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Historia 52831 — capítulo 2
Llega a casa cuando la luna, brillante en el cielo, está a punto de dejar paso a su amante. El pelo, marrón y recogido en un rápido moño, totalmente alborotado; los ojos, anteriormente perfectos, con el rímel corrido y la sombra verde que adornaba sus párpados desparecida; la ropa con alguna mancha de algún vaso de contenido sospechoso que ha volado hacia su falda —extremadamente corta— y un agujero en su camiseta de parte de un cigarro que algún inconsciente sostenía.
Algún señor mayor, de los madrugadores, vuelve con el pan recién comprado y la mira mal. Pero no le importa. Se para enfrente de una puerta con el número 33 y saca las llaves, que tintinean ligeramente, del bolso. Abre la puerta con cuidado y se fija en que no venga ningún vecino, no sea que vaya a verla en ese estado.
Mientras espera que venga el ascensor se mira en el espejo que hay en la entrada. Tiene una pinta horrible. Aparta la vista y sube rápidamente al ascensor.
Abre la puerta de su casa. Penumbra. Está todo oscuro. Se acerca y abre la luz del recibidor, todo empieza a verse mejor. Pero no hay nadie. No hay nadie que se acerque a saludarla. Que se acerque a decirle que es lo que ha hecho para acabar así. Nadie que la acompañe a la cama, que la acoche y le traiga un cola cao bien calentito, como a ella le gusta, y una manta para taparla hasta bien arriba, porque ya es invierno, y el frío se empieza a notar.
Y tampoco tiene a nadie que la quiera.