← Historia 52654 · de
Historia 52654 — capítulo 7
Tres figuras encapuchadas corrían velozmente atravesando un bosque en medio de la noche, dirigiéndose hacia una pequeña luz que se divisaba a lo lejos. Iban cubiertos y protegidos por una especie de niebla negra, dejando a su paso una estela oscura, como una huella que presagiaba muerte y destrucción. Cada uno de ellos sentía la excitación del peligro y la adrenalina corría por sus venas, mientras veían aquella luz acercarse más y más. Muy pronto se enfrentarían cara a cara con sus más profundos temores y pondrían a prueba sus habilidades como devoradores de la muerte.
Finalmente, llegaron al origen de aquella única luz en medio de la oscuridad y divisaron desde la distancia, una pequeña casita de campo que se alzaba frente a ellos. Uno de los encapuchados se detuvo aproximadamente, cincuenta metros antes de llegar a la casa y les hizo señas a los otros para que se detengan también. Luego dio un pequeño y lento paso hacia delante, rompiendo aquel perímetro de cincuenta metros. Nada sucedió.
<<Está hecho>> Pensó y haciendo señas a los otros dos para que lo siguieran, se deslizó silenciosamente hacia la ventana de la que provenía la luz.
En el interior vio una pareja de magos que conversaba alegremente con un joven, volteó la mirada hacia sus compañeros; a uno le señalo la puerta y al otro la ventana. Luego dio un ágil salto y se elevó por encima del techo de la casa, situándose sobre el tejado sin hacer el menor ruido. El mortifago sabía, que la única oportunidad que tendrían de ganar, era si lograban tomar por sorpresa, a esa peligrosa pareja de aurores, y aunque contaban con la ventaja numérica de ser cuatro contra dos, no estaba completamente seguro de tener éxito. Sin embargo, ya era tarde para dudar, no había marcha atrás, así que sacó su varita, que había tenido guardada hasta ese momento y apuntó con ella hacia el techo que tenía debajo de sus pies.
— ¡Everte státum!
Se escuchó una gran explosión, mientras el mortifago caía en el interior de la sala junto con una gran parte del techo y al mismo tiempo, la puerta y la ventana volaban en pedazos, provocando una lluvia de escombros en el interior de la casa.
A través de los boquetes que dejaron aquellas explosiones, entraron en la pequeña sala varios chorros de luz roja, que no eran otra cosa que hechizos aturdidores lanzados hacia los ocupantes de la vivienda.
La nube de polvo producto de las explosiones, no permitía tener una visión clara de lo que sucedía en el interior. Pero después del caos inicial provocado por aquel brutal ataque, reinó el silencio y poco apoco la nube de polvo se fue disipando.
El mortifago que había entrado por el techo, esperaba ver en cualquier momento entre los escombros, los cuerpos inconscientes de los ocupantes de la vivienda. Pero después de unos segundos, una terrible sensación de algo que pocas veces había experimentado —miedo—, lo invadió por completo. Sin embargo al parecer, él no era el único.
— ¿Dónde diablos están? —Preguntó asustado, uno de los mortifagos mientras buscaba entre los escombros.
— ¡Depulso! —Dijo una voz de mujer, que retumbó en todas direcciones en el interior de la sala y el mortifago que acababa de hablar, salió despedido por el mismo agujero en la ventana que había abierto.
— ¡Homenum Revelio! —Gritó otra voz femenina, por debajo de su capucha y al instante aparecieron dos magos agazapados en una esquina de la sala y en el lado opuesto, una bruja junto a la chimenea.
Sin perder tiempo, la bruja que había lanzado el hechizo para detectar la presencia humana, se enfrentó cara a cara con Alice Longbottom, que se encontraba junto a la chimenea y el otro mortifago restante, hacía lo mismo con los dos magos que estaban en una esquina.
Varios destellos de luces de colores, atravesaron el aire en distintas direcciones, tratando de derribar a la persona que tenían enfrente.
Frank Longbottom, que actuaba como escudo humano para el joven mago que tenía a sus espaldas, esquivaba y desviaba hechizos aturdidores, que eran lanzados por el mortifago con el que se enfrentaba.
— ¡¿Por qué atacas con hechizos tan infantiles?! —Preguntó Frank sonriendo, mientras se interponía entre el mortifago y el muchacho— ¿Es que acaso los mortifagos ya no tiran a matar? —Pero la respuesta a su pregunta se le vino inmediatamente a la mente y la sonrisa se borró de su rostro, mientras decía para sí mismo— Nos quieren vivos…
— ¡Flagrante! —Dijo el mortifago y de su varita salió una llamarada de fuego que como un chorro de lava caliente se dirigió sobre Frank y el joven.
El fuego envolvió a los dos magos, como si quisiera apresarlos pero no hacerles daño. La temperatura alrededor de ellos, aumentó gradualmente cada vez más, haciendo casi imposible poder moverse. El aire empezaba a consumirse y Frank, con grandes gotas de sudor en su rostro, sentía como se le hacía cada vez más difícil respirar.
— ¿Demasiado infantil para ti? —Pregunto en tono burlón el mortifago, mientras veía como Frank y el muchacho parecían a punto de desmayarse.
— ¡Glacius! —Dijo el auror con el último aliento que le quedaba, al tiempo que dirigía su varita hacia las llamas. Una capa de hielo se formó alrededor de ellos apagando el fuego y haciendo saltar algunas chispas hacia las paredes y los muebles que empezaron a quemarse.
Al otro lado del salón, la bruja encapuchada reía y avanzaba amenazadoramente hacia su rival, lanzando hechizo tras hechizo, con tanta rapidez, que parecía que Alice no podía responder y solo se dedicaba a esquivar. Sin embargo, cuando la mortifago estuvo lo suficientemente cerca, Alice dio un giro e hizo un veloz movimiento con su varita, mientras la apuntaba por debajo del brazo extendido de su oponente.
— ¡Alarte Ascendere!
La bruja sorprendida, se despegó del piso, chocó con fuerza contra el techo y cayó nuevamente.
—Ya te tengo —Dijo Alice y rápidamente hizo aparecer unas cuerdas con su varita, que apresaron a la bruja que había caído al piso.
El mortifago que luchaba con Frank hizo un ademán de ir en ayuda de su compañera, pero se contuvo <> Pensó, sin embargo, ese momento de duda fue suficiente para que Frank le lanzara un hechizo, que impactó en su brazo provocándole una herida y haciéndole perder la varita.
— ¡Maldición! —Exclamó el mortifago enfadado, mientras sentía una quemazón en su brazo y veía su varita caer en medio de los escombros en llamas.
Estaba perdido, sin su varita no tenía posibilidad de ganar, podía desaparecer, pero eso significaba dejar atrás a sus compañeros y esa no era una opción.
Dio una rápida mirada al joven mago que se encontraba detrás de Frank, éste tenía una mirada despreocupada y hasta parecía aburrido, entonces comprendió que aquel muchacho, no actuaría a menos que estuviera seguro de que podían ganar. Y en esa situación, con él sin varita, uno de sus compañeros probablemente inconsciente en alguna parte de afuera y otro fuertemente atado en el piso, estaban lo más alejado de poder derrotar a los aurores.
Frank lanzó varios chorros de luz plateada sobre el mortifago desarmado y éste girando sobre sí mismo desaparecía y volvía a aparecer unos centímetros más allá, cambiando de posición lo suficiente como para esquivar los hechizos. Sin embargo, uno de los rayos de luz, le rozó la pierna derecha haciéndolo caer de rodillas ante Frank
Cuando el mortifago se preparaba para recibir un chorro de luz roja, que se dirigía directo a su cara, vio una sombra oscura que se interpuso entre él y el auror.
— ¡Baubillius¡ —Escuchó decir a su compañero, que anteriormente había sido despedido hacia fuera , pero que ahora apuntaba con su varita hacia Frank y lanzaba al mismo tiempo una ráfaga de aire tan poderosa que hizo volar hacia atrás el hechizo aturdidor, varios pedazos de la pared y a los dos magos frente a él.
— ¡Frank! —Gritó Alice, mientras veía como su esposo caía en medio de los escombros en llamas y trató de dirigirse donde este había caído, pero todavía tenía sujeta la varita, de la cual salían las cuerdas que aferraban a su oponente en el suelo y esto le impedía llegar a donde Frank estaba.
Mientras tanto la bruja que se revolcaba en el piso, tratando de liberarse de las cuerdas, sintió como estas se aflojaron un poco debido al descuido de Alice y pudo meter una de sus manos en el bolsillo de su túnica, del cual sacó una daga plateada, y cortó las cuerdas que la tenían prisionera. Se levantó del suelo, se quitó la máscara y escupió un poco de sangre.
— ¡Bellatrix Lestrange!… ¿Cómo pudiste? — Exclamó Alice indignada, mientras escuchaba como esta lanzaba una estruendosa carcajada. Con un rápido movimiento de varita, lanzó un chorro de luz plateada sobre Bellatrix que continuaba con su risa demente.
— ¿Sorprendida?…vieja amiga —respondió Bella esquivando el hechizo de Alice— creo que esto significa que ya no tomaremos el té juntas Ja ja ja.
Bellatrix se dio tiempo para darse otra risotada y luego lanzó con fuerza la daga que tenía en su mano, mientras apuntaba con su varita y gritaba:
— ¡Gemino!
El puñal se duplicó una y otra vez en su camino hacia Alice, hasta convertirse en una lluvia de dagas, pero ésta sin perder el tiempo rasgo el aire con su varita diciendo:
—¡Evanesco!
Las dagas desaparecieron. Sin embargo, en los labios ensangrentados de Bellatrix, se dibujó una macabra sonrisa.
Mientras tanto, Frank logró ponerse de pie y apagó rápidamente los bordes de su túnica que se estaban quemando, dirigió la mirada hacia Alice y se dio cuenta de que algo no estaba bien. Su querida esposa permanecía inmóvil, parada frente a Bellatrix que reía cada vez con más fuerza.
— ¡Alice¡ ¿qué te sucede, te encuentras bien? —Preguntó Frank, mientras arrastraba consigo al muchacho inconsciente, sacándolo de en medio de los escombros en llamas y al mismo tiempo trataba de hacer frente a los dos mortifagos que se disponían a continuar con el combate.
Alice, lentamente se dio la vuelta en dirección a su esposo y trato de caminar hacia él, pero después de dar algunos pasos perdió el equilibrio y cayó.
Frank la vio caer como en cámara lenta y vio uno objeto plateado incrustado en su vientre, en medio de una gran mancha de sangre.
— ¡Protego totalum! —Gritó Frank, creando con su varita lo que parecía ser un domo protector transparente, que se cerró sobre ellos y el muchacho, dejando a los tres mortifagos afuera. Luego trató de llegar hasta Alice, pero sintió como algo se movió a sus espaldas, rápidamente se dio la vuelta y lo que vio lo dejó indignado y horrorizado. Antes de perder el conocimiento, escuchó aquella conocida voz, de la que siempre desconfió, decir:
— ¡Desmaius!
……
Sentado en la oscuridad, sin poder olvidar los acontecimientos de esa noche, se encontraba Rodolphus Lestrange. A lo lejos escuchaba algunas voces que provenían del interior de una cueva. Las voces hablaban y reían comentando la brutalidad que acababan de cometer.
— ¿Vieron cómo suplicaban para que terminemos con sus miserables vidas? —Escuchó decir al joven Bartemius Crouch en medio de una gran carcajada— ¿Vieron la expresión en el rostro de ese tonto de Frank Longbottom cuando lo sorprendí por la espalda?
—Lo hiciste muy bien esta noche, muchacho —era lo voz de Rabastan la que felicitaba al traidor— sin embargo, creo que debimos matarlos para que no puedan contar nada de lo sucedido.
—Dejarlos vivos después de lo que les hicimos fue el mejor castigo por negarse a revelarnos el paradero de nuestro Amo —escuchó decir a la mujer que amaba—, además, no había necesidad de hacerlo ¿Acaso no viste la expresión vacía de sus ojos? —La escuchó reír, con una risa cada vez más demente, completamente diferente a la dulce risita que recordaba— esos dos partieron de este mundo para siempre, dejando olvidados atrás, sus inútiles cuerpos con vida…
Ahora finalmente, Rodolphus, se daba cuenta que los momentos que tanto deseaba nunca llegarían, no después de esa noche. En sus manos tenía la daga plateada que le había regalado a Bellatrix y que ésta usó para cortar y desgarrar los cuerpos de los aurores, para obligarlos a despertar luego de los constantes desmayos que sufrían provocados por el dolor de la maldición cruciatus.
Esa magnífica daga forjada por los duendes, había pertenecido a su familia por generaciones y poseía propiedades mágicas; era capaz de cortar cualquier cosa y estaba hecha de un material que no podía desaparecerse.
Con esa daga habían causado tanto dolor. En las manos de Rabastan, se había introducido debajo de las uñas de los dedos de Alice y había llegado hasta el hueso en las piernas de Frank. Y después de ser calentada al rojo vivo en el fuego, Crouch había quemado con ella, las delicadas carnes de los brazos y piernas de esa hermosa mujer, para luego continuar con los horrorizados ojos de su esposo. Y él había permitido que todo eso pasara justo debajo de sus narices.
Sostuvo firmemente la daga y se la clavó en la herida que tenía en el brazo, con la esperanza de que ese dolor sea más grande que el insoportable dolor que sentía por dentro y que crecía cada vez más en su interior desgarrando su alma. Pero era inútil, nada parecía mitigarlo y si ese dolor continuaba aumentando, no estaba seguro si lograría seguir viviendo.
Los gritos, esos desgarradores gritos de dos buenas personas injustamente sometidas a una tortura más allá del dolor físico: Ver sufrir a la persona que amaban, estaban a punto de volverlo loco.
Estaba seguro que al final Frank Longbottom lo había reconocido, porque en medio de su sufrimiento le suplicó que termine de una vez con el dolor y estaba seguro de que el auror jamás habría suplicado a un mortifago pero sí a un amigo.
La perturbadora imagen de un hombre sangrando, con las piernas destrozadas, los ojos quemados y temblando de pies a cabeza, a causa de la maldición cruciatus, negándose hasta el final a proporcionar su ayuda para encontrar a Voldemort, la tenía impresa dentro de su cabeza y acabaría por conducirlo a la demencia.
¿Cómo había llegado hasta ese punto?, tan solo unos días atrás, soñaba con poder tener al fin una vida tranquila junto a Bellatrix, pero ahora su soñado futuro, parecía solo un gran pasado. No podía cambiar lo que habían hecho, tampoco podía hacer realidad ese loco deseo de nacer de nuevo para tener una vida diferente.
Su más grande error fue haber amado y ese amor lo llevo a amarrar un nudo en el extremo de una cuerda alrededor de su cuello y a entregarle el otro extremo a Bellatrix. Estaba perdido, porque donde sea que ella fuere, lo llevaría con él, sus destinos estaban ligados para siempre. Y ahora Bella quería ir tras otras familias de aurores y dejar a su paso la locura que habían ocasionado aquella noche. El sabía que Bellatrix no se detendría por nada, hasta cumplir con su objetivo, por eso el dolor más grande que sentía, era a causa de lo que ahora debía hacer para poner fin a esa locura.
— ¡Aaaaaarrrrrrggghhhhh! —Gritó con todas sus fuerzas, hasta que las venas de su cuello colapsaron.
Incapaz ya de soportar esa angustia, sacó su varita y se dispuso a realizar un hechizo que había hecho fácilmente muchas veces en el pasado, pero que no sabía si ahora lograría llevar a cabo.
—Solo una vez más —Susurró y apuntando su varita se concentró con todas sus fuerzas en dejar salir lo único bueno que quedaba en él.
De pronto, la figura de una gran bestia plateada salió de la punta de ésta y se paró frente a él, mirándolo con unos grandes ojos tristes.
—Ya sabes que hacer… —Le dijo, y mientras aquella criatura se alejaba velozmente, cerró los ojos y escuchó una débil voz en su cabeza que le decía: El otro yo no está… no lo encuentro por ningún lado… ha desaparecido.