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Historia 55483 — capítulo 10

Estoy triste :( creo q esta historia no os gusta xq no comentais como en la otra y entonces me desaminimo y no me gusta lo q sale :(

—No sé porqué Beatrix hace este tipo de cosas —dijo Poppy a la mañana siguiente, mientras Daphne sostenía las riendas del coche. Iban de camino a Stony Cross Manor, con los objetos robados ocultos en los bolsillos de sus mejores vestidos de día. —Estoy segura de que no tiene intención de hacerlo —replicó Daphne, con la frente surcada por la preocupación—. Si fuera intencionado, Beatrix habría robado cosas que verdaderamente quisiera, como lazos para el cabello, guantes o dulces, y no confesaría después. —Suspiró—. Esto parece suceder cuando ha habido un cambio significativo en su vida. Cuando Madre y Padre murieron, cuando Leo y Win cayeron enfermos… y ahora, cuando nos trasladamos y mudamos a Hampshire. Sencillamente superaremos esto como mejor podamos y nos aseguraremos de que Beatrix esté en una atmósfera calmada y serena. —No existe nada parecido a "calmada y serena" en nuestro hogar —dijo Poppy sombríamente—. Oh, Daphne ¿Porqué tiene que ser nuestra familia tan rara? —No somos raros. Poppy sacudió la mano con un gesto de descarte. —La gente rara nunca cree ser rara. —Yo soy perfectamente ordinaria —protestó Daphne. —Ja. Daphne la miró con sorpresa. —¿Porqué en el nombre del cielo podrías decir "ja" a eso? —Intentas controlar todo y a todo el mundo. Y no confías en nadie fuera de la familia. Eres como un puercoespín. Nadie puede traspasar las espinas. —Bien, me gusta eso —dijo Daphne indignada—, ser comparada con un gran roedor espinoso, cuando he decidido pasar el resto de mi vida velando por la familia… —Nadie te lo ha pedido. —Alguien tiene que hacerlo. Y yo soy la mayor de los Hathaway. —Leo es el mayor. —Soy la mayor Hathaway sobria. —Eso no quiere decir que tengas que martirizarte. —No soy una mártir, simplemente soy responsable. ¡Y tú una desagradecida! —¿Preferirías gratitud o un marido? Personalmente, yo elegiría al marido. —No quiero un marido. Riñeron por tonterías hasta Stony Cross Manor. Para cuando llegaron, ambas estaban enojadas y ceñudas. Sin embargo, cuando un lacayo vino a ayudarlas a bajarse, empastaron sonrisas falsas en sus caras y entrelazaron los tensos brazos mientras avanzaban hacia la puerta principal. Esperaron en el vestíbulo mientras el mayordomo iba a anunciar su llegada. Para enorme alivio de Daphne, les mostró la sala y les informó que Lady Masen estaría con ellas de inmediato. Aventurándose más hacia el ventilado salón, con sus jarrones de flores frescas, mobiliario de satén y tapicería celeste de seda, y el alegre fuego en la blanca chimenea de mármol, Poppy exclamó: —Oh, esto es tan bonito, huele tan adorablemente, ¡y mira cómo brillan las ventanas! Daphne guardó silencio, pero no pudo evitar estar de acuerdo. Ver esta sala inmaculada, tan alejada del polvo y la suciedad de Ramsay House, la hacía sentir culpable y hosca. —No te quites el bonete —dijo cuando Poppy se soltaba las cintas—. Se supone que se deja puesto durante una visita formal. —Sólo en la ciudad —argumentó Poppy—. En el campo, la etiqueta es más relajada. Y creo que a Lady Masen difícilmente le importará. La voz de una mujer llegó desde la puerta. —¿Importar qué? —Era Lady Masen, con su figura delgada adornada por un traje rosa, y el cabello oscuro recogido detrás de la cabeza en brillantes rizos. Su sonrisa estaba llena de picardía y encanto fácil. Iba cogida de la mano de una niña de cabello oscuro vestida de azul que empezaba a andar, una versión en miniatura de sí misma con grandes ojos redondos de color jengibre. —Milady... —Daphne y Poppy hicieron una reverencia. Decidiendo ser franca, Daphne dijo—. Lady Masen, precisamente debatíamos si debíamos o no quitarnos nuestros bonetes. —Dios mío, no perdáis el tiempo con la formalidad —exclamó Lady Masen, entrando con la niña—. Quitaos los bonetes, de todos modos. Y llamadme Bella. Ésta es mi hija, Nessie. Ella y yo estamos disfrutando de un poco de entretenimiento antes de su siesta matutina. —Espero que no hayamos interrumpido —comenzó Poppy disculpándose. —De ningún modo. Si podéis tolerar nuestro jugueteo durante vuestra visita, estaremos más que encantadas de recibiros, he pedido el té. Después de no mucho rato estaban charlando con facilidad. Nessie perdió rápidamente todo vestigio de timidez y les mostró su muñeca favorita llamada Annie, y una colección de guijarros y hojas de su bolsillo. Lady Masen... Bella... era una madre abiertamente cariñosa y juguetona, no mostraba tener ningún problema en arrodillarse en el suelo para buscar guijarros caídos bajo la mesa. Las interacciones de Bella con la niña eran muy inusuales en un hogar aristocrático. Los niños casi nunca eran llevados ante la presencia de las visitas a menos que fuese para una presentación breve, acompañada de una palmada en la cabeza y una partida rápida. La mayoría de mujeres de la elevada posición de la condesa no veían a su descendencia más de una o dos veces al día, dejando la mayor parte de la crianza de los niños a las niñeras. —No puedo evitar el desear verla —explicó Bella francamente—, así que las niñeras han aprendido a tolerar mi interferencia. Cuando llegó la bandeja del té, Annie, la muñeca, fue colocada en el sofá entre Poppy y Nessie. La niñita presionó el borde de su taza de té contra la boca pintada de la muñeca. —Annie quiere más azúcar, Mamá —dijo Nessie. Bella sonrió abiertamente, sabiendo quien iba a beber el té sumamente endulzado. —Dile a Annie que nunca tomamos más de dos terrones en una taza, querida. Se pondría enferma. —Pero es golosa —protestó la niña. Agregó sombríamente—. De gusto y carácter dulce. Bella negó con la cabeza chasqueando la lengua. —Que muñeca tan terca. Se firme con ella, Nessie. Poppy, que había estado observando el intercambio con una abierta sonrisa, adoptó una expresión perpleja y se removió ligeramente en el sofá. —Dios mío, creo que estoy sentada sobre algo… —Hurgó detrás de ella y sacó un pequeño caballo de madera, fingiendo que lo había encontrado alojado entre los cojines del sofá. —Es Horsie —exclamó Nessie, sus deditos se cerraron alrededor del objeto—. ¡Creí que se había escapado! —Gracias a Dios —dijo Bella—. Horsie es uno de los juguetes favoritos de Nessie. La mansión al completo ha estado buscándolo. La sonrisa de Daphne vaciló cuando encontró la mirada de Poppy, ambas preguntándose si se habría descubierto que faltaban otras cosas. Los objetos robados, especialmente el sello de plata, debían ser devueltos tan pronto como fuera posible. Se aclaró la garganta. —Milady… es decir, Bella… si no te importa... me gustaría saber dónde está el tocador. —Oh, claro. Haré que el ama de llaves te muestre el camino, o… —No, gracias —dijo Daphne precipitadamente. Tras recibir las prácticas instrucciones de Bella; Daphne abandonó la sala, dejando a las otras tres que continuaran con su té. La primera habitación que tenía que encontrar era la biblioteca, adonde pertenecían la tarjeta del estereoscopio y la llave. Recordando la descripción de Beatrix del plano de distribución del primer piso, Daphne se apresuró a lo largo del tranquilo vestíbulo. Ralentizó el paso cuando vio a una criada barriendo la alfombra, e intentó que pareciera como si supiera hacia dónde iba. La criada dejó de barrer y se apartó respetuosamente a su paso. Rodeando una esquina, Daphne encontró una puerta abierta que reveló la larga biblioteca con galerías superiores e inferiores. Mejor aún, estaba vacía. Se apresuró a entrar y vio un estereoscopio en la maciza mesa de la biblioteca. Cerca había una caja de madera, llena de naipes iguales al que tenía en el bolsillo. Introduciendo la tarjeta con las demás, salió corriendo de la biblioteca, haciendo una pausa sólo para introducir la llave en el ojo vacío de la cerradura de la puerta. Sólo faltaba una tarea... tenía que encontrar el estudio privado de Lord Masen y devolver el sello de plata. El peso de este le rebotaba con inquietud contra la pierna mientras caminaba. Por favor no dejes que Lord Masen esté allí, pensó desesperadamente. Por favor que esté vacío. Por favor no dejes que me atrapen. Beatrix había dicho que el estudio estaba cerca de la biblioteca, pero la primera puerta que Daphne probó resultó ser la sala de música. Asomándose a otra puerta al otro lado del pasillo, descubrió un armario lleno de cubetas, escobas, harapos, cazuelas de cera y abrillantador. —Demonios, demonios, demonios —masculló, yendo hacia otra puerta abierta. Era una sala de billar. Y estaba ocupada por una media docena de caballeros involucrados en un juego. Peor aún, uno de ellos era Christopher Frost. La cara bien parecida estaba desprovista de expresión cuando se cruzaron sus miradas. Daphne se detuvo, el color le brilló en la cara. —Disculpen —murmuró, y escapó. Para su consternación, Christopher Frost se movió para seguirla. Estaba tan concentrada en escapar que no vio a alguien que se adelantaba a Frost, bloqueándole pulcramente. —Señorita Hathaway. Ante el sonido de la voz de un hombre, Daphne se dio la vuelta. Esperaba ver a Christopher Frost, pero se sobresaltó al descubrir que era Jacob Black quien la había seguido. —Señor. Jacob estaba en mangas de camisa, y con el cuello de la misma un poco suelto, como si hubiera estado tirando de él. Su cabello negro estaba casualmente alborotado, como si recientemente se hubiera pasado los dedos por las brillantes capas. Su corazón se aceleró. Esperó rígidamente mientras se aproximaba a ella. Demorándose en la puerta, Christopher Frost les lanzó una última mirada ceñuda antes de retirarse al interior de la habitación. Black alcanzó a Daphne y se detuvo con un asentimiento de saludo. —¿Hay algo en lo que pueda ayudarla? —preguntó cortésmente—. ¿Se ha perdido? Abandonando la precaución en favor de la eficacia, Daphne aferró un pliegue de la manga enrollada de él. —Señor Black, ¿sabe donde está el estudio de lord Masen? —Si, por supuesto. —Muéstremelo. Black la miró con una sonrisa interrogativa. —¿Por qué? —No hay tiempo para explicaciones. Solo lléveme allí ahora. ¡Por favor, démonos prisa! Raudamente la condujo a través del pasillo, dos puertas más abajo, a una pequeña habitación revestida con paneles de palo de rosa. El estudio de un caballero. Los únicos ornamentos eran una fila de ventanas rectangulares de cristales tintados a lo largo de una pared. Aquí era donde, lord Masen, solucionaba la mayor parte de los asuntos de su finca. Black cerró la puerta tras ellos. Rebuscando en su bolsillo, Daphne recuperó el pesado sello de plata. —¿Dónde va esto? —En el costado derecho del escritorio, cerca del tintero —dijo Black—. ¿Cómo ha llegado eso a sus manos? —Se lo explicaré más tarde. Se lo suplico, no se lo cuente a nadie. —Fue a colocar el sello de plata sobre el escritorio—. Solo espero que no haya notado que faltaba. —¿Por qué lo quería usted en primer lugar? —preguntó Black ociosamente—. ¿Recurriendo a la falsificación? —¿Falsificación? —Daphne palideció. Una carta con el nombre de Masen, sellada con el emblema de su familia, sería un instrumento poderoso, sin duda. ¿Qué otra interpretación podría darse al hecho de haber tomado prestado el sello genuino?—. No, no, yo no habría... es decir, no quería... Fue interrumpida por el paralizante sonido del pomo de la puerta girando. En ese mismo instante se vio atravesada por la angustia y la resignación simultáneamente. Se acabó. Había estado tan cerca, y ahora la atraparían, y Dios sabía qué repercusiones habría. No había forma de explicar su presencia en la oficina de Masen sin divulgar el problema de Beatrix, lo cual deshonraría a la familia y arruinaría el futuro de la chica en la clase refinada. Un lagarto mascota era una cosa, pero el robo era otra cuestión completamente distinta. Todos esos pensamientos atravesaron la mente de Daphne en una abrasadora masa. Pero mientras ella se quedaba rígida y esperaba a que cayera el hacha, Black se había acercado con dos largas zancadas. Y antes de que Daphne pudiera moverse, o pensar, o incluso respirar, había tirado de ella, y le había empujado la cabeza hacia la suya. Black la besó con una indecente franqueza que la hizo tambalear. Los brazos eran firmes a su alrededor, sosteniéndola mientras su boca capturaba la de ella en el ángulo justo. Daphne movió las manos en una objeción tentativa, sus palmas encontrando los rudos músculos del pecho masculino, el tacto de su camisa de botones. Él era la única cosa sólida en un mundo caleidoscópico. Dejó de empujar mientras su cuerpo absorbía los excitantes detalles del de él, los duros contornos masculinos, el fresco olor a aire libre, la sensual investigación de su boca. Había revivido el beso de él mil veces en sus sueños. Solo que no lo había comprendido hasta ahora. Dedos gráciles se acunaron alrededor de su cuello y mandíbula, inclinándole la cara hacia arriba. Las yemas de los dedos encontraron la piel fina detrás de sus orejas, donde se fundía con el sedoso nacimiento del cabello. Y todo mientras continuaba llenándola de un fuego concentrado, hasta que el interior de su boca picó dulcemente y sus piernas cedieron bajo ella. Él utilizaba su lengua delicadamente, explorando sin prisa, penetrándola repetidamente mientras ella se aferraba a él con desconcertado placer. Él alzó la boca, su aliento le acarició ligeramente contra los labios. Giró la cabeza mientras hablaba con quienquiera que hubiera entrado en la habitación. —Suplico su perdón, milord. Deseábamos un momento de privacidad. Daphne se puso de color escarlata mientras seguía su mirada hacia la puerta, donde Lord Masen estaba de pie con una expresión insondable. Un momento electrizante pasó mientras Masen parecía ordenar sus pensamientos. Su mirada pasó de la cara de Daphne, otra vez a la de Black. Una sonrisa titiló en sus ojos oscuros. —Tengo intención de volver en aproximadamente media hora. Probablemente lo mejor sería que mi estudio estuviera vacío para entonces. —Haciendo un cortés asentimiento con la cabeza, se retiró. Tan pronto como se cerró la puerta tras él, Daphne dejó caer su frente sobre el hombro de Black con un gemido. Se habría apartado, pero no confiaba en que sus rodillas la sostuvieran. —¿Por qué ha hecho eso? Él no parecía en absoluto arrepentido. —Tuve que pensar en una razón que justificara que los dos estuviéramos aquí. Esta parecía la mejor opción. Daphne sacudió la cabeza lentamente, todavía descansando la frente contra él. La dulzura seca de su fragancia le recordaba a un prado calentado por el sol. —¿Cree que se lo contará a alguien? —No —dijo él inmediatamente, tranquilizándola—. Masen no es dado a chismorrear. No dirá una palabra a nadie, excepto a... —¿Excepto? —Lady Masen. Probablemente se lo contará a ella. Daphne lo consideró y pensó que quizás no fuera tan terrible. Lady Masen no parecía el tipo de persona que la condenaría por eso. La condesa parecía muy tolerante con el comportamiento escandaloso. —Por supuesto —continuó Black—, si Lady Masen lo sabe, hay muchas posibilidades de que se lo cuente a Lady St. Vincent, que se supone va a venir con Lord St. Vincent el fin de semana. Y como Lady St. Vincent se lo cuenta todo a su marido, él se enterará también. Aparte de eso, nadie se enterará. A menos que... Su cabeza se alzó como la de una marioneta. —¿A menos que qué? —A menos que Lord St. Vincent se lo mencione al señor Hale, quien indudablemente le contaría todo a la señora Hale, y luego... todo el mundo se enteraría. —Oh, no. No puedo soportarlo. Él le dirigió una mirada mordaz. —¿Por qué? ¿Porque la han pillado besando a un gitano? —No, porque no soy el tipo de mujer a la que se pilla besando a nadie. ¡No recibiré invitaciones! Cuando todo el mundo se entere, no me quedará dignidad. Ni reputación. No... ¿Por qué sonríe? —Por usted. No hubiera esperado semejante melodrama. Eso molestó a Daphne, que no era el tipo de mujer que se permitiera dramatizar. Lo empujó firmemente con los brazos. —Mi reacción es perfectamente razonable considerando… —No lo hace mal. Parpadeó, desconcertada. —¿El melodrama? —No, besar. Con un poco de práctica, sería excepcional. Pero necesita relajarse. —No quiero relajarme. No quiero... oh, ¡Santo Dios! —Él había inclinado la cabeza hacia su garganta, buscando el punto sensible de su pulso. Una ligera sacudida de calor la traspasó—. No haga eso —dijo débilmente, pero él era insistente y su boca malvadamente suave, Daphne contuvo el aliento cuando sintió el roce de su lengua. Sus manos se hundieron en los músculos de los hombros de él. —Señor Black, no debe… —Así es como se besa, Daphne. —Le acunó la cabeza entre las manos, ladeándosela hábilmente—. Las narices van aquí. —Otro roce desorientador de su boca, una ráfaga de calor sensual—. Sabe a azúcar y té. —¡Ya sé cómo se besa! —¿De verdad? —Le pasó el pulgar sobre los labios calientes por los besos, instándolos a separarse—. Entonces enséñeme —susurró—. Déjeme entrar, Daphne. Nunca en su vida había pensado que un hombre le diría algo tan escandaloso. Y si las palabras eran impropias, el brillo en sus ojos era realmente demoledor. —Yo... soy una solterona. —Ofreció la palabra como si fuera un talismán. Todo el mundo sabía que los libertinos dejaban en paz a las solteronas. Pero al parecer nadie se lo había dicho a Jacob Black. Una sonrisa furtiva ahondó más las comisuras de la boca masculina. —Eso no va a salvarla de mí. —Intentó rechazarlo, pero esas manos condujeron su rostro hacia él—. No creo que deba dejarla en paz. De hecho, estoy reconsiderando mi actitud hacia las solteronas. Antes de que ella pudiera preguntar cuál era su actitud, su boca la poseyó otra vez, mientras sus dedos le acariciaban el tenso borde de la mandíbula, persuadiéndola para que se relajara. Ni en sus momentos más ardientes con Christopher Frost, este la había besado nunca así, como si la consumiera lentamente. Sus labios acariciaron los de ella hasta que se enlazaron y sellaron cálidamente, y su lengua encontró la suya. Jugó con ella, acariciando y avanzando, mientras sus manos la acercaban más. Le acarició la espalda y los hombros, mientras sus labios se separaban para explorar la suave curva del cuello. Encontró un lugar que la hizo retorcerse, la azuzó amablemente hasta que un gemido indefenso escapó de su garganta. La cabeza de Black se alzó. Sus ojos resplandecían como si hubiera azufre dentro de los bordes oscuros de sus pupilas. Habló lentamente, como si coleccionara las palabras igual que si fueran hojas caídas. —Probablemente esto sea una mala idea. Daphne inclinó la cabeza, temblorosa. —Sí, señor Black. Las yemas de sus dedos rozaron la reciente oleada de color en la superficie de las mejillas de Daphne. —Mi nombre es Jacob. —No puedo llamarle así. —¿Por qué no? —Usted sabe por qué —fue su inseguro reproche. Un largo suspiro resultó claramente audible mientras sentía cómo su boca le bajaba por la mejilla, explorando la piel sonrosada—. ¿Qué significa? —¿Mi nombre? Es la palabra romany para sol. Daphne apenas podía pensar. —¿Como... como el del cielo? —El del cielo. —Él se movió hacia el arco de su ceja, besando el extremo exterior—. ¿Sabía que un gitano tiene tres nombres? Ella negó con la cabeza lentamente, mientras la boca de él se deslizaba por su frente imprimiendo un cálido velo de palabras contra su piel. —El primero es un nombre secreto que una madre susurra en el oído de su hijo cuando nace. El segundo es el nombre de clan y sólo lo usan otros gitanos. El tercero es el nombre que usamos con los gadjos. Su perfume la rodeaba por completo, libre, fresco y delicioso. —¿Cuál es su nombre de clan? Él sonrió ligeramente, la forma de su boca le dibujó una marca ardiente contra la mejilla. —No se lo puedo decir. Aún no la conozco lo suficiente. Aún. La tentadora promesa incrustada en esa palabra le cortó el aliento. —Déjeme marchar —susurró ella—. Por favor, no deberíamos... —Pero las palabras se perdieron cuando él se inclinó y tomó su boca con avidez. Derritiéndose de placer, Daphne buscó a tientas su cabello, encontrando una aguda satisfacción en el tacto de la pesada seda entre sus dedos. Cuando él sintió su toque, emitió un bajo murmullo de ánimo. El ritmo de su respiración cambió, se tensó, sus besos se volvieron duros y lánguidos. Tomó lo que ella le ofrecía, introduciendo la lengua más profundamente, recolectando sensaciones. Y ella respondió hasta que su alma estuvo a punto de arder y sus pensamientos se desvanecieron como chispas saltando de una hoguera. Abruptamente Black apartó su boca y la abrazó con fuerza, con demasiada fuerza, contra su cuerpo. Daphne se sintió como si estuviera colgada en el balanceo sutil de un péndulo, necesitando fricción, presionar, liberarse. Él la mantuvo inmóvil, abrazándola mientras ella temblaba y sufría. El agarre de Black la aliviaba. La soltó gradualmente hasta que pudo finalmente apartarla del todo. —Perdone —dijo al fin. Ella vio el aturdido calor en sus ojos—. Normalmente no me es tan difícil contenerme. Daphne asintió ciegamente y se rodeó con los brazos. No notó el golpeteo nervioso de su propio pie hasta que Black se acercó y deslizó uno de sus pies bajo sus faldas para aquietar el tamborileo. —Colibrí —susurró él—. Será mejor que se vaya. Si no lo hace, terminaré comprometiéndola de un modo como nunca creí posible.

Daphne nunca supo en realidad cómo regresó a la sala sin perderse. Se movía como a través de los estratos de un sueño. Acercándose al sofá dónde Poppy estaba sentada, Daphne aceptó otra taza de té y sonrió un poco a Nessie, que estaba pescando en su taza un trozo de galleta bañada de azúcar, y respondió con evasivas a la sugerencia de Bella de que la familia Hathaway al completo se reuniera con ellos en un picnic el fin de semana. —Me gustaría haber podido aceptar su invitación —dijo tristemente Poppy de camino a casa—. Pero supongo que sería buscar problemas, puesto que Leo probablemente se comportaría mal y Beatrix robaría algo. —Y queda demasiado que hacer en Ramsay House —añadió Daphne, sintiéndose distraída y distante. Sólo un pensamiento estaba claro en su mente. Jacob Black regresaría pronto a Londres. Por su bien, y quizá por el de él también, tendría que evitar Stony Cross Park hasta que se fuera. Quizá fuera porque todos estaban rendidos de limpiar, reparar y organizar, pero toda la familia Hathaway estaba de un ánimo irregular esa noche. Todo el mundo excepto Leo, se reunió alrededor de la chimenea en uno de los salones de abajo, reposando mientras Win leía a Dickens en voz alta y Merripen ocupaba una esquina del salón, cerca de la familia sin formar parte de ella, escuchando atentamente. No cabía duda de que Win podía leer los nombres del registro de una aseguradora y aun así él lo encontraría cautivador. Poppy estaba ocupada con su costura, bordando un par de zapatillas de hombre con brillantes hilos de lana, mientras Beatrix hacía un solitario en el suelo junto a la chimenea. Notando la forma en que su hermana menor ojeaba rápidamente los naipes, Amelia se rió. —Beatrix —dijo después de que Win hubiera terminado un capítulo—. ¿Por qué, en nombre del cielo, haces trampas en un solitario? Juegas contra ti misma. —Así no hay nadie que se moleste cuando hago trampas. —Lo que importa no es si ganas, sino cómo ganas —dijo Daphne. —He oído eso antes y no estoy de acuerdo en absoluto. Es mucho más agradable ganar. Poppy sacudió la cabeza sobre su bordado. —Beatrix, definitivamente eres una sinvergüenza. —Y una ganadora —dijo Beatrix con satisfacción, colocando la carta exacta que quería. —¿Dónde nos equivocamos? —preguntó Daphne, a nadie en particular. Win sonrió. —Sus placeres son pocos, querida. Un solitario creativo no va a hacer daño a nadie. —Supongo que no. —Daphne estuvo a punto de decir algo más, pero se distrajo por un suave viento frío alrededor de sus tobillos y removió los entumecidos dedos de sus pies. Tembló y se arrebujó más en el chal de lana azul—. Uf, hace frío aquí dentro. —Debes de estar sentada en una corriente —dijo Poppy con preocupación—. Ven a sentarte a mi lado, Daphne, estoy más cerca del fuego. —Gracias, pero creo que me iré a la cama. —Aún temblando, Daphne bostezó—. Buenas noches a todos. —Salió mientras Beatrix le pedía a Win que leyera un capítulo más. Cuando Daphne caminaba por el vestíbulo, pasó una pequeña habitación que todos suponían había sido usada como lugar de reunión de los caballeros. Era una habitación lo bastante grande para una mesa de billar y con una descolorida pintura de una escena de caza en una pared. Un mullido sillón estaba situado entre las ventanas, con el terciopelo raído. La luz de una lámpara de pie se extendía difusa por el suelo. Leo estaba dormitando en el sillón, con un brazo colgando flojamente a un lado. Una botella vacía estaba en el suelo junto al sillón, lanzando la sombra en forma de lanza hasta el otro extremo del cuarto. Daphne habría continuado su camino, pero algo en la postura indefensa de su hermano hizo que se detuviera. Estaba reclinado con la cabeza caída sobre un hombro, los labios ligeramente separados, igual que cuando era niño. Con su cara limpia de cólera y pena, parecía joven y vulnerable. Recordó al niño cariñoso que había sido y su corazón se contrajo de pena. Adentrándose en la habitación, Daphne se estremeció por el cambio abrupto de temperatura, el gélido ambiente. Hacía mucho más frío allí dentro que afuera. Y no era su imaginación, podía ver el vaho de su aliento. Temblando, se acercó a su hermano. El frío estaba concentrado a su alrededor, haciendo más difícil el que sus pulmones dejaran pasar el aire. Cuando se inclinó sobre la figura recostada, la abrumó una sensación de desolación, un pesar más allá de las lágrimas. —¿Leo? —Su cara era gris, sus labios estaban resecos y azules, y cuando tocó su mejilla, no había rastro de calor—. ¡Leo! Ninguna respuesta. Daphne lo sacudió, empujó fuerte contra su pecho, le cogió la cara tensa entre las manos. Cuando hizo esto, sintió una fuerza invisible tirando de ella. Insistió, agarrando con los puños los pliegues sueltos de su camisa. —¡Leo, despierta! Para su infinito alivio, él se movió y resopló, y sus párpados revolotearo. El iris de sus ojos era tan pálido como el hielo. Sus palmas alcanzaron los hombros de ella y masculló atontado. —Estoy despierto. Estoy despierto. Jesús. No grites. Haces el suficiente ruido como para despertar a los muertos. —Por un momento pensé que eso era exactamente lo que estaba haciendo. —Daphne casi cayó sobre el brazo del sillón, sus nervios se estremecían desagradablemente. El frío amainaba ahora—. Oh, Leo, estabas tan quieto y pálido. He visto cadáveres que parecían más vivos. Su hermano se restregó los ojos. —Sólo estoy un poco atontado. No muerto. —No despertabas. —No quería. Yo… —hizo una pausa, con aspecto preocupado. Su tono era suave y sorprendido—. Estaba soñando. Unos sueños tan reales… —¿Sobre qué? Él no contestó. —¿Sobre Laura? —insistió Daphne. Su rostro se endureció, unas líneas profundas marcaban la superficie, como las fisuras hechas por la erosión del hielo en una roca. —Te dije que no mencionaras su nombre jamás. —Sí, porque no quieres recordarla. Pero no importa, Leo. Nunca dejas de pensar en ella, la oigas nombrar o no. —No voy a hablar de ella. —Bueno, resulta evidente que evitarlo no funciona. —Su cabeza daba vueltas desesperadamente a la pregunta de qué rumbo tomar, cómo llegar mejor hasta él. Probó con la determinación—. No dejaré que te derrumbes, Leo. La mirada que dedicó demostró que la determinación había sido un error. —Algún día —dijo él con fría amabilidad—, puedes verte forzada a darte cuenta de que hay cosas más allá de tu control. Si quiero derrumbarme, lo haré sin pedir tu maldito permiso. Probó entonces con la simpatía. —Leo... sé que has ido a la deriva desde que Laura murió. Pero otras personas se han recobrado de una pérdida y han vuelto a encontrar la felicidad… —No hay más felicidad —dijo Leo con dureza—. No hay paz en ningún maldito rincón de mi vida. Ella se lo llevó todo. Por el amor de Dios, Daphne... ve a entrometerte en los asuntos de otro y déjame solo en el infierno.