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'Hermitage Road' — capítulo 57
Se deleitaba contemplando las piscinas y jacuzzis de diferentes tamaños y materiales que aparecían en las fotografías de aquel catálogo. Se imaginaba así mismo con un cuerpazo que no tenía ni por asomo, veinte años más joven, siendo el terror de las nenas en aquellas aguas acloradas y limitadas por bloques de mármol blanco. La recreación de su ondeante melena (que el tiempo había tornado en una humillante coronilla calva) buceando bajo el agua mientras las jovencitas tumbadas en las toallas o bajo las duchas suspiraban por él, le hacían recuperar esa lucidez juvenil que el tiempo y su carácter insoportable le habían hecho perder irremediablemente.
Aquel era el mejor momento del día, cuando los estudiantes le dejaban en paz y tenía tiempo para leer el correo. Entonces se deleitaba al descubrir que la propaganda del buzón mejoraba con los años.
Con cierto pesar, tuvo que dejar el folleto de las piscinas sobre el mostrador para atender el teléfono, que repiqueteaba con estruendo. Apenas dijo un par de palabras; prácticamente se limitó a escuchar con atención a su interlocutor. Cuando colgó, su piel estaba cenicienta e, incluso un par de canas habían teñido los pocos pelos que todavía adornaban su cabeza; sin embargo, sus ojos brillaban emocionantes pues sabían que aquel día podía ser el que cambiase su vida para siempre.
Sin perder un segundo, corrió a las cocinas y alertó a los enanos, que se hacían cargo del catering, de la excelente visita que tendrían en pocos minutos. Dobby y Winky se pusieron manos a la obra para ofrecer aperitivos propios de bodas reales y un suculento menú hecho a medida de una auténtica duquesa.
Argus salió del comedor y empezó a gritar a todo alumno que se encontraba por los pasillos.
-¡Está a punto de llegar la directora de 'Hermitage Road'! -Agarró por los hombros a un muchacho entrado en carnes y lo zarandeó-. Péinate y lávate la cara, ¡por el amor de Dios!
Despotricó y dio indicaciones a todo aquel que se le cruzaba en su camino hacia la buhardilla, donde se encontraba su espacio personal.
Ninguno de los estúpidos jovencitos que residían allí durante diez meses al año podía suponer el excelente ascenso que Filch aspiraba ganarse en las próximas horas. 'Abandonar a estos mamarrachos y empezar de nuevo en una residencia acorde a mi nivel', llevaba soñando las últimas semanas.
Subió rápidamente a su minúsculo habitáculo y recuperó del último cajón del guardarropa la muestra de perfume que una vez había recibido en unos grandes almacenes y que había conservado hasta el momento en que se le presentara una ocasión como aquella. Y así, entre nubes de perfume y desodorante, entre espuma para el afeitado y fijadora, Argus se preparó para recibir a Alecto Carrow, la mujer que podía hacer sus sueños realidad.
Multitud de estudiantes se concentraban a las puertas de 'Hermitage Road', la mayoría miraba emocionada la carretera por donde llegaría la directora Carrow (los rumores sugerían desde una limusina hasta un helicóptero), pero todos habían tenido tiempo para comentar y reírse del pomposo frac que Filch se había puesto para la ocasión, cual bodorrio. El hombre estaba tan pomposamente vestido que resultaba ridículo como sólo él sabía estarlo.
El sonido de un motor se escuchó en la lejanía y, según se iba aproximando, el silencio se iba apoderando de los residentes. Se escucharon murmullos al ver una polvareda que se levantaba en la entrada al pueblo. Los cuchicheos se convirtieron en exclamaciones de admiración en el momento en que una sombra pudo atisbarse entre el humo y el polvo. Pocos segundos después, un descapotable de tapicería blanca brillante y contrachapado negro aparcó frente a la multitud que esperaba expectante.
Los segundos siguientes fueron algo confusos: Los jóvenes no sabían si acercarse a saludar a la imponente mujer que bajó del vehículo o mantenerse al margen y dejar que fuese el conserje quien hiciese los honores.
-¡Menuda mujer! -silbó Neville, para disgusto de su ex novia, que aprovechó el desmadre para alejarse aún más de él y pegarse a Hermione, quien la acogió con una sonrisa.
-No tiene nada que envidiarte -alguien comentó en el oído de Granger. Ésta se volvió y quedó atrapada por la intensa mirada azulada de Ron, que la atravesaba como si fuera un puñal perfilando el aire.
El chico sonrió de medio lado y, sin dejar que la muchacha se repusiera, la besó en la mejilla antes de que ésta le apartara.
Varias filas a la derecha, un joven moreno y con gafas redondas miraba los intentos de su amigo pelirrojo para conseguir a la chica que le gustaba. Parecía que progresaba satisfactoriamente. Harry se preguntó por qué no se atrevía él a hacer lo mismo con Ginny. 'Con el carácter que tiene, lo mismo me cruza la cara de un bofetón', rió interiormente. Miró a la Weasley, que hasta hacía un segundo había estado sentada en el suelo harta de esperar de pie a la directora, y vio que sorteaba a la gente y se hacía hueco entre los brazos y piernas de la masa para regresar al edificio.
-¡Ginny! -la llamó-. ¿A dónde vas? ¿No te quedas a ver cómo se desenvuelve el carcamal?
-¡Voy a llamar a George! -avisó-. ¡Sé que le hace ilusión volver a ver a la señora Carrow!
El chico no la dejó marchar, sino que la siguió hasta 'Hermitage Road'. Prefería perderse la recargada presentación que Argus tenía preparada a desperdiciar cada segundo que pudiera pasar con la pelirroja; especialmente aquellas últimas semanas de curso porque, si su deseo se cumplía, lamentablemente pasaría una gran temporada lejos de aquella jovencita de luminosa sonrisa.
El comedor estaba más abarrotado de lo que había estado nunca. Varias mesas corridas ocupaban por completo la amplia estancia, y aún así no era suficiente para que todas las personas tuviesen un mínimo espacio para respirar. Los antiguos alumnos que habían acudido a visitar 'Hermitage Road' y a su directora; sumados a los residentes que, por una vez, comían todos juntos; dio lugar a que Winky y Dobby necesitasen multiplicar por cinco sus brazos y su energía para poder atender a todos los comensales.
La peor parte del jolgorio culinario la soportaban en los fogones, donde Dean y Lavender se afanaban por tener el solomillo de ternera a punto, las patatas asadas y colocadas estéticamente en los platos, el arroz negro sin pasarse y con los condimentos en su justa cantidad… Todo esto mientras supervisaban que el soufflé previsto para el postre no se hundiese y que las bolas de helado de menta se mantuviesen frías, pero no ultra-congeladas; sin olvidar que cada poco tiempo había que lavar cubiertos y platos para que pudiesen ser reutilizados.
Cuando el primer plato fue servido con éxito, y el segundo fue un auténtico manjar al paladar, los cocineros se quitaron un gran peso de encima. El postre estaba casi listo y no tenía complicación alguna.
-¡Menudo día! -Comentó Dean secándose el sudor de la frente-. Espero que Winky nos aumente la paga razonablemente.
-¿Estás hablando de la Winky que suprimiría la harina del pan para comprarlo más barato? -Ambos se echaron a reír.
-Al final, los que preparamos la comida somos los que nos quedamos sin probar bocado -se quejó la chica.
-Siempre pasa igual -reconoció Thomas. Vio que su compañera miraba embelesada el dulce postre que tenían listo para servir en unos minutos y se compadeció de ella-. Acompáñame.
El muchacho la condujo hasta la despensa, un cuartucho adosado a los fogones en donde se almacenaban algunos ingredientes y alimentos indispensables para cocinar en las baldas de plástico gris que habían atornillado a las paredes. Dean rebuscó en un gran saco lleno de azúcar moreno bajo la atenta mirada de la rubia, que esperaba intrigada para ver lo que el negro tenía que enseñarle. Pocos segundos después, el chico le tendió un paquetito inestable envuelto en papel de conserva. Él asintió con la cabeza para que Lavender lo abriese y la joven encontró dentro un trozo del pastel de prueba que habían cocinado por la mañana y que, tras haber recibido el visto bueno de Dobby, iba ser servido a la hora de la cena.
-¿Y esto?
-Nosotros también nos merecemos degustar nuestras propias obras de arte, ¿no? -Sonrió el moreno.
-¡Menuda pinta tiene! -exclamó Brown, que no podía evitar salivar de más al ver el chocolate derretido recorriendo el bizcocho de base de caramelo. Fue a coger un pedacito, pero se dio cuenta de que tenía las manos manchadas de aceite y sangre de bacalao recién destripado-. ¿Me das un poco? Es que… mira cómo tengo las manos.
El chico se quedó un poco cortado porque no sabía qué era lo que la muchacha pretendía, pero fue aún mayor su sonrojo al ver cómo ella abría la boca y esperaba. Temblando de arriba abajo, cogió unas miguitas y las dejó caer sobre la lengua de Lavender. La mujer se relamió de gusto. Verdaderamente habían hecho un fantástico trabajo con aquella tarta.
-Mmm… ¡dame más!
El afroamericano repitió la acción una y otra vez hasta que el bizcocho desapareció del envoltorio en el que estaba siendo guardado.
-A lo tonto, a lo tonto -comentó Dean-, te lo has terminado.
-Upps… -se le escapó a ella, sintiéndose culpable-, te he dejado sin nada. Lo siento muchísimo.
El joven le quitó importancia con una risotada. Lavender sonrió avergonzada y se pasó la lengua por las comisuras de los labios para retirar los restos de postre que se le habían quedado ahí estancados. El chocolate que todavía le quedaba en la lengua manchó sus labios de marrón oscuro, lo que provocó que el negro volviese a reír. Cogió una servilleta y, sin parar a pensar lo que estaba a punto de hacer, frotó los labios de la muchacha con la superficie absorbente, que en segundos se llevó los restos azucarados de la boca de Lavender. Sus labios, que ya de por sí eran jugosos, quedaron enrojecidos y aún más tentadores. Dean quiso desviar la mirada, pero le resultó imposible una vez que la chica pasó la lengua sobre ellos dejando una capa licuosa de saliva. Como un imán se aproximó a ella, tal vez pensando que podría absorber sus labios con la mirada. Lavender ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar: para cuando vio la determinación en los ojos del cocinero, él ya rozaba su boca con el par de labios color chocolate que exhibía.
Fue un beso muy torpe y muy corto, pero lo suficientemente intenso como para que el muchacho intercambiase las mejillas por dos tomates colorados. Dean dejó la mitad de su alma en aquel roce, y deseaba ardientemente que Lavender robase su otra mitad con un gesto que le permitiese repetir el beso. Sin embargo, la muchacha estaba tan conmocionada que no podía articular palabra, ni siquiera parpadear. Simplemente se quedó estática a la vez que veía a Dean correr muerto de vergüenza y de remordimientos por haber dejado que sus sentimientos se desbordasen de aquella manera.
Cuando Winky regresó a por los postres que debían ser servidos, no encontró ni rastro de su principal chef, pero sí observó a Lavender sentada en el suelo de la despensa, entre sacos de azúcar y sal, sonriendo bobaliconamente.
¡Holaa, lectorcillos de mis amores!! =D
Obviamente, la visita de Carrow no ha terminado, pero tenía que dividir toda la secuencia en dos capítulos para que no muriérais leyendo, para que no os acostumbréis a capítulos larguísimos (que luego me decís que algunos os parecen cortos xP) y para poder tener listo el capítulo de hoy.
Por cierto... ¡¡¡¡mañana hará un año que publiqué el primer capítulo de 'Hermitage Road'!!! =DD
¡Felicidades me deseo yo a mi! JAJAJAJAJA
Confieso que jamás imaginé que escribir esta historia me llevaría más de un año =O De haberlo sabido, tal vez nunca la hubiera empezado...
¡Espero terminar el fic antes del año que viene! xD (no me gustaría cumplir dos años con esta historia cuando tengo más ideas y tramas para nuevas historias)
Aprovecho para daros las gracias a los que lleváis conmigo desde el principio de 'Hermitage Road', a los que seguís conmigo desde mucho antes y a los que os habéis ido incorporando con el paso del tiempo.
¡¡¡GRACIAS!!! Sin vosotros, esta historia no sería lo mismo -
¡besicos! ^^