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Historia 54695 — capítulo 1
12 de febrero
Querido Diario:
Tengo miedo.
No sé porque escribí eso. Creo que me estoy volviendo loca. Nohay ningún motivo para que me sienta asustada, pero aun así…
Aquí estoy a las 3:15 de la mañana, asustada y despierta a pesar de que debo estar durmiendo después de dieciséis horas de viaje. No he hecho más que decirme que simplemente estoy perdiendo la cabeza debido a la diferencia horaria entre Holanda y aquí, durante toda la noche. Pero eso no explica porque me siento tan asustada. Tan pérdida.
Sé que es de locos pensar que algo terrible sucederá mañana, o más bien debería decir hoy, pues estoy en casa y el hecho de que vaya a asistir a un instituto nuevo no significa nada…
Estoy en casa. Sé que esta es mi casa, pero aun así no puedo explicarme porque me suena a mentira.
Siempre he vivido en esta casa, siempre.
Esta es mi misma vieja habitación, con las rayasazules de crayón en la pared que hice cuando tenía tres años. Cada vez que abro mi guardarropa veo los corazones que dibuje hace mucho con mis iniciales y las del niño que me gustaba en ese entonces. Esta es mi cama, mi escritorio, mi espejo.
Pero en este momento todo me parece extraño. No son mis cosas las que están fuera de lugar; soy yo.
Me siento muy cansada como para ir a la escuela mañana, no obstante, creo que una buena ración de las locuras de Makenna y Sohar podrían ayudar a calmar mis nervios.
Alea Descouedres dejo de escribir. Contempló la última línea que había escrito en su diario, lo cerróe intento relajarse. Lagrimas de humillación y desesperación se deslizaron por su mejilla.
¿Desde cuándo ella, Alea Descouedres lloraba por algo estúpido e infantil? ¿Desde cuándo le importaba lo que los demás dijeran de ella?
Apagó su pequeña lámpara de noche, lanzó su diario al otro lado de la habitación, se cubrió su cara con la almohada e intentó pensar en nada del todo.
-¿Alea? ¿Dónde estás? ¡Date prisa o llegarás tarde!- gritó su madre desde la primera planta de la casa.
Alea gruño, se levantó de su cama y se tropezó con su maleta de viaje, cayendo al suelo.
Se puso en pie y, llena de enojo se vistió con lo primero que vio: una jardinera beige y una blusa de manga larga azul celeste.
Echó un vistazo a su espejo y se encontró con una chica totalmente diferente a ella.
La chica era esbelta, no muy alta, con hermosos bucles castaños que le caían por los hombros, tenía la tez aceitunada,los labios estaban resecos, sus ojos eran color chocolate y debajo de ellas habíanunas grandes ojeras moradas.
Genial, me veo terrible pensó Alea mientras buscaba algo con que disimular sus ojeras y se aplicaba bálsamo labial. Tomó su mochila nueva y bajo a la cocina, donde su madre la esperaba.
Judith, la madre de Aleaera la clase de mujer que siempre parecía vagamente aturdida; tenía un rostro delgado y afable y un cabello claro y lacio echado hacia atrás descuidadamente.
Alea le dio un beso en la mejilla.
- ¡Buenos días a todo el mundo! Lamento no tener tiempo para desayunar.
-Pero, Alea, no puedes salir así sin comer. Necesitas tus proteínas...- dijo su madre
-Comeré una rosquilla antes del instituto —respondió ella con vivacidad.
-¿Desde cuándo te gustan las rosquillas?
-Desde que mi padre no es capaz de cocinar algo, comestible. Ya sabes, que no se mueva ni huela mal.
-Por eso decía yo que era una mala idea dejarte ir con él a un viaje tan largo.
-¡Hasta luego!
-Pero, Alea…
-Y probablemente iré a casa de Makenna o Sohar después de clase, de modo que no me esperen para cenar.
-Alea...
Alea estaba ya en la puerta principal. La cerró tras ella, cortando las distantes protestas de Judith, y salió al porche delantero.
Entonces se detuvo.
Todas las malas sensaciones de la mañana volvieron a abalanzarse sobre ella. La ansiedad, el miedo. Y la certeza de que algo terrible estaba a punto de ocurrir.
La calle Maple estaba desierta. Las altas casasparecían extrañas y silenciosas, como si todas estuvieran vacías por dentro. Parecían vacías de gente, pero llenas de extrañas cosas vigilantes.
Eso era: algo la vigilaba. El cielo sobre su cabeza no era azul, sino lechoso y opaco. El aire era sofocante, y Alea tuvo la seguridad de que habíaojos observándola.
Calle abajo, una puerta se abrió y varios niños salieron en tropel, riendo.
Alea les sonrió y volvió a tomar aire, sintiendo que una sensación de alivio la inundaba igual que la luz solar. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? Era un día hermoso, que prometía mucho, y nada malo iba a suceder.
Nada malo iba a suceder; excepto que llegaría tarde al instituto.