría en el rostro.
Alicia rememoró el momento en que estaba abrazando al sombrerero y después nada… Seguramente sus amigos la habían llevado hasta el castillo para curarla.
-¿A dónde fue?
Los labios de Alicia actuaron solo y no parecían querer otra respuesta, mas que una que llevara a saber sobre el sombrerero.
-Le dije que fuera por un poco de té a la cocina -respondió Mirana, señalando leve y elegantemente hacia la puerta-, se veía tan cansado que pensé eso le serviría para descansar un rato.
-¿Le ocurrió algo?
-No, es sólo que después de haberte cuidado toda la noche, es natural que se sienta agotado.
Conmovida y apenada, Alicia decidió reservar sus ansias por verlo y no correr a buscarlo como había pensado, ya que, tal como la reina, quería dejarle descansar.
-Espero que no te haya escuchado llamarle porque si no él…
Mirana se interrumpió cuando, por la puerta, entró rápidamente el aludido y se acercó a la cama.
-Alicia… has despertado -dijo el sombrerero, observando a la joven con detenimiento. -¿Estás bien? ¿Por qué me hablaste?
-Yo… me siento mucho mejor, no debes preocuparte. Sólo te hablé porque… creo que estaba soñando eso es todo.
La joven soltó todo eso en voz baja, sus mejillas se tiñeron de tenue color rojo, se sentía avergonzada pro haber interrumpido el poco tiempo que tenía él en descanso.
-Es más -dijo ella incorporándose hasta quedar sentada-, me siento perfectamente. ¿Por qué no vas a dormir un poco? La reina me ha dicho que estuviste todo el día cuidando de mí.
-¿Dormir, yo? No. ¡No, Alicia! Porque-si-tu-te-sientes-bien-entonces-yo-también-he-estado-preocupado-por-ti-pero-ahora-que-te-veo-es-diferente-ya-que-has-despertado-además-te-ves-mejor-te-ves-radiante-te-ves…
El sombrerero hablaba deprisa, emocionado, alegre, pero continuaba soltando palabras tan deprisa, que el sentido casi se perdía y Alicia, que conocía esta manía suya, optó por detenerlo.
-¡Sombrerero!
-…hermosa -logró terminar su lluvia de palabras con ésta, y después, en media sonrisa añadió:- Estoy bien.
Alicia no pudo evitar que sus mejillas se colorearan de rosa, ni que en su rostro se dibujara una sonrisa complacida, ya que la última palabra no había pasado desapercibida a sus oídos.
Entonces un cuadrúpedo entró en el cuarto, a medio trote, se detuvo ante la cama y, de un ágil salto, se trepó en la cama, meneando la cola.
-¡Bayard! -exclamó Alicia, acariciando al perro con cariño.
-Alicia me dijeron que estabas enferma, me alegra ver que ya te has recuperado -ladró él.
Pronto, los demás amigos de la joven, entraron apresurados a la habitación, y se amontonaron sobre ella, brincando de alegría.
Los gemelos no tardaron en pelearse, como de costumbre, por ver cuál de ellos era el que tenía la razón. Mientras el conejo se había acomodado sobre las sábanas y Mallymkun había escalado hasta llegar a su hombro, ambos repitiéndole constantemente lo mucho que se sentían contentos por verla mejor.
Después hizo su aparición el gato, reluciendo su hermoso y espeso pelaje brillante, mientras daba vueltas en el aire, observando a Alicia.
-De acuerdo es suficiente de alboroto -intervino al reina blanca-, todos deben prepararse para la fiesta.
-¿Fiesta? -cuestionó Alicia, intrigada.
-Sí, para celebrar tu regreso -le respondió Mirana. La observó atentamente, y luego se giró con elegancia hacia la salida. -A propósito -dijo antes de llegar al umbral-, si quieres cambiar de vestimenta, hay mucha ropa en el armario.
Mirana se fue, y lo último que se vio de ella, fue su hermoso cabello blanco agitándose, casi se podría decir que corriendo, detrás de ella.
Tarrant le sonrió, sus ojos verdes brillaron para ella, mientras se inclinaba y se quitaba el sombrero, como si hiciera una reverencia.
-Te dedicaré mi baile.
-¿El futterwaken, Tarrant? -cuestionó Sonriente, asombrado. Al verlo asentir continuó:- Pero si no lo habías hecho desde hace tiempo, creo, que desde que Alicia se fue.
Pero el sombrerero no le hizo mucho caso, ya que su atención estaba en la joven que lo miraba.
-Te espero abajo, Alicia -dijo él y salió de la habitación, seguido de Sonriente y el resto de los seres que deambulaban ahí.
Por fin Alicia logró levantarse y, en la repentina soledad que la rodeaba, se acercó al ropero a buscar algo que ponerse. Después de mucho buscar, ya que el interior resultó ser mucho más grande que el exterior, encontró el vestido perfecto para ella. Era sencillo y es que a Alicia jamás le gustó la ostentación, prefería la comodidad antes que nada y, por si fuera poco, el color del vestido era su favorito: azul.
Bajó los escalones casi brincando, y cuando logró pisar la superficie lisa una mano se aferró a la suya.
-¡Vamos! ¡Vamos! -la apresuró el sombrerero, sonriéndole. -Ya todos están afuera.
Y tal como él decía, la corte de la reina se encontraba ya en los jardines, junto con sus amigos, así como también algunos animales del lugar.
Cuando se acercaron la multitud formó una cerca, con un amplio centro vacío. El sombrerero pasó al centro, tan ansioso por ejecutar su danza, cómo todos estaban por verlo. La reina se encontraba un poco más alejada, pero estaba sentada en una silla alta, teniendo así perfecta visión de todo.
El sol dejaba esparcir sus rayos por el jardín, mientras que los árboles -ayudados por una brisa amable- esparcían sus albinas hojas, haciendo ver el paisaje de una belleza misteriosa y perfecta.
El sombrerero se inclinó, y aún cuando todos los ojos estaban sobre él, los suyos sólo observaban a una persona.
-Para mi pequeña y gran Alicia -dijo.
Pero, en esta ocasión se abstuvo de usar su sombrero, ya que antes de comenzar con el baile lo lanzó, de forma que terminó cayendo sobre la cabeza de Alicia.
El sombrerero comenzó a bailar; moviendo brazos y piernas cómo sólo él sabía hacer se ganó la admiración del público.
-Tarrant me había dicho que le costaba desprenderse de su sombrero -comentó el gato reapareciendo a un lado de Alicia-, a mí me lo prestó una vez y sólo porque eso evitó que muriera. Contigo, en cambio, es muy diferente.
-Somos amigos -contestó ella, sin apartar la vista del sombrerero.
Cuando Tarrant comenzó a girar su cabeza, Alicia no pudo evitar cruzar entre la gente y acercarse a él. Aunque era cierto que no le agradaba ser observada por una multitud, también era verdad que junto a él era completamente diferente.
Se levantó un poco el vestido, dejando ver sus botas, y comenzó a mover los pies alocadamente, intentando imitar los movimientos de él.
El sombrerero, viendo que tenía compañía, se acercó más a ella mientras bailaba y, antes de terminar, la tomó de la mano y la hizo girar sobre sí misma. Alicia se rió, se quitó lo que llevaba en la cabeza, ambos se inclinaron y al enderezarse ella le volvió a poner el sombrero, devolviendo el objeto a su dueño.
La multitud aplaudió emocionada, y después de un rato el círculo formado a su alrededor se deshizo y ellos comenzaron a bailar. Era tan diferente a su Inglaterra, según observó Alicia, allá toda la gente bailaba cierta danza, casi como de memoria, todos muy rígidos y sin emoción. En cambió ahí, cada quien se movía como quería, nada importaba que careciera de sentido, y poco les importaba.
Alicia y el sombrerero salieron de entre la multitud de danzantes después de un rato y se reunieron con Mallymkun, el conejo, Bayard y los gemelos.
Un poco más allá se encontraba Mirana, observando todo con alegre expresión. Una sirvienta se acercó a ella y le mostró una pequeña canasta, envuelta en tela blanca y reluciente y adornada con un moño del mismo tono.
-Le han traído un regalo -observó Alicia.
-Ella siempre recibe, todos le dan porque la quieren mucho -le dijo el sombrerero.
Mirana le hizo un ademán a la sirvienta para que se retirara y, con suaves movimientos, se dispuso a abrir su presente.
El moño cedió fácilmente, así como también la tela que lo cubría, y todo ello dejó revelado un puñado de rosas blancas, hermosas, y de brillantes pétalos.
-Mi color favorito -comentó la reina, complacida.
Pero Alicia, quien se había acercado un poco más, observó algo extraño en esas rosas; había creído ver que una gota blanca caía de ellas y revelaba un pequeño pedazo negro. Si lo que había visto era cierto, entonces, las rosas estarían pintadas.
Mirana se inclinó sobre las flores y éstas se contrajeron un momento y en el instante que volvieron a abrirse escupieron un polvo, una especie de humareda negra que cubrió la cara de la reina.
Alicia, quien presentía que algo iba mal, se apresuró hacia la reina. Pero, antes de poder llegar hasta ella, unas manos la sostuvieron de la cintura y, como si no pesara nada, la hicieron, suavemente, a un lado. El sombrerero se puso en frente de ella y con sus manos rodeó el rostro de Alicia.
-Puede ser peligroso, espera aquí.
Dejándola aturdida y confundida, él se giró deprisa y corrió hacia la reina. Para ese momento la espesura negra, el humo de apariencia dañina, se había esfumando. Mirana observó un momento a su alrededor, antes de poner el dorso de su mano derecha sobre su frente.
-Creo que voy a caer -dijo y así lo hizo, pero no llegó al suelo, ya que dos sirvientes se apresuraron a sostenerla.
Alicia, saliendo de su ensimismamiento se acercó hasta ella, a pesar que el sombrerero le insistía en que permaneciera alejada.
-A mi habitación -ordenó la reina con voz inestable.
La subieron, seguidos de Alicia y el sombrerero, a quienes Mirana les permitió pasar a su habitación, pero a nadie más.
-¿Cómo está? -cuestionó inmediatamente la joven.
La reina, con rostro lleno de tristeza, levantó una de sus manos albinas, y ante la sorpresa y la preocupación de Alicia, la punta de los dedos se comenzaba a ver de un color grisáceo.
-Pero usted debe de tener los ingredientes para curarse…
-Este mal va más allá de mis remedios, Alicia -la interrumpió la reina.
-¿Quién envió esas rosas?
-Eso lo desconozco -contestó la reina, con tanta apacibilidad que resultaba extraño y desolador-, pero seguramente alguien que me odia, ya que, creo, esto es mortal.
-Debe de haber una forma -intervino el sombrerero.
-En Infratierra sólo hay unos seres con mayor conocimiento sobre las flores y son, por supuesto, ellas mismas.
Alicia se acercó a la reina y la miró con decisión.
-Iré con las flores y le traeré la cura, lo prometo.
-No todos los lugares que hay aquí son seguros, Alicia. En tu camino te puedes encontrar con muchos peligros, sin tomar en cuenta que, quien haya querido asesinarme también puede intentarlo contigo.
-A cualquier precio, traeré la cura.
De pronto, el sol dejó de emanar rayos hacia la habitación, todo se vio más oscuro de un momento a otro.
Siendo mediodía Alicia se extrañó del cambio y se asomó por el ventanal, el paisaje que vio ante sus ojos estaba sumergido en depresión. Las nubes cubrían el cielo con espeso dolor, de ellas, se derramaban gotas grisáceas, y la vegetación se oscureció levemente, perdiendo su albura.
-Mientras yo siga desgastándome, el reino no recuperará su color -respondió Mirana a una pregunta que Alicia no formuló.
-Todo va a volver a la normalidad -prometió Alicia intentando darse valor y a los demás.
-Si lo que quieres es ir, pongo a tu disposición la espada vorpica y al Badersnatch para que vayas un poco más segura.
-Iré a prepararme para salir hoy mismo.
Alicia se dio la vuelta y se fue apresuradamente de la habitación.
El sombrerero la observó y se dispuso a seguirla, pero la voz de la reina lo detuvo.
-Se cuánto ansías correr tras ella, Tarrant -dijo Mirana-, pero primero quiero decirte algo.
El sombrerero asintió, no sin observar repetidas veces la puerta, cómo si temiera no poder alcanzar a la joven que había huido por aquel umbral.
-Se que la seguirás hasta donde vaya, así cómo también sé que la protegerás…
-La salvaré, no importa si mi propia vida se extingue en el intento.
-Puedes tomar un caballo y la espada que desees para ello -le ofreció la reina, ella sonrió un poco. -¿Sabes? Hoy me di cuenta de algo, que debes escuchar ya que es importante para ti. Hace tiempo que no sonreías como lo hiciste esta mañana, desde que Alicia se fue. Cuando ella está aquí, te vez verdaderamente feliz, y sonríes, pero no sólo eso, reservas tus mejores sonrisas para ella, sólo ella. ¿Has notado eso?
-Sí -dijo él-, pero no lo entiendo.
-Pues deberías intentar comprender, porque es muy importante -dijo ella. -Ahora vete tras ella.
Tarrant no lo pensó dos veces antes de desaparecer detrás de la puerta.
Alicia se había colocado una funda en la cintura, y en ella se colocó la espada, estaba lista para subir al Bandersnatch cuando escuchó es trotar de las patas de un caballo. El sombrerero iba sobre él, y también iba armado. Alicia, preocupada por él, intentó disuadirlo de que se quedara, pero se negó en todo momento.
-No, Alicia. No te permitiré dejarme otra vez.
Un destello sombrío cruzó por los ojos del sombrerero y sólo en ese momento Alicia supo cuánto había sufrido él la última vez que había dejado Infratierra. Ella sintió su corazón encogerse, latiendo de dolor compartido, y ante eso no pudo seguir insistiéndole.
-Entonces, iremos juntos.
-¿Y ustedes que creyeron? -bramó una pequeña vocecita-. ¿Qué ya nos iban a dejar? ¡Pues no!
Quien vociferaba era, por supuesto, Mallymkun, mientras que Tweedledum, Tweedledee, Bayard y el conejo -aunque el no parecía muy seguro de querer ir-, la seguían.
-Será muy peligroso -dijo Alicia.
-Yo no le temo a nada -replicó Mallymkun sacando su espada y agitándola en el aire, amenazadoramente.
-Pero…
-No los convencerás de lo contrario -sonrió el sombrerero-, menos a Mallymkun.
-De acuerdo -suspiró Alicia-, suban.
Así lo hicieron, sobre el Bamdersnatch, que era el más grande. El conejo se recostó cerca de Alicia, medio tembloroso y sin pronunciar palabra.
La joven le ordenó a la bestia que avanzara, y éste, así lo hizo. La reina de Infratierra necesitaba esa cura, y Alicia no pensaba descansar hasta encontrarla.