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Cuaderno (la vida fragmentada de una escritora) — capítulo 15
Estaba casi dormida. En la ventana los árboles sin hojas y el cielo gris no llamaban su atención, todo le parecía común, no encontraba nada nuevo. Pero algo en los árboles le recordó un sueño recurrente, un sueño que la perseguía durante las noches.
Estaba en un camino natural, en medio del bosque más hermoso que se pudiera imaginar, era un bosque de cerezos. Las hojas rosadas de los árboles se movían al compás del viento, algunas se caían y se estrellaban contra el piso que tenía el aspecto de un acolchonado y confortable tapete rosa. Ella miraba aquel hermoso paisaje en el camino, estaba estática mirando la naturaleza que la rodeaba, miró el cielo y se encontró con algo desconcertante: no sabía si amanecía o anochecía, el sol estaba en el borde de la tierra, esperaba como un alma suicida para saltar al abismo, el abismo que da paso a la noche o a un nuevo día.
Pensó en el curioso ciclo que eternamente veíamos y no le damos importancia. Muerte y vida o vida y muerte según se mire, pero no de los hombres, porque desde que nace su destino es morir, en cambio los astros no tienen destino, viven en un circulo interminable. Al amanecer lo precede la noche, a la noche el atardecer.
Me pregunto qué sentirá el sol mientras arde en el horizonte y qué sentirá la luna cuando se consume en el firmamento.
Los sueños son más reales cuando estamos despiertos, la ventana ahora tenía algo nuevo, las gotas de agua mojaban y recorrían el vidrio como una lágrima sobre el rostro. Y el panorama seguía gris, el paisaje rosa estaba en su mente, solo ella estaba disfrutando el sol ausente.
Un olor a cereza recorrió su recuerdo y supo que tenía que ir a Japón, solo allí podría ver el sol en el linde del bosque de cerezos.