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Historia 54308 — capítulo 1

Prólogo: Elisa Román

Elisa Román pesaba algo más de ciento veinte kilos. Tenía treinta y un años y nunca la habían besado. En un principio, porque no le interesaba. Luego, porque por más que lo intentaba no conseguía encontrar a alguien que mirase por encima de los pliegues de grasa de su abdomen.

Elisa no siempre había sido gorda, en absoluto. Es más, al nacer, una cálida mañana de agosto de 1975, su peso había sido tan escaso que los médicos llegaron a temer por su vida. Había llegado al mundo prematuramente e, incluso, hubo un par de días en los que todo el mundo estuvo seguro de que la pequeña moriría.

Pero no. La diminuta Elisa se aferró a la vida y no murió. Y aunque al principio, durante los primeros meses, fue algo más pequeña que los otros bebés de su edad, no tardó mucho en alcanzar una altura y un peso más que normales.

Elisa se había criado en un pequeño apartamento de Madrid. Sus padres eran un camarero y una asistenta; una pareja que superaba los cuarenta y queya había renunciado a tener hijos cuando supieron que esperaban a Elisa. No hace falta decir que no tuvieron más descendencia después de ella.

A pesar de lo muy deseada que había sido, la relación de Elisa con sus padres —especialmente con su padre — siempre fue tensa. En parte, por culpa de las doce horas que ambos se pasaban trabajando cada día, tratando de sacar el dinero suficiente para poder seguir pagando los carísimos recibos; en parte, por los secretos que ambos decidieron ocultarle a la chica y que ella acabó descubriendo por sí sola.

Durante la adolescencia, cuando comenzó a engordar desmesuradamente, Elisa los culpó de su aumento de peso.

No fue hasta que los perdió, poco después de cumplir los veinte, cuando se dio cuenta de lo equivocada que estaba.

A partir de ese día, a partir del día en que se dio cuenta de hasta qué punto había juzgado mal a sus padres, Elisa se volvió una mujer silenciosa y más solitaria de lo que había sido en un principio. Comenzó a engordar más, tratando de aliviar los remordimientos por no haber pasado más tiempo con ellos.

Comenzó a quedarse los días encerrada en el piso de sus padres. Trabajaba de informática, cosa que podía hacer sin necesidad de salir. Así sólo salía de vez en cuando, para hacer la compra y poca cosa más. Los días se hicieron idénticos; se estableció una monótona y deprimente rutina que ella no sabía — ni quería*—romper— tal vez por miedo —.*

Antes de que se diera cuenta, Elisa se vio con treinta y un años y sin ningún amigo aparte de la televisión y la gente con la que chateaba en Internet. La gente ala que mentía, con la vaga esperanza de ser capaz, algún día, de mentirse a sí misma con la misma facilidad.