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Historia 53213 — capítulo 1

La bebé había muerto cuatro horas después de su nacimiento. Apenas siete meses en el vientre materno, demasiado prematura y débil para sobrevivir. No había desarrollado su organismo normalmente. No tenía chances de llevar una vida normal. No tenía chances de llevar una vida.

Dolor.

Rabia.

Dolor.

Hermione no encontraba consuelo. No podía creer lo que había pasado y, sin embargo, ya sabía que ocurriría desde el exacto momento en que tuvo conocimiento de la existencia de aquel diminuto ser en su vientre materno. Su embarazo había sido una complicación tras otra.

Siendo médicos, ella y su esposo por supuesto sabían que las posibilidades de que la muerte de ese pequeño ser los ahogara en el sentimiento más negro y perverso que una persona puede sentir eran muchísimo mayores a las de disfrutar más que unos pocos segundos la nueva vida que comenzaba a hacer notar su presencia en este cruel y despiadado mundo.

Un milagro y la fé eran todo a lo que podían aferrarse. Pero no era suficiente. Nunca lo sería.

Siendo doctores, ella y Ron lo sabían.

Y sin embargo, el pelirrojo de apagados ojos azules había rezado y pedido todos los días que su bebé sobreviviera. Guardaban la vana e inútil esperanza de que alguien o algo en los cielos lo escuchara y cumpliera su más profundo deseo. Hubiesen dado cualquier cosa que poseían, hasta sus vidas propias, para darle una segunda chance a la pequeña que sólo había respirado artificialmente durante cuatro horas. Le ofrecían a los omniscientes dioses todo lo que tenían y lo que no tenía también. Todo para tener a esa niña de ojos castaños y fino cabello rojizo. Estaban desesperados. No les importaba perder el auto, la casa en la que vivían, una pierna, la vida...Este era su bebé, su hija.

Llanto. Ojos rojos e hinchados. Más llanto del que podían soportar sus adoloridas cabezas.

Verla agonizar había sido demasiado doloroso para ambos. Verla succionar débilmente el escaso aire que sus pulmones frágiles y no viables necesitaban para obtener un segundo más de vida hacía el sufrimiento de sus padres más grande aún.

Los ojos de Hermione se cristalizaban al observar el techo de aquella blanca habitación.

Su hija estaba muerta. Su bebé, su pequeña y dulce bebé estaba muerta.

¿Cómo superar una tragedia tan terrible como el fallecimiento de un ser tan preciado para una madre? ¿Cómo superar el estado de impotencia y rabia ante esa situación?

Una lágrima caía lenta y tortuosamente por la mejilla mojada en llanto de Hermione.

Mi bebé…Luna.

Inmensas gotas de agua salada derramándose sin piedad mientras recordaba la felicidad efímera con la que había preparado la habitación de su primogénita. Habían comprado pequeñas y tiernas sábanas de color blanco en caso de que no fuera una niña - las sorpresas podían ocurrir. El cuarto estaba repleto de regalos de amigos y familiares. Harry y Ginny les habían obsequiado un león de felpa gigante con ropa amarilla y roja estridentes al estilo Gryffindor y un par de prendas de vestir de bebé. Neville había comprado un gran biblioteca ly la había rellenado de libros de todo tipo, y en especial de cuentos infantiles sabiendo lo inteligente que sería la pequeña y cuánto le encantaría leer una vez que su madre le enseñase. Sin duda, esa niña estaba destinada por sus genes Granger a ser una genio.

Lo que no sabían era que el destino la arrebataría de ellos tan pronto.

Habían decidido Luna si era niña y Harry si era niño.

Cuando Hermione cargó a la bebé por primera vez, y después de haberles suplicado a las enfermeras que la pusieran en sus brazos unos segundos antes de llevarla a la UTI, el mundo había quedado paralizado. Alrededor de esa pelirrojita había un halo mágico indescriptible, una calidez que llegaba a derretir el frío de aquella habitación tan helada.

Luna se movía graciosamente en los brazos de su madre intentando tomar con sus pequeñas manitos el aire circundante. Ron, quien se encontraba abrazando a su esposa y sonriendo embobado, había agarrado su diminuto puño y dibujado circulitos con su pulgar sobre la palma de la niña amorosamente.

"Es nuestra hija" había susurrado entre suspiros.

"Es tan hermosa…" había contestado Hermione, totalmente hipnotizada con el fruto del amor entre su pelirrojo y ella.

"Lo siento, pero necesitamos llevarla a un ambiente más esteril y seguro. Todavía no está estable." dijo una enfermera del Hospital San Mungo, con lo que intentaba ser una sonrisa. Aquella mujer sabía tanto como ellos que la felicidad no duraría más que unos cortos instantes.

Con desgano, la castaña le cedió a la enfermera el pequeño bulto que resultaba ser su primera hija.

Aquella sería la primera y la última vez que la tendría entre sus cansados brazos.