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'Hermitage Road' — capítulo 56
Se paseaba histérica por la pequeña habitación, aún sabiendo que se arriesgaba a tropezar con las patas de la cama o las del perro. Llevaba toda la noche desvelada, pero, a pesar de que la habían atiborrado a calmantes, la situación era lo suficientemente grave como para llegar a la histeria.
Le había llamado más de veinte veces al móvil y no contestaba; el número de mensajes SMS que le había enviado (con ayuda del doctor Snape) había ocupado por completo la escasa memoria de su teléfono e, incluso, se había paseado por las calles con Pipo conservando la esperanza de que su mascota proporcionase alguna pista sobre dónde se podía encontrar su educador. Mas todo había sido en vano. En 'Hermitage Road' solamente le habían podido confirmar que el chico había estado allí aquella misma mañana, pero que a primera hora de la tarde se había marchado sin decir adónde.
La mujer soportaba tal incertidumbre y desasosiego interior que había estado a punto de llamar a la Policía, pero las enfermeras le habían convencido de que todavía no tenían ningún indicio para suponer que a su novio le hubiera pasado algo. Además, había que esperar veinticuatro horas para denunciar una desaparición.
Cada cinco minutos pasaba por recepción en busca de alguna noticia sobre el paradero de Draco, pero siempre acababa volviendo a la habitación con las lágrimas empañando su rostro y un nudo en la garganta tan fuerte que apenas la dejaba respirar. Los segundos arañaban su alma, los minutos parecían décadas, y las horas eran la mayor agonía de todas. El cansancio acumulado y la insoportable desesperación hicieron mella en ella poco antes de las cuatro y media de la mañana: cayó dormida sobre la mullida alfombra que le había servido de paño de lágrimas. Pipo se arrimó junto a ella y la acunó hasta que el sueño también le pasó factura al can.
Estaba harto de esperar. Sus amigos nunca le habían dado buenos consejos y estaba seguro de que esta vez no sería distinta. "No muevas ficha hasta que Pansy confiese por qué ha dejado de hablarte de la noche a la mañana", le había sugerido el ingenuo de Justin, con aprobación del resto de la cuadrilla. ¡Menuda estupidez! ¿Ahora tenía que aceptar los consejos de una panda de niñatos que no se habían comido un rosco en su vida?
No podía esperar a que su amiga diera señales de vida en parte porque tenía la horrible opresión estomacal que anunciaba que todo era culpa suya. Desde el día en que Ginny le había despachado sin miramientos, Parkinson no había vuelto a contestar a ninguna de sus llamadas, y lo peor era que sus compañeros de la residencia le impedían acercarse a ella para aclararlo todo. De hecho, había llegado a sus oídos la creación de unas patrullas que no le permitían acceder al segundo piso, donde se encontraba la habitación de su amiga. No quería creer que la pelirroja había sido tan bocazas como para contar lo que había pasado entre ellos dos hacía años. Eso era parte del pasado y no debía ser removido. Sin embargo, visto lo visto, empezaba a dudar de lo que la morena podía saber o no respecto a su antigua relación con la chica Weasley.
Al final, la incertidumbre lo había superado y había cometido la locura de intentar abordarla en la residencia. Debido a eso, en aquel momento se le podía ver trepando por la fachada de la residencia a plena luz del día. Por suerte, la única ventana abierta por la que podía acceder al edificio estaba orientada al norte, de modo que no daba directamente a la calle del pueblo, sino que miraba hacia el patio trasero, cuyos únicos espías eran los pájaros posados en las ramas de los árboles.
No tenía ni idea de escalada, pero le resultó más fácil de lo que había imaginado. Tal vez los grandes bloques de granito sobresaliente que componían y adornaban las paredes exteriores de 'Hermitage Road' contribuyeron enormemente a que sus zapatillas de deporte encontrasen estabilidad en el ascenso. No llevaba cuerdas ni ganchos para trepar, simplemente se valía de sus manos. Aunque sabía que una caída desde lo alto sería dolorosa, mientras no se golpease la cabeza o las vértebras no tendría nada que lamentar. Lo que más temía era que el viento cerrase la ventana cuando ya estaba a medio ascenso, porque subir le parecía fácil, pero no tenía ni idea de cómo bajar. Sus preocupaciones no tuvieron razón de ser porque, no sólo pudo alcanzar la ventana del segundo piso sin problemas, sino que además encontró el pasillo despejado.
Llegó a la habitación de Pansy sin hacer ruido y con todos los sentidos alerta por si algún estudiante le sorprendía por allí. Tocó en la puerta con los nudillos rezando para que la chica estuviera dentro. En caso contrario, todo lo que había hecho habría resultado en vano pues no sabía en qué otra parte podría encontrarla.
-Ginny, ¡déjame en paz! -escuchó al otro lado.
-No soy Ginny -informó con una sonrisa cómplice. Para su sorpresa, la puerta se abrió y dejó ver a una joven muy desgastada, con ojeras rosadas que enmarcaban sus bellos ojos, ahora aguados. A Seamus se le cayó el alma a los pies al ver la guisa de la morena, pero recordó que su propósito era remediar aquello cuanto antes.
-¿Cómo has llegado hasta aquí? -susurró ella medio asombrada, medio enfurecida.
-Por la ventana abierta del pasillo -explicó el chico.
Pansy, ni corta ni perezosa, se dirigió al extremo del piso y miró a través de la ventana.
-¿Has escalado hasta aquí? -El muchacho asintió con modestia-. ¿Por qué?
-Necesitaba verte.
-Márchate -La joven regresó a su habitación y trató de cerrar la puerta en las narices de Finnigan, pero el chico atrancó el pie ante el marco, lo que impidió a la mujer llevar a cabo sus propósitos.
-Llevas semanas evitándome, encerrada en tu habitación -dijo él- ¿Hasta cuándo seguirás con esa actitud?
-Márchate, Seamus -repitió Pansy.
-Dime qué te pasa y me iré -juró-. Parece que estás cabreada conmigo y no sé por qué.
Aquellas palabras enervaron a la chica.
-¡¿Que no sabes por qué?! -se escandalizó-. Eres tan hipócrita y mentiroso que ni siquiera puedes suponer que te haya descubierto.
-Te prometo que no tengo ni idea de a lo que te refieres, Pansy.
-¡Pregúntale a Ginny a ver si ella sabe por qué estoy decepcionada contigo! -Dejó caer la aguja de su tacón sobre el zapato de Seamus, quien chilló de dolor y lo apartó de la puerta como un acto reflejo. Ella aprovechó para cerrar la puerta y echar el pestillo.
El sol incidió directamente en sus ojos, sobresaltándola. Por el tacto y el olor de las sábanas y la colcha supuso que alguien la había arropado en su cama. Se levantó de un salto y el súbito y agudo dolor de cabeza le hizo recordar todos los detalles del día anterior: la eterna espera, la desaparición de Draco…
Pipo se asustó cuando su dueña pisó la larga y peluda cola, pero en seguida se puso a ladrar al distinguir entre los aromas que coronaban la estancia uno que el día anterior no se había podido apreciar. Su visión canina apenas le permitió vislumbrar la figura de un hombre sentado en el taburete que Astoria utilizaba para mantener el equilibrio cuando se calzaba los zapatos. Saltó sobre él en cuanto lo reconoció, y lo duchó a lametazos.
La ciega apreció la alegría que destilaba su mascota y valiéndose de la anatomía del perro llegó hasta donde estaba quien la había cuidado por la noche. Le bastó con agarrar sus manos para saber que Draco había vuelto sano y salvo a Chester.
-¡Draco! -Chilló de alegría a la vez que ahogaba al muchacho en un abrazo-. ¿Qué te ha pasado? Dónde estuviste ayer por la noche? ¿Por qué no me llamaste? ¡Te he dejado mil mensajes!
El rubio permaneció impasible ante las palabras de la joven, algo que ella no tardó en notar al sentir que su abrazo no era correspondido.
-¿Qué te pasa? -No podía ver el rostro de su novio debido a su ceguera irreversible, pero le bastaba palpar al chico para saber cómo se sentía, y en aquellos momentos sólo percibía frialdad y rencor.
Malfoy desplegó la carta que le había torturado durante toda la noche y comenzó a leerla.
Sus peores temores acababan de ser confirmados. Pansy sabía todo acerca de su pasado o, mejor dicho, sabía lo que Ginny le había contado, lo que era incluso peor: en caso de que la Weasley no hubiese relatado la verdad, saldría muy mal parado. Sabía que la pelirroja lo odiaba y con razón, pero había tratado por todos los medios no cometer los mismos errores con Pansy. Ahora todo se había ido al garete. La morena conocía su pasado, lo bastante como para no querer saber nada de él y, aunque lo entendía, no podía negar que sentía muchísima pena por no volver a sentir el cariño de su amiga.
Se masajeó el pie de nuevo. Todavía le dolía el pisotón de Parkinson, pero su sangrante corazón era una herida que escocía más. Si la maldita Weasley hubiera mantenido la boquita cerrada, en aquellos momentos estaría ayudando a una sonriente Pansy con el trabajo comparativo sobre Derecho europeo y americano, en vez de lamentarse en el rellano del piso superior.
-¡Eh! ¡¿Qué estás haciendo aquí?!
Se giró hacia quien le llamaba y encontró al muchacho rubio que había pasado las vacaciones de Pascua junto a Pansy en 'Hermitage Road'.
-Rolf, ¿no? -preguntó.
-¿Cómo has podido llegar al piso de arriba sin que nadie te haya visto?
-Magia -ironizó Finnigan.
-Sal de aquí ahora mismo si no quieres que avise a los demás -le amenazó el joven-. Sabes que tienen muchas ganas de pillarte desprevenido y decirte unas cuantas cosas.
Seamus no necesitó más información para saber que le había llegado la hora de escapar con el rabo entre las piernas. Pasó frente a Rolf y bajó las escaleras a toda prisa. Se metió en su habitación y paseó por ella desesperado. ¿Debería haber hecho caso a Finch-Fletchley? ¿Habría sido una locura enfrentarse a Pansy?
Tras mucho pensarlo tomó una decisión que no tenía vuelta atrás. No iba a dejar que los errores que había cometido hace años le pasaran factura, y menos con Pansy. Averiguaría qué demonios le había contado Ginny a la morena y, después, trataría de demostrar a su amiga que aquello jamás en la vida se volvería a repetir, que fue algo que hizo cuando era joven e ingenuo y que ni se le pasaría por la cabeza cometer semejante estupidez en un futuro. Insistiría a Pansy hasta que ésta le permitiera volver a formar parte de su vida, tal y como ella ya formaba parte de él.
Cuando terminó la lectura, su voz estaba ronca y su piel húmeda. Había tratado de contener sus emociones, pero había sido en vano. A medida que su vista se había ido posando en las palabras, más y más lágrimas habían ido cayendo hasta emborronar la tinta de la carta. Por suerte, su compañera no lo podía notar, aunque el ahogamiento de su voz delataba el dolor que le producía cada línea.
Dobló de nuevo la página y la lanzó bruscamente contra el regazo de la ciega.
-Si tienes algo que decir, adelante -la animó él-. Estoy dispuesto a escucharte, aunque la he leído mil y un veces y creo que no hay explicación posible. Está muy claro lo que aquí pone.
-El problema, Draco -dijo Astoria, que había permanecido muy seria durante la lectura-, es que yo nunca he tenido una conversación como la que relata Daphne, ni con ella ni con nadie, así que no puedo haber recibido una contestación de un diálogo que jamás ha existido.
-Más te vale ser más convincente porque no hay pruebas de que tú hayas dicho todo lo que aquí pone, pero tampoco hay evidencia de que no sea así.
-¿Y prefieres creer a un papel antes que a tu novia? -replicó incrédula.
-¡No puedo pasar del tema como si nunca hubiese llegado esta carta a mis manos! -Lloró Draco-. Precisamente, lo que más me mosquea es que todo estaba preparado para que yo no leyera esta carta. De hecho, tu hermana insistió en que te llegase por medio de una enfermera. Tal vez porque temía que rompiésemos nuestra relación y que no se llevase ni un céntimo del botín tan suculento que pretendíais obtener de mis ahorros…
-¡Ni se te ocurra insinuar que Daphne y yo tratamos de sacarte los cuartos! ¡Cómo te atreves a pensar así de mí! -chilló indignada-. Para que veas lo equivocado que estás, vamos a llamar a mi hermana para que nos explique a los dos todas las mentiras que aparecen aquí.
La invidente cogió su móvil y, palpando el teclado, pulsó la tecla que permitía contactar directamente con la otra hermana Greengrass. Puso el manos-libres para que Draco escuchara la conversación, pero no sirvió de nada pues no se dio contestación alguna. Daphne no cogía el teléfono.
-En cuanto consiga contactar con ella, veremos de qué va todo esto -aseguró ella-. No sé por qué Daphne se ha inventado todas esas estupideces que me has leído, pero si tú estás enfadado, yo tanto o más.
-Hasta entonces -dijo el hombre-, creo que deberíamos limitarnos exclusivamente a comportarnos como profesor y alumna.
-¿Vas a romper nuestra relación, Draco? -Preguntó ella, con miedo por primera vez-. ¿Vas a permitir que una mentira destroce lo mucho que nos queremos?
-¡No tengo ni idea de si me quieres tanto como dices! -explotó-. Tu cuerpo y tus caricias me cuentan que me adoras, pero esta carta…
-Si cortas conmigo, demostrarás que no te intereso tanto como yo pensaba. No sé ni cómo se te puede pasar por la cabeza dejarme sólo por algo que no sabes ni siquiera si es cierto.
-Entiende que esto es una brecha entre nosotros, Astoria. Sea verdad o mentira, ya nos ha hecho daño.
-No, Draco; no te confundas. Te ha hecho daño a ti porque, aunque tú insistas en que no sabes qué creer, en el fondo no te fías ni un pelo de mí.
El rubio no contestó. La joven tenía razón. Independientemente de lo cierto de aquel folio, le resultaba imposible fiarse de Astoria. La amaba intensamente y, precisamente por eso, la decepción había sido tan grande que se sentía muy traicionado. Había pasado toda la noche pensando que las hermanas Greengrass eran unas cazafortunas, y la explicación de diez minutos que la ciega le había dado no era suficiente para despejar la duda que ya se había sembrado en él.
Astoria comprendió en el silencio del muchacho que él ya había decidido no creerla.
-¿Por qué no dices lo que piensas? -le provocó-. ¿Por qué no me gritas que soy lo peor que te has encontrado en la vida?
-Astoria, no sigas por ahí… -le pidió Draco.
-¡Lo estás deseando! -comentó orgullosa-. ¿Necesitas desahogarte? ¡Pues insúltame todo lo quieras, me da igual!
-¡Me has utilizado! -La provocación de la chica había logrado desestabilizar emocionalmente al rubio, quien ya no podía aguantar más el dolor que le martirizaba, del mismo modo que lo había hecho cuando se había abandonado a la botella de whisky, la noche anterior. Confesó todo lo que sentía, aunque sabía que sólo serviría para que se clavasen aún más los puñales entre los dos-. Sólo querías arrimarte a mí por la posición social. ¡Y fuiste lo bastante hipócrita como para ponerte a llorar por lo que te dijeron mis padres! Eres igual de materialista que ellos; sólo te importa el dinero.
Pipo se removió nervioso por la voz alzada del chico y corrió a enredarse en las piernas de su dueña, quien lloraba desolada al comprobar que no podía hacer nada para convencer de su inocencia al que hasta hacía unos minutos había sido su novio.
-Ahora entiendo por qué tu hermana insistió tanto en que yo fuese tu tutor -continuó él-. Seguro que lo habíais planeado entre las dos, ¿no es así? Puedes decirlo, ya no tienes nada que perder.
La invidente no pronunció ni una palabra. No merecía la pena.
Aquella carta que había sido su perdición era bastante clara en su contenido: no contenía ni una sola palabra bonita para Draco, pero sí estaba llena de términos monetarios y de propiedades que pertenecían al rubio. No tenía ni idea de por qué Daphne le había ocultado que ya había regresado a Inglaterra, por qué se había inventado una conversación que jamás habían mantenido, cómo se había enterado de su recién estrenada relación con su educador, ni cómo había logrado obtener tantos datos sobre el patrimonio de los Malfoy; pero lo más incomprensible de todo eran las especulaciones que le proponía en aquella hoja de apenas treinta centímetros de longitud.
"Cuando me lo dijiste, supe que eras un auténtico genio, hermanita. ¡Liarte con el santurrón de Draco, que no sabe ni por dónde le da el aire!","¡La solución a nuestros problemas económicos!", "…tan fácil como que le sigas bailando el agua hasta que deje de darte besos para ofrecerte tarjetas de crédito", "¡Nos daríamos la vida padre, Astoria! ¡Podríamos ser millonarias!", eran algunas de las frases más ridículas que Draco había tenido la desgracia de leer.
Sabía que había gato encerrado en todo aquel asunto y ella lo descubriría, aunque el joven no quisiera escucharla. Le resultaba imposible imaginar su vida sin Draco sabiendo que todo fue fruto de un engaño de su hermana. Tenía que descubrir la verdad, y pronto.
Un portazo acompañado de un ladrido la devolvió a la realidad. Oyó las garras de Pipo rascando la puerta de su habitación y supuso que su novio ("ex novio a partir de ahora, Astoria") se había marchado.
Y se sintió más sola que nunca.
¡¡Hola!! =D
Siento que este capítulo haya sido muy intenso sentimentalmente hablando, y no precisamente en un sentido positivo, sino todo lo contrario. Sé que muchos adorais la pareja de Draco y Astoria, así que alguno pensará en hacerme vudú por haberles separado :S
En cuanto a Seamus, debe ser el gemelo ilegítimo de Ron porque ha tomado la misma decisión que el pelirrojo: luchar e insistir para defender lo que siente frente a todos. ¡Qué chicos más persistentes y decididos! -
El viernes que viene tenéis que venir bien guapos todos porque vamos a tener una importantísima visita en la residencia que no os podéis perder. ¡Filch ya ha cogido hora en la peluquería para rizarse los cuatro pelos que le quedan! XDD
¡besitos! ^^