← Cuaderno (la vida fragmentada de una escritora) · de
Cuaderno (la vida fragmentada de una escritora) — capítulo 33
Tenía las millas suficientes para ir a Japón y volver tres veces, tenía la posibilidad de ir a cualquier lugar del mundo y en ese momento estaba en la agencia de viajes para elegir el lugar a dónde ir. Un señor muy amable me estaba atendiendo, me mostraba fotos de paisajes maravillosos, soleados, con nieve, bosques, selvas exóticas, hoteles lujosos. Ya habíamos repasado la cartilla de lugares unas cinco veces y no me decidía por ninguno, debo decir que admiro la paciencia del hombre que me esta ayudando porque cuando se trata de "decisiones" no soy la persona más rápida del mundo.
¿Playa o bosque? ¿Calor o frío? ¿Lejos o muy lejos? No tenía idea de a dónde ir.
-¿Ya eligió su destino? -me pregunto el señor de la agencia.
En ese momento entendí que no era un simple lugar, ese completo desconocido me había formulado la pregunta correcta. Yo no estaba buscando un lugar a donde ir, yo lo que necesitaba era elegir un destino para seguir.
-Disculpe y muchas gracias por su atención. Pero creo que tengo que meditar un poco más las cosas. -Con una sonrisa salí del lugar hacia mi casa. Iba en busca de un destino, una taza de café y un cigarrillo.
Sin problemas me serví un café bien cargado y me lo tomé mientras el cigarrillo se consumía y mis pulmones se llenaban de su humo dañinamente delicioso. Me había llevado la cartilla de lugares, la hojeaba una y otra vez sin descanso intentando visualizarme en algún escenario. Verano, invierno, ciudades, campos. Mi rostro no encajaba en ninguna foto.
Era un hecho, no tenía destino, estaba perdida, inmersa en un mar de fotografías retocadas y con personas felices porque luego del flash venia su paga. Esos lugares no parecían ser reales, eran tan falsos como un "lo siento" de tu enemigo. Odiaba ver que todos los lugares parecían perfectos, todos a su forma. Me daba asco tanta felicidad y tanto color.
Lo que necesitaba era una radiografía de mi mente, necesitaba respuestas y ver a través de mis ojos mentirosos, lo que mis oídos inconformes querían escuchar. Mentira tras mentira tras mentira, la única diferencia eran los precios, dólares, euros, libras. Todos los lugares me brindarían lo mismo con cualquier paquete que escogiese: una gran y amarga estadía con mi propio ser, cuestionamientos insoportables, visiones irreales de lo que debería ser y visiones mentirosas de lo que soy.
Me levanté una vez más a la cocina para llenar mi taza de café. Al volver a mi lugar de tortura o meditación, como lo se pueda llamar, me detuve en seco al ver algo perturbador. Estaba al frente de dos espejos de cuerpo entero y lo que veía simplemente no podía ser real. Fui a mirarme al espejo del baño, la misma historia: a ninguno de los tres espejos logré creer la imagen que proyectaba de mí.
Aparte de no tener rumbo, ahora había perdido mi identidad. No tenía que buscar solamente un camino por dónde deambular, ahora tenia que buscar a mi ser que se negaba a tomar su responsabilidad y vivir.