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Historia 55483 — capítulo 8

holaaaa con un gran dolor de cabeza os dejo esto mientras estudio ingles y espero vuestros comentarios ^^

Jacob las condujo lejos del comedor, a través de un par de puertas francesas que daban al invernadero. Éste se encontraba escasamente amueblado con sillas de mimbre y un sofá. Alrededor del invernadero frondosas plantas colgantes se intercalaban entre blancas columnas. Nubes amenazadoras cruzaban el húmedo cielo mientras desde una antorcha emergía un vívido baile de luces que caía sobre el suelo. Tan pronto como las puertas se cerraron, Daphne se acercó a su hermana con las manos en alto. Jacob creyó que iba a sacudirla pero en su lugar se acercó a Beatrix con los hombros temblando. Apenas podía respirar de la risa. —Bea... lo hiciste a propósito ¿verdad? No podía creer lo que veían mis ojos... esa maldita lagartija corriendo a lo largo de la mesa... —Tenía que hacer algo —explicó la chica con voz apagada—. El comportamiento de Leo fue terrible y aunque no comprendía lo que quería decir, vi la cara de Lord Masen. —Oh... oh... —Daphne sofocó una risa tonta—. Pobre Masen... en un momento está defendiendo a la gente del pueblo de la tiranía de Leo y entonces Spot viene y se desliza junto a los platos del pan... —¿Dónde está Spot? —Dándose la vuelta, Beatrix se acercó a Jacob, quien depositó el lagarto en sus extendidas manos—. Gracias señor Black. Sus manos son muy rápidas. —Es lo que dicen de mí —dijo sonriendo—. El lagarto es un animal que trae suerte. Algunos dicen que proporciona sueños proféticos. —¿De verdad? —Beatrix lo contempló fascinada—. Tengo que pensar sobre ello, pues últimamente sueño más a menudo. —Mi hermana no necesita que la animen en ese sentido —dijo Daphne lanzando a Beatrix una significativa mirada—. Es hora de despedirse de Spot, querida. —Si, lo sé —suspiró Beatrix entornando los ojos hacia su antediluviana mascota encerrada dentro de la laxa prisión de sus dedos. Lo dejaré libre. Aunque me parece que Spot preferiría vivir aquí en lugar de en la finca de Ramsay. —¿Y quién no? Ve y encuentra un bonito sitio para él, Bea. Te esperaré aquí. Mientras su hermana salía corriendo, Daphne se dio la vuelta para contemplar el oscuro perfil de la casa, su silueta dentro de los confines de la reja de hierro forjado con vistas al río. —¿Qué está haciendo? —preguntó Jacob mientras se acercaba. —Echando un último vistazo a Stony Cross Manor porque esta será la última vez que la vea. Jacob sonrió abiertamente. —Lo dudo. Los Masen han dado la bienvenida a invitados que se han comportado mucho peor. —¿Peor que soltar criaturas salvajes reptantes sobre la mesa del comedor? Dios del cielo, deben estar desesperados por tener compañía. —Tienen una gran tolerancia a la excentricidad —dijo él haciendo una pausa antes de añadir—. Sin embargo no soportan en absoluto ningún modo de crueldad. La referencia a su hermano produjo una mezcla de emociones en su rostro, tornando su humor en vergüenza. —Leo nunca se había portado con crueldad —dijo abrazándose fuertemente con sus propios brazos, como si quisiera envolverse así misma en busca de protección—. Desde el año pasado se ha vuelto insoportable. No es él mismo. —¿Desde que heredó el título? —No, no tiene nada que ver con eso. Es porque... —Mirando más allá de Jacob, se le hizo un nudo en la garganta. Se empezó a oír un nervioso repiqueteo, proveniente de uno de los pies ocultos bajo las faldas—. Leo perdió a alguien —dijo finalmente—. La fiebre se llevó a mucha gente del pueblo, incluyendo a la chica que... bueno, estaba comprometido con ella. Laura. —El nombre parecía pegarse a su garganta—. Era mi mejor amiga y de Win también. Una chica preciosa. Le gustaba dibujar y pintar. Tenía una risa que se contagiaba con solo oírla. Daphne se calló durante un momento, perdida en su memoria. —Fue una de los primeros en caer enferma —dijo—. Leo permaneció junto a ella en todo momento. Nadie esperaba que fuera a morir... pero ocurrió rápidamente. Después de tres días tenía tanta fiebre y estaba tan débil que apenas se sentía su pulso. Finalmente cayó en un estado de inconsciencia y murió en los brazos de Leo pocas horas más tarde. Cuando Leo llegó a casa, se desmayó, y entonces comprendimos que también se había contagiado con la fiebre. Después se contagió Win. —¿Los demás no? Daphne negó sacudiendo su cabeza. —Había enviado a Beatrix y a Poppy lejos. Y por alguna razón ni yo ni Merripen caímos enfermos. Él me ayudó cuidándolos hasta el final. Sin su ayuda podrían haber muerto los dos. Merripen hizo un jarabe con alguna clase de planta venenosa. —Mortífera dulcamara. No es fácil de encontrar. —Si —dijo mirándolo con extrañeza—. ¿Cómo lo sabía? Imagino que lo aprendió de su abuela. ¿No? Jacob asintió. —El truco consiste en administrar la dosis exacta para contrarrestar el veneno en la sangre pero sin llegar a matar al paciente. —Bueno, los dos se salvaron gracias a Dios. Pero Win está bastante frágil como probablemente habrá observado, y Leo... ahora nada ni nadie le importa. Ni siquiera él mismo —dijo terminando con el continuo repiqueteo de su pie—. No sé cómo ayudarle. Puedo entender lo que se siente al perder a alguien, pero... —Sacudió su cabeza impotente. —Se refiere al señor Frost—dijo. Daphne lo miró durante un rato y se sonrojó completamente. —¿Cómo lo supo?, ¿le contó él algo?, ¿fueron los chismorreos, o...? —No, nada de eso. Pude verlo cuando habló con él antes. Sacudiendo la cabeza, Daphne alzó las manos a sus incendiadas mejillas. —Dios del cielo. ¿Tanto se nota? —Quizás yo sea uno de los PhuryDae —dijo sonriendo—. Un gitano místico. ¿Estaba enamorada de él? —Eso no es asunto suyo —dijo con demasiada rapidez. Jacob la miró más cerca. —¿Por qué la dejó? —¿Cómo supo...? —Dejó sin acabar la frase y frunció el entrecejo tan pronto como comprendió qué estaba haciendo, lanzando provocativas preguntas y registrando sus reacciones ante las mismas—. Es usted un incordio. De acuerdo, se lo contaré. Me dejó por otra mujer. Más guapa y joven, que resultó ser la hija de su jefe. Se trataba de un matrimonio ventajoso para él. —Se equivoca. Daphne lo miró perpleja. —Le aseguro que era enormemente ventajoso. —Es imposible que ella fuera más bonita que usted. Daphne abrió los ojos de par en par ante el cumplido. —Oh —murmuró. Aproximándose a ella, Jacob detuvo con su pie el continuo golpeteo del de ella. Éste cesó. —Un mal hábito, al parecer no puedo deshacerme de él. —Los colibríes hacen lo mismo durante la primavera. Se sujetan a un lado del nido y usan su otra pata para apisonar el suelo del nido. Daphne miró a su alrededor como si no supiera donde fijar su vista. —Señorita Hathaway —dijo Jacob gentilmente mientras ella se movía nerviosamente ante él. Quería tomarla entre sus brazos y sostenerla hasta que se calmara—. ¿La estoy poniendo nerviosa? Se obligó a levantar la vista hacia Jacob. Sus ojos albergaban el brillo azul oscuro de un lago iluminado por la luna. —No —respondió inmediatamente—. Por supuesto que no, usted... bueno si, me pone nerviosa. La vehemente honestidad de su respuesta los sorprendió a los dos. La oscuridad de la noche se hacía más profunda, una de las antorchas se había consumido, y la conversación derivó a algo vacilante, imperfecto y delicioso, como pedazos de caramelo deshaciéndose en la boca. —Nunca le haría daño —dijo Jacob en voz baja. —Lo sé, no es eso. —¿Es por haberla besado, verdad? —Usted..., usted dijo que no lo recordaba. —Lo recuerdo. —¿Por qué lo hizo? —preguntó casi en un suspiro. —Impulso. Oportunidad. —Excitado por su cercanía, Jacob intentó ignorar el rumbo que estaba tomando su propio cuerpo—. Seguramente no habría esperado menos de un romaní. Tomamos lo que queremos. Si un romaní desea a una mujer, la rapta. A veces incluso directamente de la cama. —Incluso en la oscuridad pudo ver como ella volvía a sonrojarse otra vez. —Dijo que nunca me haría daño. —Si me la llevara lejos conmigo... —Pensar en ello, en su suavidad, en retenerla entre sus brazos, hizo que hirviera su sangre. Estaba tan atrapado por la primitiva atracción que sentía, que cualquier atisbo de lógica se vio aplastado bajo el descomunal ardor de su deseo—. La última cosa que haría sería hacerle daño. —Nunca haría nada de eso —dijo Daphne, intentando con dificultad parecer convincente—. Los dos sabemos que es usted demasiado civilizado como para hacerlo. —¿Realmente lo sabemos? Créame, el asunto de mi civilización es algo enteramente cuestionable. —¿Señor Black? —peguntó con inseguridad—, ¿está intentando que me ponga nerviosa? —No. —Y como si la respuesta necesitara más énfasis, repitió suavemente—. No. Infierno y condenación, pensó, preguntándose qué era lo que estaba haciendo. No sabía porqué esta mujer, con su inteligencia y su azarosa inocencia, lo había cautivado tan profundamente. Lo único que tenía claro era la imperiosidad de su deseo por tenerla, deshacer todos los artificiosos atavíos, encajes y zapatos, la capa de su vestido, los pequeños ganchos de las horquillas. Daphne respiró profundamente. —Lo que no ha mencionado usted, señor Black, es que si un gitano rapta a una mujer de su cama, según la tradición, es porque tiene en mente el propósito de casarse con ella. Y el denominado rapto es planeado de antemano y alentado por la futura novia. Jacob le dirigió deliberadamente una encantadora sonrisa para disipar la tensión. —Le falta sutileza, pero acelera el proceso considerablemente, ¿no? Se prescinde del permiso del padre de la novia, no hay amonestaciones, ni se prolonga el compromiso. El cortejo de los gitanos resulta muy eficiente. La conversación se detuvo ante la reaparición de Beatrix. —Spot se ha ido —informó—. Parecía muy contento de alojarse en Stony Cross Park. Dando la impresión de estar aliviada por la vuelta de su hermana, Daphne fue hacia ella limpiándole las motas de barro de la manga y enderezándole el lazo del cabello. —Ojalá que Spot tenga buena suerte. ¿Estás preparada para volver al comedor? —No. —Oh, todo irá bien. Tan solo recuerda parecer escarmentada cuando yo te haga señas de modo autoritario y estoy segura de que permitirán que te quedes hasta los postres. —No quiero volver —lloriqueó Beatrix—. Es tan terriblemente aburrido, y no me gusta toda esa comida tan abundante, y además estoy sentada junto al vicario que solo quiere hablar de sus sermones religiosos. Resulta tan redundante preguntarse a uno mismo, ¿no te parece? —Conlleva cierta fragancia a pedantería —convino Daphne burlonamente, acariciando el oscuro cabello de su hermana—. Pobre Bea. No tienes que volver si no quieres. Estoy segura de que los criados podrán recomendar algún lugar para que esperes hasta que acabe la cena. Quizás en la biblioteca. —Oh gracias —dijo Beatrix sintiéndose mejor—. ¿Pero quien creará otra distracción si Leo comienza a ponerse desagradable otra vez? —Yo lo haré —aseguró Jacob con gravedad—. Puedo ser sorprendente en cualquier momento. —No me extrañaría —dijo Daphne—. De hecho estoy completamente segura de que disfrutaría de ello.