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Historia 52654 — capítulo 8

— ¿Por qué lo hizo?... ¿Por qué tenía que hacerlo?....

        Un hombre de rodillas en el piso, repetía una y otra vez estas preguntas y en su amargada voz se notaba que, cada vez que lo hacía, su corazón se desgarraba.

       Un anciano, delgado, de largo cabello plateado, se atusaba la larga barba blanca, mientras observaba la patética escena con sus ojos azules, ocultos tras unas gafas de media luna.

— ¿Qué se supone que debo hacer ahora? —Preguntó el hombre desde el suelo, mientras levantaba la cabeza y miraba al anciano con ojos suplicantes—…todo lo que hice por usted no sirvió de nada… la he perdido para siempre.

—Ya sabes lo que debes hacer… ¿debo recordártelo otra vez?

        La mirada de súplica de aquel hombre en el suelo, se transformó de repente en una mirada de furia contenida al escuchar aquellas palabras y con una voz cargada de odio dijo:

—Siempre tan noble ¿no es así Dumbledore?... Siempre haciendo lo que cree que es correcto, sin importarle el sufrimiento que pueda ocasionar a otras personas, con tal de que sus planes se lleven a cabo; ahora veo que confiar en usted fue un gran error, solo me utilizó para sus planes, yo nunca le importe realmente.

—En eso te equivocas —Respondió el anciano director, al tiempo que cerraba sus cansados ojos— realmente me importan los sentimientos de otros, es por eso que te pido que tengas la fuerza suficiente de hacer lo que sabes que es lo correcto.

— ¡No tiene derecho a pedirme que vuelva hacer algo por usted otra vez!, no después de lo que pasó.

—Hice todo lo que pude para evitarte este sufrimiento —Dijo tristemente Albus Dumbledore— Te entregué los escritos de Beedle, te aconsejé que le ofrecieras cambiarlo por ella, pero lamentablemente, una mente tan retorcida como esa es impredecible. Por eso te pido que me ayudes a proteger a los que quedan, ayúdame a cuidar de…

— ¡No mencione ese maldito nombre!

        El anciano director miró preocupado como el dolor de aquel hombre se convertía en ira y temía que la ira lo llevara a cometer alguna locura. El hombre se puso de pie y lanzó una última mirada amenazadora al anciano, luego se dio la vuelta rápidamente y se encaminó hacia la salida del despacho del director.

—Aguarda un momento —pidió amablemente Dumbledore— …no hagas algo de lo que puedas arrepentirte.

        El hombre de grasiento cabello y nariz ganchuda, no se detuvo al escuchar aquellas palabras y antes de salir por la puerta, ondeando su capa, asemejándose más que nunca a un enorme murciélago dijo:

—Solo me aseguraré que todos tengan lo que merecen.

        La imagen de aquel hombre, abandonando la sala y del anciano director observándolo marcharse, se perdió en un remolino de colores y empezó a dar vueltas y vueltas hasta que lo único que se podía ver, era una mancha plateada, flotando en las aguas de una pequeña vasija decorada con runas antiguas.

        Albus Dumbledore, se encontraba de pie junto al pensadero, observando detenidamente aquella manchita plateada que se arremolinaba en su interior.

       Sobre una percha junto al escritorio, un espectacular fénix lanzó un pequeño chillido, que hizo que el anciano director abandonara momentáneamente su lugar junto al pensadero y se acercara hasta donde se encontraba el ave.

       Con la palma de la mano, acarició la pequeña cabeza del fénix y sintió una cálida sensación que, automáticamente mitigaba el cansancio que lo agobiaba y le llenaba de nuevas energías. Con fuerzas renovadas empezó a caminar de un lado al otro de la habitación, pensativo, meditando en lo que acababa de ver.

— ¿Tú que piensas Fawkes? —Preguntó finalmente, mientras se dirigía hacia su escritorio en donde se encontraba una edición de aquel día de El profeta— ¿Piensas que él podría ser el responsable de esto? —Añadió tomando el periódico en sus manos, en el cual se podía ver una foto de Alice y Frank Longbottom debajo de un titular que decía: <>

—La mayoría de los mortifagos están escondidos, y sin una orden de Voldemort, no creo que sean lo suficientemente valientes como para atacar por su cuenta, y esto parece el trabajo de un hombre desesperado sin nada que perder.

        De pronto, la habitación se iluminó de un cálido resplandor y por la ventana abierta entró, dando un gran salto, una hermosa pantera plateada, que se acercó acechando sigilosamente hasta donde estaba Dumbledore, no sin antes mirar de reojo al fénix y relamerse ante lo que consideraba, un apetitoso bocado.

        Ni el director, ni el ave, mostraron asombro alguno ante la imprevista aparición del soberbio felino y aguardaron pacientemente mientras éste revisaba y olfateaba a su alrededor.

Luego de asegurarse de que en el despacho no había nadie más que el director y su ave, el patronus abrió sus fauces dejando relucir unos enormes colmillos y dejo escapar una voz que Dumbledore conocía muy bien:

<> Dijo la voz y la luz en el despacho se apagó repentinamente. El animal había desaparecido.

        En los azules ojos del director, apareció un destello de luz que indicaba que acababa de comprenderlo todo. Cabizbajo y meditabundo, se dirigió hasta un armario en donde busco una cajita de madera, la abrió y saco su contenido: una hermosa varita de saúco. Se dirigió con ella hasta la ventana que daba a las afueras del castillo, apuntó hacia el cielo y lo jardines, y quitó momentáneamente las protecciones de Hogwarts, mientras murmuraba en un idioma extraño; luego volvió hacia su escritorio, se llevó la varita hasta la sien y extrajo un recuerdo, en la forma de un delicado hilo plateado, lo depositó con cuidado en el pensadero y se sumergió nuevamente en el.

—No debiste hacerlo —dijo sonrojándose una hermosa muchacha de largo y brillante cabello negro, de pie al lado de una puerta de roble— no tenías que ayudarme, se supone que debía hacerlo yo sola, te meterás en muchos problemas por mi causa.

—No podía dejarte toda la diversión —respondió un joven mago que se encontraba a su lado, con el cabello y el uniforme del colegio cubiertos de lodo y hojas secas— además no me pueden expulsar, mi padre es miembro del consejo escolar.

—No me preocupa lo que pueda hacer el director  —Dijo la muchacha sonriéndole afectuosamente— es precisamente, lo que tu padre pueda hacerte lo que me preocupa…¿recuerdas la última vez?

        Debajo del lodo y las hojas, el joven mago se estremeció al recordar "la última vez".Sin embargo, la sonrisa de aquella joven bien valía un boleto de entrada gratis a la cámara de tortura del viejo castillo familiar.

—Mira lo que tengo para ti —dijo el joven y saco de su túnica una hermosa y finamente trabajada, punta de flecha, atada a un brillante cordel dorado a manera de collar.

— ¡Rodolphus, lo conseguiste! —Dijo la muchacha emocionada y se abalanzó sobre el joven cerrando sus brazos alrededor de su cuello.

        Al recibir ese cálido abrazo, en algún lugar dentro del estómago de Rodolphus, se produjo una explosión de chispas rojas y amarillas, que se sentía como si le hicieran cosquillas desde adentro. No pudo evitar sonreír.

—Ahora sí, nuestro maestro estará muy complacido conmigo. Por un momento pensé que fracasaría al llevarle la prueba de que cumplí con la misión que me dio.

        La sonrisa de Rodolphus se desvaneció y donde antes hubo una fantástica demostración de fuegos artificiales, ahora había una torrencial nevada, que enfrío totalmente aquella cálida sensación que había experimentado por unos segundos. Pero al parecer la muchacha no notó el efecto glacial que sus palabras produjeron en su acompañante.

—Pensé que tal vez podías utilizarla como un collar —repuso tristemente Rodolphus— por eso la amarre a un pelo de unicornio que encontré en el piso cuando ese estúpido fenómeno de cuatro patas me tiró al suelo por tercera vez, no es necesario que se la des a… él.

—Tengo que hacerlo —respondió la joven bruja— es la prueba de que hice lo que me pidió, con esto me gano el derecho de tener la marca y... 

— ¡Señorita Black, Señor Lestrange! pueden pasar —Llamó la voz de Albus Dumbledore desde el otro lado de la puerta.

        Los dos jóvenes magos entraron en el despacho del director y se encontraron con el anciano que los miraba fijamente como si aquellos dos ojos azules fueran una máquina de rayos—X.

—Supongo que resulta divertido entrar a escondidas en el Bosque prohibido para provocar un enfrentamiento con una manada de furiosos Centauros —Replicó el director tranquilamente encogiéndose de hombros— pero me temo que sus padres, en especial el suyo señor Lestrange, que carece totalmente de sentido del humor en cuanto a romper las reglas se refiere, no encontrará su temeraria acción, para nada hilarante.

—Fue mi culpa profesor —se apresuró a decir Bellatrix— me perdí de regreso de los invernaderos y Rodolphus al notar que no volvía fue a buscarme, él solo quería...

— No, la culpa es mía —interrumpió Rodolphus— me pareció ver que Júpiter estaba especialmente brillante esta noche, lo que me hizo suponer, lógicamente, que eso significa que Hagrid encontraría un nuevo amor, así que decidí comprobar mi teoría preguntándole a los centauros, ya sabe usted señor que son unos malditos astrónomos, pero cuando les pregunté cuál de los fenómenos del bosque era la pareja ideal de Hagrid, no lo encontraron muy gracioso y... 

        La imagen de Rodolphus, inventando una increíble historia para salvarse del castigo, junto con la de Bellatrix sonriendo disimuladamente, desaparecieron en aquel habitual remolino de colores y en su lugar apareció, una nueva escena que parecía que tuvo lugar muchos años después y en la que dos magos sentados frente a frente, separados por el escritorio del director, mantenían una acalorada conversación.

—…lo único que quiero es ver a Voldemort destruido, no me importan ni los muggles ni las criaturas mágicas ni los malditos sangre sucia.

—Te pido por favor, que no utilices ese lenguaje en mi presencia Rodolphus —dijo el anciano director— Además, estoy seguro de que en algún lugar muy dentro de ti, sí te preocupan tales seres.

        Rodolphus permaneció callado ante aquella afirmación, siempre sintió que el anciano director podía ver a través de su pecho, directamente a su corazón.

—Sin embargo —continuó diciendo el director—, creo saber qué es lo que te motiva a ofrecerme tu ayuda y estoy dispuesto a aceptarla.

—No es nada de lo que piensa profesor, al ayudarlo, solo me estoy ayudando a mí mismo, Lord Voldemort me quitó el lugar que me correspondía como heredero del líder de la sociedad de los caballeros de Walpurgis.

—Todo lo contrario Rodolphus, estoy convencido de que sé exactamente el motivo por el cual estas aquí.

       Albus Dumbledore hizo una pequeña pausa en la cual fijo sus ojos en Rodolphus y luego continúo diciendo:

—Y estoy seguro, que Tom Riddle, te despojó de algo mucho más valioso para ti, que la presidencia de una sociedad en decadencia ¿O me equivoco?

        Rodolphus se puso de pie como dando por finalizada aquella conversación y antes de salir agregó:

—Estaré en contacto…

        Aquella imagen como la anterior, desapareció en un remolino de colores y Albus Dumbledore apareció nuevamente de pie al lado del pensadero, justo a tiempo para escuchar el final de una extraña conversación.

—...Sostengo lo que dije, lo tenías todo para estar en Gryffindor.

— ¡Te equivocas!

        Un hombre se encontraba en las sombras junto al armario, conversando con un sucio sombrero.

—Buenas noches Rodolphus —saludó educadamente Dumbledore dándole la bienvenida al visitante nocturno— recibí tu mensaje y mucho me temo que sé el motivo de tu visita, así que saltémonos lo obvio y haz  lo que viniste a hacer...

        Con un rápido movimiento, Rodolphus Lestrange se quitó la capa, sacó su varita y apuntando con ella al cansado director pronunció unas terribles palabras:

— ¡Avada Kedavra!