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Historia 54308 — capítulo 2

Capítulo I: El bocadillo de chóped

Elisa escribía en el teclado a toda velocidad, apartando de vez en cuando sus ojos de la pantalla para dar un bocado al emparedado de chóped que se había preparado.

Eran las tres de la mañana, lunes, del 13 de noviembre. La finca entera estaba en silencio, y Elisa sabía que debería de haberse acostado hacía un buen rato, pero era incapaz de despegarse del ordenador. Simplemente, aquel hombre del chat la había encantado con sus formas.

Ese señor se llamaba Enrique — al menos, decía llamarse así— y se veían, o, mejor dicho, chateaban, desde hacía cinco meses. Enrique era, sin dudas, el amigo preferido de Elisa.

Enrique dice:¿Sabes, Elisa? Nunca me has dicho de dónde eres— le dijo la pantalla del ordenador —. *Tú ya sabes que vivo en Galicia, pero, ¿qué hay de ti? —*y a continuación Enrique le mandó uno de los iconos del chat que mostraba una cara triste.

Elisa pensó antes de responder. No le gustaba decir de dónde era. Pero, pensó un instante después, ¿qué más daba? Enrique, si lugar a dudas, era lo más parecido que tenía a un amigo de verdad. A él podía confiarle ese pequeño secreto.

**Elisa dice:**Bueno, te lo diré; vivo en Madrid. Ya sabes, esa pequeña ciudad del centro de España que casi nadie conoce.

**Enrique dice:***Jajajá. Qué graciosa. No, miento, estaba siendo sarcástico. Elisa, de verdad, en lo que se refiere a hacer chistes, eres horrible —*Si hubiera sido cualquier otro quien se lo hubiera dicho, Elisa se habría enfadado. Pero como había sido Enrique y no otro, lo único que pudo hacer fue reír.

Escribió rápidamente su respuesta.

**Elisa dice:**Bueno, ¿y qué quieres? No iba a ser perfecta en todo.

**Enrique dice:**Qué coño, tienes razón — Elisa esperó unos segundos a que Enrique mandara otro mensaje. —A propósito, Elisa… ¿Cómo eres? Quiero decir; no me apetece parecer un maniático de esos que persigue a las mujeres por Internet, pero tengo curiosidad.

La mano de Elisa tembló. No supo qué decir.

No le gustaba su aspecto físico. En absoluto. Nunca se había descrito a nadie mientras chateaba y no entraba en sus planes hacerlo.

Pero como era Enrique y no otro, en lugar de cerrar el chat y no volver a conversar con él en toda su vida — cosa que ya había hecho en las otras dos ocasiones en las que le preguntaron —, respondió.

**Elisa dice:**Bueno, pero con una condición; que primero me digas tú cómo eres.

**Enrique dice:***Trato hecho —*pasó algo más de un minuto hasta que Enrique enviara su descripción. — Tengo treinta y tres años (¡Sí, señora, igualito que Jesús cuando…!). La verdad es que siempre he sido bastante delgado. Tengo el pelo moreno. Los ojos marrones. ¿Contenta?

**Elisa dice:Bueno, me lo esperaba más detallado, pero supongo que sí—. Luego, Elisa comenzó a escribir, con los dedos temblorosos: —"Yo tengo treinta y uno. Tengo los ojos y el pelo marrones. Peso más de cien kilos y tengo la espalda llena de granos."— Pero borró lo que acababa de escribir, menos la edad. Se mordió el labio inferior con fuerza. Si decía eso, Enrique se iría.

Ya no volvería a hablar con él.

Aquello la aterraba. No, no podía decirle cómo era. Claro que luego pensó*; ¿Por qué voy a decirle la verdad, si nunca va a verme?*Ya le había dicho que era maestra de escuela — siempre le habían gustado los niños —y que vivía en piso enorme — sin cucarachas en los baños —. ¿Qué más daba una mentirijilla más?

Así, en menos de un minuto tuvo una descripción mucho mejor que la de verdad. Se la mandó a Enrique sin estar convencida del todo de si lo que acababa de hacer estaba bien.

**Elisa dice:**Tengo treinta y uno. Soy rubia y tengo los ojos azules. Peso cincuenta kilos, un poco más ahora que estamos en invierno. La piel blanca (lo cierto es que a veces eso me molesta, porque tengo que ponerme mucha crema solar cuando voy a la playa)

Enrique dice:¡Vaya! Si pudieras oírme, silbaría. Debes de ser una auténtica preciosidad.

Elisa sonrió. Nadie le había dicho nunca nada así. Claro que lo único que tenía de verdad lo que acababa de decir era la edad. No tenía los ojos ni el cabello claros, y sí, la piel era blanca; pero de un blanco enfermizo; el color pálido de quien sale muy poco de casa. Incluso era mentira lo de la playa. No iba desde que tenía dieciséis años, y por aquel entonces ya le daba vergüenza su cuerpo.

**Elisa dice:**Gracias.

**Enrique dice:***No hay de qué. Ojalá pudiéramos pasar la Navidad juntos. Sería bonito, ¿no? —*Elisa rió, y como sabía que Enrique no hablaba en serio, escribió:

**Elisa dice:**Sí, sería una maravilla.

**Enrique dice:**Rubia, guapa, con los ojos azules y delgadita. Si me dijeras si vives en el centro o en las afueras, lo mismo podría encontrarte antes del veinticinco.

Elisa dice:¿Lo harías? —escribió Elisa con celeridad. El corazón le latía apresuradamente.

**Enrique dice:**Por supuesto.

**Elisa dice:**Buenas noches, Quique.

**Enrique dice:***Buenas noches, princesa. —*y era la primera vez que Enrique la llamaba de una forma distinta a su nombre.

Elisa se quedó un buen rato ante la pantalla del ordenador, releyendo la conversación. Por alguna razón, ya no se sentía bien. Tal vez era porque sentía que el "buenas noches, princesa" de Enrique y el resto de palabras bonitas no se las había dicho a ella, sino a otra mujer mejor; una mujer que no necesitaría mentir sobre su aspecto porque no pesaba más de cien kilos.

Con un suspiro, Elisa apagó el ordenador. Se dio cuenta de que había dejado el bocadillo de chóped a medio comer, tal había sido su concentración en la conversación. Se lo terminó con un par de enormes y perezosos bocados y se fue a dormir.

Por primera vez en mucho, muchísimo tiempo, tal vez un año o dos, soñó con sus padres. Soñó con aquella época en la que era feliz — o creía serlo — y querida.

Elisa estaba a punto de cumplir siete años. Era julio, pleno julio. Sus padres y ella habían hecho un pequeño viaje hacia Andalucía, en la costa, porque el calor en el centro del país, especialmente en su ciudad, se estaba volviendo insoportable.

Elisa lo pasaba bien en la playa nadaba de maravilla, por lo que se sentía relajada en el mar, dejándose mecer por el suave movimiento de las olas.

Sus padres reían. Siempre que se escapaban unos días para hacer cualquier viajecito con su hija parecían felices; inmensamente felices.

Elisa se había hecho un castillo enorme a las orillas del mar. Su madre le había ayudado a cavar un foso alrededor de él. La niña contempló, con placer, la forma en la que el foso se llenaba de agua salada gracias al hoyo que su madre había realizado desde el lugar en el las olas morían hasta la pequeña construcción de arena.

Y aunque soñar con aquel día debería de haber sido algo bueno, Elisa despertó a las seis de la mañana e, inmediatamente, comenzó a sollozar.

No le gustaba recordar el pasado; por eso había retirado las fotos de sus padres y todas las que tenía de cuando era sólo una niña.

Porque las fotografías le recordaban la mierda de vida que tenía. La forma en la que ella envejecía.

Sabía que todavía era joven, pero que no tardaría mucho en dejar de serlo. Y si había algo más patético que una gorda de treinta años, virgen, que no salía de casa, era una vieja obesa, que no había encontrado a nadie que la soportase y que viviera encerrada en un piso diminuto en el que no era raro encontrar cucarachas y otras cosas más asquerosas.

Pero no podía hacer nada por cambiar el destino que le esperaba. Ya se había acostumbrado a ese tipo de vida. Y, aunque por el día se sentía terriblemente desgraciada, había momentos, por la noche, cuando conversaba en ese chat para hacer amistades con Enrique, o, menos habitualmente, con Sara o Alex, podía llegar a imaginarse que era feliz. Sólo era un instante al día, pero Elisa se conformaba con ello.

Se conformaba con sentir, a veces, el cariño de personas que no la habían visto, que no sabían sus apellidos ni dónde vivían y que, sin embargo, la conocían mejor que mucha otra gente que la veía todas las semanas, como la vecina que le hacía el favor, aunque de mala gana, de subirle el pan todos los días para ahorrarle una visita a la calle.

Y cómo el pensar en lo deprimente que era aquello la deprimía más, y ella lo último que quería era venirse abajo, hizo lo que siempre realizaba cuando se estresaba; fue hacia la nevera e inspeccionó qué podía comer.

Eso, comer, la hacía sentir bien. Y Elisa lo único que quería era sentirse bien, aunque luego la culpa la embargara. Como la noche anterior, cuando gracias a su mentira Enrique le había dicho esas cosas tan bonitas y luego ella no había podido sentir remordimientos al saber que esos piropos estaban dirigidos a ella, sino a la mujer que, en el fondo, deseaba*— anhelaba —* ser.