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La vida continúa — capítulo 1

— Recuerdo cuando la vi, Dora. Estaba allí. Sangraba por todos lados. Un hombre de mediana edad corría tras la camilla, mientras la ingresaban en el pabellón de emergencias. La miré pasar. Había tenido un accidente y había sido atropellada. No respiraba muy bien y tenía varias de sus costillas fracturadas. Una mujer, miraba a un hombre de piel ligeramente pálida. De pequeños ojos negros y de cabello tan negro como dichos ojos. Grasoso. Alto y delgado, de contextura media y con un semblante serio y ceñudo. Cejas ligeramente pobladas y labios delgados. — No sabían qué hacer. Su presión no se estabilizaba y tenían miedo de una ruptura en los vasos sanguíneos. Había sangrado interno. Tenían que operar de inmediato. Y pues casualmente, yo pasaba por allí. Pedí a gritos que se apartaran de ella. No tenía mi indumentaria y no estaba de servicio. Gritaba para que me dieran equipos y asistencia. Un supervisor quiso detenerme, así que lo empujé y cayó sobre un par de orinales que habíamos recolectado de los pacientes. Creo que luego de eso, el doctor Koffman jamás me perdonó. "Su camilla rodaba a gran velocidad. Yo estaba junto a ella. La admiré en el proceso y noté que era una mujer muy hermosa, que posiblemente terminaría desfigurada a raíz del accidente. Suspiré y comprendí que incluso a los ángeles; le sucedían esas cosas. Sí, Dora. Yo creo que cada mujer es un ángel. No me mires de esa forma, porque simplemente no discerniré de mi opinión. El doctor Koffman luego de recuperarse, se dirigió a mí en malos términos. Dijo que estaba loco. Sin embargo, yo no tenía tiempo para oírlo. Abrí un estuche de un residente y sustraje un bisturí y un par de gasas. Pedí que conectaran su brazo a un poco de soluciones que no recuerdo qué demonios eran. En ese entonces, estaba pensando en dónde operar para sustraer los vidrios incrustados y objetos contundentes. Tenía un solo zapato, así que se lo quité e imaginé que el otro lo había perdido en el accidente. Su cabello era un desastre y en sí toda ella, parecía haber sufrido de espasmos de dolor. Su rostro estaba rígido. Así que seguramente, había caído en la inconsciencia desde hacía poco. Estábamos listos para operar. Me dejaron solo en la habitación y la mujer conectada a un respirador. Silencio en aquella habitación. Bueno, decirte que el silencio era lo que más me gustaba de las operaciones. Solo el sonido de los aparatos, nadie hablaba. Nadie decía estupideces. La miré por unos minutos, necesitaba concentrarme.  Admiré todos los ángulos, antes de permitir que residentes entraran. Que mis ayudantes estuvieran allí. Dora, ya sabía qué hacer. Tenía sentido. Todo tenía sentido. La operación duro alrededor de dos horas y media. La mujer tenía una presión débil, pero aún así no representó mucho problema. Con sus costillas hicimos un par de arreglos. Necesitaba reposo absoluto. Aprendí a querer a la sangre, aprendiendo a querer a aquellos que la portaban y me amaban. No muchos. Bueno, tú me conoces. La trasladaron a una habitación de cuidados intermedios. Aún estaba inconsciente cuando fui a verla. Necesitaban mi opinión sobre la sangre que debía recibir y querían saber si no se formarían coágulos que obstruyeran el paso.  Así que pasé largas horas, mirándola. Era en verdad una mujer muy hermosa y no suelo decir esto todo el tiempo. O siquiera pensar en eso. Para cuando despertó, yo la miraba. Miró a su alrededor y muy pronto se sintió asustada y preocupada. Le rogué que se calmara, que todo iba a estar bien. Ella me miró y entonces, bien toda la parte introductoria. Yo soy el médico que te operó, que te salvó la vida. Soy Severus Snape, cirujano y ¿tú eres?  Hermione Granger, me dijo. Le indiqué que se quedaría por un par de días, tal vez unas semanas. Necesitaba descansar. Le pedí que me hablara del accidente. Ella no recordaba gran cosa. Dijo que mientras cruzaba la calle, un auto la había arrollado. Era aquel hombre que había visto. No había suficiente iluminación y no la vio pasar. Le pregunté si presentaría cargos, pero el hombre estaba dispuesto a colaborar con la cuenta de la operación. Entró a verla mientras yo estaba allí. Ella sonreía suavemente. No prestaba atención a que simplemente pudo haber perdido su vida. Y además, no dejaba de agradecérmelo. Había salvado su vida. Y ese era mi trabajo diario. Pan de cada día, pero ella estaba muy agradecida. No dejaba de decírmelo. Permanecí a su lado, mientras tomaban su tensión y palpaban su abdomen, en busca de coágulos o extrañas masas alrededor de las heridas. Las costillas parecía que se regenerarían bien. Por suerte ella era joven. Ya que la operación se había hecho casi violentamente, había que verificar su estado de salud. Me fui a la hora del almuerzo. Necesitaba descansar luego de dos horas de operación, sin interrupciones de alguna clase. Al volver a casa, simplemente me quedé dormido. Bueno Dora, necesitaba pensar. La mujer que acababa de salvar, por una particular razón, cruzaba mi cabeza. De forma silenciosa y tranquila. Le habíamos preguntado por referencias familiares. Era hija única y solo tenía una amiga.  Estaba sola. Tal como yo.