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Historia 53213 — capítulo 2
Estaba encostado en la puerta de aquella habitación en penumbras, observando fijamente a la mujer con la que había compartido su vida desde sus cortos y jóvenes once años. Recordaba los buenos y los malos momentos por los que habían pasado, las heridas y cicatrices que había dejado cada desgracia estampada en la piel y en los corazones de ambos. Habían luchado contra viento y marea para estar juntos. Habían sobrevivido al dolor de perder a sus seres más queridos con el transcurso de los años. Habían tenido que pasar por situaciones terribles, situaciones que ni el más cruel de los villlanos se merece vivir.
*Vuelve a empezar. Aunque sientas que ya nada tiene sentido. Aunque te encuentres exhausto y dolorido. Aunque el llanto ahogue tu risa. Aunque sientas haber perdido una parte tuya. Aunque el miedo y la culpa sean tu compañía. Aunque te cueste aferrarte al amor y a la vida. Aunque todo parezca nada. Vuelve a empezar.*Siempre se lo repetía a sí mismo.
Habían entendido hacía mucho tiempo que al destino le encantaba ensañarse una y otra vez con ellos. La fatalidad estaba marcada en sus caminos desde un principio, nublando el sendero hacia la luz. Sabían que muchas veces no había nada que hacer salvo sentarse a sufrir y esperar a que la tormenta pasara arrasante por sus vidas, llevándose la felicidad de un minuto al otro.
Ron había comprendido desde un principio que el dolor era algo corriente en la vida de la gente. Lo veía todos los días reflejado en los rostros de sus pacientes y de quienes venían a visitarlos día tras día. Había aprendido que, en muchos casos, luchar contra la agonía y la muerte era una batalla perdida. Lo veía en los apagados ojos de las personas que transitaban aquel hospital, en sus expresiones desesperanzadas. Había asimilado que el dolor era una emoción a la que los humanos estaban obligados a sentir en carne propia. Ya estaba acostumbrado a lidiar con esa horrible sensación. Había comprendido que era necesario bloquear sus emociones y tratar de mostrar una sonrisa aunque su cuerpo quisiera caerse a pedazos y el más ferviente deseo de su ser fuera gritar con todas sus fuerzas. Sabía muy bien controlar el arte de la actuación, el arte de fingir que todo estaba bien aún en el peor de los momentos. Sabía controlar sus emociones y endurecer su palpitante corazón cada vez que el dolor amenazaba con llevarse todo a su paso. Y sin embargo, en el momento en el que la vio a ella recostada, ahogando silenciosamente sus penas con sollozos inaudibles sintió que la barrera que había intentado construir alrededor de su corazón se reducía a polvo.
No podía enfrentarla. No podía mirarla a los ojos y decirle que todo estaría bien porque, sinceramente, no sentía que fuera lo correcto. Su hija estaba muerta. El pequeño fruto de su profundo amor estaba en el cielo junto a los ángeles. Ya nada estaría bien. Nada sería igual.
Intentó recomponerse inmediatamente, a pesar de que desde el momento de la partida de aquel ser tan lleno de luz sentía como una daga se le clavaba lentamente en el pecho. Intentó ocultar su propio sufrimiento limpiándose la cara empapada en llanto, pero sus ojos hinchados y rojos como la sangre dejaban ver la realidad.
"¿Hermione? ¿Tienes sed?" preguntó su esposo con suavidad. Hacía un esfuerzo sobrehumano para Cada palabra que emitía su voz quebrada evidenciaba sin duda alguna lo partida que sentía su alma. Le costaba mirarla en esos momentos. Le provocaba más sufrimiento del que podía llegar a ser capaz de soportar. Segundos, minutos, horas habían transcurrido desde el preciso instante en el que sintieron desfallecer. Sus almas habían abandonado sus cuerpos. Trataba de enmascarar el profundo dolor del que se sentía prisionero pero le resultaba imposible. Habían perdido el bien más preciado que podrían haber poseído jamás, y las posibilidades de recuperarlo eran nulas.
Se acercó hasta la cama y se sentó a su lado. Tomó su mano con delicadeza, mostrándole que estaba allí para ella.
Hermione sacudió la cabeza en negación. Tenái bien en claro que si trataba de hablar sus silenciosos sollozos se descontrolarían hasta convertirse en gritos de piedad.
"Necesitas comer y beber algo. Perdiste más sangre de la que deberías durante el…parto. Privarte del alimento no hará que mejoren las cosas" le dijo con tristeza
"Lo sé" contestó con la voz temblando. La mpotencia de la mano de la furia comenzaba a aparecer. Había estado a punto de quitar su mano de entre las de su esposo, cuando vio el sufrimiento marcado en cada centímetro de su cara. "Lo siento. Es sólo q-que estoy…enojada, triste"
"Ambos lo estamos, amor." Suspiró profundamente. "Y así lo estaremos por un largo tiempo, pero por favor no te castigues más. Te daría lo que me pidieses, cualquier cosa para verte sonreir de nuevo o, al menos, para no verte llorar por un corto minuto. Diablos, hasta me haría amigo de Viktor o dejaría de comerme los postres para dejártelos todos a tí" dijo sonriendo, esperando que fuera contagiosa aquella acción.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de la castaña. "Siempre has sido un dulce, Ron. No pienso que exista una mujer en la Tierra a la que hayan tratado tan bien durante su embarazo como tú lo hiciste conmigo."
"Hago lo mejor que puedo. Sólo deseo que estés bien" le dijo con honestidad. "¿Entonces quieres algo para comer o alguna bebida?"
La mujer de cabellos enmarañados consideró durante unos momentos la idea de ingerir comida. La realidad era que tenía hambre, pero un nudo le ataba el estómago dolorosamente. "¿Puedes traerme algo de sopa y una jugo de naranja? Eso me gustaría mucho" le contestó intentando sonreir.
"Está bien, amor" dijo el pelirrojo. Plantó un delicado beso en la frente de su esposa y abandonó la habitación sin más preámbulos.
Hermione trató de contener las lágrimas hasta que lo vio desaparecer desde la comodidad de su cama. Observaba desde la ventana de aquel cuarto de hospital cómo su esposo iba en busca de comida y se confundía entre la multitud de enfermos y visitantes hasta que le fue imposible divisarlo. Se dio vuelta entre las sábanas enredadas y quedó dándole la espalda a la puerta mientras se hundía en un mar de pensamientos acerca de su hija. Los sollozos no se hicieron esperar más y, descontroladamente, tomaron posesión absoluta de su debilitado cuerpo. En su mente, se alstaban todas las experiencias que su pequeña Luna no viviría nunca.
Sus primeros pasos. Su primera palabra. ¿Habría dicho 'mami' o 'papi' cuando comenzase a hablar? Habría estado tan interesada como su padre en los deportes o hubiese preferido la tranquilidad de la lectura de los libros por los que su mamá solía apasionarse tanto? ¿Le hubiese gustado el helado de chocolate blanco y menta como a ella o el de frambuesa y chocolae negro como a él?
Esos pequeños detalles acerca de su hija nunca llegaría a descubrir. El cuerpecillo de la niña no había soportado más de un efímero día en este mundo, le había fallado desde el principio.
Sabía que no debía culparse por ello pero no podía dejar de hacerlo.
Le fallé a mi bebé.
En la entrada hacia la cafetería del hospital se chocó inesperadamente con Harry y Neville.
Aquellos dos hombres con quienes habían compartido más de la mitad de sus vidas no habían abandonado el ambiente frenético de San Mungo desde que la tarde anterior habían recibido la noticia del inminente parto de Hermione. El aspecto de sus rostros agotados por el cansancio y la tristeza de sus ojos decían todo. Estaban sufriendo también por lo sucedido. Les dolía ver a sus amigos de la infancia devastados por los últimos acontecimientos.
Los ojos de Ron estaban rojos de tanto llorar y su cuerpo temblaba levemente cuando se encontraron en la puerta de la cafetería. Lo habían chocado y el pelirrojo no lo había percibido en absoluto y eso los había preocupado enormemente. Durante el tiempo que estuvo allí, mantuvieron la vista fija en él, observando cómo le resultaba imposible sostener la bandeja con comida que llevaba y la arrojaba con frustración al piso para luego volver a ordenar en el mostrador lo que antes llevaba para que Hermione ingiriera.
Neville y Harry se le acercaron por detrás y apoyaron una mano en cada hombro del pelirrojo, demostrándole que no estaba solo.
"¡No se qué diablos hacer!" gritó con la voz desgarrada mientras tomaba su cabeza entre sus dos manos y se estiraba los cabellos, provocando que la fuerte jaqueca se intensificara. Se sentó en la silla próxima a ellos y refregó sus ojos rápidamente para que las lágrimas ya no fueran visibles. "Está destrozada y trato de-...peor no puedo hacer una mierda para hacerla sentir mejor. No puedo hacer nada para traerla de vuelta con nosotros. Mi hija estaba agonizando y no pude hacer absolutamente nada para salvarla y...soy un doctor, ¡Maldita sea! Debería haber podido hacer algo pero, pero ni siquiera pude ayudar a mi propia bebé...¿Qué clase de padre soy?" dijo con la mirada fija en los niños que se encontraban jugando y correteando por el lugar. Las lágrimas volvían a aparecer.
"Se que esto debe ser extremadamente difícil para ti. Lo siento por Luna..." dijo Harry viendo como los ojos de Ron se cerraban con fuerza al igual que sus puños. Y su boca trataba de no ceder ante el impulso de lanzar un gemido de dolor al recordar que su pequeña ya no volvería a estar con ellos nunca más "Pero Hermione está aquí y te necesita a su lado para salir de esto" trató de sonar lo más suave que pudo al pronunciar aquellas palabras. "Concéntrate en ella y en su bienestar"
"Claro. Ignora a la bebé muerta" escupió el pelirrojo enojado con todo lo que lo rodeaba. Súbitamente molesto con el mundo y todos los que lo pisaban.
"Nunca dije que ignoraras u olvidaras lo que pasó pero tal vez si tratas de ayudarla a Hermione, las cosas mejorarán". Ante la mirada incrédula de Ron, el hombre cabello azabache prosiguió "Sólo ha pasado un día, Ron. Todo es triste y devastador. Nada parece importante en este instante más que el dolor de la pérdida. Dale tiempo."
"Toma" le dijo Neville, entregándole la bandeja a su ojiazul amigo. "¿Quieres que la visitemos y hablemos con ella?"
"Aprecio el gesto pero necesito hablarle a solas por un momento...Verán, yo estaba planeando...entregarle esto" suspiró con pesadez y sacó de su bolsillo una pequeña y aterciopelada cajita que contenía un hermoso anillo de oro blanco con rubíes incrustados. Era una alianza de compromiso. "Tan pronto como naciera Luna le iba a pedir que se casara conmigo. Hemos estado juntos desde que nos conocimos en Hogwarts y yo- yo pensé que era tiempo pero..." volvió a suspirar "Pero ya no pienso que esté bien pedírselo. No después de esto que pasó"
"Ron no puedes permitir que esta tragedia afecte más de lo que debería a tu vida. Debes seguir viviendo, aunque duela. Debes seguir." dijo Neville tomando asiento a su lado."Pienso que ella se alegraría en demasía si se lo propones"
"Yo también pienso lo mismo" confesó Harry, tratando de animarlo un poco.
"Dejenme pensarlo por un tiempo. No tan pronto. No por ahora"
Abandonó la cafetería con la bandeja en mano deseando haber comprado algo que pudiera comer él pero no era el momento de pensar en sí mismo. Hermione necesitaba que la salvara, que fuera su héroe una vez más y la ayudara a salir del pozo negro en el que había caido el día anterior. Si ella necesitaba que él muriera de hambre y sed para ayudarla, entonces lo haría.
La amaba. No había nada más que hacer salvo ayudarla a bañarse y borrar las marcas rojas de la tragedia de su blanco cuerpo, transmitiéndole amor y seguridad. Aunque en ese instante nada parecía ser suficiente porque ese afecto incondicional lo habían esperado de su hija.
Todo se resumía a su recuerdo. Todo se relacionaba con ella.
No sé si saldremos los dos de esta situación.
Nunca había juntado el valor para decirle cuánto anhelaba hacerla su esposa y de protegerla de todo y de todos para siempre. Y no estaba seguro si lo lograría pues se sentía un miserable estúpido que había fallado en su primera tarea como padre: ayudar a su hija.
Hermione odiaba actuar de forma tan egoísta -al menos esa era la forma en la que veía la situación- porque no importaba nada salvo el hecho de que había perdido a su bebita. Y, francamente, sentía que ya nada podría importar jamás. En los días posteriores, Ron se veía sonriente y optimista a pesar de la adversidad y del sufrimiento interno que ocultaba bajo la máscara, como si todo estuviese bien, en orden. Por supuesto, nada de eso era verdad. Él no estaba bien. Era su hija también la que había muerto pero Hermione aún encontraba difícil actuar y 'olvidarse' por un pequeño instante que lo peor había ocurrido. Le costaba hablar pues sabía que un llanto estrangulado por el dolor vendría cada vez que quisiera pronunciar palabra alguna, y Ronald le tomaría la mano para demostrarle que no estaba sola, que él estaría siempre a su lado a pesar de lo bueno y lo malo, lo cual hubiese desencadenado aun más sollozos.
Todo mundo venía a visitarlos. Su querida jefa y mentora McGonagall le había dicho que los preparativos del funeral quedarían a su cargo para que no tuvieran que preocuparse por ello. Sería el domingo a las 10 de la mañana, día en el que Hermione recibiría por fin el alta médica y podría asistir. No estaba segura de qué forma reaccionaría ante la visión de su pequeña en un diminuto ataúd al recordar la frase cliché. Se supone que los hijos deben enterrar a sus padres, no los padres a sus bebés.
Hasta Severus Snape, el jefe de la UTI había dicho que asistiría el domingo al funeral. Sorpresivamente, no había hecho ningún comentario malintencionado o sarcástico y fuera de lugar. Se había quedado callado durante la mayor parte de la conversación, sólo hablando para comunicar su asistencia. Aunque, por un breve momento, recordó a Lily y sus deseos de tener un niño y la decisión de esperar a que sucediera que habían tomado antes de que ella lo abandonara para irse con Potter y tener a Harry. Snape les dijo que deberían intentar quedar embarazados nuevamente. Después de ese comentario, cuando ambos jóvenes doctores quedaron con la mirada perdida y el silencio incómodo inundó el lugar, se retiró sin más.
Harry, Neville y la mayoría del personal hospitalario habían declarado que también concurrirían. Pero eso ya no importaba. El dolor se transformó en un horrible vacío y cuando las palabras Luna y funeral se encontraban en una misma oración todo comenzaba a perder sentido una vez más. Parecía convertirse en algo sin interés cuando salía de las bocas de los demás, como si perdiese sentido, como si estuvieran refiriéndose a otro bebé y no a Luna.
Los papeles del alta habían arribado cuatro días después de aquel día negro. Todos en el hospital querían asegurarse de que Hermione estuviera suficientemente estable y luego de la última transfusión sanguínea fue declarada saludable para volver a casa. Parecía ser el momento perfecto para tener privacidad con su novio pero, en realidad, todo lo que representaba era una maldición. Ninguno de los dos estaban seguros de querer volver a su morada pues eso significaría encontrarse con la habitación de la bebé y las cosas que había comprado para ella y, simplemente, no creían que fuera posible hacerlo sin quebrarse emocionalmente una vez más.
"Muchas gracias por todo Minerva" le dijo la castaña desde su silla de ruedas en el ascensor, con Ron a su lado. "De verdad que lo aprecio mucho"
"No es nada. Ya saben que cuentan conmigo para todo lo que se les ofrezca, lo que necesiten." sonrió tristemente. La compasión y tristeza por sus dos alumnos favoritos brillando en sus ojos. Dolía "Y tomen el tiempo que precisen para volver. Recuerde que tenemos gente que puede ayudarlos y que las puertas de este hospital siempre estarán abiertas en cualquier momento para ustedes" declaró amablemente. Necesitaba aclarar lo obvio aunque sabía que era poco probable que aceptaran ayuda de alguien más.
El pelirrojo ayudó a su novia a levantarse de la silla y tomó su mano con firmeza. La cajita de terciopelo negro en la que descansaba el anillo pesando en su bolsillo, pidiendo a gritos silenciosos poder salir de su escondite. Parecía más pesada que nunca, aumentando su masa considerablemente por cada segundo que pasaba. Había pensado en proponérselo desde que ella había anunciado su embarazo. Pensaba que si hubiese sido un buen cristiano, católico, o lo que sea debería haber esperado hasta la concreción de su matrimonio para dejar a su novia encinta pero pensó que si estaba tan enamorado como él lo estaba de aquella castaña de ojos de color miel no había necesidad de una pieza de papel diciendo lo que ya sabías.
Hermione pasó por el cuarto de Luna como si estuviese participando de una maratón. Si se tomaba su tiempo para caminar por el pasillo, la tentación de ingresar a a quel dormitorio se haría presente y eso era lo que menos deseaba en esos momentos. Ron había pasado detrás de ella y posado su mano en la puerta entreabierta pero había decidido también que no era la mejor idea.
Ambos estuvieron demasiado ocupados en buscar distracciones durante los siguientes días. Hermione lo tomaba con extrema calma. Cocinaba y limpiaba, pero la mayoría del tiempo se dedicaba a leer y releer los mismo libros en la comodidad del sillón situado en la sala. Una linda novela parecía ser la perfecta elección para que su mente desapareciera de este mundo para sumergirse en otros ficticios en los que no tenía que lidiar con la muerte de su hija.
Ron se dedicaba a ordenar la casa y procurar hacer una limpieza más detallada de cada recoveco. Siempre había sido un maniático por aquella tarea incluso durante su corta infancia, cuando su madre tenía que perseguirlo por toda La Madriguera para que soltara el trapo y la escoba. Aspiró el living cuatro veces, como si una vez no fuera suficiente. Fregó los pisos de la cocina dos veces y usó dos botellas de detergente y desinfectante para lo demás. Por supuesto, limpió toda la casa - a excepción de aquel cuarto de color rosado con pequeñas haditas colando del techo.
Así transcurrió la vida hasta que lleó el sábado. La vieja rutina Weasley de limpieza había comenzado nuevamente pero Hermione decidió que ya a había sido suficiente. Basta era basta. Esa locura debería terminar.
"Ron, vas a hacer un agujero en la mesada de la cocina si continúas con esto una vez más" dijo con el ceño fruncido en preocupación pero tratando de sonar remotamente divertida.
El pelirrojo colocó la franela y el líquido que estaba usando sobre la mesada. Se acercó lentamente y la encerró en un cálido y fuerte abrazo. De repente la oscuridad comenzaba a desaparecer con lentitud. Aquel contacto desbordante de cariño y afecto era necesitado y bienvenido por ambos.
"¿Piensas que a Lunita le hubiese gustado el rojo y el amarillo? Le había comprado una sábana de ese color pensando que podría amar de pequeña a Gryffindor, la modalidad de la escuela en la que íbamos. Pero ahora el rojo me recuerda a la sangre y no quiero recordar." le preguntó ella repentinamente. Ese comentario parecía salir de la nada pero, en realidad, lo había pensado constantemente desde que habían arribado a la casa. "¿Elegí mal?"
"Creo que está leyendo demasiado, amor" comentó tratando de tomarla en brazos de una forma que le permitiera mirarla a los ojos. Descansó su frente en la de ella y sonrió. "Estoy seguro de que lo hubiese amado. Después de todo, Gryffindors es lo que fuimos y seremos siempre. Ella también lo sería. De tal madre, tal hija. ¿Verdad?"
"Si..." Las lágrimas comenzaron a caer sin piedad de sus ojos. Intentó parpadear antes de que salieran pero ya era tarde, su rostro estaba empapado en ellas. A pesar de ello, sonrió también. "¿Quieres sushi para almorzar?"
"No tengo hambre, Mione"
"¿Recuerdas lo que me dijiste en el hospital acerca de lo mal que estaba al castigarme evitando la comida y que debería probar algún bocado?" le recordó. Sabía que él la estaba pasando tan mal como ella. No era normal en Ronald Weasley no querer comer nada en absoluto, no tener hambre.
"No es lo mismo. Tú no comías porque estabas triste. Yo también lo estoy pero, en verdad no tengo hambre"
"Está bien, pero vas a comer quieras o no. Mueras de hambre o no" le dijo Hermione mientras le limpiaba la suciedad de la nariz y sonreía recordando que lo primero que le había dicho en el tren hacia la escuela era que se quitara la mugre de aquel lugar. "Aunque tenga que obligare a hacerlo y metértela por la boca"
"Ooooh, eso es asqueroso. Me vas a hacer ahogar." dijo el frunciendo el ceño ligeramente e intentando parecer enojado. "Podemos jugar después al doctor y el o la paciente. De hecho, de eso si tengo ganas"
"Demasiado cliché. ¿Qué dices del policía y el ladrón?"
"¿Quién eres y qué haces hecho con el amor de mi vida?"
Hermione sonrió con sinceridad y ganas por primera vez en días. Se salió del caluroso abrazo en que la tenía apretada Ron y sacó pescado y arroz del refrigerador, comenzando a preparar la comida.