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Memorias de Idhún IV: La traición — capítulo 31
Seguro que diréis, ¿quién es Lilith Never, no que su nick era Annie-amber? Bien, pues aproveché el cambio de nick ya que no me gustaba el nick con el que me había registrado y no tenía intención de hacer una nueva cuenta y de borrar esta ^^'
Sé que no tengo excusa por haber tardado ocho meses en actualizar y de verdad, lo siento mucho. Como prometí en el capítulo anterior, he hecho un resumen de todos los capítulos que he subido hasta ahora:
Sí, lo he hecho en una imagen, lo habría escrito aquí, pero así se haría más largo el capítulo y no consideraba necesario que tuvieseis que estar dándole hacia abajo a la tecla para poder leer el capítulo de una maldita vez, por eso que lo he hecho en una imagen para que lea el resumen quien quiera.
Espero que leyeseis cuando contesté a vuestros comentarios antes de que se borrasen todos los comentarios de todas las historias de Poterffics .-. No sé si volver a contestarlos, bueno, ya veré.
El capítulo es muy largo, el más largo que he hecho hasta ahora, sobre todo para compensar haber estado tanto tiempo sin subir nada ^^U
Bueno, ya dejo de daros la tabarra. ¡A leer se ha dicho!
Capítulo XXX. Memories
— ¡Aquí no hay nadie!
— ¡Vámonos! ¡Deben haberse ido por otro lado!
Los soldados se marcharon del callejón, dejando a Ankira y Caleb con el corazón en un puño. Se quitaron los colgantes y los arrojaron al suelo, ya no les servirían para nada, pues no podían recargar de nuevo su magia y no tenía sentido llevarlos de nuevo con ellos.
— Tenemos que irnos, si nos alcanzan y nos apresan estamos perdidos — susurró inquieta Ankira por lo que pudiera pasar.
Caleb asintió, se colocaron bien las capuchas de sus capas y se mezclaron en un grupo de gente que pasó al lado del callejón para no llamar la atención.
Recorrieron la ciudad alertas, atentos por si los guardias aún seguían buscándolos. El hecho de tener que ocultar sus rostros ante los demás ya era algo a lo que sus amigos y Ankira y Caleb estaban más que acostumbrados.
Tuvieron que dar una serie de rodeos al ver a soldados registrando a los ciudadanos, pues habían sido alertados de que había merodeadores por la ciudad. Fugitivos que habían sido descubiertos robando comida. El mismísimo Covan había dado la orden de que si cualquier ciudadano se encontraba con un fugitivo, debía retenerlo o avisar a un soldado para su captura. Aquello dificultaba mucho las salidas que hacían los fugitivos para buscar suministros o cualquier motivo que los llevase a cualquier ciudad propiedad del hombre. Los demás reyes habían dado la misma orden.
Ankira temió que sus compañeros no hubiesen conseguido coger los suministros para llevarlos a Lim Hadikah.
Consiguieron llegar al punto de encuentro, una zona apartada en la que solo los maleantes de Vanis y mercenarios se atrevían a pasar sin temer nada que pudiera pasar, pues aquel lugar era el más peligroso de toda la ciudad. No había soldados, ni guardias, lo que provocaba que allí todo estuviese descontrolado.
Entraron a un bar o por lo menos eso era lo que parecía. Dentro, el tabernero, un hombre calvo pero con una espesa barba negra, una prominente barriga y solo con cuatro dientes, servía bebida a los compañeros de Caleb y Ankira. Eran cinco los que se encontraban en la barra, bebiendo sin importarles lo que hicieran los demás clientes, pero eso sí, todos tenían en una mano algún arma para que ninguna de las personas ebrias o de los que querían pelea se acercasen a ellos.
Se sentaron en dos butacas libres y el tabernero se acercó:
— ¿Lo de siempre?
Los dos asintieron y se quedaron sumidos en sus pensamientos, aquella noche tendrían que quedarse en alguna posada de la zona y a ninguno de los nueve que habían emprendido aquel viaje les gustaba pasar más tiempo de lo necesario allí, pero dado los acontecimientos, no tendrían más remedio. Por supuesto, se irían turnando en grupos para vigilar que nadie entraba en la habitación además de que ningún indeseado se acercase más de lo que debería a sus dragones.
— Aquí tenéis chicos — el tabernero posó dos jarras tan llenas que la espuma se salía por un lado. El hombre tendió la mano, en espera a que le pagasen. Caleb y Ankira buscaron la bolsa en la que tenían las monedas. Cada uno dio tres monedas de plata y el tabernero se marchó a limpiar los vasos con un trapo que ya estaba algo sucio.
Ankira suspiró, si no hubiese abandonado el Oráculo de Gantadd y hubiese terminado su aprendizaje como Oyente, no tendría por qué estar en aquella situación. Pero por lo visto, los dioses no habían querido que la limyati siguiera el camino que había empezado de niña y ahora tenía que estar constantemente huyendo y enfrentándose a la muerte. Porque si la atrapaban, fuera el bando que fuera, ya podría decir adiós a la vida y saludar a la muerte.
Después de que todos hubiesen apurado hasta la última gota, se despidieron del tabernero y los siete fugitivos caminaron en dirección a una posada en la que a su lado, había un espacio que era perfecto para dejar a los Nuevos Dragones.
Dos hombres de mirada amenazante, pero en que sus rostros se denotaba el cansancio, bajaron de los dragones al verles llegar, pues llevaban cuatro horas haciendo guardia. Una humana y un bárbaro se apostaron sobre los dragones para hacer la nueva guardia mientras los demás descansaban hasta el cambio de guardia.
Habían pedido a la posada dos habitaciones de cuatro camas. Caleb subió a la habitación asignada y se dejó caer sobre la cama sin inmutarse. Los otros con los que compartía la habitación se durmieron enseguida, pero él se quedó despierto mirando a un agujero del techo, lo suficientemente grande como para ver unas cuantas estrellas y para que el viento entrase haciendo silbidos. No pudo evitar pensar en Iris, le costaba creer que se hubiese marchado a Puerto Esmeralda, tenía la sensación de que algo marchaba mal y que Iris en realidad pretendía huir, pero ¿de qué? Iris era su prometida y odiaba tener que estar separado de ella tanto tiempo. Tenían incluso fechada la unión de lazos que oficiaría un sacerdote celeste, pero dudaba que pudieran hacerlo con lo que estaba ocurriendo en Idhún.
Sacó de uno de los bolsillos del pantalón el frasquito de Aroma del Desierto al acordarse de él. Lo miró detenidamente, la luz rojiza de la luna Ayea iluminaba la mitad del rostro del joven. Puso el frasquito a la luz para verlo mejor, el líquido que contenía dentro parecía emitir chispas de fuego que amenazaban con romper el fino cristal hecho de gaar. Sonrió, aquello era un auténtico hallazgo, nunca en la vida había visto el poder destructivo de las gotas del Aroma del Desierto, según había oído, el fuego que provocaba una sola gota era totalmente aterrador, pues hasta que el fuego no consumía aquello que tocase, no se apagaba con nada. Se moría de ganas por probarlo.
Caleb bostezó, ya cansado guardó el frasco en la capa que había dejado en una silla y se durmió.
Al alba, los nueve fugitivos se encontraban cada uno al lado de su dragón. Ankira estaba dando instrucciones sobre lo que harían ahora. Los Nuevos Dragones estarían haciendo rondas por el aire, buscándolos, mientras que los soldados vigilaban las salidas de la ciudad.
Caleb estaba sentado sobre su dragón, había abierto la trampilla y tenía las piernas colgando dentro. No prestaba atención, es más, nadie prestaba atención a excepción de una chica demasiado joven para acompañarles -según la opinión de Caleb- y dos gemelos que aquella era la primera vez que los mandaban a una misión. Ankira no se molestaría en hablar de no ser por ellos tres.
El joven vio que los demás se metían dentro y él hizo lo mismo, tenía sueño. Aunque había tenido suerte y no le había tocado hacer guardia, no había conseguido dormirse unas horas después de tirarse en la cama.
Miró el dragón por dentro, donde en pequeñas pilas bien colocadas había suministros que escaseaban en Hadikah -refugio en idhunaico-. Cerró la trampilla y se sentó, esperó a su turno para echar a volar y en cuanto vio que el tercer dragón pasaba por encima de los edificios, movió las palancas para hacer que el dragón batiera las alas.
Todos emprendieron el vuelo y pusieron rumbo a Kash-Tar.
Tal y como se temían, los Nuevos Dragones alzaron el vuelo en cuanto les vieron, pues no podían ser nadie más que los fugitivos que habían robado. Una caza de la que solo eran conscientes los cazadores comenzó.
Ninguno de ellos se dio cuenta, por lo que no iban a una velocidad muy acelerada. Nadie apreció a aquellos visitantes hasta que los Nuevos Dragones les alcanzaron.
— ¿Qué es eso? — se preguntó Ankira al notar que algo había lanzado fuego a su dragón. Miró hacia atrás y se dio cuenta de todo. — ¡Volad más rápido! — chilló todo lo que pudo para que los demás pudieran oírla. La huida no se hizo esperar, los dragones artificiales de los fugitivos batieron más rápido las alas, cogiendo más velocidad. Sus perseguidores no se hicieron de rogar e hicieron lo mismo, no permitirían que se escapasen.
Los artefactos chirriaban cuando hacían un giro demasiado brusco en un desesperado intento de dejar atrás a los otros dragones.
*"Mierda..."*pensó Ankira al ver cómo uno de los dragones que tenía a su derecha caía al tener un ala completamente rota acompañado del grito de su conductor.
Movió las manivelas y las palancas para que su dragón fuera más rápido, debían llegar al desierto cuanto antes. Entre las cavidades logró ver como Caleb lanzaba llamaradas a los otros.— Idiota— masculló—, no te servirá de nada, son ignífugos.
Media hora después sobrevolaban la cordillera de Nandelt y no muy lejos podían divisar las ciudades celestes. Ankira miró a los demás dragones, a sabiendas de que a la velocidad a la que iban y el largo trayecto que consistía ir desde el desierto hasta las ciudades de los humanos y luego hacer el mismo recorrido pero a la inversa, los dragones no aguantarían volar aquel trayecto sin que ninguna polea se rompiera e impidiera que pudieran volar lo suficiente para escapar. Tenían que haber hecho caso al tabernero cuando salieron de su local y esperar un día más antes de irse mientras hacían una revisión a los dragones para comprobar que aguantarían.
La magia de sus dragones se perdió en mitad de Celestia, aquello no les afectaba, pero eso era un claro indicio de que pronto empezarían a tener problemas si no conseguían dejar atrás a sus perseguidores.
Cuando alcanzaron el desierto, dos de los suyos habían caído durante la huida. Tres dragones parecía que no aguantarían más de lo dañados que se encontraban y el dragón de la limyati había perdido parte de la madera de la parte de arriba cuando uno de los perseguidores clavó sus garras en ella.
Por suerte, consiguieron traspasar la barrera de Lim Hadikah antes de que uno de los dragones cayese. Aterrizaron forzosamente al lado de la entrada de las cuevas, prácticamente acabaron pegados contra la roca, pero aquello no les importó. A pesar de haber perdido a dos compañeros, habían conseguido escapar de los Nuevos Dragones.
Caleb fue el único que salió de su dragón nada más aterrizar. Pudo ver cómo los Nuevos Dragones daban vueltas, seguramente confusos porque habían desaparecido de repente. Los magos que tenían entre los fugitivos habían creado una barrera que hacía invisible a ojos de los demás las cuevas, además de que solo podían traspasar la barrera aquellos que estaban de su lado o iban acompañados de un fugitivo.
Le pareció oír cómo uno de sus perseguidores daba instrucciones de inspeccionar la zona, ya que no podían estar muy lejos. Caleb sonrió, pensando qué cara pondrían si supieran que estaban delante de sus narices.
No pasó mucho tiempo para que apareciese gente proveniente de las cuevas, Caleb bajó de su dragón y se adentró en la oscuridad. Estaba cansado de volar, ya se encargarían otros de llevar las provisiones al interior.
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La arena color salmón crujía bajo sus botas en cada una de sus pisadas, estaba solo en aquella explanicie alejada de la mano de cualquier dios que no fuera Aldun. El calor era agobiante y eso que todavía no se encontraban en la época de calor.
Encima de la ropa, llevaba puesto una capa yan para protegerse del calor, el rostro estaba oculto gracias a la sombra que la capucha creaba.
Detuvo sus pasos al oír algo extraño sobre su cabeza, una "manada" de dragones artificiales volaban en la dirección en la que iba desde hacía horas, en lo que parecía una persecución. Sonrió, aquello significaba que iba por buen camino.
Siguió su trayecto viendo como aquellas máquinas se alejaban con rapidez, incluso fue afortunado y vio cómo un dragón de madera derribaba a otro en lo que él consideraba un maldito juego de niños, pues la forma en que perdían el tiempo los Nuevos Dragones era exasperante, completamente inigualable. Sobre todo ahora que se acercaba una guerra. Una de las más importantes hasta ahora. Ya que si ganaban las ìdhisäne, la mayor parte de los seres vivos del planeta morirían y la otra parte sería esclavizada sin darles tiempo a crear una resistencia como en tiempos pasados. No habría profecía, ni dioses, ni nadie que pudiese salvarlos de aquel destino. Pero los Nuevos Dragones, los reyes de los humanos, feéricos, yan, gigantes, varus, celestes y gantis no se daban cuenta de ello. Lo único que hacían era presentir que algo iba a pasar. Se preguntó cuando aquellos que lo sabían lo harían público o por lo menos, harían que se diesen cuenta. Debían prepararse, aunque aún faltase tiempo, podían emplearlo para estar listos cuando comenzase la batalla. Las ìdhisäne no serían clementes con nadie ni siquiera lo serían con su propia sangre.
No tardó mucho en llegar a la altura en la que el dragón artificial había caído. Pudo ver cómo el dragón sin magia, ahora era un montón de trozos de madera esparcidos por el desierto. En el centro de todo aquel desperdicio se hallaba todo hecho astillas, la mayor parte del artefacto.
— Se creen que pueden con todo, pero en realidad no son más que unos débiles que se refugian tras un cascarón de madera — murmuró sin dejar de mirar.
Pasó al lado del dragón, pero algo le hizo detenerse.
Un lamento.
Se subió encima de la carcasa y abrió la trampilla, dentro era un completo caos. Las provisiones estaban esparcidas por todo el interior, la mayoría destrozadas por la caída. Cogió una manzana roja pero la tiró en cuanto vio que por un lado tenía astillas, y miró el cuerpo del humano. Estaba completamente cubierto de sangre y de astillas. Una de las palancas le atravesaba el abdomen, las poleas se habían enredado en su cuerpo, ocasionándole más presión y provocando que sangrase más por las heridas. Tenía las piernas apuntando a sitios diferentes a donde deberían en un principio.
El hombre miró a quien había abierto la trampilla. En sus ojos se podía ver el gran sufrimiento que tenía. Suspiró, ahora tenía que matar para que aquel desgraciado dejase de sufrir. Y eso que quería evitar tener que mancharse las manos de sangre hasta volver de su viaje.
Pensó que podría dejarle ahí, muriendo lentamente. Total, no sería el último que moriría así.
Bajó del dragón y se alejó poco a poco, el hombre, al ver que no le iba a ayudar empezó a gemir de dolor y desesperación.
Puso los ojos en blanco, ¿en serio tenía que hacerlo?
Dijo unas palabras en idhunaico arcano y de sus manos brotó una perfecta esfera de fuego. Se giró y la lanzó contra el dragón. Dio la vuelta y prosiguió su camino, ignorando la explosión provocada.
No sabía cuanto tiempo llevaba caminando en aquel mar de arena, el cansancio, el hambre y la sed no le suponían problema alguno. Sin embargo, empezaba a creer que el refugio estaba a la otra punta del desierto. Podría haberse transportado y así evitar toda aquella caminata, pero otros se darían cuenta y sería castigado. Ya estaba arriesgando mucho.
Después de un tiempo, le pareció ver una figura no muy lejos. No sabía lo que era, podía ser cualquier cosa, un gran enjambre de kayasin, un swanit, una caravana yan, un torka...
La curiosidad venció a su razón y se dirigió hacia aquella silueta misteriosa.
No tardó mucho en llegar, era otro maldito dragón de madera. La curiosidad se le fue nada más ver lo que era, pero ya que estaba, a lo mejor tenía suerte y conseguía que lo llevasen, aunque claro, eso si el piloto no estaba muerto o a medio morir como el anterior.
Llegó a su lado, pero no había nadie. Probó a dar unos golpes por si había alguien dentro, pero tampoco nada. Extrañado, subió y abrió la trampilla, temiendo que estuviese muerto. Puso los ojos en blanco al ver que el sujeto que conducía aquel dragón no estaba.
Sin embargo, estaba completamente equivocado, una mujer alta, con el pelo corto de un tono azul con mechones blancos y ojos bicolores -verde y castaño-, se acercó a él con mucho sigilo. Portaba en sus manos un puñal con la intención de degollar a aquel que trataba de robarle su escupefuego. Pero por muchas posibilidades que creyera que tenía de realizar su acción. El desconocido se dio la vuelta y le dio una patada lateral, haciendo que la joven se cayera al suelo, quedándose sin respiración.
El desconocido que llevaba la capa se acercó a ella, pero Dyanne se levantó de un salto.
— ¿Quién eres?
El hombre no dijo nada.
— Vuelve a tocar mi dragón y te aseguro que este puñal te atravesará la yugular — amenazó la joven mestiza.
El desconocido soltó una carcajada.
— ¿Qué te hace tanta gracia? — le preguntó.
— Vaya, empezamos con mal pie — le contestó. Acto seguido se quitó la capucha de la capa, dejando su rostro al descubierto.
Dyanne lo observó, tratando de descubrir quién era. Parecía ser de su edad, tenía el pelo negro, el cual le llegaba casi hasta el final de las orejas, sus ojos eran negros y penetrantes.
— A cuanto quién soy, mi nombre es Lucas — esperó unos segundos antes de decir su apellido — Ccora.
La mestiza abrió la boca, asustada.
— O-oye, no quiero problemas. Siento haber intentado matarte, si quieres puedes llevarte el dragón...
— No quiero tu dragón. Quiero que me lleves.
Dyanne lo miró confundida.
— ¿A dónde?
— A lo que vosotros, los fugitivos, llamáis Lim Hadikah.
La joven entrecerró los ojos sin dejar de mirarle, como si lo evaluara — ¿Y por qué tendría que llevarte allí? ¿Es que el mismísimo hermano de lasìdhisäneno puede llegar solo?
— Si pudiera entraría en vuestro refugio, pero sea cual sea el hechizo que tenéis alrededor de vuestras cuevas, impide que nadie pueda saber dónde están, lo hace invisible a los ojos de los demás y... ningúndísiropueda acercarse sin ser invitado. No sería necesario ir, pero teniendo en cuenta que vuestro maldito conjuro impide también ver lo que ocurre con nuestra energía — lo último lo dijo haciendo aparecer una esfera transparente rodeada por pequeños rayos, dentro de ella se podía ver imágenes de Erik en aquel momento, tumbado en una cama y sin atisbo de vida, pero Dyanne no se dio cuenta de que era él.
— No has respondido a mi primera pregunta, Lucas Ccora.
Lucas sonrió enigmáticamente.
— Quiero hacerte una propuesta, ...
— Dyanne, mi nombre es Dyanne.
— Bien Dyanne, quiero hacer una propuesta a ti y a tus amigos.
— No me fío de ti. Quizás debería matarte y marcharme antes de que aparezca otro como tú.
— Pues deberías fiarte, es más, soy el único del que podrías fiarte ahora mismo. Si no recuerdo mal, tanto mis hermanas como los reyes de los hombres quieren vuestras cabezas en unas picas.
— La única forma en la que te llevaría a Lim Hadikah, sería amordazado, con los ojos vendados y atado de pies y manos para que no intentes ninguna de las tuyas.
— ¡Bien! Si esa es la única forma de que aceptes — dijo alegre.
— Pero... ¡tendrás que hacer caso de lo que te digo en todo momento! ¡No podrás desobedecer en ningún momento! ¡Si digo que te lances al vacío, saltas!
— Claro, por mí ningún problema.
Dyanne seguía sin fiarse, a saber que trataría de hacer aqueldísiro. La joven se metió en el dragón seguida de Lucas. Acto seguido hizo todo lo que le dijo, lo amordazó, le vendó los ojos y le ató manos y pies.
La muchacha emprendió el vuelo, en dirección al que era su hogar desde hacía unos años.
Pasaron unos minutos hasta que Lucas sintió movimientos bruscos cuando Dyanne aterrizó el escupefuego. La mestiza le desató la cuerda con la que le había atado los tobillos. El chico pudo oír cómo la trampilla se abría y se levantó cuando la joven tiró de él para que se moviera, salió como pudo del dragón, dio gracias de que tuviese las manos atadas por delante y no por la espalda, sino la subida habría sido muy difícil. Bajó del dragón de un salto y esperó a que la joven lo guiase al interior de la cueva.
Cuanto más se adentraban por las galerías, su alrededor se iba haciendo más frío. Estaba completamente seguro de que no había ninguna luz por esa zona, pero Dyanne no necesitaba luz para llegar a su destino, pues se sabía las galerías como la palma de su mano.
Lucas podía escuchar voces a su alrededor, incluso un poco de luz se filtró en la venda. Dyanne no hizo caso a las preguntas de quién era, siguió su camino hasta llegar a una caverna en concreto. Entró sin avisar a los que estaban reunidos, sorprendiendo a la gente de dentro.
— ¡Hola a todos! Mirad la nueva adquisición que he traído — saludó Dyanne con escepticismo.
Los presentes miraron al acompañante de Dyanne, ninguno sabía quién era y se preguntaban por qué había traído a una persona.
La joven retiró la venda y la mordaza a Lucas, quien tuvo que cerrar los ojos unos momentos al estar oscuro y de repente todo luminoso. Pestañeó hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz. Vio que Dyanne se había acercado a los demás y les susurraba algo, seguramente quién era él. Ellos miraron al joven con el ceño fruncido, incluso uno de ellos trató de abalanzarse contra él.
— ¡Maldito desgraciado! ¡Por culpa de tus hermanas y de tu estúpido clan tenemos que vivir escondidos! — gritó Caleb lleno de rabia con una espada en la mano y tratando de soltarse de sus compañeros, quienes lo retuvieron para que no intentase matarlo.
— ¡Caleb, cálmate! — le gritó Ankira.
— Mira chico, has caso a tu amiga, no queremos tener que estar envueltos en más problemas si matas al hermano de esas brujas — dijo un hombre que sobrepasaba los treinta años poniéndose delante de Caleb y quitándole la espada, sin importarle que al cogerla por el filo se cortara.
— Pero ese maldito... es nuestra oportunidad
El hombre negó con la cabeza — Ya habrá otro momento, ahora mismo es un invitado. El invitado de Dyanne.
Caleb dejó de resistirse y miró ciego de rabia a Lucas.
— ¿Por qué has traído a ese engendro aquí, Dyanne? — preguntó Caleb.
Dyanne, que no había hecho nada por tratar de parar a su amigo contestó:
— Quiere proponernos algo.
Ankira se adelantó un paso — Bien, pues habla. Te escuchamos, Lucas...
Lucas había estado mirando la escena con una sonrisa, divertido por la reacción de uno de ellos. Miró a cada uno de ellos, podía ver la desconfianza en sus duras miradas.
— He venido aquí para haceros una petición que seguro que os interesa. Mis hermanas pronto comenzaran el verdadero entrenamiento de la hija de Lunnaris y de Kirtash, y solo hay un motivo para ello. Una guerra en la que si ellas vencen, no habrá dioses, ni profecías ni nadie que pueda hacerles frente para salvar a los pocos que sobrevivan. Aquellos que vivan preferirán morir antes que sufrir la esclavitud de mis hermanas. Ellas no serán clementes y harán todo lo que sea posible con tal de que uno desee en lo más profundo de su alma morir antes que parecer esa tortura. He aquí mi petición. Estad presentes en la batalla, cuantos más enemigos de las ìdhisäne estén presentes y se enfrenten contra ellas, más probabilidades de ganar tendremos.
— ¿Tendremos? ¿Tú, un dísiro, estás en contra de tus hermanas? — inquirió Ankira.
— Mis razones para hacer esto son... personales. No es algo que comparta con cualquiera.
— ¿Por qué tendríamos que aceptar tu petición? ¿Cómo sabemos que no es una trampa? ¿Por qué deberíamos creerte? — preguntó Caleb, quien ahora solo miraba a Lucas con cara de querer matarlo.
— No tenéis por qué creerme, solo he venido aquí a haceros la petición. Ya si aceptáis o no luchar es cosa vuestra. — Se encogió de hombros —Estoy arriesgando mucho al haberme ido de Riv-Arneth así como así y si mi padre se entera de lo que estoy haciendo, mi castigo será peor que cualquier cosa que hagan mis hermanas a cualquiera de vosotros si os cogen.
Caleb soltó una carcajada — No creo que sea peor que lo que hagan ellas.
Lucas lo miró con atisbo de oscuridad en sus ojos — Es mejor la muerte — dijo en un extraño tono de voz.
— Creo que deberíamos hablar sobre este tema. Dyanne, ¿podrías llevártelo mientras discutimos esto? — preguntó el hombre que sobrepasaba los treinta años, Erant.
— Claro, Erant. — Dyanne hizo una seña a Lucas para que lo siguiera.
— ¿Qué opináis? — fue lo último que escuchó el dísiro al antes de salir de la caverna.
— ¿A dónde vamos? — preguntó Lucas.
— A tomar algo, tengo hambre y tú seguramente también lo tendrás.
El resto del trayecto lo continuaron en silencio. Lucas no podía evitarlo y miraba de forma condescendiente a todos los que lo miraban, le hacía mucha gracia cómo reaccionaban.
— Ya estamos — Dyanne cogió una manzana y se la tiró a Lucas.
Él la cogió como pudo al tener las manos atadas. Le dio un mordisco — No está mal.
— Te desataría las manos, pero entonces Caleb me mataría.
— Veo que no le caigo bien a ese tal Caleb.
— En realidad, no es que no le caigas bien. Es el odio y el miedo que tenemos todos hacia losdísiros, prácticamente nos habéis arruinado la vida. Por ejemplo, Caleb está prometido y pronto tiene que darse lugar la unión de lazos con su prometida, pero al final seguro que no podrá ser. Ankira estaba terminando su aprendizaje como Oyente, pero os cruzasteis en su vida y todo se fue por la borda.
— Ya veo...
— ¿Sabes? Te voy a contar una historia. La nuestra, la historia de los fugitivos.
Lucas la miró con curiosidad.
— Todo comenzó hace cinco años. Nadie sabía de vuestra existencia, es más, si había alguien que lo supiera, lo tenía muy bien guardado. Erant, el hombre de antes, era un mercenario que se dedicaba a hacer todo tipo de trabajos si lera bien pagado, un día, él y sus compañeros aceptaron un trabajo a cambio de doscientas monedas de oro para cada uno. Debían allanar la torre de Drackwen y recuperar de entre los escombros un arcón que contenía secretos, según el cliente. Encontraron el arcón, pero uno de los mercenarios llevado por la curiosidad, con ayuda de su hacha rompió la cerradura y abrió el arcón. Dentro se encontraron papiros y objetos que no habían visto en su vida. Los demás, cogieron los papiros y leyeron su contenido. En ellos se hablaba sobre dos extraordinarios espíritus y aquellos objetos parecían ser cosas que les habían pertenecido en sus anteriores reencarnaciones. En un principio se lo tomaron todo a broma, no se creían ninguna palabra y pensaron que aquello lo había escrito alguien con mucha imaginación. Guardaron todo en el arcón tal y como estaba y uno de ellos, el que poseía magia, restauró la cerradura. El día acordado se reunieron con el cliente, pero ellos sin saber cómo, él se dio cuenta de que habían fisgoneado dentro de cosas prohibidas. » El cliente, un hombre huraño, de pronto sin siquiera abrir la boca, hizo aparecer en su mano una esfera perfecta de energía, la cual lanzó contra el mercenario que abrió el arcón, matándolo en el acto. Los demás se asustaron al ver el poder del hombre, aquel poder se describía en los papiros encontrados y por alguna razón, creyeron todo lo que leyeron. El hombre mató a otro mercenario y los demás huyeron, a sabiendas de que no podían hacer nada en contra del cliente. Aquello se convirtió en una caza sin cuartel. Erant consiguió huir hasta Dingra, donde consiguió un pequeño descanso. En la ciudad de Aren consiguió que unos amigos lo ocultaran durante un tiempo, estos curiosos por la huida de su amigo, le preguntaron y él les habló sobre todo lo que había ocurrido. De una forma u otra, aquel cliente fue encontrando uno a uno a todos los mercenarios, quienes habían contado su historia a algunos de los que les refugiaban. Sin embargo, al hacer eso, pusieron en peligro a los demás por haber contado el secreto. » Poco a poco, más personas como el cliente fueron apareciendo para exterminar a todos los que sabían el secreto. Se escondían, adoptaban nuevas entidades, robaban e incluso mataban para poder seguir viviendo y huyendo de los dísiros. Dos años después de que se desatara aquello, Ankira vino a la casa que yo compartía junto a unos amigos mientras vivía en Vanissar, era de noche y había tormenta. Ella estaba herida y llamaba a nuestra casa pidiendo ayuda. La dejamos pasar y la curé con mi magia. Le preguntamos que le había ocurrido, pero ella solo dijo que unos tipos la perseguían y que no quería pasarnos la maldición a nosotros. No obstante, no hicimos caso y le insistimos en que nos contara quién la perseguía pues queríamos ayudarla. Tras convencerla, nos contó que una noche estaba en la gran biblioteca de Gantadd, ordenando los libros cuando se encontró con uno muy antiguo. La mayor parte de las hojas se hicieron cenizas al abrirlo, pero una parte estaba intacta, ella sin saber, leyó su contenido. Como era algo muy viejo no le dio importancia, a la mañana siguiente, apareció un grupo de personas pidiendo que los alojaran un tiempo en el oráculo, creyendo que así estarían a salvo. Pero no era así, dos días después apareció una sombra que mató a todo el grupo sin que nadie se diera cuenta. Ankira, que tenía orden de ocuparse de aquellas personas, entró en la habitación justo cuando el dísiro mataba a la última persona del grupo... y así comenzó también su huida. » Desgraciadamente, nadie sabía cómo era posible que supieseis de nuestro paradero, pero varios dísiros emboscaron la casa y solo Ankira y yo conseguimos salir vivas gracias a que huimos en mi dragón... Nos enteramos de que había un refugio en el desierto de Kash-Tar, donde ninguno de vosotros podía tener acceso. Y bueno... aquí nos tienes, en busca y captura por vosotros y por los reyes. Solo porque unos mercenarios se dejaron llevar por la curiosidad y abrieron lo que no debían. Dyanne se calló, mirando las bayas azules que se estaba comiendo. Un silencio incómodo inundó la gran caverna que utilizaban como despensa. El silencio duró unos minutos muy largos, pero acabó siendo interrumpido por la llegada de Caleb. — Erant quiere que vengas Dyanne, quiere tu opinión y en cuanto a ti, dísiro — dijo la última palabra como si fuera veneno, Lucas solo puso los ojos en blanco —, también quiere que vengas. — Claro, vamos — Dyanne se levantó a toda prisa y se fue sin esperar a nadie, dejando al humano y al dísiro solos. Lucas salió seguido de Caleb, quien no dejaba de mirarle a la espera de que el dísiro tratara de matarlos a todos ahora que había tenido la oportunidad de atravesar la barrera del refugio. Cuando llegaron a la entrada de la caverna, Caleb le dijo que esperara ahí fuera hasta que le llamasen. No tuvo que esperar mucho. Entraron dentro. — Ya hemos decidido, dísiro. — Bien, ¿y cuál es? — preguntó Lucas. — De hecho, como ya sabrás no podemos confiar en ti. La cosa en estos últimos cinco años ha sido muy complicada para nosotros. Lucas asintió. — Hemos decidido que si es verdad eso que cuentas lucharemos, pero solo con una condición. — ¿Y cuál es esa condición? — Que Erik, el hijo de Yandrak y Lunnaris esté con nosotros en la batalla. A Lucas se le crisparon las facciones y los brazos se le tensaron al darse cuenta de que ellos ignoraban que Eva y Erik se habían enfrentado y el chico había acabado con heridas mortales. No eran conscientes de ello. Lucas no sabía si había muerto o no, teniendo en cuenta el veneno que la espada de Eva contenía no se podía parar así como así. — Claro— dijo con tratando de fingir una sonrisa que apenas conseguía que le saliera —, no creo que sea difícil convencerlo. Seguramente querrá apartar a su hermana de las mías. "Y yo también" pensó el joven dísiro con pesadumbre. De pronto, Lucas sintió un fuerte dolor en la sien. Se llevó las manos a la cabeza, tratando de aguantar las ganas de gritar. Los demás se alarmaron. — ¿Qué le ocurre? — preguntó asustada Ankira. Lucas no pudo evitarlo y gritó. — T-tengo que i-irme... — consiguió decir Lucas a punto de sentir que la cabeza le iba a estallar. Antes de que los demás reaccionaran, salió corriendo tratando de ignorar el fuerte dolor. — ¡Dyanne, Ankira, Caleb! ¡Id a ver! Los tres asintieron y corrieron detrás del joven. Lucas podía oír los gritos llamándole, pero no se detuvo, tenía que irse ya de allí y volver a Riv-Arneth, pero no podría hacer nada hasta que no pasase las barreras de nuevo. Las barreras anulaban gran parte de sus poderes y entre ellos se hallaban la transportación. Con mucho esfuerzo consiguió llegar a la salida y atravesar la barrera, detrás de él aparecieron los tres fugitivos. — ¿Quieres parar y decirnos que demonios te pasa?— le gritó Caleb. — He de irme, s-se han dado cuen... ¡¡¡ARGH!!! — se llevó las manos de nuevo a la cabeza al sentir de nuevo como si alguien le estuviese aplastando la cabeza y el cráneo se le clavara en el cerebro. Dyanne se llevó las manos al corazón, estaban asustados, ¿quién se había dado cuenta? ¿De qué hablaba? Lucas cayó al suelo de rodillas, el dolor cesó de pronto y una extraña nube negra envuelta en rayos apareció a su lado. Un brazo apareció por él y cogió a Lucas de la túnica. — Vaya, vaya— dijo una voz proveniente de la nube—. Tu padre está muy enfadado, ¿lo sabías? Y así como apareció la nube, se desvaneció llevándose a Lucas con él. Ankira, Caleb y Dyanne se quedaron estáticos al contemplar la escena. — ¿Qué ha sido eso?
╰☆╮╰☆╮╰☆╮╰☆**╮ — La espada es tu brazo, una parte de ti. Tus movimientos son rápidos, pero no lo suficientes— dijo Shizuko a Eva. La joven miró a Ailyn y Pain sin inmutarse y volvió a atacar a su adversario. ¿Quería más rapidez? Pues rapidez le iba a dar. El adversario de Eva de pronto se encontró entre la espada y la pared, miró a la joven y siseó, indicando que se rendía. El joven shek no era muy grande, pero sí lo suficiente para que Eva pudiera entrenar. Shizuko asintió. Hizo una seña al shek para que se retirara y ordenó a Eva que ahora no usaría la espada, sino su mente contra otro shek. El gran patio estaba bastante lleno, pues varios sheks se habían reunido allí, unos para ayudar a Eva y otros para observar. — No lo hace nada mal... pero no es suficiente. Ailyn y Pain dejaron de prestar atención al entrenamiento de Eva y se giraron para ver quién acababa de hablar. Alden miraba cómo Eva y el shek luchaban. — ¿Qué quieres, Alden? — Daliah nos quiere a ti y a mí, Ailyn. Las ìdhisänetienen un pequeño trabajillo para nosotros. — Pain, dile a Shizuko que por hoy es suficiente, seguiremos en otro momento. Ailyn y Alden se alejaron y entraron dentro del castillo, preguntándose que querrían esta vez Daliah y Adrianneh. No tardaron mucho en llegar a una sala redonda, donde todo era oscuridad a excepción del centro. Nada más entrar, se arrodillaron mirando al suelo. — Bien, ya estáis aquí. — ¿Qué deseáis, mis señoras? — preguntaron a la vez. — Queremos que busquéis a unas personas en concreto, ponedles las marcas y traedlas aquí. Mi hermana Daliah y yo nos encargaremos del resto. — ¿A quiénes tenemos que traer? — Venid, lo veréis en el agua de la fuente. Los dos dísiros se pusieron en pie y se acercaron al centro de la sala, en el agua de la fuente se podía ver distintas escenas de tres personas. Una niña estaba junto a su padre en el desierto cerca de la torre de Awinor, otra niña estaba en Celestia en casa de una amiga y la última, una joven estaba echa un ovillo dentro de una celda. Alden sonrió descaradamente al reconocer a la última. — Traeremos a todas. Y acto seguido, desaparecieron. — ¿Por quién empezamos? — preguntó Ailyn nada más aparecer en Kash-Tar. — Nos dividimos el trabajo, tú ve a Celestia. Ya he estado allí y no sería bueno que me reconocieran. — Como quieras, pero a por la mayor tendremos que ir los dos, la torre de Kazlunn está muy vigilada. Alden asintió y desapareció. Ailyn también desapareció y apareció en una calle de Celestia. No necesitaba ocultarse, nunca había estado por esa zona de Rhyrr. No tuvo que caminar mucho para llegar a la calle en la que se encontraba la casa se la niña, se escondió detrás de una carreta y esperó a la niña. Unos minutos más tarde, vio cómo se acercaba una niña de unos diez años. Era su oportunidad, en la calle no había nadie y la hija de Shail iba sola. Salió de su escondite y corrió detrás de Rue. Cuando la alcanzó le tapó la boca con la mano y la agarró de la cintura. — Sh... no te va a pasar nada — dijo con su voz cantarina. Rue intentó gritar presa del miedo, pero la mano en la boca se lo impedía. Antes de desaparecer, Ailyn le besó en el cuello, donde apareció una marca de tres puntos formando un triángulo, justo lo mismo que le apareció a Iris cuando Alden la secuestró. Muy lejos de allí, en la torre de Awinor, la hermana pequeña de Dyanne miraba cómo el fuego que había hecho aparecer gracias al nuevo hechizo que había aprendido obtenía diferentes formas. Hizo que el fuego se desvaneciera y volvió a mirar el ininterrumpible desierto, pues desde aquel balcón no se podían ver las montañas que rodeaban Awinor, la tierra de los casi extinguidos dragones. Estaba sumida en sus pensamientos cuando notó que alguien la observaba. Ariadne se dio la vuelta y antes de poder gritar, una sombra le tapó la boca y la besó en el cuello, provocándole un gran dolor cuando la marca de tres puntos apareció en él. Alden sonrió. Atrapar a aquellas dos niñas era un juego de niños. La agarró para que no se moviera y desapareció. Ahora solo quedaba una persona. En aquel mismo momento, Daliah y Adrianneh se acercaron a la fuente. La rubia hizo que las imágenes que habían visto con anterioridad antes de que vinieran los dos dísiros aparecieran de nuevo en el agua. Su hermano había escapado a Kash-Tar, aquello no le gustaría nada a su padre cuando se lo comunicaran. Y aun menos le gustaría al saber el motivo de Lucas para ir allí. Sonrieron, su hermano era consciente de qué le podía pasar si le descubrían, pero no tenía ni la menor idea del dolor que iba a sentir. — Ese chico no hace más que darme dolor de cabeza... gracias por comunicarme su agravio. Podéis retirados, hijas. Las ìdhisäne asintieron y se retiraron lentamente. — ¡Tú! Quiero que traigas ante mí a mi hijo — ordenó el padre de Lucas a un dísiro que se encontraba en la sala. Éste asintió y enseguida desapareció. No pasó mucho tiempo hasta que apareció de nuevo agarrando de la túnica a Lucas. — Aquí lo tenéis, mi señor. El aludido asintió. — Me has decepcionado, Lucas. Creía que te había ordenado no salir de las islas de Riv-Arneth... y que yo sepa no he retirado esa orden. Ahora bien, me gustaría saber por qué has desobedecido. El hombre se inclinó en su asiento, mirando fijamente a su hijo. Lucas no se atrevía a mirar a su padre. El labio le temblaba con fuerza. — Quería dar una vuelta — las manos le temblaban por más que intentaba pararlo, su voz había sonado ronca. Sabía que su padre no creería esas palabras ni en un millón de años, pero no se atrevía a decir la verdad. El señor se levantó y comenzó a caminar por la sala. — Tu madre estaba obsesionada con el mundo de los terrestres, por eso se empeñó en ponerte ese nombre mundano que tan poco me gusta. Aquella fue la última estupidez que le consentí por su parte antes de que la matarás. Eres igual que aquel estúpido hermano menor de tu madre, una completa molestia que debe ser eliminada y ¡NO ACEPTARÉ TAL AGRAVIO POR TU PARTE! Su padre hizo una señal al dísiro y a la vez apuntaron con sus manos abiertas al joven. Lucas cayó al suelo y se retorció de dolor gritando a más no poder cuando un hilo de espinas metálicas electrificadas envolvió su cuerpo y lo aprisionó. Sabía que cuanto más se moviera más se hundirían y más descargas recibiría, pero su padre se había encargado de proporcionarle un dolor extra en todo el cuerpo que hacía que se retorciera a más no poder. Los gritos atravesaron las paredes, haciendo que casi todo el castillo pudiera oír sus gritos de dolor. — Esto es lo que le ocurre a aquellos que traicionan a los dísiros. Y no creas que esto es lo único que vas a recibir, es solo un pequeño adelanto de lo que te espera. Lucas siguió retorciéndose y gritando de dolor. Había arriesgado mucho al haber ido a pedir aquello. No muy lejos, en el mismo castillo, una joven de ojos azules como el hielo levantó la mirada, mirando interrogante a Pain al oír unos gritos de una voz muy familiar. — Los dísiros castigan a aquellos que se lo merecen— dijo de forma cortante. Eva asintió sintiendo unas punzadas en el corazón. Pero se desvanecieron cuando Pain hizo que le volviera a prestar atención.
Dedicado a todos vosotr@s que leéis este fic n_n