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Historia 52654 — capítulo 9
Son unos largos años, muy largos, los que llevo en este lugar. Las noches son eternas, noches que duran todo un día, noches inquietas de sueños aterradores, llenas de frío, vacío y de nada más.
En las esquinas de mi gélida habitación permanecen vigilantes, grotescas figuras, de formas grandes y oscuras, de rostros descarnados e insidiosos, y aunque sus rostros permanecen escondidos por capuchas, sé que se ríen y se burlan de nosotros.
Se inclinan sobre mi cama por las noches, tentándome a la locura, susurrando, me recuerdan que mis manos están manchadas de sangre. Antes solía taparme los oídos con los dedos para no escuchar sus voces, pero entonces gritaban dentro de mi cabeza hasta que toda la habitación resonaba con los alaridos de los inocentes que he lastimado y de las vidas que he destruido.
Sé que dicen la verdad, bien que lo sé; lo había descubierto años antes, aunque había intentado ocultármelo. Por eso ahora me entrego a los delirios, les doy lo que quieren, los alimento con mis recuerdos y mi desesperación, ya no me resisto. Piensan que me he vuelto loco y realmente actúo y luzco cómo uno, pero solo pretendo, ¡Jajajá! soy demasiado astuto para ellos, aunque me consideren como un loco. No saben que solo estoy arrepentido.
……
Sobre una negra y descarnada roca en medio del embravecido mar, se alza como una esfinge, la sombría prisión de Azkaban. Una mole informe, una morada terrorífica que alberga a la escoria del mundo mágico y a uno que otro inocente desafortunado, que si logra probar su inocencia y sobrevivir, al salir tendrá material suficiente para contar los más espeluznantes cuentos de terror.
En los pasillos casi subterráneos de la prisión, cuyas paredes negras y húmedas parecen sudar lágrimas y llanto, arden sobre banquetas una especie de lámparas, de fétida grasa humana en vez de aceite, iluminando débilmente una horrible visión:
A lo largo de los pasillos, apostados escalonadamente sobre hileras de celdas, se encuentran disfrazados con negras túnicas y ocultando sus rostros con capuchas, miles de demonios, conocidos como Dementores, pérfidas y gélidas criaturas de la noche, que roban la felicidad y se alimentan de la desesperación y de la resistencia que sus huéspedes ofrecen, resistencia a la locura, resistencia de revivir sus culpas y sus más lúgubres experiencias.
—Dementores, parecen algo inquietos esta noche en particular.
En el interior de una de las celdas se halla un condenado, perdido y absorto en estas meditaciones, enterrado vivo, girando en torno de su cuarto como una fiera enjaulada, recordando una y otra vez los más tristes episodios de su vida pasada y al mismo tiempo atento y nervioso, presintiendo que un cambio se avecinaba.
De pronto, se detuvo en seco al sentir una terrible punzada en su antebrazo izquierdo y al escuchar a lo lejos un ahogado grito de algarabía. Levantó instintivamente la sucia manga del harapo que vestía, dejando al descubierto una negra y ardiente marca.
—No, no puede ser —Exclamó incrédulo, sentándose con la cabeza baja y la mirada vaga, como si realmente se hubiera vuelto loco.
Entonces no pudo más y su pecho se desgarró, por así decirlo, en un interminable sollozo de gratitud. Corrieron a torrentes las lágrimas que por tan largo tiempo retuvieron sus pupilas y se dejó caer con la frente pegada al suelo, agradeciendo en una plegaria la oportunidad que se le presentaba de nuevo.
—La muerte se acerca —murmuró para sí mismo— y la sombra que la precede es mi venganza y liberación.
Al pensar en aquello que se aproximaba y que solo significaba que se le daría una segunda oportunidad, sonrió como no lo había hecho desde hacía más de 14 años y mientras se enjugaba una lágrima, acudió a su memoria, o tal vez solo a su imaginación, un fragmento de su vida pasada, un fragmento que tenía que ver con…
…La muerte, desencadenada, fría, despiadada y más terrible que nunca se dirigía a una velocidad impresionante, camuflada en un haz de luz verde, hacia aquel anciano, que a pesar de ser consciente de lo que sucedería si aquella luz lo alcanzaba no demostraba el más mínimo interés en apartarse de su camino.
— ¡Noooo!
En el último segundo y con un esfuerzo sobrehumano, Rodolphus Lestrange, tiró de su propio brazo, haciendo un violento movimiento en un intento por desviar de su curso a la maldición asesina, lo que provocó que su varita se partiera en dos por el esfuerzo, e hizo que el chorro de luz verde que salía de la punta de ésta, desapareciera segundos antes de alcanzar su objetivo.
—Te pedí que nos saltáramos lo obvio —dijo Dumbledore tristemente mientras observaba al hombre que tenía en frente sostener en su mano la astillada varita— No eres un asesino Rodolphus, nada puede ser más obvio que eso.
A Rodolphus aquellas palabras le molestaban, no le gustaba para nada el hecho de que el anciano director lo hallara tan predecible; al punto de permanecer impasible ante un Avada Kedavra.
—No presuma de conocer mis intenciones Dumbledore, no soy quien usted cree, no tiene idea de lo que soy capaz.
—Solo sé que estas aquí por lealtad, y no hicieron falta mis increíbles habilidades de deducción, para llegar a esa conclusión.
— ¿Lealtad? Jajajá —la amarga risa de Rodolphus llenó el despacho, haciendo que algunos de los retratos de los directores despertaran sobresaltados y bufaran ofendidos—, se equivoca Dumbledore, nunca he jurado lealtad, ni a usted ni a Voldemort ni a nadie.
— ¿A nadie, estás seguro? …Me parece recordar que fui invitado y estuve presente el día que juraste lealtad a una única y por cierto muy terrible persona, pero seguramente debí haberlo soñado, ya ves que solo soy un anciano.
Rodolphus, quedó petrificado ante las palabras del director, y en su mirada se desveló que recordaba el acontecimiento más importante de su vida.
— ¡No voy a entregarla Dumbledore! —Dijo de repente, amenazante y empuñando nuevamente su varita rota.
—Ya sé que no lo harás, tampoco eres un traidor, Rodolphus, es por eso que viniste hoy… con la intención de quitar de en medio a la única persona capaz de detener la locura y los planes de tu esposa, si yo muero, nadie más sería capaz de detenerla, ¿no es así?
—Mi, mi esposa… —Balbuceó el condenado mientras forzaba a su mente a volver de sus recuerdos—…Mi amada, mi Bella, nunca te traicioné… Te amo.
¡Eso era!, amaba a esa mujer y dado que ese amor era la principal causa de todas sus penas y desgracias, podía recordarlo, pero su mente había dejado escapar el recuerdo del porqué se enamoró de ella. Debió ser una razón muy feliz, ya que fue el primer recuerdo que los Dementores le arrebataron al llegar y seguro se dieron con el un gran festín.
Mientras inútilmente se esforzaba por recordar la razón de su amor, escuchó algo. No había duda, en aquella oscura celda se había visto falto del sentido de la vista, pero se le había aumentado grandemente el del oído, así que, aquel sonido de un cuerpo deslizándose, cortando el aire, volando a toda velocidad sobre el negro mar, no podía ser solo su imaginación, tenía que ser real.
Nuevamente se vio obligado a seguir recordando, los Dementores lo exigían, estaban inquietos, ansiosos y necesitaban su alimento, necesitaban de su desesperanza. Recordó el momento de su captura, habían cometido un gran error al tener al joven Crouch con ellos, ya que éste tenía activado aun el localizador. Fue muy fácil para los aurores dar con ellos y aun más fácil capturarlos desprevenidos ya que él no tenía su varita.
Recordó la parodia de juicio que tuvieron, durante el cual no pronunció palabra alguna, ¿para qué hacerlo? si ya estaban condenados desde el momento en el que pusieron un pie en la casa de los Longbottom. Y finalmente su traslado a la prisión de los magos, donde fue separado de Bellatrix y donde pasó todos esos años encerrado, pidiendo por una oportunidad de verla de nuevo.
De pronto se escuchó una gran explosión y las paredes retumbaron, parte del techo cayó dejando al descubierto el estrellado cielo, se escucharon gritos de dolor mezclados con exclamaciones de júbilo; los Dementores ya no ejercían su diabólico influjo sobre los presos que gritaban y lloraban de alegría, al saber que pronto abandonarían ese infierno; algunos con honores y otros muertos.
Una voz se dejó escuchar por encima del alboroto, y todo quedó en silencio una vez más.
— ¡Venid a mí, leales mortífagos, acercaos a vuestro salvador!
"Odio", era una palabra muy pequeña y no era suficiente para describir, lo que aquel condenado sentía en esos momentos al escuchar esa chillona y aguda voz llamar. A pesar de encontrarse débil y desarmado, desprovisto de su varita, no dejaría pasar esa segunda oportunidad que se le presentaba, de terminar con la vida de aquel que le quitó todo, su libertad, su posición, los honores y lo más importante: Su único y gran amor. Si era necesario, cerraría sus desnudas manos sobre aquel pálido cuello, con la única intención de matar o morir en el intento.
La nube de polvo se disipó y la terrible silueta de un hombre alto, delgado y pálido como la luna, que sonreía haciendo una mueca grotesca y desafiante, parado en medio de un montón de cadáveres y cuerpos moribundos, productos de la explosión, se dejó ver, no había duda, aquel no era otro que Lord Voldemort.
¡Dios!, como había rogado a los cielos por tener la oportunidad de estar frente a frente con el responsable de aquellos catorce largos años de sufrimiento y encierro, había soñado tanto con la oportunidad de tener su venganza, de mutilar, torturar y matar.
Pero de pronto, la vio… sonriendo, parada a la diestra del Lord, luciendo más feliz y radiante que nunca. Era la primera vez después de tantos años que volvía a verla, se quedó contemplándola absorto por un instante y reconoció, debajo de esa maraña de pelos y sucios harapos, a la mujer que amaba y por la que estaba dispuesto a dar hasta su vida. ¿Cómo había podido olvidar las razones por las que se enamoró de ella? Con tan solo verla, lo recordó todo, ¡Oh! Que dulces recuerdos...
Una bella joven de pelo negro como el ébano, ojos tristes como la luna y labios dulces como el néctar de flores en primavera, estaba de pie, apoyada delicadamente en un seto en flor, oprimiendo entre sus dedos afilados una inocente rosa, cuyos pétalos arrancaba apasionada y cruelmente. Varios de ellos se veían ya esparcidos por el suelo. Sus brazos desnudos hasta el codo, brazos de diosa guerrera, que parecían ser los faltantes de la Venus de Milo, temblaban con impaciencia febril, delatando que estaba nerviosa. Golpeaba de tal modo la tierra jugueteando con sus delicados pies, que se entreveían las formas puras de sus piernas, ceñidas por medias de encaje y seda, como un camino de transparencias hacia la locura.
A tres pasos de ella, sentado en la grama, con sus cabellos balanceándose al compás del viento y apoyando su espalda sobre dicho seto, se hallaba un joven de unos dieciocho a veinte años, de elevada estatura, cuerpo bien proporcionado y hermosos ojos grises, observándose en toda su persona ese aire de calma y de resolución, peculiares en los hombres acostumbrados a lidiar con los peligros desde su infancia, pero que ante una hermosa mujer, se ven inexpertos, torpes y sin gracia.
El, la miraba con un aire que se traslucía en inquietud, pero a la vez mirada firme, fija en los ojos de la joven que le dominaba enteramente.
—Vamos, Bella —decía él— la primavera se acerca, es el tiempo ideal ¿No lo crees?
—Ya te dije cien veces lo que pienso, Rodolphus, y en poco lo estimas, pues aún sigues preguntándome.
—Repítemelo, te lo suplico, repítemelo por centésima vez para que yo pueda creerlo. Dime que me desprecias, haz que comprenda que te burlas de mí, de mi sentimentalismo y felicidad; que mi vida o mi muerte no son nada para ti... hazme perder esta esperanza, la única de mi vida.
—No soy yo por cierto, quien ha alimentado en ti esa esperanza, Rodolphus —respondió Bellatrix— Siempre te he dicho: «Somos como hermanos« no exijas de mí otra cosa. ¿No te he dicho siempre esto?
—Sí, ya lo sé, Bella —Respondió Rodolphus— pero también sé que en esas palabras no tienes conmigo el horrible atractivo de la franqueza.
Bellatrix se estremeció como un cervatillo a punto de convertirse en presa de un hábil cazador; se encontraba en el preciso instante entre decidir correr para salvarse y ser libre en el bosque, libre para amar, para esperar por el que no debe ser nombrado, por aquel que no la está buscando, o convertirse en el hermoso trofeo del único que se había atrevido a tratarla, de aquel que en secreto había llegado a amar desde que eran niños. No se sentía capaz de ocultar por más tiempo sus sentimientos y si Rodolphus, que había escogido el momento perfecto, decía una sola palabra más, sería suya, suya y de nadie más.
—Te amo Bellatrix, te he amado todo este tiempo… ¡Cásate conmigo!
— ¡Ah! —Exclamó la joven sonrojándose de alegría, de amor y lanzándose a los brazos de Rodolphus, movida por ese femíneo sentimiento de pertenecer a alguien, respondió— Abrázame Rodolphus, quédate conmigo y nunca, nunca me dejes ir.
El cálido sol, que se filtraba por entre los setos de los jardines en flor, los inundaba con sus dorados reflejos. Nada veían en torno suyo; una inmensa felicidad los separaba del mundo mientras pronunciaban palabras en secreto, entrecortadas y cargadas de sentimiento, palabras que revelaban la alegría de sus corazones.
La felicidad del condenado al recordar aquel glorioso momento, se sintió como el aroma de sangre fresca derramada en un estanque lleno de tiburones hambrientos.
Los Dementores, que en esos momentos repartían mortales besos entre los moribundos, no resistieron y le arrebataron aquel hermoso sentimiento, dejando en su lugar, un amargo recuerdo que aconteció en otro momento.
—¿… Y qué harías si te dijera que mi corazón está dividido y pertenece también a otro?
Rodolphus, lívido y furioso, retrocedió como un caminante al ver una serpiente en su camino. Pero finalmente se contuvo y respondió.
—Te seguiría amando, pero te amaría aun más si me quisieras solo a mí.
—Adivino tus pensamientos, Rodolphus, querrás vengar en él los desdenes míos… querrás desafiarle, pero ¿qué conseguirás con eso? Perder mi amor si eres vencido, ganar mi odio si resultas vencedor. Créeme Rodolphus: no es batirse a duelo con un hombre, el medio de agradar a la mujer que le ama…
"¡¿Que le ama?!" Aquellas palabras rompieron su corazón, ¿Cómo alguien que no ama, podía tener la dicha de ser amado por la mujer perfecta?
<<¡Eso es!>> pensó el prisionero, <<esa es la respuesta, aquel despreciable ser, no es capaz de amar y jamás corresponderá el amor de Bellatrix>>
Que miserable consuelo, pero consuelo al fin.
Sin apartar la vista de Bella, Rodolphus, el condenado, salió de su celda y se acercó caminando orgulloso, aun cuando vestía harapos su perfil era el de un noble caballero.
Fue recibido con una sonrisa de triunfo, de parte de Bellatrix y con un gesto orgulloso de Voldemort. Había esperado por esa oportunidad por tanto tiempo, pero el destino cruel le recordaba nuevamente, que siempre lo tuvo todo, pero nunca tuvo lo que quiso. Desvió la mirada, de Bellatrix, hacia el hombre a su lado y su mirada cambió del amor, a una aviesa mirada en la que se reflejaba un odio reconcentrado. Dio unos pasos más y se arrodilló, inclinó la cabeza y con su fingida y despreocupada voz pronunció dos palabras:
— Mi Señor.