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Historia 55111 — capítulo 3
La mente le viajaba de un lado a otro. Imagenes, recuerdos, escenas que no identificaba pasaban rápidamente por la cabeza del joven. Era consciente de que eso no era real, sino que realmente estaba tumbado en algún lado, descansando de la batalla en casa de Derek, pero su subconsciente trabajaba más que nunca.
Están todos en peligro por tu culpa. Van a morir
El moreno escuchó esa voz susurrante, que le acusaba. Inmediatamente un sentimiento de rabia se apoderó de él.
― Son los Titans, no yo.― Respondió dolido a esa voz― Ellos tienen la culpa.
Tu simpatizabas con ellos. Tu estuviste a punto de unirte a su causa
― ¡Me engañaron!- Se justificó Tyler― Solamente quería ser el mejor y ellos me ofrecieron la oportunidad. ¡Ahora lucho contra ellos!
Has matado a la madre de tu mejor amigo
― ¡Cállate!
Tyler se dio cuenta que esto último lo habia dicho en voz alta, había recobrado la consciencia. Lo primero de lo que se percató fue de que su novia, Christie, lo estaba mirando con los ojos abiertos. Incapaz de reaccionar por unos segundos, acabó echandose a sus brazos, llorando de emoción y con palabras entrecortadas, intentando pronunciar el nombre de su novio.
Mientras la abrazaba, el chico reconoció donde estaba, era el cuarto de su novia. La estancia estaba decorada de forma infantil, con animales de peluche de todos los tamaños invadiendo la estancia. Las sábanas tenían unos dibujos infantiles, que combinaban a la perfección con el color lila de la pared. Tyler preguntó a la chica como demonios había llegado allí, si su último recuerdo era en casa de Derek.
― Verás, cariño, Derek te trajo aquí. No sabemos que ha pasado, pero creyó que era el único lugar medianamente seguro por el momento― Tyler se quedó asombrado.
― ¿Tu casa un lugar seguro? No quiero ofenderte, pero las casas muggles no tienen demasiada protección contra los Titans, la verdad.― Christie puso por un segundo una cara condencesdiente.
― Claro, por eso la casa de Derek, que es un mago, era segurísima. ¿Verdad?― Tyler tragó saliva y calló. Había que reconocer que Christie tenía razón. Ningún lugar era completamente seguro de ellos, eso lo había aprendido a la fuerza desde que huyó de Durmstrang.
― ¿Y donde están todos?― A la pregunta de su novio, Christie agachó la cabeza.
― Verás, Bill está preparando algo de cenar, mis padres se fueron unos dias a ver a mis abuelos a la India, así que no te preocupes...― Después de ésto, se hizo un silencio incómodo que Tyler rompió mientras se incorporaba en la cama. El chico notó un pequeño dolor abdominal, y se acordó de la pelea en casa de su amigo.
― ¿Y Derek?― se atrevió a decir finalmente. Christie suspiró de tristeza.
― Está abajo, completamente derrumbado. No se que demonios pasó en su casa ni como llegaste allí, pero... su madre a muerto. Ahora mismo está llorando en el comedor, Virgil intenta consolarlo.
Tyler asintió con la cabeza, mirando al infinito. Él si que sabía lo que había pasado.
― Me has tenido muy preocupada estos meses― dijo, otra vez echando a llorar, Christie― ¿Que te ha pasado?― Dijo entre un mar de lágrimas. El moreno se quedó pensativo unos segundos, pero finalmente respondió:
― Diles a todos que suban. Tengo que contaros algunas cosas y prefiero hacerlo con todo el mundo presente.― Christie, cuando se recobró de su llanto, salió de la estancia mientras se secaba las lágrimas con pañuelos de papel, dejando la puerta entreabierta. Tyler estaba muy nervioso por lo que tenía de decirles, temía la reacción de Derek a lo que iba a tener que decir. En ese momento, casi deseaba haber salido perdedor en el duelo a muerte con la madre de su amigo.
― ¡Hatred, aquí tienes tu comida, escoria!― gritó un mago con una pequeña y tosca barba. Su pelo enmarañado podría haber hecho que le confundieran con alguno de los presos a los que vigilaba. No obstante, sus innumerables años de servicio como guarda de Azkaban le convertían en toda una autoridad, incluso entre los demás guardas.
― Yo tambien me alegro de verte de nuevo, Asgard― respondió con una sonrisa metódica y llena de ironia Áspid, desde el otro lado de la celda. El jóven ni siquiera se molestó en levantar la cabeza para ver a su carcelero, sino que siguió sumido en sus pensamientos y mirando por la ventana al embravecido Mar del Norte.
― Si todavía nos dejaran usar dementores, borraría esa sonrisa de malnacido de tu cara, Hatred― bramó el guarda.
― Me encantaría que te acercaras lo suficiente como para intentarlo, jefe― Áspid enfatizó esta última palabra con un tono de desprecio.
― Algún dia tu y yo tendremos un encuentro― dijo el guarda.
― Ardo en deseos― respondió educadamente el jóven recluso. Asgard se fue finalmente de allí, gritando, como siempre, insultos varios a Áspid. Éste se giró y empezó a comer el insípido alimento que le proporcionaban allí. Debido a los dos años que llevaba en Azkaban su aspecto se había demacrado ligeramente, ahora estaba algo mas delgado, con el pelo recogido unos pocos dentímetros mas abajo de la nuca, y un atisbo de barba que le estaba creciendo ahora, a sus veinte años. Todo esto se acentuaba más debido a su altura.
El jóven miró su celda una vez más. Se la conocía de memoria, cada piedra húmeda que la componía, cada gotera que caía por el techo, cada saliente por el que los insectos entraban y salían. Era un habitáculo de unos diez metros cuadrados, con la única comodidad de una cama y un retrete. No le dejaban tener nada más, ni siquiera libros. Estaba en régimen de máxima seguridad por lo que había hecho en su último año en Hogwarts. Áspid sonreía al recordar lo cerca que había estado de su objetivo, de como casi consigue absorver todo el poder de Wotan. Pese a ello, consiguió una parte del mismo. El chico sabía que tenía una gran energía mágica palpitando en su interior, pero necesitaba algo que era imposible conseguir mientras estubiera preso, una varita. Sumido en estos pensamientos, se durmió. Había aprendido a conseguir que las furiosas olas que se oían consiguieran un efecto relajante en su cuerpo. El chico se sumió en un apetecible dormitar.
― Hatred, arriba― oyó decir. El chico abrió los ojos, despertando de su sueño ligero ante una voz que no conocía. Era grave y autoritaria, pero a su vez cordial. Cuando abrió los ojos vió su celda abierta, y junto a él, una alta figura oculta tras una túnica y una capucha blanca.
― ¿Pero que...?― dijo asombrado, pero sin que tal emoción se notara demasiado en su rostro.
― No hay tiempo, levanta― dijo el fornido encapuchado mientras le proporcionaba una varita― nos vamos.
El hombre salió de la celda, y Áspid le siguió consternado. No sabía que estaba pasando, ni quien estaba detrás de la fuga, pero era una oportunidad que no pensaba rechazar. Áspid siguió los pasos acelerados de su liberador, que parecía tener muy claro a donde se dirijian. Por fín, tras una intersección de los oscuros pasillos que Áspid conocía bastante bien, se encontraron con otras tres figuras, dos de ellas también con el mismo atuendo blanco que les cubría el rostro.
― ¿Y Dolohov?― Preguntó a uno de los encapuchados. Una voz melodiosa, pero varonil, contestó con un acento un poco peculiar:
― No quiere fugarse, Basilisk― dijo simplemente. Parecía que su liberador era el cabecilla del grupo. El tal Basilisk asintió con la cabeza. Entonces miró hacia los otros dos que estaban allí, uno de ellos también estaba encapuchado, pero el otro era un preso, como él. Entre el claroscuro de la noche pudo distinguir su cara, era Jonh Maesus, un criminal bastante famoso por envenenar a muchísima gente en San Murgo.
― ¿Que está pasando aquí?― preguntó, sin alterar su expresión para controlar la situación en la medida de lo posible.
― Señor Hatred, es obvio que les estamos ayudando a fugarse. Nuestras razones las discutiremos más adelante, pues no es buen momento para charlar, ahora debemos irnos.
― ¿Quereis ayudarme a escapar?― Áspid esbozó una sonrisa, que pese a lo que pueda parecer, le dió una expresión mas seria a su cara.― Os lo compensaré, Aspid Hatred no olvida los favores que le han hecho.― Basilisk rió, los otros dos encapuchados y Maesus miraron la escena.
― Y tanto que nos lo compensarás, Hatred. Tenemos grandes planes para tí.― Áspid gruñó internamente. No pensaba que nadie hiciera planes a su costa, pero la prioridad era salir de Azkaban, una discusión no arreglaría nada en ese momento.
― Muy bien, vámonos de este lugar infecto― dijo Basilisk.