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La vida continúa — capítulo 2

Desperté esa mañana, con muchas quejas y reportes encima. Koffman estaba enfadado y no tardó en llamarme a su oficina. Virtualmente me gritó hasta que se quedó sin voz. Pero la política de ese hospital, era no dejar morir a ningún paciente. Yo no podía dejarla morir. Y salía de aquella oficina, pensando en verla. En saber cómo seguía, luego de esa operación tan difícil. En cuanto crucé un pasillo, escuché que había tenido una subida de tensión y habían tenido que conectarla a un respirador. Pregunté si estaba bien y el mismo hombre que la había atropellado accidentalmente, estaba allí. Se presentó como Vernon. Le dije que tenía que mantener la cama. No necesitaba venir todos los días. Ella no se moriría. Solo necesitaba ajustar las cuentas que iba a pagar y asunto arreglado. Ella no había levantado cargos. Nunca entendí por qué. Ella estaba dormida, cuando entré a verla. No puedo preguntarme, por qué fui a verla. Quería demostrarle a Koffman, que tenía razón. Me senté a contemplarla. No tenía muchas horas con el respirador. Pregunté la causa de la tensión alta. Nadie supo la razón. Tenía que esperar para que despertara. Despertó luego de unas horas. Pansy, mi secretaria, había concertado algunas citas. Más sin embargo, yo estaba ocupado en atender su caso. Quizá algo había salido mal. Tú sabes, Dora. La credibilidad como médico, tenía que estar primero. No podía morirse o sería una mancha en mi historial. Como sea, ella abrió sus ojos y ladeó la cabeza en mi dirección. La enfermera me preguntó si debíamos sacar el respirador. Tomé su mano y medí su pulso. Coloqué mi mano sobre su abdomen y le pedí que respirara. Quizá tenía fuerza para ello. Lo aparté de su rostro. Respiró agitadamente, por unos minutos.  — ¿Cómo se siente? ¿Puede hablar?— pregunté y ella despegó los labios con suavidad. Me incliné un poco para oírla mejor. — Estoy... mareada. — Es muy normal. Subió su tensión y utilizaron medicamentos de alto impacto para bajarla y prevenir un shock. Es muy normal que sienta descompensación. Asintió, dudosa. Me quedé sentado allí, preguntándole si quería que llamáramos a su amiga. Afirmó con la cabeza y me levanté del asiento. Antes de irme, ella me pidió que no saliera de la habitación. Me di la vuelta y la miré.  Me sonrió y me agradeció nuevamente, que estuviera allí. Caminé una vez más hacia ella y tuve la curiosidad de saber, porqué su tensión había subido tan drásticamente. — Estaba muy asustada. Me dolía mucho el abdomen. — Sus costillas, la presión que ejerció el auto. Todo eso influye. Tiene que relajarse. Si le duele, puede llamar a una de las enfermeras, para que le brinde un calmante. — Lo lamento. — No tiene por qué disculparse. Es natural que sienta miedo. No se preocupe. Trate de relajarse con la comida gratis, que tampoco es muy buena. Con los días sin trabajar y sin preocuparse por las cuentas. — Trabajo en un negocio propio. — Mucho mejor aún, asumo. No tiene por qué pensar en todo lo que se perderá. El negocio puede darse unas vacaciones. Me iba, Dora... más sin embargo, la oí gemir y me detuve en seco. Me di la vuelta y la miré. Se sostuvo un costado y se quejaba. Me incliné y puse una mano sobre ella. Los puntos estaban algo sentidos aún. No debía hacer esfuerzos. La miré, mientras apartaba su mano y llamaba a una enfermera. Le receté un par de calmantes y le dije a la enfermera,que si surgía alguna eventualidad.... que me llamara. Sabes muy bien, Dora, que nunca hago eso. Pero con ella lo hice. A mi teléfono móvil. Eso jamás lo hacía con algún cliente. Mi privacidad, era simplemente eso. Respetada. Sin embargo, a ella se lo permití. Parecía sufrir más de la cuenta. La dejé una vez más, en el almuerzo y le pedí a mi secretaria que llamara a su amiga.