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No me dejaste morir — capítulo 1

Voldemort había regresado y ya nadie podía negarlo. Los días cada vez eran más oscuros y siniestros. Para muchos alumnos en Hogwarts, esos días eran de desesperación, de anhelo porque llegara el correo y saber que sus familiares estaban sanos y salvos. Algunos días, El Profeta daba la mala noticia a algún alumno y estos regresaban a Hogwarts después del funeral de su familiar o simplemente no regresaba.

El trío de oro era consciente de la situación, pero uno de sus miembros fue más consciente que los otros dos un día de Noviembre. El viento y el agua nieve, azotaba el castillo ferozmente; los terrenos eran una trampa mortal para aquel que pisara la tierra; los pasillos eran refrigeradores gigantes y todos los alumnos tenían que vestir muchas prendas de abrigo, y aún así, seguían tiritando como hierba al antojo del viento. La noticia llegó como un jarro de agua fría y el destinatario fue Hermione Granger. Voldemort había dado caza a sus padres, aunque no lo sabía en un principio, hasta que Bellatrix lo informó llena de júbilo. Hermione fue informada por el director Dumbledore y gracia a la red flu privada del despacho del director, los dos se encaminaron al lugar del fallecimiento y para preparar el funeral. Ella estaba destrozada y se recriminaba no haberlos podido ayudar.

Cuando volvió a los tres días, Ron y Harry corrieron a consolarla, pero Hermione parecía relativamente confortada. Había sido un duro golpe en su vida pero intentaba ser fuerte, superar la adversidad y sobretodo, ayudar a Harry en todo lo que pudiera para derrotar a Voldemort << Eso es lo que más importa ahora, Harry>> repetía una y otra ver Hermione cada vez que Harry preguntaba si se encontraba bien con esa situación.

Lo que ni Ron ni Harry podrían imaginarse es que, detrás de esa fachada de determinación, se encontraba una Hermione débil, llena de dudas y malos pensamientos. Recriminación por no haber hecho nada de ayuda. Aunque ella no quería suponer un obstáculo para sus amigos, su subconsciente traicionero le espetaba que no llegaría muy lejos, que lo mejor era dejar este mundo y encontrar a sus padres para disculparse. Ese subconsciente era peor que el mismísimo Voldemort y hacía que Hermione se consumiera más y más. La desesperación y la tristeza la comían por dentro, hasta que llegó el punto en que pensó de verdad lo que su subconsciente le gritaba.

Esa noche, a altas horas de la madrugada, entró furtivamente en el dormitorio de los chicos, robó la capa de invisibilidad de Harry y se encaminó sollozando hacia el baño de los prefectos.

Llegó al baño y entró sigilosamente. Echó varias ojeadas para comprobar que se encontraba sola. Las tripas se le revolvieron al pensar en esa "soledad". Se quitó la capa y se acurrucó en una esquina del baño.No se percató de que una persona la espiaba escondido en un armario cercano, una persona que se encontraba en ese mismo baño momentos antes, y que maldecía su suerte por no poder culminar la misión que Voldemort le había encomendado. Esa persona era Draco Mafloy.

Se asustó mucho cuando oyó el ruido que hacía la puerta al abrirse, por eso se escondió, pero nunca imaginó que se alegraría tanto de ver a la sangre sucia tan hundida. Ella se encontraba encogida en un rincón muy visible desde su posición. Hermione se frotaba con las manos los ojos hinchados de tanto llorar empeorando su situación. Temblaba de arriba abajo. La visión de Draco era placentera, una sonrisa se dibujaba poco a poco en su rostro, pero de un plumazo se borró: Hermione había conjurado un cuchillo. Colocó temblorosamente el cuchillo sobre su muñeca izquierda. Draco por una vez en su vida sintió cómo el estómago se le encogía. Él siempre había deseado ver sufrir a Granger, pero ahora que era su oportunidad se arrepentía de sus pensamientos.

¿Dejaría morir a la sangre sucia de esa manera?

Hermione presionó el cuchillo y lo deslizó a trompicones por sus venas. La sangre no tardó en hacer acto de presencia, impregnando su cuerpo, su ropa y el suelo con su color rojo oscuro y el aire con ese olor a óxido. Comenzó a marearse a perder el conocimiento. El dolor que ella sentía ahora era casi placentero porque sabía que dentro de poco se encontraría al lado de sus padres, pidiéndoles perdón. Apremió a deslizar el cuchillo por la otra muñeca. Ahora sí que su cuerpo se convulsionaba y se encogía aún más, hasta que el único movimiento visible fue el correr de un río de sangre.

Draco no podía apartar sus ojos de esa bola humana, esa carne encogida en el rincón manchado de sangre. Salió a toda prisa y corrió, corrió con todas sus fueras sin saber qué hacer. ¿La dejaba morir? ¿La tenía que ayudar? ¿Debía alegrarse de que dejara de existir?


Una media hora después, Hermione era llevada al hospital San Mungo en estado crítico, pero recuperable. Severus Snape había sellado sus heridas con un hechizo sanador.

— Creí que odiabas a la sabelotodo — afirmó más que preguntó Snape a Draco con su voz profunda.

— Yo también lo creía.

Fueron las últimas palabras de Draco ese día tan horrible.