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Historia 54308 — capítulo 3

Capítulo II: La tarta de manzana

Elisa gruñó, molesta, y cambió de canal. Aquella tarde — miércoles— no hacían nada bueno por la tele.

Un programa del corazón por ahí, una serie de dibujos animados hecha para niños de uno o dos años por el otro lado, una película española de los años sesenta, de esas que se solía poner su madre a la hora de la siesta…

Y como no había nada mejor en la tele, Elisa decidió imitar, por una vez, a su difunta madre y trató de prestar atención a la —seguramente— aburridísima película.

En esos momentos, dos adolescentes, sentados bajo la sombra de un árbol, se susurraban palabras ñoñas y reían como cualquier par de jóvenes que creen estar enamorados.

Eso le recordó a Elisa una tarde de 1989, cuando tenía catorce años. Era diciembre, y hacía muchísimo frío. La nariz se le había puesto completamente roja y los ojos le lagrimeaban…

Madrid. 5 de diciembre. Como era — y es— habitual es esa ciudad, las temperaturas habían descendido drásticamente con la llegada del invierno. Todo el mundo se había visto obligado a sacar, de un día para otro, los abrigos de los armarios.

Aquella tarde Elisa, que, a sus catorce años, medía poco menos de un metro y medio y pesaba cincuenta y cinco kilos — un peso bastante normal para su edad — acababa de salir de la escuela.

Normalmente volvía a casa sola, o acompañada de una o dos chicas de su clase que, aunque no podía considerar amigas suyas, se llevaban bastante bien con ella. Elisa no tenía amigos, en realidad. Tampoco era que toda la clase la odiara; pero era demasiado callada como para establecer una amistad con alguien. Sólo hablaba con los demás cuando éstos se dirigían a ella.

Aquel día un chico, Alex, que iba a su mismo curso, se había ofrecido a acompañarla. Ella, aunque extrañada, había aceptado la propuesta de él. Alex era un muchacho simpático, a su parecer, y lo cierto era que no le gustaba regresar sin compañía, aunque eso nunca lo reconocería en voz alta.

Así que allí estaban Elisa y él. Caminaban a paso lento, compartiendo un agradable silencio que ella no tenía ganas de romper. Pero cuando estaban a mitad del camino, Alex comenzó a hablar.

—Me voy a Barcelona con mis padres. En cuanto empiecen las vacaciones de Navidad — dijo. La voz todavía no había terminado de cambiar, y era difícil de decidir si se parecía más a la de un niño o a la de un hombre.

—Vaya, es una pena — contestó Elisa, realmente entristecida. No había muchos chicos que le cayeran bien y no le apetecía perder de vista a uno de los pocos que era de su agrado.

—Sí. Una pena — repitió él.

Volvieron a quedarse callados. Elisa notó cómo algo en el ambiente cambiaba Esta vez el silencio no era relajado, sino tenso, incómodo. Alex parecía nervioso, y, por alguna extraña razón, ella también lo estaba.

—Es aquí — le dijo Elisa minutos después, cuando llegaron a la puerta del edifico en el que vivía.

Era una vieja finca, cuya pintura amarilla comenzaba a ser arrancada por el sol y las lluvias. Muchas de los pisos del inmueble estaban vacíos, cosa que se veía a simple vista desde la calle, porque las ventanas de esas viviendas estaban sucias, desprovistas de cortinas o plantas en los pequeños balcones.

—Bien, vale — contestó él. Sonrió. Por alguna extraña razón, Elisa se resistía a girarse e introducirse en el interior del edificio; por algún motivo, algo en su interior le hizo quedarse allí, quieta.

Al ver que Elisa no se movía, Alex se acercó a ella. La chica sintió como el corazón se le aceleraba. Nunca la habían besado, pero algo le dijo que el chico quería hacerlo. No se sorprendió al descubrir que ella también lo deseaba

Sus ojos se cerraron instintivamente. Sintió como él se le acercaba más. Incluso fue capaz de percibir el aliento húmedo cerca de su propia boca. Y entonces…

—Perdona, niña, pero… ¿me dejas pasar? — dijo de mala gana una anciana. Los chicos se separaron al instante, sonrojados.

—Sí, claro. Perdón — murmuró Elisa con la cabeza gacha mientras se alejaba de la puerta.

Luego miró a Alex. Observó sus ojos; y de la misma forma que había sabido hacía menos de dos minutos que él quería besarla, adivinó ahora que la magia se había roto.

Sacó la llave de su mochila y se despidió apresuradamente de él, avergonzada. Alex no hizo nada por retenerla.

Y así fue lo más parecido que había tenido Elisa a un beso. Un momento a los catorce años, con un chico al que, por alguna razón, le gustaba.

Claro que Alex no volvió a dirigirle la palabra hasta el último día de clase antes de las Navidades. La última vez que se vieron él se dignó a murmurarle un "adiós" antes de salir precipitadamente del aula. Luego el chico se mudó a Barcelona con sus padres, y Elisa, por supuesto, no había vuelto a verlo.

—Que se pudra — dijo, malhumorada, apagando la tele; borrando de la pantalla la imagen de la película antigua en la que dos adolescentes decían palabras cursis y empalagosas.

Se preguntó por qué demonios se había acordado de aquello precisamente en esemomento; hacía muchísimo tiempo que no pensaba en ello.

Aquel recuerdo era doloroso. No porque se sintiera herida porque el chico no le había vuelto a hacer caso — que también — sino porque había sido poco después cuando comenzó a aumentar de peso. Como era una extraña para sus compañeros, algunos comenzaron a meterse con ella. No todos, pero sí unos pocos.

Ese comenzó a la vuelta de las vacaciones de verano, cuando cumplió quince años. Había engordado casi veinte quilos en menos de un año, y se sentía ya gorda y fea. Cuando empezaron las burlas… bueno, comenzó a comer más. Y engordó más. Y las burlas se intensificaron. Y todo había acabado convirtiéndose en un círculo vicioso, imposible de parar.

La respiración de Elisa comenzó a acelerarse al recordarlo. El pulso comenzó a intensificarse. Cerró los ojos, presa del pánico. No le gustaba aquella sensación de ahogo; no le gustaba recordar, no le gustaba sufrir.

En cuanto consiguió estabilizar un poco su respiración, se levantó. Fue a su sala preferida; la cocina. Sus dedos tiraron de la puerta de la nevera como Elisa le estuviese dando la mano a una vieja amiga.

La comida seleccionada fue una tarta de manzana, dulce y jugosa. La había hecho el día anterior, por la tarde; no le gustaba demasiado cocinar, pero sí que le agradaba el sabor de sus comidas caseras por lo que solía prepararse platos a menudo. Debía de reconocer que había heredado el talento de su madre para los guisos.

La tarta no tardó mucho en desaparecer. Dejó el plato sucio en el que había reposado la comida en la pila y decidió que lo limpiaría después.

Como no quería encender de nuevo el televisor — no se arriesgaría a que otra estúpida película de adolescentes le arrancara de nuevo recuerdos dolorosos — fue directamente hacia la mesa del ordenador.

No pudoevitar sonreír al entrar en el chat y ver en su lista de amigos que Enrique estaba conectado. Antes de que ella pudiera saludarle, el hombre ya le había mandado un mensaje.

Enrique dice:¡Mira quién está aquí! La súper modelo. ¿Qué le trae por el chat, señorita?

**Elisa dice:**No tenía nada que hacer entre pasarela y pasarela — Elisa rió mientras escribía aquello.

**Enrique dice:**Bueno, parece que la mujercita se lo tiene muy creído.

Elisa dice:¿Y qué quieres, querido? Las estrellas somos así.

**Enrique dice:**Jajá. Vale, corta el rollo o esto comenzará a deprimirme.

**Elisa dice:**Eres tú el que ha empezado, Quique.

**Enrique dice:***Y ahora lo acabo. Por cierto, quiero proponerte algo —*Elisa esperó unos segundos a que Enrique continuase. Como no apreció ningún mensaje en la pantalla, preguntó:

Elisa dice:¿Qué es? — Enrique aún tardó un minuto, más o menos, en contestar.

**Enrique dice:**Voy a ir a Madrid en Navidades a visitar a mi hermano. Había pensado que podríamos vernos. Ya sabes, ir a tomar un café o algo así. Se supone que estamos aquí para hacer amistades y eso es lo que hemos hecho tú y yo, ¿verdad?

Pero Enrique no obtuvo respuesta a su pregunta, porque en cuanto mandó su mensaje Elisa apagó el ordenador y luego lo cerró de golpe. Comenzó a respirar agitadamente y un par de lágrimas cayeron por sus ojos.

*¿Qué hago?*Se preguntó una y otra vez, pero no consiguió entrar una respuesta. Enrique era un hombre agradable, era su amigo, como bien había dicho él. El único con el que se había atrevido a relacionarse.

Y ahora, ¿qué?; ¿desaparecía del chat?, ¿ponía cualquier excusa tonta?

Qué complicado resultaba todo aquello. Maldijo el momento en que había decidido agregar a Enrique a su lista de amigos en el chat — una lista que sólo contaba con otras tres personas, por cierto —. Pero ahora el daño estaba hecho.

Se retiró a su cuarto, y lloró durante horas. Lloró porque de nuevo se sentía sola. Siempre había sido así, pero una parte de toda esa sensación de abandono, de no pertenecer al mundo, había ido desapareciendo conforme conocía a Enrique.

Ahora toda esa soledad volvía de golpe. Elisa no se veía capaz de soportarlo y aunque no lo hizo, la idea de llenar la bañera con agua caliente y coger el bote con las pastillas que tomaba a veces para poder dormir le pareció tentadora.