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Historia 55483 — capítulo 9

Capitulo 9 marchando ;) quiero comentarios en masa ehhh

El grupo sentado a la mesa de Masen quedó aliviado por la noticia de que Beatrix había elegido pasar el resto de la noche a solas en tranquila contemplación. Sin duda temían otra interrupción por parte de alguna otra mascota procedente de un bolsillo, pero Daphne les había asegurado que no habría más visitas inesperadas en la mesa. Sólo Lady Masen parecía genuinamente turbada por la ausencia de Beatrix. La condesa se había excusado en una ocasión entre el cuarto y quinto plato y reapareció después de un cuarto de hora. Daphne más tarde se enteró de que Lady Masen había ordenado que llevaran a la biblioteca una bandeja con la cena de Beatrix, y la había visitado allí. —Lady Masen me contó algunas historias de cuando era niña, y cómo ella y su hermana pequeña solían portarse mal —contó Beatrix al día siguiente—. Me dijo que traer un lagarto a la cena no era nada comparado con las cosas que habían hecho... de hecho, dijo que ambas eran diabólicas y malvadas hasta la médula. ¿No es asombroso? —Asombroso —dijo Daphne con sinceridad, reflexionando sobre cuánto le gustaba la americana, que parecía sencilla y divertida. Masen era otra cuestión. El conde era algo más que un poco intimidante. Y después del cruel desprecio de Leo respecto a la preocupación de Masen por los arrendatarios de Ramsay, era dudoso que el conde estuviera favorablemente dispuesto hacia los Hathaway. Por fortuna Leo había logrado evitar más controversias durante la cena, principalmente porque estuvo ocupado flirteando con la atractiva mujer sentada a su lado. Aunque las mujeres siempre se habían sentido atraídas por Leo, con su altura, su buena apariencia y su inteligencia, nunca había sido tan apasionadamente perseguido como ahora. —Creo que eso indica algo raro acerca de los gustos de las mujeres —le dijo Win a Daphne en privado cuando estuvieron en la cocina de Ramsay House—, ya que a Leo no le perseguían tantas mujeres cuando era simpático. Parece que cuanto más odioso es, más les gusta. —Pues son bienvenidas a quedárselo —contestó gruñona Daphne—. No veo el atractivo en un hombre que cada día tiene el mismo aspecto que si acabara de salir de la cama, o se preparara para volver a ella—. Se envolvió el cabello en una tela protectora y dobló los extremos como si fuera un turbante. Se preparaban para otro día de limpieza, y el polvo de la antigua casa tenía tendencia a pegarse obstinadamente a la piel y el pelo. Desafortunadamente la ayuda contratada no tenía por costumbre llegar en el momento oportuno, en absoluto. Ya que Leo permanecía en la cama después una noche de borrachera, y probablemente no se levantaría hasta el mediodía, Daphne se sentía particularmente enojada con él. La casa y la hacienda eran de Leo... lo menos que podía hacer era ayudar a restaurarla. O contratar a los sirvientes necesarios. —Sus ojos han cambiado —murmuró Win—. No sólo la expresión. El color real. ¿Te has dado cuenta? Daphne se quedó quieta. Tardó mucho tiempo en contestar. —Pensaba que era mi imaginación. —No. Siempre habían sido azul oscuro, como los tuyos. Ahora son más bien gris claro. Como un estanque después de que el cielo haya cambiado en invierno. —Estoy segura de que el color de los ojos de algunas personas cambian cuando maduran. —Sabes que es por Laura. Una sombría pesadez oprimía todo el cuerpo de Daphne cuando pensaba en la amiga que había perdido y el hermano que parecía haber perdido junto con ella. Pero no podía perder el tiempo en nada de eso ahora, había demasiado que hacer. —No creo que tal cosa sea posible. Nunca he oído de... —se interrumpió cuando vio a Win recogiendo sus largas trenzas en una tela idéntica a la de ella—. ¿Qué haces? —Hoy voy a ayudar —dijo Win. Aunque su tono era plácido, su mandíbula delicada estaba apretada como la de una mula—. Me siento bastante bien y... —¡Oh, no lo estás! Vas a provocarte un desmayo, y luego te llevará días recuperarte. Encuentra algún lugar donde sentarte, mientras el resto de nosotros... —Estoy cansada de sentarme. Estoy cansada de observar a todos sin trabajar. Conozco mis límites, Daphne. Déjame hacer lo que quiero. —No. —Incrédula, Daphne observó como Win recogía una escoba de un rincón—. ¡Win, suelta eso y deja de hacer el tonto! —La contrariedad la invadía—. No estás ayudando a nadie malgastando todas tus fuerzas en tareas serviles. —Puedo hacerlo. —Win agarró el mango de la escoba con ambas manos como si creyera que Daphne estuviera a punto de arrancársela—. No me excederé. —Deja la escoba. —¡Déjame en paz —gritó Win—, vete a limpiar algo! —Win, si no lo haces... —Daphne se distrajo cuando vio la mirada de su hermana volar hacia el umbral de la cocina. Merripen estaba allí, sus anchos hombros tapaban la puerta. Aunque era por la mañana temprano, ya estaba polvoriento y sudoroso, la camisa se le pegaba a los contornos poderosos del pecho y la cintura. Lucía una expresión que conocían bien... tan implacable, indicando que podrías mover una montaña con una cucharilla antes que hacerle cambiar de idea sobre algo. Acercándose a Win, extendió una de sus anchas manos en una demanda muda. Ambos permanecieron inmóviles. Pero incluso en su testaruda oposición, Daphne veía una conexión singular, como si estuvieran atrapados en un punto muerto del que ninguno quería liberarse. Win se rindió con un ceño de impotencia. —No tengo nada que hacer. —Era raro en ella mostrarse tan terca—. Estoy aburrida de sentarme, leer y mirar por la ventana. Quiero ser útil. Quiero... —Su voz se desvaneció cuando vio la expresión severa de Merripen—. Muy bien, entonces. ¡Tómala! —Le lanzó la escoba, y él la atrapó de forma refleja—. Encontraré un rincón en alguna parte y me volveré loca tranquilamente. Iré... —Ven conmigo —interrumpió Merripen con calma. Dejando a un lado la escoba, salió de la habitación. Win intercambió una mirada perpleja con Daphne, y su vehemencia se desvaneció. —¿Qué va a hacer? —No tengo ni idea. Las hermanas le siguieron por un vestíbulo hasta el comedor, que estaba salpicado de rectángulos de luz procedentes de las altas vidrieras que cubrían una de las paredes. Una mesa llena de marcas ocupaba el centro de la habitación, cada pulgada de su superficie estaba cubierta de montones polvorientos de porcelana... torres de tazas y platillos, platos de diversos tamaños amontonados junto con tazones envueltos en pequeños trapos de lino gris. Había al menos tres vajillas diferentes mezcladas sin ningún orden. —Esto necesita que alguien lo ordene —dijo Merripen, empujando amablemente a Win hacia la mesa—. Muchas piezas están agrietadas. Deben ser separadas del resto. Era la tarea perfecta para Win, suficiente como para mantenerla ocupada, pero no tan extenuante que la agotase. Llena de gratitud, Daphne observó cómo su hermana recogía una taza de téy la sujetaba boca abajo. La cáscara de una diminuta araña muerta cayó al suelo. —Vaya desastre —dijo Win, sonriendo. —Tendré que lavarlas, también, supongo. —Si quieres que Poppy te ayude... —comenzó Daphne. —No te atrevas a enviar a buscar a Poppy —dijo Win—. Éste es mi proyecto, y no lo compartiré. Sentándose en una silla situada a un lado de la mesa, comenzó a desenvolver piezas de porcelana. Merripen miró el turbante en la cabeza de Win, sus dedos se contrajeron como si estuviera seriamente tentado de tocar el pelirrojo mechón que se había soltado bajo la tela. Su rostro se endureció con la paciencia de un hombre que sabía que nunca tendría lo que verdaderamente quería. Usando sólo la punta de un dedo, él apartó un platito del borde de la mesa. La porcelana rechinó sutilmente en la madera estropeada. Daphne siguió a Merripen de vuelta a la cocina. —Gracias —dijo cuando estuvieron fuera del alcance de los oídos de su hermana—, en mi preocupación porque Win no se cansara, no se me había ocurrido que podría volverse loca de aburrimiento. Merripen recogió una pesada caja de trastos sobrantes y restos, y la alzó sobre su hombro con facilidad. Una sonrisa cruzó su cara. —Está mejorando. Caminó hacia la puerta y la abrió empujándola con el hombro. No era una opinión médica experta, pero Daphne estaba segura que estaba en lo cierto. Mirando alrededor de la revuelta cocina, sintió una oleada de felicidad. Habían hecho bien viniendo aquí. Un lugar nuevo que ofrecía nuevas posibilidades. Quizá la mala suerte de los Hathaway había cambiado por fin. Armada con una escoba, una fregona, un recogedor, y una pila de trapos, Daphne subió a una de las habitaciones que todavía no había explorado. Usó la totalidad de su propio peso para abrir la primera puerta, que cedió con un chasquido de algo que se quebraba y un chirrido de goznes oxidados. Parecía ser una sala de estar privada, con estanterías de madera empotradas. Había dos volúmenes en un estante. Examinando los libros recubiertos de polvo, con el cuero envejecido cubierto con grietas en forma de telaraña, Daphne leyó el primer título: La pesca con caña flexible, Un Simposio del Arte de la Pesca con mosca del rutilo y el lucio. No era de extrañar que el libro hubiera sido abandonado por su dueño anterior, pensó. El segundo título era mucho más alentador: Las gestas amorosas en la corte de Inglaterra durante el reinado de Carlos II. Quizá contuviera algunas revelaciones obscenas con las que ella y Win pudieran reírse tontamente más tarde. Devolviendo los libros a su lugar, Daphne fue a abrir las ventanas cubiertas con cortinas. El color original de la tela se había convertido en gris, el terciopelo estaba raído y apolillado. Mientras Daphne se afanaba en tirar de una de las cortinas hacia un lado, la barra entera de latón se soltó del techo y cayó con estrépito al suelo. Una nube de polvo la envolvió. Estornudó y tosió en el enrarecido ambiente. Oyó un grito interrogativo escaleras abajo, probablemente de Merripen. —Estoy bien —respondió. Recogiendo un trapo limpio, se limpió la cara y abrió la sucia ventana. El marcó se atascó. Empujó con fuerza para aflojarlo. Otro empujón, más fuerte, y luego un empujón con todo su peso tras éste. La ventana cedió con sorprendente rapidez, haciéndola perder el equilibrio. Cayó hacia adelante y se aferró al borde de la ventana en un intento de encontrar apoyo, pero se inclinó hacia afuera. Con un destello de pánico mientras caía hacia adelante, oyó un sonido apagado tras ella. En el tiempo que dura un latido, tiraron de ella hacia atrás con tanta fuerza que sus huesos protestaron por el brusco cambio de dirección. Se tambaleó, yendo a dar con fuerza contra algo sólido pero flexible. Impotente, cayó al suelo en un enredo de extremidades, algunas no eran las suyas. Recostada sobre un robusto pecho masculino, vio un rostro moreno debajo de ella, y masculló torpemente: —Merri... Pero ésos no eran los ojos de marta de Merripen, eran de un brillante y resplandeciente ámbar. Un ramalazo de placer atravesó su estómago. —¿Sabe? si tengo que seguir rescatándola así —comentó Jacob de forma despreocupada—, realmente deberíamos discutir alguna clase de recompensa. Él alargó la mano para quitarle el pañuelo del cabello, que estaba torcido, y sus trenzas se soltaron. La mortificación barrió cualquier otro sentimiento. Daphne sabía qué aspecto debía de presentar, despeinada y cubierta de polvo. ¿Por qué nunca perdía una oportunidad para atraparla en desventaja? Expresando con voz entrecortada una disculpa, luchó para apartarse, pero el peso de sus faldas y la rigidez de su corsé lo hacían difícil. —No... un momento... Black inspiró con fuerza cuando ella se retorció contra él, y comenzó a hacerlos rodar a ambos hacia un lado. —¿Quién le dejó entrar en la casa? —logró preguntar Daphne. Black le dirigió una mirada inocente. —Nadie. La puerta estaba abierta y el vestíbulo estaba vacío. Él sacudió las piernas para liberarlas de las faldas pegadas y tiró de ella hasta sentarla. Nunca había conocido a alguien que tuviera tal facilidad de movimiento. —¿Ha inspeccionado este lugar? —preguntó él—. La casa está a punto de derrumbarse. No pude arriesgarme a entrar aquí sin formular una oración rápida a Butyakengo. —¿A quién?  —Un espíritu protector de los gitanos —la sonrió—. Pero ya que estoy aquí, me arriesgaré. Déjeme ayudarla a levantarse. Tiró de Daphne para ponerla en pie, no la dejó ir hasta que recobró el equilibrio. El agarre de esas manos envió sensaciones a través de sus brazos, y la hizo jadear un poco. —¿Por qué está aquí? —preguntó ella. Black se encogió de hombros. —Sólo estoy de visita. No hay mucho qué hacer en Stony Cross Park. Es el primer día de la temporada de la caza del zorro. —¿No quería participar? Él negó con la cabeza. —Sólo cazó para comer, no por deporte. Y tiendo a compadecerme del zorro, habiendo estado en su lugar un par de veces. Debía referirse a una cacería de gitanos, pensó Daphne con preocupación y curiosidad. Deseó indagar acerca de eso... pero esta conversación no podía continuar. —Señor Black —dijo torpemente—, me gustaría ser una anfitriona adecuada y poder conducirle hasta la sala y ofrecerle un refresco. Pero no tengo refrescos. En realidad aún no tengo una sala. Por favor perdóneme si parezco ruda, pero éste no es un buen momento para hacer visitas... —Puedo ayudarla —apoyó un hombro contra la pared, sonriendo—. Soy bueno con las manos. No hubo insinuación en su tono, pero no obstante se ruborizó. —No, gracias. Estoy segura de que Butayenko lo desaprobaría. —Butyakengo. Ansiosa por demostrar su competencia, Daphne caminó hacia la otra ventana y empezó a empujar las cortinas cerradas. —Gracias, señor Black, pero como puede ver, tengo la situación controlada. —Creo que me quedaré. Acabo de impedir que se caiga por una ventana, odiaría que saliera por la otra. —No lo haré. Estaré bien. Tengo todo bajo... Tiró más fuerte, y esta barra cayó con estrépito al piso, lo mismo que había hecho la otra. Pero a diferencia de la otra cortina, que había estado cubierta de ajado terciopelo, ésta estaba cubierta de una especie de tejido brillante y murmurante, una especie de... Daphne se quedó congelada, horrorizada. La parte inferior de la cortina estaba cubierta de abejas. Abejas. Centenares, no, miles de ellas, sus alas iridiscentes palpitaban con un fiero zumbido implacable. Se elevaron como una masa del terciopelo arrugado, mientras otras llegaban volando desde una hendidura en la pared, donde bullía una enorme colmena. Los insectos pululaban como lenguas de fuego alrededor de la forma paralizada de Daphne. Sintió cómo la sangre desaparecía de su rostro. —¡Oh Dios! —No se mueva. —La voz de Jacob era sorprendentemente tranquila—. No las aplaste. Nunca había conocido semejante miedo primitivo, fluyendo por toda su piel, filtrándose a través de cada poro. Ninguna parte de su cuerpo parecía estar bajo su control. El aire hervía con ellas, abejas y más abejas. No iba a ser una forma agradable de morir. Cerrando los ojos con fuerza, Daphne se obligó a permanecer quieta, cuando cada uno de sus músculos estaba tenso y clamaba por moverse. El aire se movía en patrones sinuosos a su alrededor, cuerpos diminutos tocaban sus mangas, manos, hombros. —Están más asustadas de usted, que usted de ellas —oyó que decía Black. Daphne tenía serias dudas al respecto —Éstas no son abejas a-asustadas —Su voz no parecía la de siempre—. Éstas son abejas f-furiosas. —Parecen un poco molestas —concedió Black, acercándose a ella lentamente—. Podría ser el vestido que lleva puesto, no suelen gustarles los colores oscuros —una corta pausa—. O puede ser el hecho de que acaba de partir en dos su colmena. —Si t-tiene usted el valor de divertirse con esto... Se detuvo y se cubrió el rostro con las manos, con todo el cuerpo temblando. La voz tranquilizadora de él se impuso al zumbido que los rodeaba. —Quédese quieta. Todo irá bien. Estoy aquí con usted. —Sáqueme de aquí —susurró ella con desesperación. Su corazón martilleaba demasiado fuerte, sacudiendo sus huesos, bloqueando todo pensamiento coherente en su mente. Sintió el roce de algunos insectos curiosos en el pelo y la espalda. Los brazos de él la rodearon, un hombro fuerte se situó bajo su mejilla. —Lo haré, cariño. Ponga sus brazos alrededor de mi cuello. Ella le buscó a tientas, sintiéndose enferma, débil y desorientada. Los músculos planos de su nuca se movieron cuando se inclinó hacia ella, alzándola con facilidad como si fuera una niña. —Ya está —murmuró él—. La tengo. Sus pies abandonaron el suelo, y se sintió ligera y acunada al mismo tiempo. Nada de esto parecía real: el torbellino, abejas zumbando que corrían por el aire, el duro pecho y los brazos que la encerraban en un apretón fuerte y seguro. El pensamiento que acudió ella fue que podría haber muerto si él no hubiese estado allí. Pero él estaba tan tranquilo y cauteloso, carecía completamente de miedo. La tenaza de terror alrededor de su garganta se alivió. Sumergiendo el rostro en el hombro masculino, se dejó llevar. El aliento de él golpeaba con un ritmo caliente y constante en la curva de su mejilla. —Algunos creen que la abeja es un insecto sagrado —le dijo él—. Que son un símbolo de la reencarnación. —No creo en la reencarnación —refunfuñó ella. Había una sonrisa en la voz masculina. —Qué sorpresa. Como mínimo, la presencia de abejas en la casa es señal de que sucederán cosas buenas. Su voz quedó enterrada en la fina lana del abrigo. —¿Q-Qué significa que haya miles de abejas en la casa de uno? Él la elevó más aún entre sus brazos, los labios se curvaron amablemente contra el cerco frío de su oreja. —Probablemente que tendremos un montón de miel a la hora del té. Estamos atravesando la puerta. En un momento voy a dejarla sobre sus pies. Daphne mantuvo su rostro apretado contra él, las puntas de los dedos clavadas entre los pliegues de sus ropas. —¿Nos están siguiendo? —No. Quieren quedarse cerca de la colmena. Su principal preocupación es proteger a la reina de depredadores. —¡Ella no tiene nada que temer de mí! Jacob contuvo la risa en su garganta. Con extremo cuidado, bajó los pies de Daphne hacia el suelo. Manteniendo un brazo alrededor de ella, extendió el otro para cerrar la puerta. —Ya está. Estamos fuera de la habitación. Está usted a salvo —le pasó la mano por el cabello—. Ya puede abrir los ojos. Agarrada firmemente a las solapas de su abrigo, Daphne esperaba una sensación de alivio que no llegaba. Su corazón palpitaba demasiado fuerte, demasiado rápido. Le dolía el pecho a causa de la tensión de su respiración. Parpadeó, pero todo lo que pudo ver fue una lluvia de chispas. —Daphne... Cálmese. Está usted bien —sus manos percibían los estremecimientos que aún la recorrían—. Tranquilícese, cariño. No podía. Sus pulmones estaban a punto de explotar. No importaba cuánto lo intentase, no podía conseguir bastante aire. Abejas... El zumbido resonaba aún en sus oídos. Oía la voz de él como si proviniera de una gran distancia, y sintió sus brazos rodeándola otra vez mientras se sumergía en las capas de una suavidad grisácea. Después de que lo que pudo haber sido un minuto o una hora, unas sensaciones agradables se filtraron a través de la neblina. Una presión tierna se movía sobre su frente. Unos roces suaves tocaban sus párpados, se deslizaron por sus mejillas. Unos brazos fuertes la sujetaban contra una superficie confortablemente dura, mientras un perfume limpio y salado cosquilleaba en las ventanas de su nariz. Sus pestañas revolotearon, y se giró hacia el calor con aturdido placer. —Ha vuelto —oyó un murmullo bajo. Abriendo los ojos, Daphne vio el rostro de Jacob sobre ella. Estaban en el suelo del vestíbulo, él la sujetaba en su regazo. Como si la situación no fuera lo bastante mortificante, el delantero de su corpiño estaba abierto, y su corsé desabrochado. Sólo su arrugada camisola seguía cubriendo su pecho. Daphne se tensó. Hasta ese momento, nunca había sabido que hubiera un sentimiento más allá de la vergüenza, que hacía que uno deseara desmoronarse como una pila de cenizas. —Mi... Mí vestido... —No respiraba bien. Pensé que sería mejor aflojarle el corsé. —No me había desmayado nunca —dijo aturdida, luchando por levantarse. —Estaba asustada —Él le pasó la mano en el centro del pecho, presionando amablemente para que bajase de nuevo—. Descanse un minuto más —su mirada se movió sobre sus pálidas facciones—. Creo que podemos concluir que no le gustan las abejas. —Las he odiado desde que tenía siete años. —¿Por qué? —Jugaba fuera con Win y Leo, y tropecé demasiado cerca de un rosal. Una abeja se abalanzó con furia contra mi cara y me picó justo aquí —tocó un lugar justo debajo de su ojo derecho, en la parte superior de su mejilla—. Un lado de mi cara se hinchó hasta que se me cerró el ojo... No pude ver con él durante casi dos semanas. Las puntas de los dedos de él rozaron su mejilla como para aliviar la antigua herida. —Y mi hermano y mi hermana me llamaron cíclope —ella vio cómo intentaba no sonreír—. Todavía lo hacen, cada vez que una abeja vuela demasiado cerca. La miró con amable simpatía. —A todo el mundo le da miedo algo. —¿Qué le da miedo a usted? —Los techos y las paredes, sobre todo. Ella clavó los ojos en él con perplejidad, sus pensamientos aún eran demasiado lentos. —Quiere decir... ¿preferiría vivir fuera como una criatura salvaje? —Sí, es lo que quise decir. ¿Ha dormido al aire libre alguna vez? —¿En el suelo? Su tono desconcertado lo hizo sonreír abiertamente. —En una cama de paja junto a un fuego. Daphne trató de imaginarlo, yacer indefensa en la tierra dura, a merced cualquier criatura que gateara, se arrastrara o volara. —No creo que pudiera quedarme dormida de ese modo. Sintió la mano de él jugando lentamente con los rizos sueltos de su pelo. —Podría —su voz fue suave—. Yo la ayudaría. No tenía ni idea de qué había querido decir con eso. Todo lo que supo fue que cuando las yemas de los dedos de el alcanzaron su cuero cabelludo, sintió cómo una ráfaga de temblorosa sensualidad recorría su columna vertebral. Con torpeza trató de alcanzar su corpiño, intentando juntar la tela reforzada. —Permítame. Todavía está temblando. Sus manos apartaron las de ella y comenzó a abrochar el corsé con habilidad. Claramente estaba familiarizado con las complejidades de la ropa interior femenina. Daphne no dudaba de que hubiera más de una dama dispuesta a dejarle practicar. Azorada, preguntó: —¿Me han picado en algún sitio? —No —la picardía brilló en sus ojos—. La inspeccioné a fondo. Daphne suprimió un pequeño gemido de desasosiego. Estuvo tentada de apartar sus manos de ella, pero él recolocaba su ropa mucho más eficazmente de lo que lo habría hecho ella. Cerró los ojos, intentando fingir que no estaba tumbada desgarbadamente en el regazo de un hombre, mientras él le abrochaba el corsé. —Necesitará que un apicultor del pueblo quite la colmena —dijo Black. Pensando en la enorme colonia en la pared, Daphne preguntó: —¿Cómo las matará a todas? —Puede que no tenga que hacerlo. Si es posible, las atontará con humo y transferirá a la reina a una colmena portátil. El resto la seguirá. Pero si no puede hacerlo, tendrá que matar la colonia con agua jabonosa. El mayor problema será cómo quitar el panal y la miel. Si no lo quita todo, fermentará y atraerá a toda clase de bichos. Abrió los ojos de par en par, y lo contempló con preocupación. —¿Tendremos que derribar la pared entera? Antes de que Black pudiera contestar, una nueva voz interrumpió la conversación. —¿Qué pasa aquí? Era Leo, que acababa de levantarse y se había puesto encima algo de ropa. Había venido descalzo desde su dormitorio. Su mirada cansada se movió de uno al otro. —¿Por qué estás en el suelo con los botones a medio abrochar? Daphne consideró la pregunta. —Decidí tener una cita espontánea en medio del vestíbulo con un hombre al que apenas conozco. —Bueno, pues hacerlo en silencio la próxima vez. Un hombre necesita dormir. Daphne clavó los ojos en él enigmáticamente. —Santo cielo, Leo, ¿no te preocupa que mi reputación pueda haber sido comprometida? —¿Lo ha sido? —Yo... —Su cara ardía cuando miró los ojos de vívido topacio de Black—. No lo creo. —Si no estás segura —dijo Leo—. Probablemente la respuesta sea no. —Llegó hasta Daphne, se puso en cuclillas, y clavó los ojos en ella firmemente. Su voz fue amable—. ¿Qué ha pasado, hermanita? Ella apuntó con un dedo inestable hacia la puerta cerrada. —Hay abejas allí dentro, Leo. —Abejas. Buen Dios —su hermano le dirigió una sonrisa cariñosamente burlona—. Qué cobarde eres, cíclope. Daphne lo miró ceñuda, impulsándose para levantarse del regazo de Black. Él la respaldó automáticamente, con un firme brazo detrás de su espalda. —Míralo por ti mismo. Leo avanzó perezosamente hasta la habitación, la abrió, y entró. En dos segundos, había salido velozmente, había cerrado de un golpe la puerta, y había apoyado los hombros contra ella. —¡Cristo! —Sus ojos estaban muy abiertos y despejados—. ¡Debe de haber miles de ellas! —Calculo que al menos doscientos mil —dijo Black. Acabando con el último de los botones de Daphne, la ayudó a ponerse en pie—. Despacio —murmuró—. Podría estar un poco mareada. Ella le permitió sujetarla mientras ponía a prueba su inseguro equilibrio. —Ya estoy bien. Gracias. Su mano todavía descansaba en la de él. Los dedos de Jacob eran largos y gráciles, la silueta del pulgar resaltaba contra la piel de color miel. Ansiosamente Daphne apartó la mano y le dijo a su hermano, —El señor Black ha salvado mi vida dos veces hoy. Primero casi me caí por la ventana, y luego encontré las abejas. —Esta casa —masculló Leo— debería ser derribada y convertida en cerillas. —Debería ordenar una inspección estructural completa —dijo Jacob—. La casa ha cedido. Algunas chimeneas se ladean, y el techo del vestíbulo de la entrada está combado. Tiene las vigas y la carpintería dañadas. —Sé cuáles son los problemas. La tranquila valoración había molestado a Leo. Conservaba lo bastante de sus conocimientos arquitectónicos como para evaluar con exactitud la situación de la casa. —No puede ser seguro que la familia permanezca aquí. —Pero eso es asunto mío —dijo Leo, añadiendo en tono burlón—, ¿no? Sintiendo la quebradiza inquietud de la atmósfera, Daphne hizo un intento apresurado de diplomacia. —Señor Black. Lord Ramsay está convencido de que la casa no plantea peligro inmediato para la familia. —Yo no estaría tan convencido —contestó Jacob—. No con cuatro hermanas a mi cargo. —¿Quiere quitármelas de las manos? —preguntó Leo —. Puede quedarse todo el lote —sonrió sin diversión ante el silencio de Black—. ¿No? Entonces haga el favor de no dar consejos no solicitados. El desánimo recorrió a Daphne cuando vio la desolación en el rostro de su hermano. Se estaba convirtiendo en un desconocido, un hombre que albergaba tanta desesperación y furia en su interior que ésta había comenzado a socavar sus cimientos. Hasta qué, al igual que la casa, sufriría finalmente un colapso cuando las partes más débiles de la estructura cediesen. Black, con serenidad, se volvió hacia Daphne. —En lugar de consejo, déjeme ofrecerle alguna información. De aquí a dos días, habrá una feria de fregonas en el pueblo. —¿Qué es eso? —Es una feria de empleo, a la que se asisten todos los habitantes que necesitan trabajo. Llevan unas señales para indicar su oficio: una criada llevará una fregona, un techador lleva un penacho de paja, y así sucesivamente. Entregue a los que quiera un chelín para sellar el acuerdo, y los contratará durante un año. Daphne lanzó una cautelosa mirada a su hermano. —Necesitamos sirvientes adecuados, Leo. —Ve, entonces, y contrata a los que te gusten. No me importa. Daphne inclinó la cabeza preocupada y levantó las manos hacia la parte superior de sus brazos, frotándolos sobre las mangas. Hace frío, pensó, incluso para ser otoño. Una corriente helada reptaba alrededor de sus tobillos enfundados en la medias, bajo los puños de su camisa, a través su cuello húmedo de sudor. Sus músculos se tensaron a causa de la extraña y cruda frialdad. Ambos hombres se quedaron en silencio. El rostro de Leo estaba blanco, con la mirada perdida. Daphne sintió como si el espacio alrededor de ellos se replegara sobre sí mismo, espesándose hasta que el aire fue tan pesado como el agua. Más frío, más tenso, más cerca... Daphne dio instintivamente un paso atrás, alejándose de su hermano, hasta que sintió el pecho de Black contra sus hombros. Su mano se posó en el brazo de ella, ahuecando amablemente su codo. Temblando, se apoyó más firmemente contra la fuerza caliente y vital del cuerpo masculino. Leo no se había movido. Esperaba, con la mirada descentrada, como si estuviera totalmente concentrado en absorber el frío. Como si le diera la bienvenida, lo deseara. Su expresión elusiva era ruda y sombría. Algo dividió el espacio entre ellos, entre ella y Leo. Ella sintió el sonido del movimiento, más suave que una brisa, más delicado que el plumón... —¿Leo?— murmuró Daphne, insegura. El sonido de su voz pareció hacerle volver en sí. Parpadeó y clavó los ojos en ella con los iris casi incoloros. —Acompaña a la puerta a Black —dijo él, cortante—. Es decir, si tu reputación ya ha quedado suficientemente comprometida por un día. Se marchó dando media vuelta rápidamente. Alcanzando su cuarto, cerró la puerta con un golpetazo torpe del brazo. Daphne tardó en moverse, desconcertada por el comportamiento de su hermano, y aún más por el frío cortante del vestíbulo. Empezó volverse hacia Black, quien seguía mirando a Leo con ojos inexpresivos. Él la miró, manteniendo su expresión cuidadosamente impasible. —Odio dejarla —había un filo amablemente burlón en su tono—. Necesita que alguien la siga a todos lados y la mantenga a salvo de contratiempos. Pero por otra parte, también necesita que alguien le encuentre un apicultor. Dándose cuenta de que él no iba a hablar sobre Leo, Daphne le siguió la corriente. —¿Hará eso por nosotros? Lo consideraría un gran favor. —Por supuesto. Aunque... —Sus ojos mostraron un brillo malicioso—. Como mencioné antes, no puedo continuar haciéndole favores sin recibir ninguna compensación. Un hombre necesita un incentivo. —Si… si quiere dinero, estaré encantada de… —Dios, no —Black se estaba riendo ahora—. No quiero dinero —estirándose, le alisó el cabello, dejando que la parte interior de la mano rozara el costado de su mejilla. El roce de su piel fue suave y erótico, haciendo que tragara con fuerza—. Adiós, Señorita Hathaway. Conozco la salida -le lanzó una sonrisa y le advirtió—. Manténgase lejos de las ventanas. Bajando por las escaleras, Black pasó junto a Merripen, que estaba subiendo a un paso mesurado. La cara de Merripen se oscureció al ver al visitante. —¿Qué está haciendo aquí? —Al parecer estoy ayudando con la erradicación de una plaga. —Entonces puede empezar por marcharse -gruñó Merripen. Black sólo sonrió despreocupadamente, y continuó su camino.Después de informar al resto de la familia del peligro que suponía el salón de arriba, el cual fue prontamente apodado "El salón de las abejas", Daphne investigó el resto del piso superior con extrema precaución. No encontró ningún otro peligro, solo polvo, decadencia y silencio. Pero no era una casa poco acogedora. Cuando las ventanas fueron abiertas y la luz se desparramó por el suelo que había permanecido intacto durante años, pareció que el lugar estuviera deseoso de reescribirse a sí mismo, respirar y ser restaurado. Ramsay House era un lugar realmente encantador, con excentricidades, rincones secretos y características únicas que solamente necesitaban algo de pulido y atención. Como la propia familia Hathaway. Por la tarde Daphne se derrumbó en una silla en el piso de abajo, mientras Poppy hacia té en la cocina. —¿Dónde está Win? —Dormitando en su habitación —replicó Poppy—. Estaba exhausta después de una mañana ajetreada. No lo admitirá, por supuesto, pero siempre puedes notar cuando se pone pálida y ojerosa.  —¿Estaba contenta? —Ciertamente lo parecía. —Vertiendo agua caliente en la desportillada vasija llena de hojas de té, Poppy charló sobre algunos de sus descubrimientos. Había encontrado una encantadora alfombra en una de las habitaciones, y después de haberla golpeado durante una hora, esta había demostrado estar ricamente coloreada y en buenas condiciones. —Creo que la mayor parte del polvo se transfirió de la alfombra a tu cara —dijo Daphne. Como Poppy se había cubierto la parte inferior de la cara con un pañuelo mientras golpeaba la alfombra, el polvo se le había asentado en la frente, ojos y en el puente de la nariz. Cuando se quitó el pañuelo, este dejó el rostro de Poppy con dos extraños tonos, la mitad de arriba gris, la mitad de abajo blanca. —Lo disfruté inmensamente —replicó Poppy con una sonrisa—. No hay nada como aporrear una alfombra con un golpeador para sacarte de encima todas las frustraciones. Daphne iba a preguntar a Poppy qué frustraciones tenía, cuando Beatrix entró en la cocina. La muchacha, usualmente tan animada, estaba callada y cabizbaja. —El té estará listo pronto —dijo Poppy, ocupada cortando rodajas de pan en la mesa de la cocina—. ¿Querrás algunas tostadas, también, Bea? —No, gracias. No tengo hambre —Beatrix se sentó en una silla junto a Daphne, mirando fijamente al suelo. —Tú siempre tienes hambre —dijo Daphne—. ¿Qué pasa, querida? ¿No te sientes bien? ¿Estás cansada? Silencio. Un violento movimiento de cabeza. Beatrix estaba, definitivamente, molesta por algo. Daphne colocó una mano gentil en la estrecha espalda de su hermana pequeña, y se inclinó sobre ella. —Beatrix. ¿Qué pasa? Dime. ¿Extrañas a tus amigos? ¿O a Spot? Estás… —No. No es nada de eso. —Beatrix agachó la cabeza hasta que sólo un sonrojado arco de su mejilla quedó a la vista. —¿Entonces qué? —Algo malo pasa conmigo —su voz se volvió áspera por la desdicha—. Pasó nuevamente, Daphne. No pude contenerme. Apenas recuerdo haberlo hecho. Yo… —Oh, no —llegó el susurro de Poppy. Daphne mantuvo la mano en la espalda de Beatrix. —¿Es el mismo problema de antes? Beatrix asintió. —Voy a matarme —dijo vehementemente—. Me voy a encerrar en el salón de las abejas. Voy a… —Shh. No harás tal cosa —Daphne le masajeó la rígida espalda—. Tranquila, querida, y déjame pensar un momento —Su mirada preocupada se cruzó con la de Poppy sobre la cabeza agachada de Beatrix. "El Problema" había surgido intermitentemente a lo largo de los pasados cuatro años, desde que la madre de los Hathaway había muerto. De vez en cuando Beatrix sufría un irresistible impulso de robar algo, ya fuera de una tienda o de la casa de alguien, usualmente los objetos eran insignificantes… un pequeño par de tijeras de costuras, horquillas, una pluma, un cubo de cera para sellar. Pero de vez en cuando tomaba algo de valor, como una caja de rapé o unos pendientes. Por lo que Daphne sabía, Beatrix nunca planeaba estos pequeños crímenes, de hecho, la muchacha a menudo ni siquiera se percataba de lo que había hecho hasta después. Y entonces sufría la agonía del remordimiento, y no poca cantidad de miedo. Era siempre preocupante darse cuenta de que uno no siempre tenía el control de sus acciones. Los Hathaway habían mantenido el problema de Beatrix en secreto, por supuesto, todos conspiraban para devolver los objetos robados discretamente y protegerla de las consecuencias. Como hacía un año que ya no pasaba, habían asumido que Beatrix se estaba curando de su inexplicable compulsión. —Asumo que tomaste algo de Stony Cross Manor —dijo Daphne con forzada calma—. Ese es el único lugar que has visitado. Beatrix asintió tristemente. —Fue después de soltar a Spot. Fui a la biblioteca, y miré en el interior de algunas habitaciones de camino, y… ¡No pretendía hacerlo, Daphne! ¡No quería! —Lo sé —Daphne la envolvió entre sus brazos con un consolador abrazo. Rebosaba instinto maternal de proteger, tranquilizar y consolar—. Lo arreglaremos, Bea. Devolveremos todo y nadie lo sabrá. Solo dime qué quitaste, e intenta recordar de qué habitación estaba. —Esto… es todo —buscando dentro de los bolsillos de su delantal, Beatrix dejó caer una pequeña colección de objetos en su regazo. Daphne levantó el primer objeto. Era un caballo de madera tallado, no más grande que su puño, con crines de seda y una cara delicadamente pintada. El objeto estaba gastado por el uso excesivo y había marcas de dientes a los largo del cuerpo del caballo. —Los Masen tienen una hija todavía pequeña —murmuró—. Esto debe pertenecerle. —Tomé el juguete de un bebé —gimió Beatrix—. Es lo más bajo que he hecho nunca. Debería estar en prisión. Daphne tomó otro objeto, una carta con dos imágenes parecidas impresas lado a lado. Supuso que servía para insertarla dentro de un estereoscopio, un dispositivo que podía combinar las dos imágenes dentro de una imagen dimensional. El siguiente objeto robado era un llavero, y el último… oh, querida. Era un genuino sello de plata, con el grabado de un escudo familiar en un extremo. Podía usarse para estamparlo en una gota de cera derretida y sellar un sobre. El objeto era pesado y bastante costoso, el tipo de cosas que era transmitido de generación en generación. —Del estudio privado de Lord Masen —murmuró Beatrix—. Estaba en el escritorio. Probablemente lo use para su correspondencia oficial. Me iré a colgar a mí misma ahora. —Debemos devolver esto de inmediato —dijo Daphne, pasándose una mano sobre la húmeda frente—. Cuando se den cuenta de que esto falta, le echarán la culpa a un sirviente. Las tres mujeres quedaron en silencio ante el horror de esa idea. —Le haremos una visita a Lady Masen por la mañana —dijo Poppy, sonando un poco sin aliento a causa la ansiedad—. ¿Mañana es uno de los días en que recibe visitas? —No importa —dijo Amelia, esforzándose por sonar calmada—. No hay tiempo que perder. Tú y yo iremos mañana, sea o no un día apropiado. —¿Debo ir yo también? —preguntó Beatrix. —No —respondieron Daphne y Poppy simultáneamente. Ambas pensaban lo mismo, que podía ser que Beatrix no se controlara durante otra visita. —Gracias —Beatrix parecía aliviada—. También siento que tengas de enmendar mis errores. Debería ser castigada de alguna manera. Quizás debiera confesar y disculparme… —Recurriremos a eso si somos descubiertos —dijo Daphne—. Primero vamos a tratar de encubrirte. —¿Debemos contárselo a Leo, Win o Merripen? —preguntó Beatrix tímidamente. —No —murmuró Daphne, acercándola y presionando sus labios sobre los indómitos rizos oscuros de su hermana—. Mantendremos esto entre nosotras tres. Poppy y yo nos ocuparemos de todo, querida. —Está bien. Gracias —Beatrix se relajó y se acurrucó contra ella con un suspiro—. Espero que puedas hacerlo sin que te descubran. —Por supuesto que podemos —dijo Poppy alegremente—. No te preocupes ni por un momento. —Problema resuelto —agregó Daphne. Y sobre la cabeza de Beatrix, Daphne y Poppy se miraron la una a la otra con pánico compartido.