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Cuaderno (la vida fragmentada de una escritora) — capítulo 34
Tengo ganas de estar bien, de que no me duela, de tener tantos sentimiento como una piedra, si pudiera me suicidaría. Hoy he llorado tanto, hace mucho no lloraba así. Es patético ver como se me forman grandes lágrimas en el borde de los ojos. La vista se me nubla y parezco enferma. Tuve una interesante conversación con la persona que me devuelve la mirada en el espejo. No estoy segura de que la que hable sea yo, o de la que escuche sea yo, pero si sé que alguna de las dos no soy. Una es fuerte, o al menos aparenta serlo, me dice que no soy nada y que soy una idiota. Me recuerda lo débil que soy, me mira a los ojos, una mirada llena de rabia y rencor que me asusta, me dice lo que debería hacer, me dice que soy más que los demás pero necesito dejar de sentir. La otra mirada aterrorizada y llena de lágrimas permanece atenta. Dolor, sufrimiento, heridas nuevas y viejas que florecen. Lágrimas que no salen de los ojos, lágrimas que agotan mi vida. Cómo me siento, me siento como Ron enredado en el Lazo del Diablo; cada que lucho por salir, las ramas me sujetan con más fuerza, me estrangulan, me asesinan, me quitan el poco aire que me queda de los pulmones y me exprime las muchas lágrimas de mi alma. En silencio lucho. Me dicen que si me relajo, el lazo me soltará, si lucho me matará. Pero quiero luchar, quiero agotar mis fuerzas, quiero demostrarle a la multitud invisible que quiero morir en el intento. Si luchar es morir, quisiera con todas mis fuerzas morir en una batalla. No es que quiera ser el héroe o un gladiador, solo quiero que el Lazo del Diablo haga su trabajo y me mate de una vez. Quiero morir, pero sé que lo que necesito es que alguien me salve con un Lumos solem.